Lakmé

Giovani Panini: El teatro Argentina de Roma, 1747. Musée du Louvre.

Giovanni Panini: El teatro Argentina de Roma, 1747. Musée du Louvre.

Se desprende del diario del entonces capitán Vincent Gregory Chard (sobrino nieto del vencedor de Ulundi) que la urdimbre del complot que se desató la calurosa noche de Junio de 1949 había sucedido mucho antes, quizás aun en tiempos del Raj. En esa jornada se celebraba la llegada del nuevo gobernador de Sindh, en el sur de lo que había sido dado en llamarse, ahora, Pakistán, y la partida del administrador británico; el evento se saldaría con una función de ópera. El regisseur francés prefería Delibes a Massenet, y había escogido Lakmé por sobre Le roi de Lahore, cuyo argumento se consideró provocador. Los preparativos tomaron varios meses; aun la escenografía fue mandada fabricar en París. Arribados los buques con elenco, ayudantes y decorado, la puesta devoró seis semanas. Anunciado el estreno, se hizo saber que nadie que pudiera conseguir un sitio quedaría excluido. El público, en su mayoría varones iletrados que quizás ansiaban ver mujeres a espaldas de las exigencias del Islam, aguardó en los escalones del Frere Hall por días.

La función comenzó. Chard escribe que los pocos oficiales ingleses, sentados a la derecha del escenario, murmuraban alarma. En la sala se apretujaban, tal vez, unos mil o dos mil nativos. Chard, que había gozado de la obra en Londres, sintió entonces una premonición; por lo bajo instó a sus hombres a estar listos a saltar a las tablas y parapetarse. Acababa el primer acto.

En el segundo, Lakmé entra en un bazar. Su padre, sacerdote de los bárbaros dioses del Asia, la sigue: sabe que está enamorada de un oficial inglés; ese encuentro furtivo le dará oportunidad de matarlo. Chard recuerda que cuando la soprano entone la famosa aria Où va la jeune Hindoue?, el padre celoso usará su puñal. Grita a sus hombres que se defiendan. Casi al mismo tiempo, mil o dos mil fieles toman sus dagas y se abalanzan sobre los ingleses. La primera descarga los detiene. Comienza, dentro del teatro, una batalla en la que los ingleses, cortos de municiones, deben frenar el ímpetu de ola tras ola. Chard, que no consiente abandonar su puesto, instruye a un joven teniente a huir con los cantantes por unos pasadizos y pedir socorro. Disponen, insiste, de no más de media hora.

El teniente escapa. Corre hasta un puesto de comando que se yergue a unos dos o tres kilómetros. Halla una radio. Se le aconseja poner sobre aviso a la base aérea de la RAF en Karachi. El comandante se niega a bombardear el Frere Hall: es una construcción maravillosa que en no mucho más tiempo cumplirá un siglo. Ordena al teniente regresar y transmitir a Chard la orden de dejar el edificio. Exhausto como después de Maratón, el teniente acata.

Chard y los suyos bordean el desastre: los nativos están a una media docena de yardas, avanzando sobre los cádaveres de su propia gente. Los ingleses se repliegan; todos se escabullen por los pasadizos que el teniente ya conoce bien. Afuera, el aire es cálido. Chard oye el monótono rugir de los Meteor.

Las bombas caen sin mando; es aún de noche y los instrumentos de guía son primitivos. No obstante, de los mil o dos mil nativos que colmaban el Frere Hall, nada queda: unos doscientos yacen en el teatro, el resto muere bajo las explosiones. Los hombres de Chard se cobijan tras arbustos, sudorosos, polvorientos, heridos, pero vivos. Al amanecer se aproxima el comandante de la base. Estrecha la mano de Chard y lo eleva a la altura de su antepasado. Le promete gestionar la Victoria Cross. Tras unos meses de papeleo, es él quien la recibe. Chard es mencionado en despachos.

Vincent Chard es ascendido a mayor y escogido para engrosar las filas del servicio secreto. Se lo enviará en 1952 a Buenos Aires. Sus ideas serán siempre brillantes.

H.B.

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