El libro de las minucias

No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito.

Borges: El libro de arena

 

El_libro_de_las_minu_Cover_for_Kindle“A comienzos del otoño de 1680, en Roma, se postra en presencia del jesuita Athanasius Kircher un hombre que asevera haber sido discípulo del grande Olaus Wormius; afirma haber compuesto el catálogo del Museum Wormianum y guardado celosamente los pocos tesoros que el saqueo al que fuera sometido luego de la muerte de su maestro dejara. Como prueba, muestra una carta que lleva la rúbrica de Thomas Fincke, amigo y suegro de Wormius, en la que se proclama al hombre un buen y honesto servidor y se asegura que los artículos que ofrece son auténticos y que no los ha robado. Kircher dice saber del trabajo de Wormius y desconfiar de él; pregunta al hombre qué supuestas maravillas pretende ofrecer. Sólo dos: flores del jardín de las Hespérides, que borran el castigo a la blasfemia de Babel y permiten que un hombre domine todas las lenguas con tan sólo devorarlas, y el Liber de literatura antiquissima et minutiae universalis. Kircher pide verlos de cerca: las flores se le antojan vulgares y el libro es una colección de anotaciones hechas por cualquier amanuense. Incrédulo, Kircher pregunta dónde está el prodigio.”

“Las flores harán aún más asombroso tu dominio de las lenguas, señor. El libro no contiene ningún libro; el libro contiene todo lo que no ha llegado a ser un libro.”

Hadrian Bagration: El libro de las minucias.  CSpace, Scotts Valley, California. 85 páginas.

Edición electrónica: El libro de las minucias. ADS, Seattle, 2014.

Viaje al fin del sentido

Michelangelo Merisi da Caravaggio: La conversión de San Pablo, 1601. Iglesia de Santa María del Popolo, Roma.

Michelangelo Merisi da Caravaggio: La conversión de San Pablo, 1601. Iglesia de Santa María del Popolo, Roma.

Hasta hace no demasiados años era posible observar en las esquinas más cercanas al centro de la ciudad de Buenos Aires a un hombre de aspecto estrafalario, ciertamente no temible, pero sí dotado de una excentricidad rayana en la ridiculez: alto, de cabellos amarillentos, sobre su cabeza un sombrero en donde se distinguían, aun desde mediana distancia, versículos de la Escrituras, vestido de carteles con leyendas desprolijamente redactadas acerca de las bondades de Jesús-ben-Judá y de la desoladora abominación que constituyen personas (escribo estas palabras sin jactancia) como yo. Ignoro si ese hombre ha muerto o si simplemente se ha dado por vencido ante la indiferencia de un mundo que no comprende, aunque es de sospechar que él piensa, o pensaba, que es el mundo quien no entiende la sabiduría que esos mensajes encierran. El hombre de las señales divinas garabateadas en rectángulos recortados con pareja irregularidad se ha desvanecido entre la multitud de paseantes que deambulan por las calles enclenques de la capital argentina sin más recuerdo que el llevar en sus oídos impasibles algún comentario cómico.

