Navidad

4110vIzS8tL“Hallado en el vacío cuarto que Hiram Prado legó para extraños luego de su muerte, el manuscrito, leído hoy, resulta profético. No hay consenso sobre su autor: hay quienes sindican a Prado como aquél que compuso las dolorosas líneas; otros afirman que las dictó; no faltan quienes aseveran que se trató de un plagio o de un robo. Prado, nos recuerdan sus detractores, había ejercido un oficio despreciable pero cercano a la literatura: esa sombría familiaridad le habría enseñado, aun involuntariamente, ciertas astucias. La fecha (la que corresponde a la redacción), si bien se supone reciente, es incierta. Quizás le llevara una noche, la anterior; quizás fuera una labor paciente y secreta.”

“Hiram Prado menciona escasos datos firmes: unas cuantas dataciones, una ciudad, nombres sin demasiada precisión. El hábito del secreto y el hábito del disimulo lo habitaron hasta el final. Es posible que creyera que ciertas revelaciones incómodas pudieran perjudicar a los nombrados, pero quiere la coincidencia que ninguno de ellos, al menos según el relato de Prado, more ya entre los vivos. Los párrafos de Prado son un diálogo de muertos, un coloquio detallado y hasta cruel con quienes lo esperan (la sentencia es de Borges) del otro lado del mármol. La metáfora sonará risible a oídos de quienes conozcan vida, muerte y destino de Hiram Prado: no acabó, ni en memoria ni en cuerpo, en tumba digna.”

“Hiram Prado, hacia el fin de sus horas, padeció una insana pasión por la confección de desordenadas listas de libros. Los títulos figuran, no así los autores, que probablemente Prado ignoraba o aun quería ocultar; hemos resaltado su propensión a la sombra. Por accidente o designio del destino, esas listas ya no existen: un descuido de investigadores o forenses, o quizás la inclemencia del azar, ha borrado su acalorado trabajo. El lector curioso hallará satisfacción: en varios párrafos Prado confiesa, aun acudiendo al arte de la máscara y al de la justificación, el origen de la locura. No dejó de advertirlo un comentador: pesaba en la conciencia de Prado la irreparable ofensa a esos volúmenes; a excepción de una o dos víctimas (su padre no es una de ellas), su remordimiento por el sino de las gentes es tan frío como en lo que respecta a su propia suerte. Tienen razón quienes afirman que a la hora de escribir su testamento (según la grata expresión de García Jurado) Hiram Prado ya no creía pertenecer a este mundo.”

“La versión presentada aquí no contiene omisiones; nada hay ya entre las líneas de Hiram Prado que solicite discreción. Hemos preferido omitir las notas al pie de las ediciones anteriores, ya que las conjeturas sobre nombres y personalidades se han mostrado contradictorias y aun falaces (los razonamientos etimológicos han sido particularmente baladís). Como posfacio (bella palabra que la Academia se rehúsa, quizás fundamentadamente, a habilitar) se incluye una brevísima relación del texto que indujera a Hiram Prado a decretar tantas caídas en desgracia, aun la suya propia.”

Hadrian Bagration: Navidad. CSpace Editions, Scotts Valley, California. 42 páginas.

Edición electrónica: Navidad. ADS, Seattle.

Augusto

Jean-Joseph Taillasson: Virgilio lee la Eneida a Augusto y Octavia, 1787. National Gallery, Londres.

Jean-Joseph Taillasson: Virgilio lee la Eneida a Augusto y Octavia, 1787. National Gallery, Londres.

Multus hinc ipso de Augusto sermo, plerisque vana mirantibus, quod idem dies accepti quondam imperii princeps et vitae supremus, quod Nolae in domo et cubiculo in quo pater eius Octavius vitam finivisset. Así principia Tácito el apartado noveno del libro primero de los Annales. Dos mil años hacen de esa muerte una ocasión para la crónica, la novela o la arqueología; también ha sido un grato pretexto para la obra de arte. Nos ocupan dos cuestiones literarias de la vida de aquél al que la Historia conoció como Augusto; es deseable que los asuntos militares y políticos, cuyas consecuencias se han diluido en el caos de la sucesión temporal, sean abandonados al análisis del paciente especialista.

