Muere Lully

François Puget: Retrato de músicos y artistas, 1688. Musée du Louvre.

François Puget: Retrato de músicos y artistas, 1688. Musée du Louvre.

Hacia 1685, la madre de Mademoiselle Certain, falsa amante de Jean-Baptiste Lully, decide que la paga que recibe del compositor para no quebrar el secreto de su homosexualidad es insuficiente y redacta una carta dirigida al rey Luis. Denuncia las costumbres italianas (ése era el cultivado eufemismo) de Lully y revela el nombre de su protegido: Brunet, un simple paje. La carta no llega a ojos de Su Majestad, que poco o nada hubiera hecho para moderar el ímpetu amoroso de Lully (su propio hermano, Philippe, duque de Orléans, gustaba pasearse por palacio envuelto en complejos atuendos de mujer), sino de la devota cofradía que lo circunda y en cuyo centro anida Madame de Maintenon. Ella teme que la pública indignación arrastre hacia la oscuridad del escándalo su secreto matrimonio con el rey: ordena a Seignelay, el jefe de policía, que arreste a Lully.

Los espías de Luis XIV eran numerosos; advierten al monarca que su maître de musique se aproxima a las mazmorras. El rey se alarma: sabe que la primera víctima de la imprudencia de Maintenon es el propio Seignelay: de él se rumorea que es homosexual; también de su hijo. La nobleza se delatará entre sí para escapar de los tormentos. No hay más remedio, contra el dolorido sentimiento de Lully, que enviar a Brunet cargado de cadenas al convento de Saint-Lazare; los monjes son eficaces en la tortura. Brunet confiesa: grandes nombres son estampados en documentos que serán enviados a Su Majestad, y en copias que serán utilizadas para el chantaje. Luis reúne a su corte en audiencia sigilosa y exige juramento de silencio; Lully se sienta en las últimas filas. Brunet es condenado a una vida de oración en Saint Lazare.

Dos años después, Lully dirige un Te Deum que celebra la milagrosa restauración de la salud del rey; tanto su enfermedad como su cura se atribuyen, sin embargo, a la brujería. Lully siente, como de costumbre, deseo de silencio y de ira. Con su canne de chef se hiere en el pie. La fiebre avanza; con ella la amenaza de la gangrena: es preciso amputar. Lully, ya en el delirio, se niega. Recuerda que Brunet, de entre tantos oficios, había aprendido el de faenador; exige que sea él quien rebane su pie. Nada se sabe del muchacho: algunos lo creen fugado, otros, asesinado por los monjes; alguien sugiere que quizás haya recibido el perdón real y viva ahora, con mujer e hijos, lejos de París. Lully, que oye a medias las hipótesis, se convence de que Brunet ha sido un sueño; de que él, nacido Giovanni Battista Lulli, hijo de iletrados campesinos italianos, nunca ha viajado a sus catorce años a Francia a servir a la prima del rey, que sólo ha soñado su gloria en Versalles, que jamás ha abandonado su aldea ni ha dormido con Luis, ni ha tocado, en la soledad de los aposentos, para Su Majestad, el clavicordio.

A esa vertiginosa ensoñación se abraza cuando lo visita la muerte.

H.B.

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