Revelación en Agira

Anibale Carracci: Hércules en la encrucijada, 1596. Museo di Capodimonte, Nápoles.

Annibale Carracci: Hércules en la encrucijada, 1596. Museo di Capodimonte, Nápoles.

El diálogo fue escrito hacia el año 1190 AEC. Jerónimo de Estridón lo menciona en dos de sus escritos: el Chronicon (es en él que lo data) y en el Adversus Iovinianum; en ambos lo utiliza como ejemplos de la prevaricación que se abatió sobre la humanidad tras la caída de Adán y tras el Diluvio. Su fuente es Simplicio de Cilicia (In Aristotelis Categorias Commentarium), quien se pregunta, no sin justificación, por la ausencia de la conversación y de su origen en Ovidio (Metamorphoseon, IX). La geografía es fácil de deducir: la puerta Herculana en el templo de Yolao en Agira, Sicilia. La exactitud es debida a Diodoro Sículo.

Dos hombres intercambian palabras una vez que los formuladores de votos se han retirado. Presumimos que el culto es rendido a Heracles y que Yolao ya pisa la ancianidad; su aspecto venerable empuja a los fieles a ofrecer manso sacrificio también en su honor. Ignoramos la identidad del interlocutor; ha de ser o bien un erudito, o bien un frecuentador del templo, o simplemente un antiguo allegado al héroe muerto. Yolao, erómenos de Heracles (uno de ellos), se ufana en recordarlo con gloria y con intimidad. Su compañero de diálogo se inclina ante ese linaje; felicita a Yolao por haber encendido la pira en la que Heracles se arrojó para borrar el sufrimiento que la túnica envenenada le infligía. Maldice la memoria de Neso, que engañó a Deyanira, instándola a untar con veneno (su sangre) la túnica (ella la creía una pócima de amor), y a Deyanira, pues por su arrebato Heracles ahora mora entre los Olímpicos (Jerónimo anota: Así ha sido desde Adán: Neso fue la serpiente del Jardín, Deyanira fue Eva, y por causa del juicio mancillado por la niebla del imperfecto intelecto de la hembra, Heracles, como Adán, cayó). Yolao recibe los halagos con modestia y con una sonrisa astuta. Es viejo y no teme castigos. Nadie lo sabrá. Confiesa: “No fue Neso quien aconsejó el furtivo veneno, ni Heracles se encaminaba a reemplazar a Deyanira en su amor. Él me apartó de sí, él la prefirió. El trocar los combates y la sangre por el alcohol y los banquetes lo había ablandado: las mujeres eran, Heracles lo decía, su destino. Yo fabriqué los venenos y nublé el juicio de Deyanira con rumores de traición; yo le prometí que el veneno untado en la túnica la devolvería a los brazos de Heracles. El veneno lo enloqueció de dolor; Heracles se lanzó aliviado a la muerte. Deyanira se ahorcó. Ahora he quedado a cargo de su templo, que también es mío. Cuidaré de él, de la memoria de Heracles, lo quiera él o no, para siempre. Nos espera, algún día, juntos, el Olimpo.

H.B.

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