Del fascismo con rostro oriental

Francisco de Goya y Lucientes: El coloso, 1818-1825. Museo del Prado, Madrid.

Francisco de Goya y Lucientes: El coloso, 1818-1825. Museo del Prado, Madrid.

Uno de los innumerables yerros políticos de Juan Perón fue la febril anticipación a la que se entregó al estallar el conflicto entre las dos Coreas en Junio de 1950, del cual creyó que se trataba del prólogo a la Tercera Guerra Mundial. Luego de tres años, un armisticio y varios cientos de miles de víctimas, la división entre los sectores norte y sur del país se mantenía en su posición inicial, rígidamente inserta en el paralelo 38. Corea del Sur (oficialmente la República de Corea) se encaminó a experimentar una sucesión de despóticas -seguramente hay adjetivos más trágicos y acertados para definirlas- dictaduras militares, las que no vacilaron en echar mano a represiones de todo tipo, sin excluir la  tortura y las ejecuciones sumarias, para hacerse con el poder e impulsar un sólido crecimiento económico. Peor suerte corrió la pomposamente autodenominada República Democrática y Popular de Corea, su vecino del norte; bastará escribir que sus habitantes se vieron obligados a subsistir durante más de medio siglo bajo la barbarie del comunismo.

Demasiadas fueron las herejías, mendaces interpretaciones y aun chifladuras que el  socialismo propuesto por Marx debió soportar hasta que la teoría que dignamente sostuviera la concepción clásica de la izquierda hallase su temprana y definitiva disolución no más allá de la segunda década del siglo pasado. Fue vulgarmente reemplazada por una corriente autoritaria (severamente criticada por Marx en su obra y hasta en su correspondencia) que confundía al pueblo con el Estado y privilegiaba a éste en contra de aquél. El genérico apelativo fascismo de izquierda (por mejor decir, el ala izquierda o jacobina del pensamiento fascista) es el más práctico para englobar a esta prole indeseable compuesta por los espantosos regímenes reinantes hoy o en algún entonces en la Unión Soviética, Europa Oriental, Cuba y numerosas naciones arrasadas y sometidas en nombre de la sagrada revolución (la cual incluía, las más de las veces,  la exigencia de una férrea castidad de costumbres, opuesta a la liberación sexual propugnada por los olvidados defensores de la prédica clásica, como Rosa Luxemburg). De entre todas esas grotescas y quizás asesinas versiones del error, sobresale la exótica doctrina norcoreana del juche.

En términos estrictamente filosóficos y políticos, el juche es absolutamente nada. Una apelación a la ortodoxia del pensamiento (el estalinismo más ramplón, en este caso) sin lugar para el disenso o la desviación, mezclada con la exhortación (léase amenaza) al trabajo sin protestas que convierta al suelo patrio en superpotencia indiscutida gracias a la autarquía económica, objetivo al cual el totalitarismo de Kim Jong-il, en virtud de sus catastróficos manejos, llegará en no menos de un milenio. La Torre Juche, un mamotreto de 170 metros demasiado costoso para la destrozada realidad económica de Corea del Norte, emplazada en  Pyongyang, la ciudad capital,  rinde culto a esa nada original  escolástica que fusiona nacionalismo, capitalismo de Estado, intromisión de las instituciones -nada independientes- en la vida privada, sujeción del individuo a la comunidad, aislacionismo y tantas otras miserables características tan bien conocidas y entusiastamente emuladas por Perón en sus múltiples y modestos intentos de coronarse heredero de Mussolini.

Si algo puede decirse de los regímenes que dieron en llamarse a sí mismos, obviando cualquier desinterés por la jactancia, democráticos y populares (eufemismos que intentaban proclamar las aspiraciones falsamente socialistas de sus gobiernos), es que instalaron, en extravagante desobediencia a las recomendaciones del Manifiesto Comunista, en toda ocasión la dictadura, y nunca la del proletariado. A lo más, se trataba de excrecencias del sector que se había hecho con el poder y se convertía desde entonces en sitial indiscutido del liderazgo de las masas, casi siempre indiferentes a las necesidades de éstas, y aun a veces en su contra, de acuerdo a la atinada expresión del pensador Juan José Sebreli. La incongruencia de la peste política que todavía en estos días campea en la coincidentemente democrática y popular República de Corea del Norte es que acentuó el extremo de la desviación de la doctrina marxista clásica hasta el grado mayúsculo del ridículo; si Mao Zedong había errado monumentalmente al pontificar que no era el proletariado urbano e industrial el sujeto histórico de la revolución, sino el campesinado, en flagrante y vanidosa oposición a los textos del por entonces ya irredento Karl Marx, la ignorancia o la mala fe de Kim Jong-il supuso una nueva afrenta para las castigadas poblaciones sujetas a lo que queda de los fascismos de izquierda en el siglo que corre. El dictador buscó y halló una nueva casta a la que encumbrar para desairar a las fuentes del marxismo: no son los campesinos los convocados a llevar a cabo el patatús de la insurrección contra la burguesía, sino las fuerzas armadas. La afirmación puede provocar una sonrisa fuera de Corea del Norte; dentro, es uno de los dogmas del terror.

La desaparición física de Kim-il Sung, el anterior mandamás de esa parte de Corea (no puede hablarse de muerte, ya que Sung preside los destinos de su país desde la eternidad; para la ortodoxia del Partido de los Trabajadores Coreanos no es asunto de broma) en 1994 dejó a su hijo y sucesor con la escolástica obligación de fundar un corpus doctrinario que igualara en rapacidad y estupidez al juche, tan fieramente sostenido por su progenitor. El songun, tal el apelativo escogido, predica que no es el pueblo el origen de la soberanía por lapsos depositada en sus representantes, sino los ejércitos, quienes no deben subordinación a las autoridades que la voluntad popular señaló, sino a los anhelos de su  comandante y a sí mismos, puesto que son ellos, y sólo ellos, de acuerdo a las letanías políticas que son de obligada memorización en las generaciones norcoreanas, quienes poseen la indispensable lealtad, la necesaria cohesión, el imprescindible dinamismo y el ineludible sprit de corps inexcusables para la edificación del socialismo.

Las suculentas prerrogativas concedidas al linaje de los uniformados fueron moneda corriente en los modos que el fascismo adoptó en el ámbito de los países sojuzgados por el modelo soviético. De hecho, la propia Unión Soviética consistió sencillamente en un totalitarismo basado en el culto fervoroso a la personalidad de los líderes que burocráticamente devino dictadura desmovilizadora con raíz militar. Con Kim-il Sung serenamente gobernando desde regiones celestiales y su nieto, Kim Jong-un, causando agonías en la faz terrenal, la satrapía de Corea del Norte transitará incómodamente la senda que va desde el ruidoso ardor exigido a las muchedumbres hasta el silencioso sometimiento demandado a los súbditos. La escuela del songun sasang (los militares primero) confirma el grotesco de la irracional vía política de Corea del Norte, empeñada en malgastar sus nada opulentos recursos en la única guerra en la que es capaz de triunfar: aquélla que libra contra su propio pueblo.

Hadrian Bagration

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