El culto de las cenizas

Luis Montero: Los funerales de Atahualpa, 1868. Museo de Arte de Lima.

Luis Montero: Los funerales de Atahualpa, 1868. Museo de Arte de Lima.

Al concluir su estudio sobre la obra de Roberto Payró, Eduardo González Lanuza refiere, en un apéndice que sería, merced a la lentitud de la casa editora, póstumo, la cómica impresión que le causara el epílogo de su novela menos lograda, El falso inca (1906). Sabe el lector que la trama recorre la historia de Pedro Chamijo, o Pedro Bohórquez, sublevador de los calchaquíes, saqueador de los pueblos de San Carlos y Santa María, a los que arrasó e incendió, buen tunante, mal falsario, mediocre capitán. Como en tiempos de la conquista, una veintena de españoles armados con arcabuces bastó para aplastar a los indios. Bohórquez, vestido con túnica bordada, en su mano un bastón de oro, en su cabeza una corona de plata rematada en un sol labrado, se apresuró a rendirse. Era el 23 de Septiembre de 1658 (Payró no era riguroso con las fechas). Confesó que no era fiel descendiente del Inti, sino vagabundo nacido en Granada. Rogó piedad. Argumentó que había sido su intención unir bajo su mando a los bravos calchaquíes para someterlos al trono de España; no por otra razón la Audiencia de Charcas lo había autorizado a hacerse llamar Inca Hualpa. Su mansedumbre no movía a los españoles a la clemencia; admitió entonces ser un vulgar ladrón cuyo próposito sólo había sido el de apoderarse de las secretas riquezas de los incas de las que los calchaquíes eran silenciosos depositarios. La revelación apuró la lenta decisión de los españoles: el 3 de Enero de 1667 moría engarrotado, colgado en pública plaza, su cabeza exhibida en el puente de San Lorenzo en Lima.

Payró, que en un principio pensó detener el relato allí, agregó un párrafo y un par de notas al pie: en el texto incluyó la leyenda que habla de su amante, doña Carmen; fracasado su intento de vengar la muerte de Bohórquez y mandada aprehender, se arrojó a un abismo. Más abajo, la leyenda troca en mito: el cuerpo de Bohórquez, quemado, es reducido a meras cenizas, pero no son esparcidas ni arrojadas a los vientos, sino que un sigiloso grupo de seguidores se hace con ellas. Fundan un culto: Bohórquez no era un falsario ni un bandolero ni un ladrón, sino la prefiguración, la anunciación de aquél que había de venir a liberar el continente; el primer avatar había sido Túpac Amaru; Bohórquez (el Inca Hualpa), el segundo; el tercero, el definitivo, imperaría pronto. Las cenizas de Bohórquez pasaron de mano en mano y de generación en generación; tantos murieron en la esperanza de ver, con ojos propios, la llegada del mesías. Payró anota dos arribos fallidos: el de Túpac Katarí, hacia 1781, y el de Juan Manuel de Rosas a mediados del siglo XIX. Katarí fue derrotado y ejecutado de modo cruel; Rosas, vencido, huyó a la Gran Bretaña, de la que había sido enemigo y socio comercial. González Lanuza advierte que en opinión de Payró la superstición que rodeaba a la cenizas de Bohórquez (o del Inca Hualpa, como quienes le adoraron se obstinaban en llamarle), al momento de acabar su novela, ya era borrosa. González Lanuza, es sabido, no reprochó a Payró su error, pero respetuosamente agregó las líneas que lo corregían.

Hubo, narra González Lanuza, una tercera encarnación del tercer avatar: se la conoció como Juan Perón. Borges lo describió como un individuo alto, flaco, aindiado, con rostro de opa o de máscara. Reinó durante unos diez años, en la mitad del siglo XX. Su segunda mujer le disputó, por algún tiempo, el cacicazgo, pero los cultores de las cenizas no admitían que la encarnación del Inti escogiera como vehículo a una mujer. Para acallar los rumores de divinidad, la apodaban, no sin sorna, la Teodora, o, aún más desdeñosamente, la chipriota. Los roces entre quienes propugnaban la preeminencia de la esposa por sobre el varón (Perón) casi acarrearon un cisma. Oportunamente, la mujer murió. Poco después Perón caía; no era él, de nuevo, el tercer hombre. El culto, ahogado en la clandestinidad, bordeaba la disolución.

