Ópera

Gabriel Jacques de Saint-Aubin: "Armide" de Jean-Baptiste Lully, 1761. Museum of Fine Arts, Boston.

Gabriel Jacques de Saint-Aubin: “Armide” de Jean-Baptiste Lully, 1761. Museum of Fine Arts, Boston.

“El dominio casi absoluto de los repertorios clásico y romántico en el universo de la ópera, la acotada difusión del estilo barroco, no es sino un retorno a los orígenes, un regreso temporal, postulado, desde los estoicos hasta Poincaré y Eliade, bajo el disfraz del rito que remite a la edad de oro. El Renacimiento italiano había dispuesto la resurrección de la Antigüedad; no sucedió sólo con las artes plásticas: las costumbres de la nobleza y de la incipiente y afluente clase mercantil intentaron emular los symposia de la Grecia clásica; se creía que la reunión debía incluir la apreciación de pasajes eruditos de la dramaturgia antigua (redactados, según era la opinión de la época, tanto para la lectura cuanto la representación). La declamación se alternaba con intervalos musicales; esa variación dio origen, hacia 1577, al stile recitativo: en él se conjugarían, de acuerdo a la progresión del Renacimiento, las categorías de Boecio (De Institutione Musica), la tragedia griega (el autor preferido era Eurípides), y la sumisión de la textura musical a la palabra. Inspirado en Boecio, Girolamo Mei (miembro fundador de la feliz Camerata del conde Giovanni de’ Bardi en Florencia, ese prolegómeno del salon français) escribió, bajo la forma de reflexiones epistolares, De modis musicis antiquorum, páginas en las que fundamentaba su opción por el recitativo secco, la voz del intéprete acompañada solo por continuo: Mei aseveraba que en razonados tiempos de los griegos no sólo el coro se dirigía al público utilizando el canto, sino que el actor tenía a su cargo porciones de la obra compuestas para la melodía. Las cartas se dirigían a Vincenzo Galilei (el padre de Galileo), quien concordó con ellas de modo de aconsejar la recreación del lamento de Ugolino en el Infierno de Alighieri hacia 1582; un año antes había dado a  conocer su trabajo, en apoyo de las teorías de Mei, Dialogo della musica antica et della moderna (que dedicó a su protector, Bardi), en el que contradecía toda visión opuesta a la vigencia de una única línea melódica para cada línea del texto: la voz debía prevalecer sobre el instrumento y la importancia de la inteligibilidad de lo recitado por el intérprete subsumía a la inventiva del compositor. El grupo de Galileo y Mei se dio a la creación de música para el acompañamiento de la poesía: en 1598, insistiendo en la adopción de temas de la Antigüedad clásica, llegó el turno de Ottavio Rinuccini y su Dafne. El poema se conserva íntegro; el acompañamiento musical, casi totalmente compuesto por Jacopo Peri y completado por Jacopo Corsi (mecenas de las artes en directa competencia con Bardi, con quien amaba disputarse ingenios), se ha perdido; probablemente Corsi auxiliara a Peri, músico menos hábil, en momentos de zozobra; aun así su lápida en la basílica de Santa Maria Novella homenajea a Peri como creatore del melodramma. La historia difiere poco de la contenida en las Metamorfosis de Ovidio, pero no hay lugar para la exaltación: el mito de la ninfa se narra en evocación serena, a la que el mismo Ovidio sirve de introductor. Sin proponérselo, el esforzado grupo de florentinos cobijados por Bardi ejecutaba la primera ópera.”

Hadrian Bagration: Seminario sobre los orígenes de la ópera y ópera barroca. Centro Cultural Asís, Guaminí 1728, jueves 24 de Julio, 17 hs, Ciudad de Buenos Aires. 11-4686-2652.

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