Voltaire (Dictionnaire philosophique) anotó que las causas del destierro de Ovidio a la tediosa Tomis, en el Mar Negro, son sabidas pero cuidadosamente ocultadas: no era posible que la redacción de volúmenes o versos de costumbres, inocentemente sazonados con consejos sobre las causas de la seducción (Ars amatoria, Remedia Amoris, y el más esotérico Medicamina faciei feminae), pudieran escandalizar al maduro emperador. Las sátiras de Horacio fueron más acerbas, pero Augusto no halló en ellas motivo de reprensión. Argumentan quienes juzgan la memoria del viejo Octavio, cargado ahora con la púrpura, que las leges Iuliae contra el adulterio y la concupiscencia de las matronas habrían endurecido el carácter del César. En verdad, el rigor de las disposiciones morales no había sido ideado para reprimir la cópula, sino para evitar dos males considerados más severos que la locura de la mujer infiel: la magra tasa de natalidad de la Roma del principado temprano (lo que equivalía a contar con menor número de espadas) y el activo rol que muchas mujeres ambiciosas tomaban en conspiraciones para hacerse con una finca, un testamento y hasta un trono: las malhadadas y desterradas hijas del propio Augusto, las dos Julias, fueron sorprendidas en flagrante adulterio combinado con inhábil complot. El emperador se vio obligado a actuar contra su familia de modo imparcialmente riguroso. Había en los territorios de la frágil Pax romana incontables Ladies Macbeth.

La bella y rara obra de Rosario Guarino Ortega, El Ibis de Ovidio, da cuenta de la historia de la composición de ese vago poema escrito en el exilio, cuya redacción recoge la judaica tradición de impureza de esa ave del Nilo: acusa en los versos Ovidio a un falso amigo, un antiguo mendaz protector devenido animoso adversario, a quien achaca su caída en desgracia. Ibis ha sufrido múltiples identificaciones y permanece, como lo quiso Ovidio, tal vez menos evidentemente en su tiempo, en la niebla: pudo ser Higino, un cortesano y bibliotecario de Augusto, o el celoso poeta Manilio, o el afiebrado orador Tito Labieno, o bien el astrólogo de Tiberio, el egipcio Trasilo. No lo sabremos, pero la cuestión habría entusiasmado al propio sucesor de Augusto, inclinado a disputar con sus invitados sobre puntillosos asuntos literarios, según recuerda, o finge recordar Suetonio en sus biografías sobre los príncipes.

Insiste Voltaire: hace decir a un borroso autor, contempóraneo del misterio, el oscuro Minuciano Apuleyo, que Pulsum quoque inex ilium quod Agusti incestum vidisset. Johan Madvig aseveró que Minuciano era una apócrifa creación de anóminos gramáticos del siglo X y aun de comienzos del Renacimiento. Voltaire no conoció la objeción; fue su opinión que Augusto gozaba encerrado en una pasión baja, similar a la que colonizaría a Cayo Germánico y más tarde a Nerón, y que Ovidio habría sido un testigo ilustre pero molesto. Se abstuvo, aun así, de ordenar, bajo cualquier cargo, su ejecución. Engendró Augusto, involuntariamente, los arduos trabajos de Ovidio durante su forzosa y perpetua ausencia en Roma; a ninguno faltó inspiración ni elegancia. Son incognoscibles los designios de los Césares.

Es más feliz la segunda cuestión: Augusto indujo, sin réplica posible, a los albaceas literarios de Virgilio, Lucio Vario Rufo y Plocio Tuca, a emular al venidero Max Brod; era deseo de Virgilio que su inacabada Eneida fuese entregada al fuego; se opuso el emperador y los versos de la Sibila sobrevivieron: ibant obscuri sola sub nocte per umbram, la transmutación que ha sido dada en llamarse hipálage permaneció ajena a las cenizas. Un breve texto de Francisco García Jurado (Borges y su Eneida) razona cabalmente acerca de la ventura de esta voluntad incumplida. Pudo así Hermann Broch escribir su tal vez también inacabado poema en prosa en donde Virgilio se une a Dante (y al hacerlo, también se funde, aunque desganada o equívocamente, con Platón): Der Tod des Virgil. Broch había corrido, más amargamente, parte de la suerte de Ovidio: encarcelado por el régimen nazi tras el Anschluss, seguro de su muerte mientras componía poemas en la prisión, la valerosa intercesión de sus amigos (entre ellos Albert Einstein), lo sorprendió con el azar de la liberación. Salvado, como la Eneida, del fuego, se dedicó a cantarla. Cuesta imaginar mayor suerte o mejor destino.