El regreso de Perón fue tomado como un milagro: las cenizas le fueron entregadas una vez más y sobre su cabeza lució en fausta ocasión un símil de la corona de plata de Bohórquez. Antes de que se apagaran los festejos había muerto; era un hombre viejo y enfermo. Dispersos y aconjogados, los sacerdotes de las cenizas se propusieron esperar, en el silencio y la oscuridad, de nuevo, la tercera venida.

H.B.

 

 

Incalesco

Anthpny van Eyck: Venetia, Lady Digby, 1634. National Portrait Gallery, Londres.

Anthony van Eyck: Venetia, Lady Digby, 1634. National Portrait Gallery, Londres.

La historia hubiera debido ser referida por Winston Churchill en sus volúmenes de memorias (más precisamente, Great Contemporaries, 1937), pero poco antes de legar los manuscritos a la imprenta la juzgó, si bien no arriesgada, un tanto íntima, y optó por omitir esas páginas. Es gracias a un hábil y felizmente indiscreto editor (cuyo nombre es piadoso ocultar) que la conocemos. Todos los protagonistas han muerto, de modo que no existirán dignidades ofendidas. De hallarse inexactitudes, deberán achacarse a la celeridad y a la culpa con las que el gratamente corrupto impresor garabateó párrafo tras párrafo. Una vida, un puñado de vidas, lo sabemos, caben en apenas unas cuantas docenas de líneas. Quizás en esa brevedad se esconda el secreto del bienestar.

Herbert Henry Asquith, Primer Ministro británico entre 1908 y 1916, casado con Emma Alice Margaret Tennant, padre de diez hijos, angustiado conductor de los generales de las tropas inglesas en suelo francés combatiendo a los alemanes, gastaba parte de su día en escribir épicas cartas de amor a quien deseaba fuese su amante, Beatrice Venetia Stanley. Venetia (ése era el nombre con el que prefería ser conocida) apreciaba la cortesía literaria del Primer Ministro, mas la arrobaban los ruegos de cercanía y la complejidad de las cuestiones de Estado que Asquith le confiaba; esas osadas revelaciones eran parte del cortejo. Venetia dudaba, y el tesón de Asquith no hacía sino acrecentarse. A mitad de camino entre el halago y la perturbación, Venetia declinó los favores de Asquith y resolvió casarse con Edwin Montagu, un político que compartía partido con su pretendiente. El matrimonio fue infeliz. Asquith debió contentarse con Sylvia, la hermana mayor de Venetia.

Acabada la guerra, Venetia ya viuda, Asquith alejado de la política, la pareja se reencontró en 1924. Venetia, aun más de treinta años menor que Asquith, se acercaba a la cuarentena y temía por su belleza. Hizo llegar a Asquith una esquela en donde preguntaba, merced a un circunloquio tímido, su opinión. Asquith, recordando sus años clásicos en el Balliol College de Oxford, respondió con sólo una palabra: incalesco (ardo). La antigua amistad reverdeció.

H.B.

Far away, long ago

John Singer Sargent: Gaseados, 1919. Imperial War Museum, Londres.

John Singer Sargent: Gaseados, 1919. Imperial War Museum, Londres.

