Terror

Anónimo: Fusilamientos en Nantes, 1793. Biblioteca Nacional de Francia.

Anónimo: Fusilamientos en Nantes, 1793. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Es de general aceptación entre quienes se avienen a inquirir sobre la ruda historia de Europa que el día 5 de Septiembre que corresponde al año 1793 es el inicio de La Terreur. A esas alturas, el moderado acierto de la Revolución Francesa se había tornado un enorme error, sólo reparado por la simétrica equivocación del Congreso de Viena. La retrospectiva sentencia de Orwell, ese sórdido pero tristemente acertado juego de palabras entre dictadura y revolución no podía sino provenir del fracaso de la insurrección francesa en constituirse gobierno democrático (limitaciones de época mis à part) y burgués. El Terror fue la tenebrosa confesión de esa derrota política: perdidos, en parte a sabiendas, los objetivos revolucionarios, la Revolución debía continuar, como un vaudeville sangriento que revivía a las públicas ejecuciones del Antiguo Régimen. La inquisición revolucionaria, el Comité de Salut Public, halló en el Terror una política de Estado y un arma política: la composición sectaria del comité lo hacía tan arbitrario como los gabinetes de la monarquía; la concepción saludable implicaba la visión antropomórfica y anatómica de la sociedad francesa, de la cual debían extirparse los miembros enfermos, cuyo presencia aseguraba contagio; público remitía a la franca posición de la Revolución acerca de la aniquilación del hemisferio individual: públicos eran los juicios, en los que los acusados carecían de derecho a la defensa y de la potestad de llamar a testigos que declarasen en su favor (según infame ley de uno de los menos conocidos artífices del Terror, el burócrata Georges Couthon), públicas las caídas en desgracia, las delaciones, las ejecuciones, en múltiples ocasiones sin proceso previo. Fue crimen la emigración (retroactiva al 1 de Julio de 1789: se exigía a los viajeros el don de la clarividencia revolucionaria); los bienes de los arrestados y arrojados a las gemonias eran confiscados para calmar el hambre popular. El pueblo llano cumplía con entusiasta desgano su papel de comparsa: cuestionar al Terror significaba cortejar a la guillotina. El ardor de la sangre y las cabezas cortadas hartó a una población carcomida por la carestía; al Terror sucedió La Grande Terreur: la moderación era traición, pero lo eran también la cautela o el silencio. La Revolución gestaba, innominadamente, al fascismo.

Quiso la paradoja que fuera una victoria militar francesa, en la batalla de Fleurus, en Junio de 1794 sobre la coalición liderada por Austria, la que decretara la obsolescencia del Terror: el límite racional de la irracionalidad del fascismo clama por una ralentización de la violencia cuando los enemigos externos han sido derrotados y cuando ya no es posible discernir a los enemigos en el interior: que cualquiera sienta la amenaza del pelotón es finalidad de la revolución fascista, pero también su derrumbe: si casi nadie está a salvo, será el sitio de quienes lo están el único lugar seguro; el coup d’État está garantizado. Hacia fines de Julio de 1794 había en Francia cincuenta mil cadáveres nacidos de la inevitabilidad revolucionaria. No es inútil recordar que esas muertes quitaron de su trono a un rey para que más tarde lo ocupase un emperador, y que las campañas que siguieron a esa prestidigitación costaron no menos de cinco millones de muertos. Tras Waterloo, las fronteras nacionales del Occidente europeo habían variado apenas en unos cuantos cientos de millas en aguda comparación con las de la Francia prerrevolucionaria. El ala progresista del pensamiento populista contemporáneo suele detenerse en las miserias bélicas del fascismo conservador; las atrocidades de las revoluciones (léase fascismo jacobino) duermen calladamente bajo la tierra de los camposantos.

No hay mejor film que analice la degradación de la Revolución Francesa que Danton. El guión es de creación múltiple (sobresalen Jean-Claude Carrière y el director, Andrzej Wajda), pero la historia se inspira en Sprawa Dantona (El caso Danton), de Stanisława Przybyszewska. La obra data de 1929: asombra la ironía que revela que las líneas se escribieron en defensa de la figura máxima de la Terreur, Maximilien Robespierre; Przybyszewska no alzó su pluma para condenar a Robespierre, sino para justificarlo y hallarlo probo. La movía, en esas décadas, su credo comunista (la expresión es casi un pleonasmo: el comunismo, al igual que cualquier religión -política o supersticiosa- , es insostenible sin un acto de fe; no hay vez que esta caída no corresponda a un acto de ceguera). Wajda, que rodaba en 1983, maniobró para equiparar el terror de la Revolución con el terror, menos evidente, del régimen de Jaruzelski: la emigración, aun la forzada, (entre otras contravenciones y en medio del sempiterno racionamiento de las economías dirigistas) también fue un crimen en la Polonia soviética.

Robespierre gustaba asimilar el terror a la virtud; aún suena su tétrica fraseLa terreur n’est autre chose que la justice prompte, sévère, inflexible; elle est donc une émanation de la vertu. Se trata de otra confesión: no hay revolución que no se crea virtuosa, reparadora, y el ejercicio de esa virtud es la dosificación de la violencia a través del terror; administrado con celeridad, el sereno y permanente terror deviene el gran terror; no es sólo la etapa en la que la revolución devora a sus propios hijos sino la fase en la que se afana en remontarse en meticulosa imitación y ampliación al régimen al que suplantó: Robespierre en su breve cacicazgo y Bonaparte en su medroso imperio que se soñaba a si mismo prolongación juliana gozaron de poderes superiores a aquéllos de los Luises. Stalin ofició de omnipotente zar; Mao gobernó como Hijo del Cielo; soñó inútilmente Fulgencio Batista con la opulencia dictatorial de Castro. La virtud revolucionaria quizás consista en una desordenada y crudelísma restauración; Giuseppe Tomasi di Lampedusa bien podría aleccionarnos al respecto.

Sólo queda formular una idea más acerca de las revoluciones: la verdadera revolución siempre es la que ha de venir. Traidores, incapaces, agentes del imperialismo, malas cosechas, la naturaleza humana, la mala suerte, la mala fe, han prevenido el triunfo de la buena causa esta vez; ayer nos fue esquiva, pero no importa, mañana nos organizaremos con más firmeza, nuestro fervor llegará más lejos. Y al fin, un hermoso día, como escribió Fitzgerald

Y así continuamos, creyentes contra toda evidencia, arrastrados sin pausa hacia la sangre.

Hadrian Bagration

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s