Antonio y Cleopatra

Lorenzo Castro: Batalla de Actium, 1672. National Maritime Museum of Greenwich, Londres.

Lorenzo Castro: Batalla de Actium, 1672. National Maritime Museum of Greenwich, Londres.

El 2 de Septiembre del año 31 AEC, Octavio, aún agotado por sus guerras con Sexto Pompeyo y la insurgencia de Lépido, declina enfrentarse a la gruesa flota de Marco Antonio y sus buques retornan lentos a Italia. Marco Antonio gobernará el Este, desde el Adriático hasta Armenia; ese reparto incluye, Cleopatra lo celebra, a Egipto. Las fiestas se hacen interminables y en todas partes se anuncia que el dios (Dionisio) no ha abandonado a Antonio. Éste obliga a oficiales y dignatarios a asistir a su boda con Cleopatra y a prosternarse ante el hijo de Julio César, Cesarión, que es por ahora el heredero. Antonio está tranquilo: Partia no desafiará a un soberano victorioso, sus manos disponen de las puntuales cosechas de trigo que alimentan a Roma, el pueblo de Egipto lo proclama divinidad. Piensa que es bueno reinar.

Los días en la quieta cúspide comienzan a cansarlo. Cleopatra intuye que su reemplazo está próximo; no, es claro, como monarca (el trono es suyo), sino como amante: su juventud desobedece y debe cuidarse aun de las esclavas innúbiles. Cleopatra no ha tenido amores, sino aliados, pero la afrenta que supone la cotidiana indiferencia de Antonio la alarma: Egipto (ella lo sabe bien) es roja tierra de veneno y puñal. Nada costaría embaucar a la plebe con fastuosos funerales que prologaran la coronación de una nueva reina y un nuevo faraón de sangre extranjera; a esas alturas, Egipto todo lo soportaría con tal de no ver interrumpido su sopor. Decide que Marco Antonio morirá.

La emboscada se prepara para el festival de Isis en Busiris, junto al lago Mariout. Cleopatra  ha pensado en emular a Alejandro: ha instruido al asesino para que apuñale a Antonio al momento de rendir tributo a Isis; la recompensa es inmensa: su amor (que el hombre ya ha probado) y el oro. El asesino ignora que otros hombres han sido pagados para matarlo cuando la sangre de Antonio toque el suelo. Cleopatra planea anunciar que la muerte de Antonio es designio de la diosa Isis, y que ese hombre, que será enterrado con honores, es un instrumento. Reinará sola.

Llega el día. Antonio se yergue para ofrecer sacrificio. Un mensajero se inclina ante el oído de Cleopatra: un presente la espera. Es una cesta. En el interior, la cabeza del asesino. Cleopatra no se sobresalta; toda su vida ha sabido fingir. La dura mirada de Marco Antonio le explica que ya no cohabitarán. Tras la celebración, muda su residencia a otro palacio en Alejandría. Reinarán juntos, como enemigos.

En Roma, Octavio recibe, casi al unísono, dos cartas. La de Marco Antonio lo insta a renovar la alianza: matará a Cleopatra, convertirá a Egipto en provincia romana y sólo pedirá a cambio el gobierno del Nilo. Está harto de esa tierra de bárbaros supersticiosos. La de Cleopatra lo urge a la amistad, a la mutua confianza, y al amor. Se declara prisionera de la brutalidad de Antonio: lo matará, ofrecerá a Egipto como provincia romana y soló pedirá a cambio el gobierno del Nilo. Está harta de la tiranía de Antonio. Octavio siente que es oportuno organizar la flota.

Los egipcios son derrotados. Antonio se refugia en su palacio en Alejandría y acaricia la huida. Un dolor muerde su mano: es un áspid. Alguien la ha deslizado entre sus sábanas. Angustiado y furioso, llama a los médicos; ordena a su guardia que arrastre ante sí a Cleopatra. Ella grita inocencia; Antonio toma su espada y le parte el pecho. Un instante después se desploma, muerto. Octavio entra en Alejandría. Los egipcios lo reciben como a un dios: Egipto se entrega, como a sus amantes Cleopatra.

H.B.

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