Cien años se interponen entre nosotros y aquel prolongado desastre que fue llamado la Gran Guerra, la Guerra Europea o, sencillamente, la Guerra Mundial. A su término, aún no se sospechaba que se avecinaría una catástrofe todavía mayor, tras la cual los años transcurridos entre 1914 y 1918 serían rebautizados como la Primera Guerra Mundial. Contrariamente a la opinión de muchos historiadores (entre los que se destaca, sin que ese verbo implique con necesidad un elogio, Eric Hobsbawn), la Gran Guerra (el nombre proviene de la precisa calificación británica, the Great War) no fue el conflicto que inició el siglo XX, sino aquél que puso fin al XIX: la incidencia de fuerzas aéreas y carros blindados fue escasa o nula; sólo la sufrida infantería  y los constantes cañones hicieron avanzar o retroceder ejércitos, que pagaban con millares de hombres unos pocos metros de tierra arrebatada en una ofensiva que era refutada en la jornada siguiente; las acciones se dirimieron (lo relata Ernst Jünger, ese nazi de salón, en Tempestades de acero), con ahínco bélico poco diferente al de la Guerra Civil Americana. La Gran Guerra, es baladí negarlo, acabó con imperios tambaleantes, como el Austro-Húngaro, el Alemán y el Otomano, y fue la oportunidad, quizás impensada, para que Lenin ejecutara su golpe de Estado en la Rusia post-zarista. Nicolás II, no es vano recordarlo, había huido en Febrero de 1917 y los bolcheviques, sabedores de la debilidad del gobierno de Alexander Kerensky, inauguraron su deshonrosa tradición de llegar al poder en forma violenta. Tras esa exitosa intentona buscarían alterar las reglas semánticas y decretarían que los coups d’État sólo merecían ese apelativo si promovían regímenes que desacataran a Moscú. La Gran Guerra apagó el ciclo de expansión colonial europea y sus juegos de alianzas y enemistades, duraderas o efímeras. A partir del armisticio nacía un mundo amenazado por el fascismo y sus dos alas gemelas y tibiamente (en un principio) adversarias: aquélla que admitía la coexistencia del capital privado y el control del Estado sobre él (las versiones alemana, italiana, española y portuguesa, entre otras), y las que sólo permitían tributo a la conducción de los vetustos medios de producción, ineficiente creación y demencial distribución de la riqueza a través de la omnipotencia del Estado (las variantes soviética, más tarde china, norcoreana, cubana, y desprolijos satélites asiáticos y africanos). El primer conflicto del siglo XX fue el choque entre las democracias occidentales y el comunismo. Durante buena parte de la centuria, el triunfo de los herederos de la Ilustración (el Occidente) estuvo bajo ensombrecida duda.

Es asombroso constatar que un hecho de gravedad colosal, ocurrido hace apenas cien años, se desvanecerá ante la absoluta indiferencia de población, público y aun especialistas: la Gran Guerra, sus millones de muertos y su alteración de concienzudas afinidades y rivalidades, su reconstitución de mapas políticos, fronteras, zonas de influencia y limes impenetrables cae sobre nuestras vidas como una llovizna pasajera. Las dos guerras mayores del siglo XX, aquéllas cuyo alternativo resultado hubiera empujado a la humanidad a una caída similar a la de Roma bajo la barbarie del cristianismo (y su posterior, ya inevitable, derrumbe definitivo) fueron la guerra contra el nazismo y sus cómplices y simpatizantes; y la guerra contra su viejo cómplice y simpatizante, el comunismo. La victoria de Occidente significó la conjuración de una nueva Edad Media, la elusión de una renovada desfiguración de la Cultura y la civilización, el oscuro hundimiento del individuo en todos los órdenes. Desgastado por dos conflictos que consumieron buena parte de una de las eras más beligerantes desde el fin del sueño napoléónico, no es extraño que el Occidente yazga algo agotado. Además del frente externo, hubo de soportarse la saña de intelectuales veleidosos, ciegos o sencillamente venales, que apoyaron, desde el confort del reconocimiento y la distinción de universidades  y acólitos en el Oeste, el totalitarismo oriental: en esa trampa cayeron, del todo o a medias, mentes de las que se esperaba mucho más, como las de Sartre, György Lukács o Paul Baran. No pocos fueron aquéllos que, veraz o falazmente convencidos, se avinieron a esa prédica suicida y aun murieron, estúpidamente, por ella.

Más allá de vastos y oportunos volúmenes, la Gran Guerra es parte de un siglo muerto ya ha mucho; resuena con mayor furor la Revolución Francesa (con sus legiones de fieles y de detractores) que las batallas, ya casi sumergidas en esa confusión que llamamos olvido, del Marne, Verdún o la Kaiserschlacht. No es Troya la guerra que divide a la gracia y a la sombra (¿quién nos dirá si Aquiles apoyaba la causa recta, o lo hacía Héctor; quién si Paris pluguía a la justicia, o lo hacía Menelao, quién si frente a las murallas de Ilión se disputaba un combate valedero?), sino los atenienses contra Persia; Leónidas en las Termópilas; Alejandro contra Darío, Roma en la Galia, Britania, Germania, Partia o la superstición de la cruz; Cervantes en Lepanto; la Modernidad contra la terca resiliencia del fundamentalismo cristiano y del Islam, el liberalismo (tan sesgada y maliciosamente interpretado, ay, por los propios liberales) contra quienes creen que sólo hay una manera, una forma, una vía, un camino, y sean anatema quienes por otros senderos opten. Son esas guerras, esas batallas, nación por nación, ciudad por ciudad y quizás casa por casa, las que aún se libran, implacable y tal vez infinitamente.

