El temor

Karl Friedrich Lessing: El último cruzado. Sin datación. Colección privada.

Karl Friedrich Lessing: El último cruzado. Sin datación. Colección privada.

El descubrimiento correspondió al historiador Shelomo Dov Goitein: la Guenizah du Caire reveló, entre sus cientos de miles de manuscritos, las cartas de Hugues de Paynes, dictadas un día antes de su muerte, a un receptor secreto; su nombre, si bien se menciona, no ha sido recogido por la Historia y es ahora sólo unas cuantas letras ordenadas. Fulquerio de Chartres confirma (en vida, ya lejana) que las misivas existieron, pero según su versión los destinatarios eran abstractos: como de Paynes, un grupo de Advocati Sancti Sepulchri en Jerusalén. Goitein opinaba en contrario: las líneas estaban dirigidas a un pariente o amigo de Hugues de Paynes: son evidentes las ansias de ser recordado por su valentía, generosidad, humildad. Mi nombre se perderá, asegura, pero lo que desea es que tal cosa no ocurra. Además de una breve enumeración de disposiciones testamentarias, sobresale una sola anécdota.

Era el 12 de Agosto de 1099. Capturada la Ciudad Santa, Godofredo de Bouillón se dirigió contra las fuerzas de Al-Afdad en Ascalón y las derrotó. Hugues de Paynes cabalgaba junto a él. Los judíos que habían sobrevivido a la devastación de Jerusalén se habían refugiado entre los fatimitas: la caída de Ascalón les arrebató su último protector. Los cruzados ejercieron ilimitada crueldad: Fulquerio de Chartres escribió con cierto regocijo que las escenas de la destrucción de la sinagoga de Jerusalén revivieron; la sangre inundaba las piernas de los soldados de Bouillón. La matanza se prolongó hasta la noche.

En su tienda, Bouillón celebraba la victoria. Vio a de Paynes cabizbajo; como aterido, lo recorría un temblor. ¿Temes?, fue la pregunta. Por mi alma inmortal, de Paynes contestó: hemos matado a mujeres y a sus hijos pequeños. Quizás me haya condenado. Bouillón lo miró con dureza: Lo has hecho por Cristo. Descansa. Yo estaré junto a ti. De Paynes obedeció, pero rechazó el vino y el calor; no dormiría esa noche. Godofredo de Bouillón moriría un año después, de rápidas fiebres. Hugues de Paynes persistió en el hábito de la vida por treinta y seis años.

Y sin embargo, acaba su carta, jamás he dormido, ni un solo instante, ni aun tras el abrazo de mi amigo y la bendición del sacerdote y el elogio del rey, por una sola noche. ¿Me condenará Dios a una eternidad en su infierno con Godofredo? No lo sé. 

H.B.

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