Missolonghi

 

Thomas Phillips: Retrato de Lord Byron, 1824. National Portrait Gallery, Londres.

Thomas Phillips: Lord Byron, 1814. National Portrait Gallery, Londres.

Algún día de 1811, John Edleston, quien había vivido hasta entonces en la sobria oscuridad del fracaso, fingirá su propia muerte trocando su cuerpo por el de un vagabundo. Sigiloso y desposeído, emprenderá un viaje que le llevará una década. En medio del hambre y las penurias, recordará, a veces en sueños, los años venturosos en Cambridge, la enloquecedora voz que lo entronizara en la cumbre de los niños del coro, voz que luego se apartaría de él, como hiciera el hombre al que se entregó y que le dejara, a modo de despedida, un poema en el que su nombre, el amado nombre de John Edleston, no figuraría. Mil veces repetirá Edleston durante el duro viaje las líneas del poema.

En Abril de 1824 Edleston arribará a las afueras de la dolorida Missolonghi, amenazada por los turcos. Fingirá ser un mercenario inglés al servicio de la causa griega. Lo acogerán con entusiasmo; será curado y alimentado. Le informarán que un compatriota suyo, algo enfermo, se recupera no lejos de allí. Edleston, que habrá dado un nombre falso, pedirá visitarlo. Lo llevarán hasta la tienda donde reposa. Los turcos recomenzarán el bombardeo; los defensores se apresurarán a ocupar sus puestos. Los dos hombres serán dejados solos. George Gordon, sexto barón Byron, sumido en el opio, las violentas sangrías y el sopor, no lo reconocerá. Oirá hablar fluidamente su lengua cuando Edleston, luego de innumerables días y noches de separación, le anuncie quién es. Byron sentirá una mezcla de asombro y alarma: habrán llegado a sus oídos noticias de la muerte de Edleston; temerá estar bajo el delirio de las fiebres o frente a un espectro.

Edleston lo tranquilizará: lo ama (es por eso que ha venido), y trae consigo la cura. Derramará un polvo grisáceo sobre el agua y dará a Byron de beber. El poeta agradecerá el milagro y tomará a Edleston de la mano; por un momento todo será como fue. Entonces Byron sentirá un convulsión, un temblor que derrumbará sus vísceras, y aferrará la mano de Edleston con su última fuerza. Edleston cederá por vez primera y única a su lento odio y lo maldecirá; habrá en ese insulto íntimo más amor, quizás, que en todas las tardes compartidas. Byron, aun antes de acabar de oír la imprecación, habrá muerto.

John Edleston saldrá de la tienda; afuera continuará la distracción de la batalla. Tomará un caballo; sin vacilar lo espoleará hacia las filas turcas. Varias voces le advertirán que se detenga. No las escuchará. Una ráfaga lo alcanzará en el pecho. John Edleston, bajo el cielo de Missolonghi y la admiración de los sufridos griegos, habrá muerto.

Los enterrarán juntos. Los griegos les dedicarán elegías. La tumba se convertirá en monumento y sitial de peregrinación. Aun los turcos, luego de arrasar Missolonghi dos años más tarde, respetarán, como a una vieja superstición, la tierra consagrada.

                                                                                                                                                                  H.B.

 

 

 

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