Curiosa inmortalidad la de Augusto: su tarea política y militar ya no existe, no han pervivido sus leyes. Subsiste en la queja del hombre al que condenó, por razones que nos serán siempre legendarias, y en el verso del hombre cuya obra, con la magnánima, esta vez sabia, razón del César, eligió retener.

Hadrian Bagration

El imperio de Alejandro

Charles Le Brun: Alejandro en el Hidaspes, 1673. Musée du Louvre.

Charles Le Brun: Alejandro en el Hidaspes, 1673. Musée du Louvre.

Sometido Poro a orillas del Hidaspes, Alejandro ordena avanzar sobre otro río, el Hyphasis, y acometer al próximo reino bárbaro. Los soldados ceden al temor: la tierra es húmeda y oscura, las lluvias constantes los envuelven en un hálito putrefacto; desean el regreso a casa. El ejército coquetea con el motín; Alejandro responde con astucia: se encierra en su tienda y no consiente en ser visto por tres días (la cifra, aplicada a otra leyenda, será profética). Sus generales se inquietan; visitan tímidos la tienda y preguntan al gran rey si algo necesita. Ser obedecido, contesta Alejandro. Las tropas se resignan; miles de mensajes son enviados a Grecia, entre lágrimas: la Hélade será un recuerdo aun para los que en esos suelos cenagosos moren como fantasmas. Alejandro traspasa el Hyphasis y a su encuentro acude el total de la fuerza del imperio nanda: doscientos mil infantes, veinte mil jinetes, dos mil carros, mil elefantes. Los macedonios morirán con honor en medio del cieno y del fragor, pero antes de la embestida de las hordas Alejandro, la cabeza descubierta y sus cabellos rubios flotando sobre el huracán, se lanza a la guerra junto a un puñado de hetairos, casi solo. Tantos siglos después Shakespeare hará que Enrique V emule esa carga en Agincourt. Las falanges murmuran que en la punta de la lanza de Alejandro el brillo que enceguece a las primeras filas de los indios no es sino un destello del rayo, y el rayo es Zeus. Veinte mil hoplitas rugen el nombre del padre de los dioses y avanzan, casi a la carrera. Las flechas de los arqueros enloquecen a los elefantes; los caballos de los indios se derrumban, los carros son aplastados, mueren los infantes, los jinetes ruegan una montura para la huida. Sin perder un solo hombre, Alejandro es señor de la India, desde el océano hasta los Himalayas. Entra en la capital, Pataliputra, en donde la nobleza lo recibe con la prosternación. Tardará cinco años en dominar el sur, desde la meseta del Decán hasta Ceilán. Luego, su historia se pierde.

Dos versiones surgen: una habla de un voluntario regreso a Babilonia, en donde morirá, tras apacible vejez, hacia el año 286 antes de la Era Común. Otra afirma que su sed no se apagó en las aguas de la India y que su tropas, compuestas por hombres de todos los colores, prosiguieron hacia el Este. Murió parcamente. Fue enterrado bajo una sencilla tumba, quizás en las laderas del Hindu Kush, el Caucasus Indicus. Quizás haya querido que su lugar de reposo fuera secreto.

Dos siglos transcurrirán hasta que el imperio de Alejandro bordee las posesiones de los Chu. Cien años tomará la conquista de China. Es una época de rebeliones, revueltas y revoluciones en el imperio más vasto; finalmente todas son aplastadas. Hay paz, y la leyenda asevera que Alejandro reina, imperturbable, en la lejana Babilonia, a la que los habitantes del Este del inmenso reino imaginan como ciudad de magos y de prodigios. En el Occidente, los cortesanos negocian el reparto del mundo con Roma: las tierras al oeste de Grecia corresponden a los latinos; el inconcebible mundo oriental es macedonio, es de Alejandro. El Senado se pregunta si firma tratados con un espectro; Alejandro sólo parlamenta a través de embajadores que jamás lo han visto. Hacia lo que para nuestra cuenta del tiempo es el siglo XVI, los macedonios (sus descendientes, ya asimilados con persas, indios, tibetanos, gentes de la China, gentes de la Corea, mongoles, sármatas, escitas) bañan sus pies en el mar del Jumon, que los pacientes geógrafos denominan Yamato.

