El abrazo en la sombra

William Turner: La bahía de Baia, 1823. Tate Britain, Londres.

William Turner: La bahía de Baia con Apolo y la Sibila, 1823. Tate Britain, Londres.

En el atardecer frente a las templadas costas del Tirreno meridional Adriano lleva su vista al módico vaivén del mar y piensa: Ojalá muriese mañana. A sus más de sesenta años, es un hombre exhausto cuya única pasión es el sueño. Su más grande enemigo, Serviano, quien ansiaba sucederlo y a quien mandara ejecutar para impedirlo, le auguró: Quieran los cielos que anhele la muerte y le sea imposible morir. El voto se ha cumplido y Adriano es prisionero de sus súbditos, que le cierran solícitos la vía del suicidio. La vida de Adriano se estira, inútil, como el oleaje, o como la vida de todo aquél que aún vive y cuyo propósito no es otro que el de seguir viviendo.

Uno de sus centuriones  ha capturado a un vagabundo. Para animar la lenta tarde del emperador, es traído a su presencia de modo que la sentencia divierta al séquito. Es un anciano, un rabino. Adriano, que ha destruido Jerusalén, se niega a verlo, pero los cortesanos insisten. El rabino, hambriento y cansado, ruega comida. ¿Puedes hablar con los muertos?, pregunta Adriano, y la frase suena a coacción. Los cortesanos murmuran cuando el rabino asiente, sin alzar la vista ante el emperador, guardando respeto. Cuando el sol se oculte hablarás con los muertos, señor, dice. Te va en ello la vida, responde Adriano. El rabino se inclina ante el emperador y comienza a trazar signos en la arena. Las horas pasan. El sol se extingue y no hay señales del prodigio. Alguien acusa al rabino de falsario. Adriano esboza una mueca de fastidio cuando una ola, que muere como todas en la calurosa costa de Baia, estalla frente a la corte y pálida emerge la translúcida silueta de Antínoo. Los cortesanos tiemblan, algunos caen de rodillas. Adriano se yergue, turbado, y avanza unos pasos. El rabino elude a la guardia azorada y pone su mano en el hombro del César: Háblale, señor, pero no lo toques. Si lo haces, mueres. Adriano aparta de sí al rabino con rauda gentileza. En la playa se reencuentran los antiguos amantes. Háblame de tu muerte, dice Adriano, y en su discurso hay miedo y dulzura. Antínoo no obedece. Habla, pero su voz es otra y su mirada es distinta. No me sigas, señor. Vive cuanto puedas. Es solitaria y oscura la muerte. Son sus únicas palabras. Una ola lo devuelve a la infinita tumba que es el océano.

Adriano regresa a su asiento. Sus cortesanos gimen como mujeres. Se vuelve hacia el rabino y pregunta: ¿Puedes hacer que muera mañana? Nada que manos humanas puedan ofrecerte te será negado. El rabino responde: Puedo, señor. Pero no desoigas la advertencia de tu amado. La muerte es solitaria y oscura. Adriano sonríe al rabino y agrega: La vida no lo es menos. Dime tu precio. El rabino alza sus ojos al cielo, abre sus brazos, cierra sus párpados y musita: Sea restaurada la ciudad de mis padres y de las generaciones que los precedieron. Adriano concuerda: Quiero, dice con firmeza. Gruñe unas órdenes y sus generales se apresuran.  Manda ser dejado solo con el rabino. El sol se ha puesto y la vaga luz de las antorchas los cubre. En la larga noche, el rabino cuenta al emperador la historia de Absalón, hijo de David, quien se rebelara contra el trono de su padre y fuera muerto por los soldados en la huida. Adriano derrama unas lágrimas, las últimas, cuando oye al rabino recitar los versículos en los que David reprocha al dios de Israel no haber muerto en lugar de su hijo, y fija su anciana mirada en el mar, solitario y oscuro.

Es la mañana del 10 de Julio del año 138 de la Era Común. Adriano muere en brazos de un rabino cuyo nombre la Historia olvidó y entra en el solitario y oscuro universo de la muerte, en donde buscará, ciego en la oscuridad, unir dos soledades que ensayarán el abrazo en la sombra.

H.B.

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