El cuadragésimo tercer Presidente de los Estados Unidos, George Walker Bush, comenzó el espanto de su mandato tras una elección amañada con el descaro infantil con el que los estadounidenses se refieren a los actos que niegan en un principio y que una o dos generaciones más tarde reconocerán como veraces; no obstante, su vida, tal como cuentan memorias ajenamente desarrolladas y artículos de opinión de suntuosos emolumentos, su existencia plena y verdadera, no se había iniciado sino hasta 1986, año en el que se convirtió en un cristiano confesional, un born again, de acuerdo a la jerga de la organizada militancia protestante que el desvencijado catolicismo envidia, un varón que no sólo ha despertado del sueño al que induce la razón, sino que asume como propia y fausta la misión de hacer que otras personas hasta ahora menos afortunadas que él sacudan de sus mentes también el yugo del laicismo. George Bush, quien de acuerdo a la deliciosamente alimentada pluma de sus biógrafos rezaba indistintamente en iglesias de denominación presbiteriana o episcopalista  (es probable que su continua beodez aturdiera su sentido de fidelidad eclesial), sintió en 1977 el llamado de la corriente metodista a la que lo indujo su esposa, Laura Welch. La conversión fue tibia; ni siquiera su enfatizada reunión con el reverendo Billy Graham había traído paz a su vida, o a las de aquéllos que lo rodeaban: en Abril de 1986 Bush encontró al editor jefe del Wall Street Journal, Albert Hunt, cenando con su mujer e hijo en un restaurante mexicano en Dallas. Hunt había cometido la blasfemia (más tarde trocada en equivocación) consistente en predecir que el padre de Bush, George Herbert, no sería elegido para disputar la elección presidencial de 1988, ya fenecidos los períodos de Reagan. Los acontecimientos darían la razón al ofendido hijo, pero éste prefirió no aguardar el juicio de la Historia y, completamente ebrio, se aproximó hasta la mesa en donde Hunt comía, le recordó a su madre, y le advirtió ominosamente que no olvidarían (se refería a su clan) ese desaire. Dos semanas después (las resacas son largas), Bush llamaría a Hunt para disculparse. Albert Hunt vive aún, ha recibido el premio William Allen White por su labor informativa y enseña periodismo político en la Universidad de Pensilvania.

Era preciso, más que alejar al pequeño Bush del alcohol, acercar su pasado a la ternura religiosa del estadounidense medio. La conversación que había mantenido con Billy Graham, su amigo espiritual, en el verano de 1985 en Kennebunkport, Maine, no había logrado los objetivos esperados. Además, aun cuando a Graham le eran acreditadas las loables acciones de reunir dinero para pagar la fianza de Martin Luther King en ocasión de hallarse éste encarcelado merced a su combate en pro de los derechos de los afroamericanos en los adyacentes  tiempos de la segregación racial y de no consentir en viajar a Sudáfrica hasta la desaparición del apartheid, su bonhomía resultó herida de seriedad (o de falta de ella) al ser revelados a oídos públicos en 2002 detalles de sus conversaciones con Richard Nixon acaecidas con tres décadas de anterioridad . Los hagiógrafos de Bush se apresuraron a revisar las más de quinientas horas secretamente grabadas en la Casa Blanca de 1972: hallaron, para su desmayo, que Graham consideraba (y posiblemente todavía considera) a los judíos como una tropa siniestra dedicada a estrangular (ése fue el término de su elección) a la prensa estadounidense. Y agregó: “O rompemos ese cerco o este país se va al pozo”. Nixon inquirió: “¿En verdad crees eso?”, a lo que Graham, firme en su convicción, respondió: “Sí, señor”. Nixon, trigésimo sexto Presidente de los Estados Unidos, se dejó caer en su sillón y, resignadamente, comentó: “Muchacho, yo también lo creo. No podré decirlo nunca, pero lo creo.” Graham insistió: “Si usted es elegido por segunda vez, podríamos hacer algo al respecto.” El 7 de Noviembre de ese año Nixon fue reelecto con el sesenta por ciento de los sufragios en su favor. Meses más tarde el escándaloWatergate comenzaba a expulsarlo de su puesto; no faltará quien culpe de su caída a los maliciosos y omnipresentes hebreos.

 

Pietro Berettini da Cortona: Ananías restaura la vista de San Pablo, 1631. Iglesia de Santa María de la Consezione, Roma.

Pietro Berettini da Cortona: Ananías restaura la vista de San Pablo, 1631. Iglesia de Santa María de la Consezione, Roma.

