Augusto

Jean-Joseph Taillasson: Virgilio lee la Eneida a Augusto y Octavia, 1787. National Gallery, Londres.

Jean-Joseph Taillasson: Virgilio lee la Eneida a Augusto y Octavia, 1787. National Gallery, Londres.

Multus hinc ipso de Augusto sermo, plerisque vana mirantibus, quod idem dies accepti quondam imperii princeps et vitae supremus, quod Nolae in domo et cubiculo in quo pater eius Octavius vitam finivisset. Así principia Tácito el apartado noveno del libro primero de los Annales. Dos mil años hacen de esa muerte una ocasión para la crónica, la novela o la arqueología; también ha sido un grato pretexto para la obra de arte. Nos ocupan dos cuestiones literarias de la vida de aquél al que la Historia conoció como Augusto; es deseable que los asuntos militares y políticos, cuyas consecuencias se han diluido en el caos de la sucesión temporal, sean abandonados al análisis del paciente especialista.

Voltaire (Dictionnaire philosophique) anotó que las causas del destierro de Ovidio a la tediosa Tomis, en el Mar Negro, son sabidas pero cuidadosamente ocultadas: no era posible que la redacción de volúmenes o versos de costumbres, inocentemente sazonados con consejos sobre las causas de la seducción (Ars amatoria, Remedia Amoris, y el más esotérico Medicamina faciei feminae), pudieran escandalizar al maduro emperador. Las sátiras de Horacio fueron más acerbas, pero Augusto no halló en ellas motivo de reprensión. Argumentan quienes juzgan la memoria del viejo Octavio, cargado ahora con la púrpura, que las leges Iuliae contra el adulterio y la concupiscencia de las matronas habrían endurecido el carácter del César. En verdad, el rigor de las disposiciones morales no había sido ideado para reprimir la cópula, sino para evitar dos males considerados más severos que la locura de la mujer infiel: la magra tasa de natalidad de la Roma del principado temprano (lo que equivalía a contar con menor número de espadas) y el activo rol que muchas mujeres ambiciosas tomaban en conspiraciones para hacerse con una finca, un testamento y hasta un trono: las malhadadas y desterradas hijas del propio Augusto, las dos Julias, fueron sorprendidas en flagrante adulterio combinado con inhábil complot. El emperador se vio obligado a actuar contra su familia de modo imparcialmente riguroso. Había en los territorios de la frágil Pax romana incontables Ladies Macbeth.

La bella y rara obra de Rosario Guarino Ortega, El Ibis de Ovidio, da cuenta de la historia de la composición de ese vago poema escrito en el exilio, cuya redacción recoge la judaica tradición de impureza de esa ave del Nilo: acusa en los versos Ovidio a un falso amigo, un antiguo mendaz protector devenido animoso adversario, a quien achaca su caída en desgracia. Ibis ha sufrido múltiples identificaciones y permanece, como lo quiso Ovidio, tal vez menos evidentemente en su tiempo, en la niebla: pudo ser Higino, un cortesano y bibliotecario de Augusto, o el celoso poeta Manilio, o el afiebrado orador Tito Labieno, o bien el astrólogo de Tiberio, el egipcio Trasilo. No lo sabremos, pero la cuestión habría entusiasmado al propio sucesor de Augusto, inclinado a disputar con sus invitados sobre puntillosos asuntos literarios, según recuerda, o finge recordar Suetonio en sus biografías sobre los príncipes.

Insiste Voltaire: hace decir a un borroso autor, contempóraneo del misterio, el oscuro Minuciano Apuleyo, que Pulsum quoque inex ilium quod Agusti incestum vidisset. Johan Madvig aseveró que Minuciano era una apócrifa creación de anóminos gramáticos del siglo X y aun de comienzos del Renacimiento. Voltaire no conoció la objeción; fue su opinión que Augusto gozaba encerrado en una pasión baja, similar a la que colonizaría a Cayo Germánico y más tarde a Nerón, y que Ovidio habría sido un testigo ilustre pero molesto. Se abstuvo, aun así, de ordenar, bajo cualquier cargo, su ejecución. Engendró Augusto, involuntariamente, los arduos trabajos de Ovidio durante su forzosa y perpetua ausencia en Roma; a ninguno faltó inspiración ni elegancia. Son incognoscibles los designios de los Césares.

Es más feliz la segunda cuestión: Augusto indujo, sin réplica posible, a los albaceas literarios de Virgilio, Lucio Vario Rufo y Plocio Tuca, a emular al venidero Max Brod; era deseo de Virgilio que su inacabada Eneida fuese entregada al fuego; se opuso el emperador y los versos de la Sibila sobrevivieron: ibant obscuri sola sub nocte per umbram, la transmutación que ha sido dada en llamarse hipálage permaneció ajena a las cenizas. Un breve texto de Francisco García Jurado (Borges y su Eneida) razona cabalmente acerca de la ventura de esta voluntad incumplida. Pudo así Hermann Broch escribir su tal vez también inacabado poema en prosa en donde Virgilio se une a Dante (y al hacerlo, también se funde, aunque desganada o equívocamente, con Platón): Der Tod des Virgil. Broch había corrido, más amargamente, parte de la suerte de Ovidio: encarcelado por el régimen nazi tras el Anschluss, seguro de su muerte mientras componía poemas en la prisión, la valerosa intercesión de sus amigos (entre ellos Albert Einstein), lo sorprendió con el azar de la liberación. Salvado, como la Eneida, del fuego, se dedicó a cantarla. Cuesta imaginar mayor suerte o mejor destino.

Curiosa inmortalidad la de Augusto: su tarea política y militar ya no existe, no han pervivido sus leyes. Subsiste en la queja del hombre al que condenó, por razones que nos serán siempre legendarias, y en el verso del hombre cuya obra, con la magnánima, esta vez sabia, razón del César, eligió retener.

Hadrian Bagration

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