El después de Heliogábalo

Sir Lawrence Alma-Tadema: Las rosas de Heliogábalo, 1888. Colección privada.

Sir Lawrence Alma-Tadema: Las rosas de Heliogábalo, 1888. Colección privada.

En un apéndice a su Héliogabale ou l’Anarchiste couronné (debe buscarse la edición de Denoël y Steele de 1934; nada se hallará en la inhábil copia de 1978 de Gallimard), Artaud incluye noticia, muy difundida hacia la mitad del siglo III EC, de la leyenda que trata sobre lo que acontenció tras la muerte de Heliogábalo. La Historia Augusta nada dice; Dión Casio la desdeña. Herodiano afirma que contiene rasgos de verdad. Gibbon la achaca a la multitud de supersticiones que poblaban la época. Niebuhr (Römische Geschichte) sostiene que tan sólo escribir sobre ella, aun para contradecirla, es deshonrarse. Artaud la juzgó amena y lo suficientemente cruel como para dedicarle unos cuantos párrafos.

Asesinados Heliogábalo y su madre, se disponían los centuriones de la guardia a decapitar su cadáver y arrojarlo al Tíber, cuando la cabeza del emperador se irguió y con ojos aún muertos les echó una mirada blanca. Los soldados temieron, pero alguien, un veterano de las guerras partas, aconsejó que insistieran con los puñales: muchos moribundos se niegan a entrar en los otros reinos por algunos instantes, y sólo es cuestión de obligarlos aumentando la dosis de daga o veneno. Heliogábalo fue apuñalado hasta que los brazos de los centuriones ardieron, pero no murió. Su boca murmuró palabras en una lengua extraña. El pavor se adueñó de los asesinos y huyeron. Heliogábalo (o su cadáver) se incorporó, caminó hasta las afueras de la Castra Praetoria y deambuló por las calles. Muchos creyeron que el fin de los tiempos había llegado. Por fin, la sangrante cosa que era el cadáver andante de Heliogábalo abandonó Roma y marchó sin detenerse hasta los bordes de un acantilado en Calcata. Pálido y silencioso, aceptaba las ofrendas de carne cruda que le obsequiaban. Fue considerado un oráculo: si tras la pregunta la cabeza quedaba rígida, se suponía que la respuesta era afirmativa; si se movía, se la creía un no. Habitó el lugar por muchos años, y los emperadores sucesivos quisieron contemplarlo; algunos se atrevieron tímidamente a tocarlo con la esperanza de que su contacto los protegiera de la conspiración. Un obispo cristiano predicó ante él, queriendo convertirlo. Nadie sabe si fue escuchado.

Llegó un día en el que no volvió a ser visto; sólo quedaban sus ropas deshechas y su inmundicia. Lo buscaron en la base de los acantilados, pero nada se halló. Quienes aseveran que ha vuelto a la vida, o que reina en esa región borrosa entre el mundo y el inframundo, donde moran los psicopompos, lo adoran, y cuentan que, después de la muerte, lo seguirán a donde, lento e inmortal, guíe sus almas.

H.B.

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