Poco más tarde de su propia reelección a fines de 2004, George Bush halló índices de popularidad pasmosamente declinantes en lo que concernía a su gestión; se trataba quizás, de que la población empezaba a percatarse, lenta y furiosamente, de que la ola de patriotismo iniciada con la destrucción de la Torres Gemelas en 2001 se extinguía con gloria ausente en las arenas de Iraq: la insurgencia de ese país desintegraba por las noches mucho de lo poco que la ocupación estadounidense erigía bajo la luz del día; el Primer Ministro escogido por Bush, Nouri al-Maliki, es aún más insignificante que su mentor; unas pocas cuadras más allá de su residencia ya puede pisarse, efectivamente, territorio talibán. El rey Abdulá de Arabia Saudita desprecia públicamente tanto a Bush cuanto a la asustadiza marioneta de Bagdad; la monarquía saudí, socia y amiga de la dinastía Bush, rumia su descontento con los resultados de la guerra y acusa a su perpetrador de imprevisión y de traición, aunque no de alcoholismo, por esta vez. En la más absoluta de las soledades, abandonado por Washington, derrocado el general paquistaní Musharraf (quien en Septiembre de 2005, en entrevista concedida al Washington Post, declaró que las mujeres que son consuetudinariamente violadas en Pakistán sólo buscan que se las compense económicamente y que les sea otorgada una visa canadiense), debilitada la mímesis de administración de Hamid Karzai en Afganistán al punto de ofrecer a los talibanes una amnistía (que ninguno aceptó), al-Maliki, incluso temiendo por su propia vida, eligió arrimarse sigilosa y tímidamente a Irán, su otrora enemigo, lo cual motivó que el exasperado monarca saudí lo catalogara como hombre de Irán en el Medio Oriente. Los firmes titubeos y las vacilantes seguridades de Bush en su ambición de lograr una salida para el petróleo iraquí que obvie los territorios de la ex Unión Soviética, bajo control del magnate y premier Vladimir Putin, han generado un retroceso mayúsculo allí por donde lograran extenderse: el poderío talibán y sus atrocidades medievales se han fortalecido, Teherán se beneficia del sentimiento contrario a los Estados Unidos que la corruptela de Bush incendió, Iraq ve al torvo antisemita y homofóbico Ahmadinejad como única salida para su miseria, Israel está a la defensiva y su sector más conservador es quien recoge los frutos de estos descalabros, Arabia Saudita, alarmada, barniza el poder de sus clérigos y de su represión con la necesidad de evitar la penetración del chiismo iraní, Moscú se lanza a conquistar territorios en el Cáucaso a los que Washington había prometido defender; el derrumbe del vago avance de una sociedad más abierta, duramente y a medias conseguida en los noventa en el escenario político doméstico estadounidense, equivalió a una catástrofe similar en casi todos los rincones del planeta en donde los Estados Unidos intervinieron ávida pero torpemente bajo las órdenes de Bush. Sumado todo esto a la crisis económica y habitacional que fuera sospechada en 2007, estallara en 2008 y prosiguiera su amargo curso hasta el día de hoy, es de deducir que Barack Obama ha de ver en su predecesor a un demiurgo intolerablemente imbécil o excesivamente perverso.

