Apología de Mariel Estrada

Jean François de Troy: Lectura de Molière en el salon, 1728. Colección privada.

Jean-François de Troy: Lectura de Molière en el salón, 1728. Colección privada.

Muchas formas guarda la gratitud; la más apta de ellas es la renuencia al olvido, maldición de los pueblos ahítos de novedades, fórmula del fracaso, azote de la Argentina. La velocidad es enemiga de lo profundo; el cambio constante, contradiciendo su mandato frívolo y central, es a un tiempo una garantía de estancamiento. Esas decadencias propician, por sobre disciplinas ajustadas al rigor de la ciencia y el amor a las artes, la mera crónica y la línea rauda e informada, nunca nacida del culto a lo bello.

Durante veinticinco años (la cifra se antoja irreal) Mariel Estrada ha ejercido las gratas labores de la gestión artística, del periodismo que cobija la cultura, de la crítica, de la literatura y del mecenazgo, esa cualidad que hace del tosco magnate un benefactor. A ella debemos el puntual rescate de ocultas y descuidadas figuras del reino de lo perenne cuya suerte en la memoria humana ha sido pobre. A ella debemos veinticinco años (la cifra se antoja de nuevo irreal, en una era de senectudes apresuradas) de prolongado renacimiento de esa francesa institución, le salon, el café littéraire, el feliz conciliábulo en el que se gestara la Enciclopedia cuando nacía la Ilustración. En favor de Estrada puede argüirse que Francia gozó del patrocinio de prohombres como el barón d’Holbach o Madame Geoffrin. El árido ámbito que tocó transitar a Mariel Estrada, un pedazo del sur de la provincia de Buenos Aires, agiganta el esfuerzo y endulza la recompensa: los cientos, tal vez miles de gratitudes que el recuerdo de tantas gentes complacidas y celebradas, artistas y público, le dispensan. El Salón tomó el nombre de uno de aquellos ilustres hombres que flotan en cierto añoso olvido, el poeta y compositor Mario Iaquinandi. Congregó, en momentos en los que la eficiencia de funcionarios como Federico Weyland, hábil malabarista del medio cultural, quien exigía valor de cada centavo invertido en las artes, a notables como Juan José Sebreli, Antonio Medina, Alicia Teveles, Nidia Burgos, Atilio Zanotta, Zulma Poliansky, Jorge Fabrizzi, José Valle, Susana Cirille, Susana Caramelli, Licia Mouriz; la lista es larga y mi memoria, débil. Es justo reconocer que su esposo, el músico Antonio Germani, secundó y fomentó el proyecto durante estos cinco lustros. Mi torpeza seguramente omitirá algún nombre necesario. Baste consignar que el espíritu de la Encyclopédie, aun cuando debilitado y difuso a causa de la penuria económica y del terco desinterés oficial, deambula por los claustros del Salón.

En Agosto de este año Mariel Estrada recibirá una especial distinción del Congreso de la Nación, un tanto tardía, en honor a su silencioso trabajo. Será ocasión de júbilo y de triunfo, siquiera por una vez, del sacrificado y esquivo esplendor que deparan las artes.

H.B.

 

 

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Un comentario en “Apología de Mariel Estrada

  1. Emocionada y sumamente agradecida, querido HADRIAN, por la valoración que te merece esta artesana de la memoria(tan fugaz y perecedera en estos tiempos de banalidades). Simplemente una locutora allá en sus mocedades que hizo del periodismo cultural, su razón de vida en el ejercicio cotidiano del Arte. Abrazo.

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