Antonio Medina

…con la remota majestad de un ídolo.

Borges: Carnicería

David Scott: La reina Isabel en el teatro The globe, 1840. Victoria and Albert Museum, Londres.

David Scott: La reina Isabel en el teatro The Globe, 1840. Victoria and Albert Museum, Londres.

Aun cuando fuese innegable que la insistente pasión de Antonio Medina haya sido la cotidiana y trágica epopeya de las heroínas emanadas del asombro que fue Federico García Lorca, se le conocieron, tal vez en medida menor pero no menguante, otras; la más prominente de ellas pertenece al siguiente integrante del trío de los más grandes dramaturgos del siglo XX, Tennessee Williams (el tercero, es de sospecharlo, es Sartre). Al contrario de la opción general, Antonio Medina prefirió plegarse a los trabajos menos conocidos de Williams, complejas obras en un acto en las que los actores disponen de exiguo tiempo para seducir a la audiencia y son, por lo tanto, propiedad de directores en extremo hábiles. Antonio Medina lo era: en 1968 ofreció en conjunta función The Dark Room y The Case of the Crushed Petunias. En 1973 consiguió ovación con The Glass Menagerie, una de las obras clásicas del ya clásico Williams, pero sería en 1975 que rebasaría elogios tras obsequiar, en unísono con dos obras menores, a la quizás más perfecta creación breve de Williams, extensa en tan sólo algo menos de media hora, una docena de páginas atravesadas por diálogos ríspidos entre madre temerosa e hijo desquiciado que acabarán en el derrumbe y el fuego: Auto-Da-Fe. El texto se remonta probablemente a años tempranos, el inicio de la década de los 40. El crítico Dean Shackelford opina que Auto-Da-Fe es la óptima obra de closet, en la que el espacio cerrado y cerril que ahoga a los personajes replica el encierro y la fatiga del ocultamiento que soportan en vidas silenciosas y opacas. Antonio Medina logró a través de una traducción cuyo autor ignoro la fiel representación de la atmósfera aplastante de un cuarto mínimo en el barrio francés de New Orleans. Williams se hubiera sentido satisfecho.

Estreché la mano de Antonio Medina una vez, en Septiembre de 2011. Fue, como era su costumbre, callado y cordial. Me han llegado noticias de su muerte. Tras los esfuerzos, los aplausos, el honor de haber sido quien fue, la habrá afrontado, como quiso Borges, con la remota majestad de un ídolo.

H.B.

La memoria de Shakespeare

Johann Heinrich Füssli: Macbeth y la visión de la cabeza con el yelmo, 1793. Folger Shakespeare Library, Washington.

Johann Heinrich Füssli: Macbeth y la visión de la cabeza con el yelmo, 1793. Folger Shakespeare Library, Washington.

Explica Harold Bloom en el quizás más exacto de entre los vastos volúmenes dedicados a Shakespeare (Shakespeare, The Invention of the Human) que debemos al escritor no sólo la puntillosa fabricación de treinta y ocho trabajos de genio (veintidós de los cuales, de acuerdo a Bloom, son masterpieces), sino a su vez el comienzo de una larga estirpe cuyo dios tutelar no es el arquetipo, la alegoría o el símbolo, sino la belleza del individuo, solitario en su afán trágico y en su fracaso. Bloom acertaba parcialmente: la invención del personaje, definida en forma más o menos perfecta, se halla ya en Ovidio, Petronio y Apuleyo; más cercanamente, en Boccaccio y Chaucer. Shakespeare deviene así no la mera aparición de un artefacto de la literatura sino su culminación. La pretensión de originalidad palidece frente a la maestría técnica.

Bloom había colocado a Shakespeare en el centro y trono de su Western Canon. Las polémicas arreciaron a causa de inclusiones exageradas o de ausencias injustas, pero nadie disputó a Shakespeare el sitio ni la preeminencia. Acaso muy apropiadamente, Shakespeare, que pudo haber sido apenas un dramaturgo o un versificador, se yergue como el sinónimo más magnífico de la tortuosa ciencia de la escritura.

La vida en parte misteriosa y trivial de Shakespeare ha servido de acicate para la causa del mito. Casi nadie fabula ya acerca de una secreta identidad, de que se trataba en verdad de un noble cuyo nombre no se atrevía a figurar en los carteles del teatro, que Francis Bacon ocupaba sus ratos libres en la redacción de tragedias o que alguna dama de las cortes, temerosa de que su talento fuera descubierto, practicaba la literatura bajo nombre falso. Es segura la existencia de un hombre más bien enjuto y de frente amplia, cabellos raleados y anguloso mentón llamado William Shakespeare. Una de las objeciones a su existencia había sido su notable saber, en razón de orígenes humildes. Si Whistler había declarado que art happens, es sensato deducir que genius befalls.