Descartada la alianza retroactiva con Billy Graham, los ghost writers de Bush, sus amanuenses y los estilistas de su memoria se ocuparon, no sin aguda consternación, en hallar el exacto momento de la vida personal del mandatario en la que, por fin, definitiva y totalmente, se hubiese producido su redención por obra de la gracia de Cristo; en otras palabras, que su pasado de consumo de estupefacientes, de evasión del servicio militar en tiempos de Vietnam (como tantos otros niños ricos) y de profusa borrachera fuesen obliterados por virtud de la saliva bautismal de algún predicador. La metodología favorecida fue la del aturdimiento: tantos son los volúmenes apologéticos raudamente compuestos acerca del olor a santidad de George Bush que el desprevenido lector bien puede tentarse a creer en la valía de alguna sentencia, quizás hasta en la de algún párrafo entero. La libresca operación ruge entre los años de 2004 y 2005, época de su reelección, que había sido cuestionada, precisamente, a causa de su elevación inicial a la primera magistratura en comicios que ni siquiera el ingenioso analista político Jean-François Revel pudo defender convincentemente en su pamphlet (un género literario muy respetable) L’obsession anti-américaine. Su prólogo más antiguo, sin embargo, puede ser buscado y hallado en un artículo de costoso encargo aparecido en el Washington Post el 25 de Julio de 1999, con George Bush abocado de lleno a su campaña de precandidatura.  Dos redactores del staff permanente de ese diario, Lois Romano y George Lardner Jr., firmaron una dilatada secuencia de confesiones cuyo propósito era el ocultamiento de verdades más ríspidas y el de justificar la liviandad de esas admisiones vagarosas. En pocas palabras, 1986 había sido para George Bush el año seminal, aquel que separó los vinos de su pasado con las cristalinas aguas de su recuperación y ascenso a las nubes de la abstención etílica. En menor cantidad de términos aún, Bush’s Life-Changing Yeares una suma teológica de razones por la cuales el candidato es  preferible a cualquier otro, y lo es, incluyendo a sus competidores asimismo republicanos, porque ha conocido la perdición pero ha regresado triunfante de ella, cual las películas, y tal hazaña lo hace, a los ojos del derrotado estadounidense medio, rendido a los pies de su  ostentosa plutocracia, más humano y cercano y alcanzable. Esa pieza de dudosa calidad periodística se permitía insinuar, aun cuando timoratamente, la pervivencia del sueño americano encarnado en George Bush, y emocionar al elector con la posibilidad de que uno de los suyos, un Juan Pueblo, un John Doe, sin más inteligencia que la de un buey, sin más cultura que la de un asno, sin mayor preparación política que la de un intendente del conurbano peronista, sin mayor mérito que el de un mal tahúr, deviniese un atildado doppelgänger, una suerte de doble a la manera del William Wilson de Poe (al que ni George Bush ni la mayoría de sus votantes han frecuentado o siquiera conocen, pues la incultura es una cualidad vital en el protestantismo político de la derecha estadounidense) que permitiese la ilusión de creer que es el votante sin intermediarios quien reina desde el despacho oval de la Casa Blanca, comanda ejércitos y flotas, es cortejado como una pequeña deidad por sinnúmero de líderes de naciones temerosas y comedidas y, por fin, despliega su munificencia frente a los azorados y atónitos compatriotas desde la sosa capital del mundo. Barack Obama, o sus asesores, aprehendieron un eco confuso de esa lección y lo aplicaron con la cuantiosa mitad del país que no puede identificarse con un hombre blanco y rico, de esposa solícita y sonriente, camino que la sofisticación y cierta altanería elegante de Hillary Clinton no podía recorrer. Afligida y quejumbrosa victoria, la del desgraciado Obama.

Decision Points, su libro de memorias, contiene, como es de esperar, la letanía de la autojustificación apoyada en la moraleja de la anécdota: así como el extraordinario y mortal 1984 de George Orwell refiere las sergas del camarada Ogilvy, un miembro del Partido encumbrado al rango de ejemplo en el estricto cumplimiento del deber, así el tomo de Bush pontifica con la existencia, quizás comprobable, del profesor Lyons, obligado a las muletas a causa de la poliomielitis, y sin embargo educador entusiasta y héroe anónimo que sirviera de inspiración al joven George. El arte del buen sufrir y el de la feliz resignación son esenciales al capitalismo republicano sin rostro. Cabe preguntarse si el profesor Lyons bebía o tenía inconfesables vicios en la penumbra, ya que George no se dejó llevar por la ardiente emulación hacia su maestro de Historia sino hasta su cumpleaños número cuarenta.

 

Valentin de Boulogne: Pablo escribiendo sus epístolas, 1618. Museo de Bellas Artes de Houston, Texas.

