Venezuela entre la economía y la política

La terreur n’est autre chose que la justice prompte, sévère, inflexible; elle est donc une émanation de la vertu.

Maximilien de Robespierre

Francisco de Goya y Lucientes: El tres de Mayo, 1814. Museo del Prado, Madrid.

Francisco de Goya y Lucientes: El tres de Mayo, 1814. Museo del Prado, Madrid.

No otra cosa que conflicto preanunciaban en Venezuela las elecciones presidenciales del 14 de Abril de 2013. Algo menos de doscientos mil votos, una cifra ínfima y tormentosa, dieron el triunfo a Nicolás Maduro, el sucesor de Hugo Chávez cuyo carisma es la primera víctima de cada una de sus apariciones públicas. La victoria fue anunciada sin fervor y luego de horas de cavilaciones sordas. La alternativa entre George Bush y Al Gore en Noviembre de 2000 pudo haber sido igual de escandalosa, pero el sistema estadounidense prevé que esos malabares de números se diriman en las cortes. Las cortes suelen ser conservadoras y la colocación de Bush en la Casa Blanca no sorprendería sino a los cortesanos más tenaces de la fe democrática: Jean- François Revel dedicó un volumen, uno de los últimos de su obra, a bendecir y justificar la previsión de la prestidigitación política de Washington. Haya sido justa o falaz la concesión a Bush Jr., la apatía política del estadounidense medio siguió su rectilíneo curso y esa sociedad se encaminó a cuatro años (ocho a la sazón) de administración republicana esperando que los asuntos domésticos coexistieran en su acostumbrado tedio. La destrucción de las Torres, la respuesta militar en Afganistán e Irak y el advenimiento de la Posguerra Fría afectarían la vida de cientos de miles, quizás millones de estadounidenses, pero los Estados Unidos y sus zonas de influencia poderosa o débil poco o nada importarían al votante frío. Es la salud de la economía la que, en la democracia formal y funcional, decide una elección y la alternancia en el poder. La preeminencia de la economía sobre la política es total en los escenarios electorales del Occidente desarrollado.

América Latina ha aprendido a esquivar esa necesaria lección. Casi ningún analista político sagaz se atrevió a no desconfiar de la deslucida victoria de Maduro en las frágiles urnas de Venezuela, pero el apoyo de los clientes petroleros de la región y allende ésta restó ímpetu a las protestas de Henrique Capriles, quien aseveraba, no sin razones atendibles, que el triunfo había sido suyo. El mundo no perdió su compostura y, a excepción de alguna protesta mesurada, permitió a Nicolás Maduro ejercer el poder desde la jefatura del Estado y desde la ridiculez mística. La política se encaramaba sobre la economía, por razones económicas: los Estados Unidos adquieren buena parte del petróleo que Venezuela se permite producir, al tiempo que países como la Argentina dependen energéticamente de ese grato suministro y no pueden sino desear que el estado de cosas carezca de pánicos. El rumbo de la economía venezolana, por razones políticas, continuó su descenso a los infiernos; el derrumbe de la capacidad productiva de cualquier nación fomenta la disolución de las habilidades del sector privado para generar divisas y la torpeza (quizás imposibilidad) del sector público para suplantarlas. Venezuela ha optado por la economía planificada que no se propone un plan, sino la única ambición de ocupar hasta el último rincón de la actividad económica. No hay grado de eficiencia que resista una decisión de naturaleza tan osada y tan pobre: de allí que el Estado venezolano, miembro pleno de la OPEP y poseedor de ingentes reservas de petróleo, se vea obligado a recurrir a la devaluación permanente para sostenerse. Sólo en las fábulas existe la devaluación sin inflación y la inflación sin desempleo; sólo en las leyendas el desempleo encubierto puede sobrevivir sin emisión monetaria. Sólo en el ámbito del mito esos ingredientes de pócima de médico brujo no producen pobreza, y sólo en la fantasía de economistas sin lustre el estancamiento en que degenera la pobreza no produce miseria. Ahogada en el llanto del desatino económico parido por el delirio político, Venezuela estalló.

Conocemos la calaña de un gobierno merced a su comportamiento en las crisis. Maduro cuenta con todos los elementos imprescindibles para organizar una efectiva represión; los utiliza y los utilizará. En tanto la comunidad internacional emita ofendidos balbuceos, Venezuela responderá con sus exportaciones a China y su comercio de material bélico con Rusia. Washington, aleccionado por una guerra perdidosa en el Oriente Medio, reprende con tibia vehemencia a Irán y a Siria. ¿Por qué habría de ser su reacción diferente ante su bienamado proveedor, la Venezuela de Maduro? Sangre ha corrido en las calles de Teherán, Damasco y Caracas, pero es sólo sangre, un bien renovable; no es petróleo, y su valor, en la economía que rige a las relaciones internacionales, es sustancialmente menor. Los venezolanos que protesten y marchen a riesgo de sus vidas deben saber (y lo saben) que estarán apoyados sólo por la solidaridad de los sin poder y el silencio de los empoderados.

Es curioso, a la vez tétrico, el rol de Cuba en la crisis venezolana. Raúl Castro intenta en su país reformas harto cautelosas que desaconseja a su vasallo en Caracas. La conveniencia de Cuba consiste en intentar una apertura económica tímida y convertir a Venezuela en patio trasero, en siervo de la gleba atado al oro negro al cual trasmitir todo el saber totalitario para prometer a posibles inversores que sus activos estarán respaldados por petróleo venezolano. Quienes tachan a Barack Obama de socialista (ignorando las bases teóricas del socialismo) bien pueden condenar ahora a Cuba por proyectarse como potencia imperial al estilo decimonónico.

Cabe preguntarse, entonces, en qué se ha convertido Venezuela, qué clase de animales políticos, al decir de Aristóteles, la habitan. La respuesta es sencilla: Venezuela es una dictadura militar presentada como una democracia plebiscitada, un Estado fallido y quebrado que es mantenido en funciones sacrificando vida y bienes de su población sin otra meta que la perpetuación en el poder de la casta militar que Hugo Chávez prohijó y adiestró, un país sin siquiera el simulacro de la división de poderes y el sometimiento a la ley: no es fácil dictaminar quién es la ley cuando las cortes (ay, tan conservadoras pero eficaces, como en los Estados Unidos) se resignan a no aplicarla, el Presidente se somete a la fuerza armada y ésta obedece a la milicia popular, en parte venezolana, en parte provista por Cuba. Es un Estado que comunica a su pueblo quién debe triunfar en el innecesario acto electoral, un régimen que declara enemigos del Estado a todos quienes no se avengan a la genuflexión frente a sí. Es la supremacía de la política por sobre la economía, y el fin de ambas, subordinadas y suprimidas por el terror, económico y político. Venezuela es la patria póstuma de Robespierre. Quizás gobernar allí, y no sólo allí, le hubiera complacido.

Hadrian Bagration

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Un comentario en “Venezuela entre la economía y la política

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