H.B.

Apología de Mariel Estrada

Jean François de Troy: Lectura de Molière en el salon, 1728. Colección privada.

Jean-François de Troy: Lectura de Molière en el salón, 1728. Colección privada.

Muchas formas guarda la gratitud; la más apta de ellas es la renuencia al olvido, maldición de los pueblos ahítos de novedades, fórmula del fracaso, azote de la Argentina. La velocidad es enemiga de lo profundo; el cambio constante, contradiciendo su mandato frívolo y central, es a un tiempo una garantía de estancamiento. Esas decadencias propician, por sobre disciplinas ajustadas al rigor de la ciencia y el amor a las artes, la mera crónica y la línea rauda e informada, nunca nacida del culto a lo bello.

Durante veinticinco años (la cifra se antoja irreal) Mariel Estrada ha ejercido las gratas labores de la gestión artística, del periodismo que cobija la cultura, de la crítica, de la literatura y del mecenazgo, esa cualidad que hace del tosco magnate un benefactor. A ella debemos el puntual rescate de ocultas y descuidadas figuras del reino de lo perenne cuya suerte en la memoria humana ha sido pobre. A ella debemos veinticinco años (la cifra se antoja de nuevo irreal, en una era de senectudes apresuradas) de prolongado renacimiento de esa francesa institución, le salon, el café littéraire, el feliz conciliábulo en el que se gestara la Enciclopedia cuando nacía la Ilustración. En favor de Estrada puede argüirse que Francia gozó del patrocinio de prohombres como el barón d’Holbach o Madame Geoffrin. El árido ámbito que tocó transitar a Mariel Estrada, un pedazo del sur de la provincia de Buenos Aires, agiganta el esfuerzo y endulza la recompensa: los cientos, tal vez miles de gratitudes que el recuerdo de tantas gentes complacidas y celebradas, artistas y público, le dispensan. El Salón tomó el nombre de uno de aquellos ilustres hombres que flotan en cierto añoso olvido, el poeta y compositor Mario Iaquinandi. Congregó, en momentos en los que la eficiencia de funcionarios como Federico Weyland, hábil malabarista del medio cultural, quien exigía valor de cada centavo invertido en las artes, a notables como Juan José Sebreli, Antonio Medina, Alicia Teveles, Nidia Burgos, Atilio Zanotta, Zulma Poliansky, Jorge Fabrizzi, José Valle, Susana Cirille, Susana Caramelli, Licia Mouriz; la lista es larga y mi memoria, débil. Es justo reconocer que su esposo, el músico Antonio Germani, secundó y fomentó el proyecto durante estos cinco lustros. Mi torpeza seguramente omitirá algún nombre necesario. Baste consignar que el espíritu de la Encyclopédie, aun cuando debilitado y difuso a causa de la penuria económica y del terco desinterés oficial, deambula por los claustros del Salón.

En Agosto de este año Mariel Estrada recibirá una especial distinción del Congreso de la Nación, un tanto tardía, en honor a su silencioso trabajo. Será ocasión de júbilo y de triunfo, siquiera por una vez, del sacrificado y esquivo esplendor que deparan las artes.

H.B.

 

 

Una rosa y Milton

…esa flor silenciosa, la postrera 
rosa que Milton acercó a su cara,
sin verla.

Borges: Una rosa y Milton

William-Adolphe Bouguereau: Alma llevada al cielo, 1878. Colección privada.

William-Adolphe Bouguereau: Alma llevada al cielo, 1878. Colección privada.