Valentin de Boulogne: Pablo escribiendo sus epístolas, 1618. Museo de Bellas Artes de Houston, Texas.

La primera de las apologías de Bush, casi por mano propia, se publicó el 25 de Febrero de 2004. Afirmar que su intención no era la de persuadir a los ya bovinamente persuadidos estadounidenses de que su mandato era de inspiración divina equivale a afirmar que no se ha leído el libro, omisión que merece, al menos, la calidez de un aplauso. George W. Bush: On God and Country es una breve explicación acerca de cómo el inquisidor literario Thomas Freiling examina la fe del Presidente y la halla proba. El 12 de Abril siguiente, Stephen Mansfield se explaya con mayor soltura en el tedio de doscientas veinticuatro páginas que reproducen el relato canónico del espiritual e iniciático viaje de Bush desde la malandanza a la integridad. The Faith of George W. Bush atesora, no obstante, dos momentos épicos: uno de ellos es la entrevista con Graham, de la cual Bush emergiera a medio curar, y luego de la cual su esposa exclamara, un tanto apresuradamente:¡George ha vuelto a nacer! Más allá de los dolores del supuesto parto, el segundo de los hechos, jamás narrado anteriormente, coloca en el centro del pálido escenario a un personaje cuya excentricidad rivaliza con el misterioso y mudo apóstol de las transitadas calles de Buenos Aires.

David Aikman repite sin más imaginación que la copia las mostrencas páginas del libro de Mansfield; aun así, es aconsejable detenerse en dos útiles aspectos de este nuevo y a un tiempo reiterado volumen: Aikman, un año después de responsabilizarse por la autoría de A Man of Faith: The Spiritual Journey of George Bush (4 de Octubre de 2005) pone fin a su siguiente paso en la vía de la propaganda conservadora: se convierte en biógrafo oficial de Billy Graham, el reverendo que acertara a sacudir algo del polvo religioso del entresueño post festum de Bush. El triángulo amoroso se concreta en matrimonio de conveniencia cuando tanto Bush cuanto sus dos escribas coinciden en señalar a 1986 como el año en el que la charlatanería de Graham se impuso a su impulso por la bebida, pero es Mansfield quien primero arrojó graciosa luz sobre el asunto, y Aikman quien lo argumenta de modo más dramático.

Según Aikman, fue George Bush quien activamente clamó por la realización del encuentro. Arthur Blessitt (su apellido en inglés es un homenaje a la homofonía piadosa: suena exactamente igual que la expresión bendícelo) ha legado a la posteridad una labor pedestre: ha caminado 38.102 millas (más de sesenta mil kilómetros) cargando con una cruz de madera de doce pies (algo más de tres metros y medio) y cuarenta y cinco libras de peso (unos veinte kilogramos) por más de trescientos territorios desde la mañana de navidad de 1969 hasta el 7 de Junio de 2008. Su cometido, sólo accesible a sí mismo o quienes dificultosamente razonan como el propio Blessitt, fue el de llevar la palabra de su dios desde California hasta Mongolia y desde Corea del Norte hasta la Antártida. Su plusmarca está certificada por el curioso Guinness World Records y las fotografías y testimonios que tomara en ocasión de su peregrinar, en algunos casos con personas de variado prestigio. Blessitt revela la fecha exacta de su cumbre con Bush, en ese entonces un sencillo ocioso estragado por excesos sin documentar: el 3 de Abril de 1984 en el pueblo de Midland, en Texas. Blessitt, de acuerdo a su versión de los hechos, nunca contradicha por Bush, predicaba su fe a través de eficaces instrumentos ausentes en eras bíblicas, tales como la radio. La divina casualidad quiso que Bush escuchara la voz del andarín y rogase intercesión a un cofrade en el negocio del petróleo, un tal Jim Sale (en otro llamativo caso de predestinación, sale es, como se sabe, venta u oferta).  Orgulloso por haber sido llamado a dar prueba de su verdad ante el hijo del Vicepresidente, Blessitt oró silenciosamente por él durante los primeros minutos de la reunión. Con la Biblia en la mano, y respondiendo a la pregunta de Bush acerca de cómo conocer mejor a Jesús-ben-Judá para más eficazmente seguirlo, Blessitt interrogó a Bush acerca de su relación con el segundo miembro de la trinidad cristiana. Bush dijo no estar seguro.