La orden llega con tardanza de Babilonia: al igual que Roma, el dominio de Alejandro será un imperium sine fine.  El 22 de mayo de 1703 ochenta mil hoplitas, diez mil hetairos, quinientos elefantes y cientos de máquinas de guerra desembarcan en lo que hoy hemos bautizado el Japón. La visión de los paquidermos aterroriza a los caballos de los samurái. Orgullosos del coraje individual, ignoran el combate en formación: una arremetida brusca de los hoplitas los desbanda. Se fuerza el suicidio del emperador para evitar su captura y su vergüenza; Kyoto es ocupada. Un contingente al mando de un general de razonable ascendencia macedonia pone sitio a Osaka; la atemorizada ciudad sucumbe. El general, cansado y polvoriento, bebe agua de un manantial. Una pareja se acurruca tras unos arbustos; para darse valor, cada uno empuña una daga con la que matará al otro. El general interrumpe la escena y los conmina a aceptar su presencia. Pregunta sus nombres a través de un intéprete: Tokubei es el varón, ella es Ohatsu. Él sirve a un mercader, ella a un burdel. El día de la invasión griega era el de su ejecución : Tokubei había sido falsamente acusado de robar la dote de la prometida que le había sido destinada, y a quien no ama; es reo de muerte, ella será marcada con el fuego y destinada a la servidumbre. Han resuelto, bajo la oportuna ocupación de los bárbaros más allá del mar, morir juntos.

Es viejo el general. Ha nacido en tierras de China, poco o nada conoce de esa leyenda dentro de la leyenda que es Grecia, y la leyenda de las leyendas, Babilonia y Alejandro. Se dirige con autoridad a los amantes: Vuestra felicidad tiene un precio. Llevaréis este mensaje a Babilonia, la guardia os guiará. Diréis al emperador que el Yamato es suyo, que yo existo y que le deseo, más allá de mi vida, aún más gloria. Comed, bebed, descansad. Mañana partiréis. Antes de despedir a la pareja, manda traer a los falsos acusadores: los hace crucificar. La justicia del Japón bajo gobierno macedonio será áspera. Tokubei y Ohatsu, en la madrugada, inseguros de su destino, hacen por primera y quizás última vez el amor.

Acompañados de un centenar de soldados, la pareja cruza el mar del Jumon hacia tierras coreanas. Desde allí emprenden el viaje que les tomará, casi exactamente, cincuenta años. Al final de la quinta década, solos (todos los soldados han muerto), ya ancianos, Babilonia abre sus puertas y permite que se postren ante el emperador, que no es sino un hombre al que llaman Alejandro; todos han sido llamados Alejandro, todos lo serán. Comunican el mensaje, conocen ahora docenas de lenguas: Yamato es provincia de Macedonia, el viejo general ha servido con eficacia y fidelidad. Alejandro, el que es ahora Alejandro, ofrece agasajarlos. Ellos cortésmente rehúsan: están enfermos y débiles, sólo piden la gracia de morir juntos, como en esa antigua madrugada en la que se unieron con el fervor de sospechar que era el goce último. A la mañana siguiente los hallan abrazados, sonrientes, muertos. Alejandro ordena que sean enterrados en su jardín, que es magnífico, y que un árbol sea plantado sobre su tumba. Cien años después, Alejandro, un otro Alejandro, consagra a los dioses el árbol, del que asoman dos flores que, como el imperio, no tienen fin ni principio, ni jamás se extinguen.

H.B.

 

Los cabellos de Hera

Annibale Carracci: Júpiter y Juno, 1597. Palazzo Farnese, Roma.

Annibale Carracci: Júpiter y Juno, 1597. Palazzo Farnese, Roma.