Superado el sueño de la muerte, John Milton arriba al Reino y es declarado probo. Preparado para morar entre los justos, se le informa que, a la espera del Juicio, es su rutina transcurrir en la Eternidad en posesión, de entre todas las viejas cosas queridas, de sólo una. Milton, que fue ciego, anhela la rosa que una vez acercó a su rostro y que no vio. Le preguntan si es su deseo ser acompañado de su vasta y profunda obra. Milton juzga a sus versos dilatados e imperfectos; quiere a la rosa. En su mano alguien deposita la flor.

Milton desespera: la rosa está allí, su piel puede sentirla, pero sus ojos, a los que ahora baña la luz, nada ven. Algo fatigados, ángeles y santos le advierten que en los cielos nada de lo que en el mundo fue puede ahora ser distinto: sus ojos ven, pero los objetos que en su vida fueron oscuridad serán para él, en la Eternidad, invisibles. Le aseguran que no está en los infiernos, que no es víctima de burla o engaño, y que tal es la naturaleza del Jardín.

Milton, con la voz quebrada por la amargura de la Gracia, pide regatear con Dios. Le responden que, al igual que la rosa en su mano, Dios fue para él (para todos los hombres) oscuridad en la tierra, que lo seguirá siendo en el cielo y que es, como Milton, ciego, y prefiere una rosa, cualquiera, a su Creación, a la que juzga dilatada e imperfecta, mientras aguarda, sin esperanza y acompañado de alguna vieja cosa querida, el Juicio.

H.B.

 

Eclesiastés IV

Ec.: 7, 26

Escuela flamenca: Los falsos médicos, 1640. Wellcome Library, Londres.

Escuela flamenca: Los falsos médicos, 1640. Wellcome Library, Londres.

“Me preguntáis cuál ha sido el mayor dolor de mi vida. Os lo diré: no ha sido ni la prisión ni la enfermedad, ha sido Teresa. La he visto pendiendo de sogas transparentes, en las misas, sujetada por novicios, para hacer creer a las gentes que flotaba en los aires. La he visto ser paseada en ese estado de sopor que mal llamamos éxtasis. He corrido a auxiliarla en sus caídas, la he abrazado, la he besado, le he pedido que huya, que pida mi protección, que recurra hasta a la misma Inquisición si es necesario, para que el hato de bribones que la utiliza sea apartado de ella. ¿Sabéis que me ha dicho? Nada sucede si no quiero; yo lo sé todo. Y ha sonreído.”

Fray Luis de León: Dicebamus hesterna die. Cartas a Prudencio de Montemayor, Salamanca, 1591.

H.B.

Eclesiastés III

Ec.: 7, 26

José de Ribera: Duelo, 1636. Museo del Prado, Madrid.

José de Ribera: Duelo, 1636. Museo del Prado, Madrid.

« Larabee tuvo entonces una idea: ya que los hombres estaban demasiado ocupados buscando oro, bebiendo o jugando y perdiendo lo poco que ganaban tras semanas de trabajo intenso en minas y ríos, haría pelear a las mujeres. Intentó convencer a bailarinas y prostitutas, pero se burlaron de él. How come a lady is going to fight like a man?-le repetían. Larabee no se arredró; tenía dos hijas, Constanza y Shelly. Un par de lecciones en el arte del box bastarían. Publicitó el combate durante un mes, prometiendo que las jóvenes reñirían desnudas hasta la cintura. El día fijado, un miércoles por la tarde, el salón de Larabee estaba atestado. Shelly era la menor, pero era más alta y fornida; Larabee había acentuado las diferencias para que todos apostaran por ella. Había instruido a Shelly a arrojarse al piso luego del sexto round; como único apostador por la débil Connie, haría buen dinero. Para darse valor, las chicas habían bebido un par de tragos. Al verlas subir al ring, Larabee comprobó con horror que estaban ebrias; ninguna atinaba más que a lanzar algún que otro golpe al aire. Al principio la audiencia rio a carcajadas, luego comenzaron los abucheos. Hartos de sentirse burlados, los rudos muchachones que habían venido a ver un combate de box destrozaron el lugar. Larabee debió huir para no ser linchado.”

“Volvió, cubierto de deudas, sólo para trabajar como buscador de oro, en la última pobreza. Antes, vendió a sus hijas a un burdel; las recompraría cuando le devolviesen el total de lo perdido. Jamás regresó.”

Francis Bret Harte: Californian Sketches, en el The San Francisco Californian, 1864.

H.B.