“Déjame hacerte esta pregunta” arremetió Blessitt, “Si murieras en este instante, ¿tendrías la seguridad de ir al paraíso?”. Bush contestó, humildemente, que no. Blessitt aseveró conocer el camino rápido y la fórmula infalible para que tal cosa sucediera: citó pasajes de la Epístola a los Romanos y de los evangelios de Mateo, Marcos y Juan. Lucas, por inexplicable arbitrio, no fue convocado a la augusta presencia de George Bush. Luego Blessitt inquirió a su reciente discípulo: “La elección es ésta: ¿prefieres vivir tu vida con Jesús o sin él?”. Bush admitió que quería hacerlo sin prescindir del pescador de hombres. “¿Prefieres pasar la eternidad con Jesús o sin él?” insistió Blessitt, para tantear la resolución de su alumno. “Con Jesús” dijo Bush. Habiendo sorteado el breve multiple choice que su autoridad eclesiástica le asignara, Bush fue tomado de la mano por Blessitt y comenzaron a rezar, la oveja repitiendo las palabras tras el pastor:“Querido Dios, creo en ti y te necesito en mi vida. Ten piedad de mí, un pecador. Señor Jesús, quiero seguirte con todas mis fuerzas. Borra mis pecados y entra en mi vida como señor y salvador…” Cuando Blessitt hubo terminado de mascullar su plegaria, y Bush de repetirla (a ellos se les había unido el amigo Jim Sale, ansioso por ser testigo del fundamental momento), Blessitt gritó: “¡Hay regocijo en el cielo ahora! ¡Eres salvo!” Y el malamente discriminado evangelista Lucas obtuvo justa reivindicación: “Hay alegría en la presencia de los ángeles de Dios cuando un pecador se arrepiente. Hay mayor regocijo en el cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos que no necesitan del arrepentimiento.” En medio de la algarabía celestial, los hombres se abrazaron y se congratularon mutuamente de haber evitado, para George Bush, el futuro descenso a los infiernos.

George Bush obtuvo en su primer compulsa presidencial, el 7 de Noviembre de 2000, la cifra de 50.456.002 votos, menor cantidad que su oponente, Al Gore, pero suficiente en razón del voluntariamente tramposo sistema electoral estadounidense y de los desesperados intereses de tantos afanosos empresarios que amasarían fortunas sin cuento gracias a la puesta en marcha de la maquinaria militar y el negocio creciente de la tercerización de la seguridad castrense; en otros términos, del gótico regreso de los ejércitos privados. En el segundo comicio, el 2 de Noviembre de 2004, George Bush totalizaría 62.040.610 sufragios; cada uno de ellos fue confesional testimonio de que una vasta mayoría de estadounidenses había elegido como Presidente a un hombre al que conocía y amaba sin rodeos, y al que veneraba sinceramente y no tras la bruma de la hipocresía o del error. No nos es dado saber si George Bush cree o no en algún dios o si posee rudimentos de ética en su obrar personal; sí está claro que, al menos,  la mitad de los estadounidenses creen o han creído fielmente en George Bush.

Del exótico hombre que paseaba su fe por las avenidas ajetreadas de Buenos Aires nada más se ha sabido. Sólo podemos llorar con él, desde su fatiga y desde su fracaso, la mala fortuna de no haber nacido en la tierra en donde cada persona puede traer consigo el luminoso verbo de la salvación, cada hombre y cada mujer pueden convertirse en ministros de alguna todopoderosa entidad, donde cualquier pícaro lava sus manos con el desnudo contacto con las plegarias de un santón, y donde el negocio más rentable es hacer creer y creer. Tan provechoso es, amigos, que hasta puede convertir a uno en Presidente.