Otra leyenda, propagada por escuelas literarias solemnes, es el carácter popular de la literatura de Shakespeare; el uso de ese término debe entenderse como labor pergeñada con sencillez para posibilitar su consumo por el pueblo, una suerte de realismo socialista de anticipación. Shakespeare escribió, dirigió y actuó para una reina y un rey (Isabel I y James I), sus héroes y villanos fueron monarcas, condes y duques, su ciclo de obras romanas estaba fuera de la comprensión de personas al margen de la cultura (la enorme mayoría, en ese entonces), el frío castillo de Elsinor podía situarse en Dinamarca o en el Valhalla para el espectador común. Shakespeare no exigía del público educación exquisita, pero sus líneas rebosan de perfección, sutilidades, retruécanos y simbolismos que no las hacían fácilmente accesibles a la muchedumbre iletrada. Sin embargo, The Globe pedía por un sitio en el sector menos favorecido del auditorio sólo una fracción de penique, y eran numerosas las gentes que ansiaban pasar una tarde divertida contemplando una historia amena. En ocasiones, como en Hamlet, una puerta trampa en el piso del escenario se abría y un hombre envuelto en túnicas blancas que fingía ser el fantasma de un rey se alzaba exclamando: I am thy father’s spirit… Honda impresión habría causado este efecto especial en la visión del espectador. El mito del Shakespeare popular cobija una intención endeble: declarar que todo arte es popular en sus inicios y que el tiempo otorga con su pasar la estatura de un clásico. Escasas son las obras que sobreviven al riguroso cambio de las eras.

La mayoría de los amores de Shakespeare fueron varoniles. Como era costumbre en su época, casó y engendró hijos, pero se sabe de dos profundas y probables pasiones: Henry Wriothesley, conde de Southampton, patrono y mecenas de Shakespeare, a quien la crítica identificara como el Fair Youth de los sonetos (Shall I compare thee to a summer’s day?) y William Hughes, actor y quizás prostituto, cuya identidad fue establecida a medias en broma por Oscar Wilde en su historia The Portrait of Mr. W.H. Wilde juraba estar inseguro acerca de la existencia de Hughes y su cercanía con Shakespeare, pero privadamente aseveraba que había sido Hughes, un commoner de reputación desdorosa, y no William Herbert, conde de Pembroke, a quien correspondían las iniciales. La leyenda testifica que Hughes murió en plena juventud tras una relación volátil con Shakespeare, y que esta muerte devastó al poeta. Shakespeare habitó el bien establecido Renacimiento inglés, en el que la tradición clásica de las fervorosas amistades masculinas revivió, y casi no hay obra suya en la que dos amigos no se profesen amor constante, más allá de la muerte, aun cuando fuera ese sentimiento tamizado por el ideal platónico del afecto. En Shakespeare, la philía desplaza al eros pero no lo excluye totalmente: como en el batallón sagrado de Tebas, la vida del amigo, esa alma que habita en dos cuerpos, al decir de Aristóteles, es más valiosa que la resignada paz de los matrimonios.

