Incalesco

Anthpny van Eyck: Venetia, Lady Digby, 1634. National Portrait Gallery, Londres.

Anthony van Eyck: Venetia, Lady Digby, 1634. National Portrait Gallery, Londres.

La historia hubiera debido ser referida por Winston Churchill en sus volúmenes de memorias (más precisamente, Great Contemporaries, 1937), pero poco antes de legar los manuscritos a la imprenta la juzgó, si bien no arriesgada, un tanto íntima, y optó por omitir esas páginas. Es gracias a un hábil y felizmente indiscreto editor (cuyo nombre es piadoso ocultar) que la conocemos. Todos los protagonistas han muerto, de modo que no existirán dignidades ofendidas. De hallarse inexactitudes, deberán achacarse a la celeridad y a la culpa con las que el gratamente corrupto impresor garabateó párrafo tras párrafo. Una vida, un puñado de vidas, lo sabemos, caben en apenas unas cuantas docenas de líneas. Quizás en esa brevedad se esconda el secreto del bienestar.

Herbert Henry Asquith, Primer Ministro británico entre 1908 y 1916, casado con Emma Alice Margaret Tennant, padre de diez hijos, angustiado conductor de los generales de las tropas inglesas en suelo francés combatiendo a los alemanes, gastaba parte de su día en escribir épicas cartas de amor a quien deseaba fuese su amante, Beatrice Venetia Stanley. Venetia (ése era el nombre con el que prefería ser conocida) apreciaba la cortesía literaria del Primer Ministro, mas la arrobaban los ruegos de cercanía y la complejidad de las cuestiones de Estado que Asquith le confiaba; esas osadas revelaciones eran parte del cortejo. Venetia dudaba, y el tesón de Asquith no hacía sino acrecentarse. A mitad de camino entre el halago y la perturbación, Venetia declinó los favores de Asquith y resolvió casarse con Edwin Montagu, un político que compartía partido con su pretendiente. El matrimonio fue infeliz. Asquith debió contentarse con Sylvia, la hermana mayor de Venetia.

Acabada la guerra, Venetia ya viuda, Asquith alejado de la política, la pareja se reencontró en 1924. Venetia, aun más de treinta años menor que Asquith, se acercaba a la cuarentena y temía por su belleza. Hizo llegar a Asquith una esquela en donde preguntaba, merced a un circunloquio tímido, su opinión. Asquith, recordando sus años clásicos en el Balliol College de Oxford, respondió con sólo una palabra: incalesco (ardo). La antigua amistad reverdeció.

H.B.

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