El señor García

Hyeronimus Bosch: Alegoría de la intemperancia, ca. 1488-1510. Yale University Art Gallery, New Haven.

Hieronymus Bosch: Alegoría de la intemperancia, ca. 1488-1500. Yale University Art Gallery, New Haven.

La mejor de las anécdotas que retratan el círculo privado de Gabriel García es revelada por Reinaldo Arenas en una breve carta, La insoportable fealdad de García Márquez, en la que una rápida línea describe la desesperación de una de sus amigas íntimas, quien, aun copiosamente obsequiada con ventajas materiales, clamaba: ¡No puedo tener relaciones con una caguama! El escritor contaría ya con una buena porción de años, pero ha sido comidilla de los cenáculos literarios el nada velado horror que le producían, en comparación a su propia persona, las aposturas de autores harto más agraciados, como Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes, por citar sólo a los latinoamericanos.

Arenas consigna en otra obra, la más lograda y a la vez más aquejada de fama, su autobiografía, Antes que anochezca, una escena menos divertida en la que Gabriel García tuviera participación no menor: en ocasión de la irrupción de un bus en la embajada del Perú en La Habana, en Enero de 1980, su conductor y ocupantes ávidos de asilo político, un reguero de personas comenzó una limitada emigración hacia terrenos que eran frágil refugio. El régimen intentó restar importancia al asunto. En Abril, casi diez mil almas ocupaban cada centímetro del edificio, los patios y los jardines, ansiosos por abandonar el paraíso de los creyentes en el capitalismo burocrático de Estado. Varios países ofrecieron visas de salida. Protegidos por ese escudo diplomático, los cubanos prestos a partir pudieron volver a sus casas. Era entonces cuando el mecanismo del terror echaba a andar: gentes bien adiestradas y probablemente bien remuneradas se lanzaban en su persecución y hostigamiento: algunos sólo eran amedrentados, otros fueron golpeados y sus hogares atacados y dañados; hubo algún que otro muerto. Desde el púlpito que la estrecha asociación con Fidel Castro le concedía, Gabriel García exhortaba a los perseguidores y hostigadores a no cejar en su combate contra los agentes del imperialismo. Su lenguaje, en esos momentos de nerviosismo, era escasamente cuidado.

Leer la obra de Gabriel García es adentrarse en una traducción heterodoxa de los vastos volúmenes de William Faulkner, sazonados con el seco sabor de la prosa de Juan Rulfo. Sabida es la sentencia de Borges en la que se concluye que cada escritor crea a sus precursores; en el caso de Gabriel García, la creación implicó asimismo el inhábil pastiche y la secreta equivalencia, no exenta de emulaciones línea por línea: As I Lay Dying es la superior prefiguración de Crónica de una muerte anunciada; Absalom! Absalom!  (la mejor novela sobre la tragedia del Sur en los Estados Unidos) no constituye sino la previa encarnación de trozos de El otoño del patriarca y El coronel no tiene quien le escriba. Yoknapatawpha es el nombre que Macondo recibió con décadas de antelación. El coronel Aureliano Buendía fue llamado alguna vez el coronel Thomas Sutpen. Tal vez exhausto por tanta imitativa admiración, Gabriel García ni siquiera atinó a cambiar el rango militar.

Son muchas las razones por las que un mero plagiario como Gabriel García recibiera premios, distinciones y la devoción de quienes profesan la perversa religión del progresismo: la errónea creencia de que quien se pronuncie contra gobiernos que finjan obrar en dirección al socialismo coquetee necesariamente con el fascismo; la profunda incultura, disfrazada de superficial pasión ideológica, del militante de izquierdas; el pérfido sentido de la oportunidad política de García y su adhesión a la moda literaria en épocas de esplendor; el sencillo hecho de ignorar que había existido un grato escritor, de notoriedad tardía y conocido como William Faulkner, de quien ni siquiera sus compatriotas guardan demasiada memoria. Esta letanía es aplicable en buen grado a escritores de producción orate pero glamorosa actuación política y riesgo nulo: autores como Nicolás Guillén, Julio Cortázar, Ernesto Cardenal o Juan Gelman son celosos poseedores de una fenomenal mediocridad, cuando no una crasa incapacidad literaria, pero la ceguera del devoto progresista puede más que cualquier fundamentada razón. No faltan quienes arguyen que el sentimiento, en las artes, todo lo domina y todo lo justifica. Ya Alain Finkielkraut explicó que el siglo XX fue la centuria en la que el pensamiento de la Ilustración fuera derrotado.

Una anécdota final retrata con claridad la habilidad literaria (o su carencia) y el talante moral del señor García. En noviembre de 1999 se hunde la embarcación que arrastra a la madre de Elián González y al niño desde Cuba hasta la Florida; muere la mujer y Elián llega a los Estados Unidos sin que su edad le permita solicitar asilo. La típica pusilanimidad demócrata en materia de política exterior provoca que se reconozca el derecho de su padre, que ha permanecido en Cuba, a que su hijo le sea devuelto, pese al ofrecimiento de familiares a acogerlo en Miami. Gabriel García escribe (este verbo es una hipérbole) una veloz crónica digna del mejor aprendiz justificando la repatriación, que no fue sino un regreso a la miseria. El texto desgrana un vagaroso complot para extraer incautos ciudadanos de la próspera isla. Hoy Elián González es un miembro más de la soldadesca de las Juventudes Comunistas. El señor García está muerto.

Hadrian Bagration

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