Mine be thy love and thy love’s use their treasure: la última línea del soneto 20 de Shakespeare insta a esa amistad tras el enigma a imitar su ejemplo: casar, tener descendencia, comercio carnal con mujeres para engendrar, y reservar el amor, lúbrico o sereno, para amante y amado. Estas recomendaciones disgustaban a Borges, quien mantuvo con Shakespeare, desde temprano, una relación ambigua. Intentó una traducción, junto a Adolfo Bioy Casares, de Macbeth. Consideraba a Shakespeare un escritor de talento, pero no de genio: prefería a Dante y lo hacía saber con no poca vehemencia, pero Shakespeare lo seducía al punto de no lograr desdeñarlo del todo: en su poema Mateo,  XXV, 30, casi en el punto final, desata: Has gastado los años, y te han gastado; y esas palabras no son sino un homenaje: I wasted time, and now time doth waste me (The Life and Death of King Richard II, Act V, Scene 5). Hacia el fin de su vida, un cuento espléndido, La memoria de Shakespeare, pareció zanjar la cuestión: un hombre recibe el terrible milagro de poseer la memoria del Shakespeare cotidiano, el que no conocemos, y lenta e irremisiblemente troca ésta por la suya. ¿Quién nos dirá si Shakespeare no pobló, de algún modo, la memoria infinita de Borges; si el relato no es, como casi todos, a medias autobiográfico? El epígrafe de La intrusa (tal vez el mayor cuento de Borges) se revela engañoso: 2 Reyes, I, 26. No hay más que dieciocho versículos en el primer capítulo del Libro Segundo de los Reyes, mas sí existe el versículo 26 en el Segundo Libro de Samuel: “¡Cuánto dolor siento por ti, Jonatán, hermano mío muy querido! Tu amistad era para mí más maravillosa que el amor de las mujeres”. En la primera de las ediciones en inglés de El informe de Brodie (Dutton, 1972), en donde el cuento La intrusa felizmente se incluye en la página 63, el epígrafe se exhibe en esplendor: 2 Samuel I: 26: “…passing the love of women.”  Sabedor de que su causa estaba perdida, Wilde, desde la picota, se despide del mundo citando a Shakespeare y al Libro, sin ser escuchado ni comprendido, y rescata el pasaje de Samuel: “Such a great affection of an elder for a younger man as there was between David and Jonathan, such as Plato made the very basis of his philosophy, and such as you find in the sonnets of Michelangelo and Shakespeare.” (Tan grande afecto entre un hombre mayor por uno más joven como lo hubo entre David y Jonatán, tal como Platón hiciera la base misma de su filosofía, tal como encontramos en los sonetos de Miguel Ángel y Shakespeare).

Delgada, trágica, delicada línea que une a través de interminables siglos a los Testamentos, Shakespeare, Wilde y Borges. No es imposible que esa dinastía, que quizás no pueda sino continuar, haya sonreído a la memoria de Shakespeare.

Hadrian Bagration

Venezuela entre la economía y la política

La terreur n’est autre chose que la justice prompte, sévère, inflexible; elle est donc une émanation de la vertu.

Maximilien de Robespierre

Francisco de Goya y Lucientes: El tres de Mayo, 1814. Museo del Prado, Madrid.

Francisco de Goya y Lucientes: El tres de Mayo, 1814. Museo del Prado, Madrid.

No otra cosa que conflicto preanunciaban en Venezuela las elecciones presidenciales del 14 de Abril de 2013. Algo menos de doscientos mil votos, una cifra ínfima y tormentosa, dieron el triunfo a Nicolás Maduro, el sucesor de Hugo Chávez cuyo carisma es la primera víctima de cada una de sus apariciones públicas. La victoria fue anunciada sin fervor y luego de horas de cavilaciones sordas. La alternativa entre George Bush y Al Gore en Noviembre de 2000 pudo haber sido igual de escandalosa, pero el sistema estadounidense prevé que esos malabares de números se diriman en las cortes. Las cortes suelen ser conservadoras y la colocación de Bush en la Casa Blanca no sorprendería sino a los cortesanos más tenaces de la fe democrática: Jean- François Revel dedicó un volumen, uno de los últimos de su obra, a bendecir y justificar la previsión de la prestidigitación política de Washington. Haya sido justa o falaz la concesión a Bush Jr., la apatía política del estadounidense medio siguió su rectilíneo curso y esa sociedad se encaminó a cuatro años (ocho a la sazón) de administración republicana esperando que los asuntos domésticos coexistieran en su acostumbrado tedio. La destrucción de las Torres, la respuesta militar en Afganistán e Irak y el advenimiento de la Posguerra Fría afectarían la vida de cientos de miles, quizás millones de estadounidenses, pero los Estados Unidos y sus zonas de influencia poderosa o débil poco o nada importarían al votante frío. Es la salud de la economía la que, en la democracia formal y funcional, decide una elección y la alternancia en el poder. La preeminencia de la economía sobre la política es total en los escenarios electorales del Occidente desarrollado.