Hadrian Bagration

 

Cita a media tarde

Tom Saunders: Matinée. Sin datación. Colección privada.

Tom Saunders: Matinée. Sin datación. Colección privada.

El intelectual es el hombre o mujer del matiz; no es imposible que lo sea también de la duda, la que, según Aristóteles, sólo acontece en personas educadas. La profunda enemistad que se prodigan el intelecto y el dogma suele zanjarse en favor de éste: las piras del nazismo y la Inquisición, los lentos barcos, el Oberbürgermeister Haken y el Preußen, transportando intelectuales rusos al exilio en Alemania por orden de Lenin, los jémeres rojos astillando los huesos de quienes sabían descifrar alfabetos en Camboya, Perón consignando a Borges y a Vicente Fatone a puestos de ignominia. La segunda posguerra europea redescubrió en suelo francés las corrientes antiintelectuales de la intelectualidad del romanticismo alemán y dio a luz a cómicas imposturas como el estructuralismo, la multiculturalidad, el neonacionalismo y el culto a la pobreza del Tercer Mundo. Los intelectuales que renegaron de estos credos reiterados y fanáticos sufrieron estigma. La historia es contada con mayor elegancia y precisión por Juan José Sebreli, Julien Benda y Alain Finkielkraut en varias de sus obras.

El vehículo más efectivo para la transmisión del pensamiento antiintelectual es el medio de comunicación. Ludwig von Mises, razonado defensor del capitalismo, lo definió sin embargo con una alarma: un modo de producción en masa para las masas. Masas ignaras, parafraseando a Matthew Arnold, que alimentadas en la fiereza por textos, sonidos e imágenes incultas acaban por atentar contra el mismo sistema que tiempo atrás las rebeló contra el letargo de la ignorancia. Debiera ser preocupación para cualquier ideólogo de la expansión del capital y la generación de la riqueza la incesante educación de los pueblos; querer otra cosa es abandonarlos al designio de tiranos y de oscuros iluminados.

Cita a media tarde ha cumplido un cuarto de siglo. No es dable pensar en otro producto difusor de la cultura de vida tan larga y fecunda. A excepción de un breve pero sufrido interregno de prohibición provocado por un bárbaro antisemita al comando de una estación de radio, enardecido a causa de un homenaje a un sobreviviente de la lista de Schindler, Cita a media tarde, programa radial que enaltece historias, personas y personajes de la cultura universal, argentina y regional, se ha emitido durante estos veinticinco años sin retrocesos de nivel, sin apelar más que al ánimo de sus realizadores y a la orgullosa contribución de sus anunciantes. En un ámbito craso y banal, Cita a media tarde es una serena excepción que prestigia a las casas que la han cobijado. Con exagerada generosidad fui consultado en varias ocasiones; sólo merece recordarse que las preguntas fueron inteligentes y que quien me entrevistara procuró mi satisfaccción y la del oyente.

El destino de todas las cosas es perecer; ni aun Roma fue eterna. Algún día Cita a media tarde dejará de existir, y con esa desaparición lamentaremos la caída de una herramienta más de la frágil cultura que nos sostiene. Pero para que suceda esa amargura falta todavía tanto, quizás mucho.

Hadrian Bagration

  Cita a media tarde por Radio Mitre FM 100.3

The Second Coming

John Singer Sargent: William Butler Yeats, 1908. Boceto. Colección privada.

John Singer Sargent: William Butler Yeats, 1908. Boceto. Colección privada.