Walter Burkert (Griechische Religion der archaischen und klassischen Epoche, 1977) refiere que la fábula es antigua: en Agrigento, una mujer posee un hato de cuerdas que, al ser aplicado sobre un rostro, restaura la belleza y la juventud. Utilizado con prudencia, el prodigio podía atenuar las dificultades de la vejez. Su origen, sugiere Burkert, se remonta a tiempos en que Heracles caminaba entre los mortales: ya unido a Hebe, llega a sus oídos que una enorme serpiente encierra entre sus anillos a pueblos enteros en la lejana India, allí donde Alejandro había querido penetrar. Hebe intenta retenerlo pero la sed de Heracles por sumar victorias es más grande; se embarca hacia el Decán.

Zeus dormita. Hera se ha engalanado, le ha dado de beber y se le ha entregado; segura de que el sueño de su señor es largo, Hera soborna a Poseidón. Los mares se embravecen; al unísono se abaten en huracanes sobre la nave de Heracles. Sabedor de que su muerte está próxima, Heracles recuerda a Hebe y recita las últimas líneas de un poema, algo tosco, que para ella ha compuesto; morir intestado amarga su valor. Hebe escucha su canto y corre hacia su padre. Zeus despierta. Una mirada hacia el mundo lo hace comprender todo: con un rugido envía a Poseidón a ocultarse entre rocas. Las aguas se calman; durante meses no habrá barco capaz de navegar en ningún océano de la tierra.

Hera tiembla, pero Zeus se ha cegado: desploma sobre ella castigo (Burkert obvia descripciones rotundas). Sobre la Magna Grecia pende la diosa, cabeza abajo, como los criminales: para los mortales serán momentos; Hera sentirá que han transcurrido siglos. Una mujer, tímidamente, se acerca a la sollozante cabeza de la desgraciada esposa de Zeus Olímpico y corta un puñado de cabellos. Será bella para siempre. Cuando fallece, el amuleto, cuyo secreto se desconoce, es enterrado con ella. El árbol que ha crecido sobre la tumba nunca muere.

H.B.

Crucifixión

Fyodor Bronnikov: Esclavos crucificados, 1878. Galería Tretyakov. Moscú.

Fyodor Bronnikov: Esclavos crucificados, 1878. Galería Tretyakov. Moscú.

Acabada la masacre del río Silario, Craso inquiere sobre el destino de Espartaco. Le informan que nada se sabe: los cadáveres han sido examinados con paciencia, los moribundos rematados, los prisioneros esperan de rodillas un final cruel y próximo, pero no hay indicio del rebelde. Craso decide que un castigo ejemplificador elevará su fama y le abrirá las puertas del consulado en Roma: seis mil esclavos son crucificados en la longitud de la Vía Appia entre Capua y la capital. Antes de regresar a su villa, Craso, que se ha asegurado de que no haya sobrevivientes, deduce que o bien Espartaco ha muerto en la batalla o pende ahora de una cruz. Qué más da.

Silenciosamente, Espartaco ha cruzado el río junto a un grupo de fieles y ha huido antes del comienzo de la sangre. Les dice que seguirá solo, que ha recibido mensaje de un alzamiento servil en Crotona, hacia el Este, y que acude a negociar una alianza con sus líderes; unirán sus fuerzas, derrotarán a Craso y marcharán sobre Roma; en un año harán que sus antiguos amos los reverencien como a dioses. Espartaco desaparece en la madrugada.

Transcurridos casi veinte años, Craso ambiciona el poder que Roma vende y se embarca en la conquista de Partia; allí morirá, pero aún no lo sabe. Se dirige a Siria. El ejército bordea un pequeño pueblo; Craso exige agua y comida en un mercado. Un hombre ceniciento se apresura a servirlo. El alimento desagrada a Craso; a gritos ordena ser atendido como el imperator que es. Otro hombre, fornido, de viejas canas, lo tranquiliza; trae sus mejores manjares y promete castigar al servidor que ha hecho mal su tarea. Craso, apaciguado, pregunta por el nombre del mercader. Espartaco, que se siente seguro tras su oficio de comerciante de esclavos, habla falsamente. Ignora que Craso lo ha reconocido al llegar, que ha instruido a sus soldados a rodear la finca. Espartaco es aprehendido. Algunos de los hombres que ha comprado o vendido lo aprecian; otros lo injurian, ha sabido ser veloz con el látigo y terco con el hierro y el fuego.

Craso manda construir una cruz.

H.B.