Far away, long ago

John Singer Sargent: Gaseados, 1919. Imperial War Museum, Londres.

John Singer Sargent: Gaseados, 1919. Imperial War Museum, Londres.

Cien años se interponen entre nosotros y aquel prolongado desastre que fue llamado la Gran Guerra, la Guerra Europea o, sencillamente, la Guerra Mundial. A su término, aún no se sospechaba que se avecinaría una catástrofe todavía mayor, tras la cual los años transcurridos entre 1914 y 1918 serían rebautizados como la Primera Guerra Mundial. Contrariamente a la opinión de muchos historiadores (entre los que se destaca, sin que ese verbo implique con necesidad un elogio, Eric Hobsbawn), la Gran Guerra (el nombre proviene de la precisa calificación británica, the Great War) no fue el conflicto que inició el siglo XX, sino aquél que puso fin al XIX: la incidencia de fuerzas aéreas y carros blindados fue escasa o nula; sólo la sufrida infantería  y los constantes cañones hicieron avanzar o retroceder ejércitos, que pagaban con millares de hombres unos pocos metros de tierra arrebatada en una ofensiva que era refutada en la jornada siguiente; las acciones se dirimieron (lo relata Ernst Jünger, ese nazi de salón, en Tempestades de acero), con ahínco bélico poco diferente al de la Guerra Civil Americana. La Gran Guerra, es baladí negarlo, acabó con imperios tambaleantes, como el Austro-Húngaro, el Alemán y el Otomano, y fue la oportunidad, quizás impensada, para que Lenin ejecutara su golpe de Estado en la Rusia post-zarista. Nicolás II, no es vano recordarlo, había huido en Febrero de 1917 y los bolcheviques, sabedores de la debilidad del gobierno de Alexander Kerensky, inauguraron su deshonrosa tradición de llegar al poder en forma violenta. Tras esa exitosa intentona buscarían alterar las reglas semánticas y decretarían que los coups d’État sólo merecían ese apelativo si promovían regímenes que desacataran a Moscú. La Gran Guerra apagó el ciclo de expansión colonial europea y sus juegos de alianzas y enemistades, duraderas o efímeras. A partir del armisticio nacía un mundo amenazado por el fascismo y sus dos alas gemelas y tibiamente (en un principio) adversarias: aquélla que admitía la coexistencia del capital privado y el control del Estado sobre él (las versiones alemana, italiana, española y portuguesa, entre otras), y las que sólo permitían tributo a la conducción de los vetustos medios de producción, ineficiente creación y demencial distribución de la riqueza a través de la omnipotencia del Estado (las variantes soviética, más tarde china, norcoreana, cubana, y desprolijos satélites asiáticos y africanos). El primer conflicto del siglo XX fue el choque entre las democracias occidentales y el comunismo. Durante buena parte de la centuria, el triunfo de los herederos de la Ilustración (el Occidente) estuvo bajo ensombrecida duda.

Es asombroso constatar que un hecho de gravedad colosal, ocurrido hace apenas cien años, se desvanecerá ante la absoluta indiferencia de población, público y aun especialistas: la Gran Guerra, sus millones de muertos y su alteración de concienzudas afinidades y rivalidades, su reconstitución de mapas políticos, fronteras, zonas de influencia y limes impenetrables cae sobre nuestras vidas como una llovizna pasajera. Las dos guerras mayores del siglo XX, aquéllas cuyo alternativo resultado hubiera empujado a la humanidad a una caída similar a la de Roma bajo la barbarie del cristianismo (y su posterior, ya inevitable, derrumbe definitivo) fueron la guerra contra el nazismo y sus cómplices y simpatizantes; y la guerra contra su viejo cómplice y simpatizante, el comunismo. La victoria de Occidente significó la conjuración de una nueva Edad Media, la elusión de una renovada desfiguración de la Cultura y la civilización, el oscuro hundimiento del individuo en todos los órdenes. Desgastado por dos conflictos que consumieron buena parte de una de las eras más beligerantes desde el fin del sueño napoléónico, no es extraño que el Occidente yazga algo agotado. Además del frente externo, hubo de soportarse la saña de intelectuales veleidosos, ciegos o sencillamente venales, que apoyaron, desde el confort del reconocimiento y la distinción de universidades  y acólitos en el Oeste, el totalitarismo oriental: en esa trampa cayeron, del todo o a medias, mentes de las que se esperaba mucho más, como las de Sartre, György Lukács o Paul Baran. No pocos fueron aquéllos que, veraz o falazmente convencidos, se avinieron a esa prédica suicida y aun murieron, estúpidamente, por ella.

Más allá de vastos y oportunos volúmenes, la Gran Guerra es parte de un siglo muerto ya ha mucho; resuena con mayor furor la Revolución Francesa (con sus legiones de fieles y de detractores) que las batallas, ya casi sumergidas en esa confusión que llamamos olvido, del Marne, Verdún o la Kaiserschlacht. No es Troya la guerra que divide a la gracia y a la sombra (¿quién nos dirá si Aquiles apoyaba la causa recta, o lo hacía Héctor; quién si Paris pluguía a la justicia, o lo hacía Menelao, quién si frente a las murallas de Ilión se disputaba un combate valedero?), sino los atenienses contra Persia; Leónidas en las Termópilas; Alejandro contra Darío, Roma en la Galia, Britania, Germania, Partia o la superstición de la cruz; Cervantes en Lepanto; la Modernidad contra la terca resiliencia del fundamentalismo cristiano y del Islam, el liberalismo (tan sesgada y maliciosamente interpretado, ay, por los propios liberales) contra quienes creen que sólo hay una manera, una forma, una vía, un camino, y sean anatema quienes por otros senderos opten. Son esas guerras, esas batallas, nación por nación, ciudad por ciudad y quizás casa por casa, las que aún se libran, implacable y tal vez infinitamente.

H.B.

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