Es cierto que en el marcial año de 1916 William Butler Yeats, ya alcanzada la madurez que otorga el medio siglo de vida, casa felizmente con Georgie Hyde-Lees, cargada con sólo la mitad de los años del poeta, y que la unión resulta ser, a pesar de los negros augurios, próspera. Yeats concibe, apenas tres o cuatro años más tarde, su pieza más espléndida (no hay en la literatura recompensa más íntegra que la de ser recordado por un poema): The Second Coming. La interpretación de una obra es siempre vacilante: los críticos juzgaron que la atmósfera frágil, rauda, inestable de la primera posguerra europea hizo temer a Yeats por la suerte de la civilización occidental y por la suerte del cristianismo; era ése un equivocado entonces que los creía inextricablemente ligados. The Second Coming teme y ora por el arribo de la segunda venida, de la parusía, tal vez en el espíritu de Bernardo de Morlas (hora noussima, tempora pessima…), pero hacia el final de los versos el miedo supera a la ansiedad y Yeats se pregunta si aquél que ha de venir no nos abrumará con una naturaleza monstruosa:

And what rough beast, its hour come round at last,
    Slouches towards Bethlehem to be born?

Joan Didion utilizaría esa línea hoy repetida hasta cierto hartazgo para bautizar su primer libro de ensayos, al que Truman Capote, avaro en elogios, calificara de brillante. La mejor traducción al español de The Second Coming proviene, quizás, de Juan Carlos Villavicencio: its slow thighs se convierte en sus pausados muslos; la rough beast es la tosca bestia; slouches se transforma en una aliteración grata: cabizbaja camina. La bestia que demora el sueño de Yeats es palpable en la traducción de Villavicencio.

La historia me fue referida en Dublin. El narrador pertenecía aún a una debilitada facción de las muchas docenas en las que se partió la Golden Dawn, la secreta y cómica sociedad cazadora de espectros en la que militara asimismo ese simpático tahúr que dio en llamarse Aleister Crowley. Yeats había adoptado un lema personal excéntrico y erróneo: Daemon est Deus inversus. El espíritu tutelar de los griegos, el íntimo consejero de Sócrates, el daimôn, había sido elevado, inmerecidamente, a la categoría de príncipe tenebroso, y no sería otra cosa, para Yeats, que la visión divina en el mágico mundo del espejo. Se me confió también que Yeats era atento y fervoroso lector de Lovecraft.

El hecho ocurrió a mediados de 1912. Yeats abandonaba una de las sedes de la Golden Dawn, el templo de Isis-Urania, hacia la caída del sol, seguramente en algún mes invernal. Un hombre pasó junto a él, el paso cansado, caminando cabizbajo. Yeats sintió la llamada del espíritu y lo siguió. Tras algunas cuadras, el hombre se detuvo y volvió su rostro hacia Yeats. Éste reprimió un grito: no era rostro de hombre sino de bestia, la cara de un león asentada sobre el cuerpo de un hombre vestido, según quería Oscar Wilde, para evitar ser recordado. La criatura sostuvo la pálida mirada de Yeats por unos momentos, luego se alejó sin apurar ese ritmo cansino. Yeats se excusó de importunarlo. Regresó a su casa y anotó, sin precisiones, el incidente. El papel sería olvidado en un abrigo y hallado por otro miembro del sigiloso congreso; era su nieto quien exhibía frente a mí ese trozo de historia en la letra temblorosa de Yeats. La escritura era escasamente legible, pero se adivinaba la reiterada frase de Shakespeare: There are more things in heaven and earth, Horatio… Ignoramos las razones por las que Yeats, en su poema, invirtió la anatomía del monstruo y describió un cuerpo de león con cabeza de hombre.

Aquel buen muchacho intentaba venderme el documento. No tenía hijos ni nadie a quien legar ese trofeo, y los museos lo habían rechazado. Pedía algo más de mil libras. Con la amabilidad que mis mayores me enseñaron, le propuse posponer el asunto hasta después de la Segunda Venida.

H.B.