La fatiga y el odio

Salvator Rosa: Demócrito y Protágoras, 1664. Museo Hermitage, San Petersburgo.

Salvator Rosa: Demócrito y Protágoras, 1664. Museo Hermitage, San Petersburgo.

La entrada que corresponde a Elio Arístides en el Oxford Classical Dictionary (me refiero a la edición de 2012; sólo un año antes la historia fue verificada y considerada apta para su publicación) informa que, tras serle devueltas unas tierras que vecinos codiciosos le habían arrebatado mientras enseñaba en Pérgamo, marchó a dormir cada noche al templo de Asclepio como acto de gratitud. En verdad (la calumnia se atribuye comúnmente a Sopatro de Apamea en épocas en que era confidente de Constantino; más tarde el emperador escuchó a quienes lo acusaban de mago y lo mandó ejecutar. Es sabido que Constantino temía al poder de los encantadores más que a la conspiración), el rumor afirmaba que padecía una locura débil que lo empujaba a creerse en permanente enfermedad; soñar bajo el auspicio de Asclepio atraía los favores de Apolo y con ellos, la cura. No obstante, era un hombre sabio; por las mañanas, en las puertas del templo, lo aguardaban grupos de consultantes que deseaban confiarle sus asuntos para obtener guía. Arístides oía con paciencia y aconsejaba con moderación; casi todos los problemas eran de índole práctica. Algún heredero ansioso inquirió sobre la conveniencia de envenenar a su padre. Arístides, argumentando que su crimen sería descubierto (no otra razón lo hubiera hecho desistir), lo desalentó. A cambio de sus palabras Arístides aceptaba regalos y alguna que otra vez se retiraba para la cópula si la persona era de su agrado. La gente podía esperar durante semanas; Marco Aurelio fue afortunado: Arístides sólo lo demoró tres días.

Hubo un joven, cierto día, cuyo deseo no era la pregunta sino la provocación de asombro. Cumplida la ofrenda, se sentó frente a Arístides y reveló su motivo: Soy joven, bello, mi salud es invencible. Poseo demasiado oro, demasiados esclavos, demasiados amigos, demasiadas mujeres. Tanto favor me fatiga. Deseo ser odiado. El muchacho supuso que Arístides vacilaría, pero éste contestó de inmediato: Dile a quienes te rodeen que los dioses no existen. El joven se sorprendió. Quiso hablar, pero las palabras de Arístides se le anticiparon: llamaba al siguiente.

H.B.

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