La hermana menor

Jan Veemer: Mujer sentada al virginal, 1972. National Gallery, Londres.

Jan Veermer: Mujer sentada al virginal, 1672. National Gallery, Londres.

Era un policía viejo, amante del monólogo. Era su agrado el relatar anécdotas antiguas; quizás creyese que de ese modo sus años útiles, tímidamente, despertaban. No había ocasión en la que no ofreciese a juicio de la audiencia su caso más extraño: el de aquel escritor, cuya fama asomaba segura, y que cuando fuera preguntado acerca de qué mujer escogería, si le fuese concedido el deseo de elegir aquélla que desease sin límite alguno, deslizó el nombre de una bella y madura clavecinista que vivía en París. El reportaje se difundió; una semana más tarde un billete de avión hacia París llegó a su puerta. El escritor aceptó el reto: voló a Francia y los novísimos amantes se presentaron el uno al otro en los jardines que poseía la mujer cerca de los Elíseos.

El enlace se celebraría con una exhibición íntima: la novia tocaría para una mínima y selecta multitud entre la que se contaba algún ministro ávido de imágenes. Cercano el instante de principiar, la mujer alegó una indisposición. Apenados pero comprensivos, los asistentes se retiraron obsequiando deseos de pronta recuperación y de dicha. El asombro, sin embargo, crecía: la intérprete cancelaba conciertos, se negaba a las grabaciones; jamás se la oyó tocar otra vez. Los críticos culparon al esposo: ninguna otra causa se sospechaba obstáculo entre el arte de la concertista y su público. Harto de las habladurías, el escritor se arrojó al paso de un tren. La viuda lo lloró en un entierro silencioso: su último homenaje fue un inmóvil clavicordio cubierto por un velo oscuro, sobre el que juró no volver a posar sus manos o mirar. Moriría un par de años después.

El acto final de la comedia (son palabras del viejo policía) ocurrió mucho más tarde, tal vez una década, cuando la casona de la mujer en los Elíseos se reformaba tras una venta. De debajo de la húmeda tierra de los jardines surgió un cadáver: la paciente investigación decretó que se trataba del cuerpo de la mujer que el mundo había admirado merced a su música; la autopsia reveló muerte por veneno. La ciencia permitó un examen más rígido y una precisión más tenebrosa: quien yacía en un glorioso ataúd en un cementerio de París era otra mujer, hermana menor de la clavecinista. El parecido había sido colosal: el viejo policía  (en este punto, orgulloso de su hallazgo) reconstruyó la historia: la sombra de la inmensa hermana mayor había pisoteado a la menor por más de medio siglo; de su existencia ni siquiera había habido más que noticias vagas; tal vez la razón fuese el humilde y aun bastardo origen de ambas, que la fama de la mayor se había afanado en disimular. Era deducción del viejo policía que el envenenamiento había sido espontáneo: reemplazar a la hermana mayor fue impulso crecido del deseo de suplantarla no sólo ante el clavicordio, sino en el lecho; es casi seguro que antes del hombre que voló hasta París la hermana menor no había conocido varón. El escritor, de cuyas páginas casi ni memoria ha quedado, quizás no sospechó nada, nunca.

H.B.

Anuncios

Un comentario en “La hermana menor

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s