América Latina ha aprendido a esquivar esa necesaria lección. Casi ningún analista político sagaz se atrevió a no desconfiar de la deslucida victoria de Maduro en las frágiles urnas de Venezuela, pero el apoyo de los clientes petroleros de la región y allende ésta restó ímpetu a las protestas de Henrique Capriles, quien aseveraba, no sin razones atendibles, que el triunfo había sido suyo. El mundo no perdió su compostura y, a excepción de alguna protesta mesurada, permitió a Nicolás Maduro ejercer el poder desde la jefatura del Estado y desde la ridiculez mística. La política se encaramaba sobre la economía, por razones económicas: los Estados Unidos adquieren buena parte del petróleo que Venezuela se permite producir, al tiempo que países como la Argentina dependen energéticamente de ese grato suministro y no pueden sino desear que el estado de cosas carezca de pánicos. El rumbo de la economía venezolana, por razones políticas, continuó su descenso a los infiernos; el derrumbe de la capacidad productiva de cualquier nación fomenta la disolución de las habilidades del sector privado para generar divisas y la torpeza (quizás imposibilidad) del sector público para suplantarlas. Venezuela ha optado por la economía planificada que no se propone un plan, sino la única ambición de ocupar hasta el último rincón de la actividad económica. No hay grado de eficiencia que resista una decisión de naturaleza tan osada y tan pobre: de allí que el Estado venezolano, miembro pleno de la OPEP y poseedor de ingentes reservas de petróleo, se vea obligado a recurrir a la devaluación permanente para sostenerse. Sólo en las fábulas existe la devaluación sin inflación y la inflación sin desempleo; sólo en las leyendas el desempleo encubierto puede sobrevivir sin emisión monetaria. Sólo en el ámbito del mito esos ingredientes de pócima de médico brujo no producen pobreza, y sólo en la fantasía de economistas sin lustre el estancamiento en que degenera la pobreza no produce miseria. Ahogada en el llanto del desatino económico parido por el delirio político, Venezuela estalló.

Conocemos la calaña de un gobierno merced a su comportamiento en las crisis. Maduro cuenta con todos los elementos imprescindibles para organizar una efectiva represión; los utiliza y los utilizará. En tanto la comunidad internacional emita ofendidos balbuceos, Venezuela responderá con sus exportaciones a China y su comercio de material bélico con Rusia. Washington, aleccionado por una guerra perdidosa en el Oriente Medio, reprende con tibia vehemencia a Irán y a Siria. ¿Por qué habría de ser su reacción diferente ante su bienamado proveedor, la Venezuela de Maduro? Sangre ha corrido en las calles de Teherán, Damasco y Caracas, pero es sólo sangre, un bien renovable; no es petróleo, y su valor, en la economía que rige a las relaciones internacionales, es sustancialmente menor. Los venezolanos que protesten y marchen a riesgo de sus vidas deben saber (y lo saben) que estarán apoyados sólo por la solidaridad de los sin poder y el silencio de los empoderados.

Es curioso, a la vez tétrico, el rol de Cuba en la crisis venezolana. Raúl Castro intenta en su país reformas harto cautelosas que desaconseja a su vasallo en Caracas. La conveniencia de Cuba consiste en intentar una apertura económica tímida y convertir a Venezuela en patio trasero, en siervo de la gleba atado al oro negro al cual trasmitir todo el saber totalitario para prometer a posibles inversores que sus activos estarán respaldados por petróleo venezolano. Quienes tachan a Barack Obama de socialista (ignorando las bases teóricas del socialismo) bien pueden condenar ahora a Cuba por proyectarse como potencia imperial al estilo decimonónico.

Cabe preguntarse, entonces, en qué se ha convertido Venezuela, qué clase de animales políticos, al decir de Aristóteles, la habitan. La respuesta es sencilla: Venezuela es una dictadura militar presentada como una democracia plebiscitada, un Estado fallido y quebrado que es mantenido en funciones sacrificando vida y bienes de su población sin otra meta que la perpetuación en el poder de la casta militar que Hugo Chávez prohijó y adiestró, un país sin siquiera el simulacro de la división de poderes y el sometimiento a la ley: no es fácil dictaminar quién es la ley cuando las cortes (ay, tan conservadoras pero eficaces, como en los Estados Unidos) se resignan a no aplicarla, el Presidente se somete a la fuerza armada y ésta obedece a la milicia popular, en parte venezolana, en parte provista por Cuba. Es un Estado que comunica a su pueblo quién debe triunfar en el innecesario acto electoral, un régimen que declara enemigos del Estado a todos quienes no se avengan a la genuflexión frente a sí. Es la supremacía de la política por sobre la economía, y el fin de ambas, subordinadas y suprimidas por el terror, económico y político. Venezuela es la patria póstuma de Robespierre. Quizás gobernar allí, y no sólo allí, le hubiera complacido.

Hadrian Bagration

Un intérprete

Je ne suis qu’un exécutant, je me borne à traduire. Mais on ne traduit que son trouble: c’est toujours de soi-même qu’on parle.

Marguerite Yourcenar: Alexis ou le Traité du Vain Combat (1929).

No soy más que un intérprete, me limito a traducir. Pero no se traduce sino confusión: es siempre de uno mismo de quien se habla.