L’Heure Bleue

81S6Qkxg93L._SL1500_“Los viejos textos que ha olvidado el escritor son fuente, las más de las veces, de solitario arrepentimiento. El origen de esta nouvelle (ese género tan gratamente circunspecto en lo que toca a la extensión) es antiguo y ya confuso: una serie de lecturas de Thomas Mann y Winfried Sebald me había empujado a la torpísima emulación y a la innecesaria prisa. L’heure bleue fue escrita, sus vaivenes retóricos lo confiesan, en algo más de una semana, en un verano bajo un sol que no era el de York, en el año 2007. La redacción, que no es dichosa, se presentó accesible; el más grávido de mis errores fue ensayar un final que revelara un asombro. Fracasé. Parcialmente debo a esa derrota previsible esta versión, de renovada impotencia estética pero menor ambición narrativa. Prodigué indiferencia a ese primer intento hasta la mitad de 2011; fue entonces que cedí a la tentación de publicar. El carácter inofensivo de esa mínima vanidad me absuelve de justificar, en las páginas que siguen, las correcciones y omisiones, las interpolaciones y modificaciones que opté por operar. La literatura es una forma pública de intimidad: carente de propósito valedero, el escritor se empeña en mejorar una creación que será siempre pródiga en imperfecciones. De haber sido el universo obra de una inteligencia inmóvil (no lo es), quizás el oficio de escribir fuese secreta imitación de esa larga, divina contrición.”

“No hay, la comprobación es evidente, paraísos que nos sean fieles, pero contamos con la colaboración de obcecados infiernos. Puede la vida de un hombre ignorar por completo aquello que lo hará feliz (un consuelo será, quizás, imaginarlo), pero el mundo es pletórico en desgracias, algunas de ellas excéntricas. He intentado prefigurar una realidad en la que la dicha poseyera creciente declinación y su antónimo, además de reiteración incremental, omnipresencia. He pensado en una hora hospitalaria pero vacía, la azul; la he poblado, aun sin destreza, de escenas incómodas y de inmensas soledades que se rehúyen. Finalmente, he deseado olvidarlo todo y renunciar para siempre a la redacción de esta obra, si es que esa palabra puede ser usada para estas páginas.”

“En nuestra casa múltiple y común, el pasado, mi hora, la que es más cara a ciertas borrosas nostalgias, es la mitad de la tarde, la quietud de la siesta adornada por la ensoñación, un acto lúbrico o la esperanza de una noche de modesta magnificencia. L’heure bleue pasó por mi vida, jornada tras jornada, casi sin huellas.”

H.B.

Hadrian Bagration: L’heure bleue. CSpace Editions, Scotts Valley, California, 2014. 56 páginas.

Edición electrónica: L’heure bleue. ADS, Seattle, 2014. 48 páginas.

Todo destino

Pietro da Cortona: César cede a Cleopatra el trono de Egipto, 1637. Museo de Bellas Artes de Lyon.

Pietro da Cortona: César cede a Cleopatra el trono de Egipto, 1637. Museo de Bellas Artes de Lyon.

Debemos la preservación de la escena a los festejos que siguieran al estreno de César y Cleopatra, obra menor de Bernard Shaw, en el Theatre Royal de Newcastle, el 15 de Marzo de 1899. Oscar Wilde envió un telegrama de felicitación que era a la vez (aun desde la relativa miseria de su refugio en el Hôtel d’Alsace) un acto de desdén: había razones para agradecer el exilio en Francia. Shaw, que era, no menos que Wilde, un table talk master, habló de su amistad con Mommsen: confesó que no había sido inspiración para su drama, pero que las largas tardes transcurridas junto al historiador obcecado en su asombro por Roma lo habían decidido a intentar un tema de la Antigüedad.

Mommsen era cortejado por el nacionalismo alemán; ese coqueteo era correspondido sin timidez. Le fastidiaba admitir que las legiones habían llegado al Albis (el río que hoy llamamos Elba). Un apretado combate con los restos de alguna tribu (Mommsen rescata la frase res ad triarios venit) animó a los romanos; las cohortes insistían en cruzar el Elba, pero los oficiales fueron prudentes; quién sabe qué tediosos misterios se ocultaban en los bosques germanos. De ese estrépito sobrevivió una carta; no hay región de la Historia que no contenga su magra porción de milagros.

Seguramente de rango tribunicio, el redactor se declara en la cuarentena; un veterano, quizás, de las campañas de Augusto en Hispania. Borges escribió sobre el lombardo Droctulft, que desairó a su plebe y sirvió a los romanos en el sitio de Ravena; mencionan a ese hombre (que los germanistas vituperan) Gibbon y Pablo el Diácono (la fuente, sin embargo, es Benedetto Croce); el tribuno reprocha a quien no leerá esas líneas el abandono de Roma, el furtivo cruce del Elba, la huida junto a los queruscos. Calla Mommsen sobre el estilo de amistad (φιλία) que unía a esos dos hombres: lamenta el mayor que el menor, del que nada sabemos, prologue, con una antelación de dos mil años, el final de Historia del guerrero y la cautiva: A esa barbarie se había rebajado una inglesa, desploma Borges. En los densos y oscuros bosques de la Germania, piensa lentamente el tribuno sobre al amigo perdido.

Mommsen (siempre de acuerdo a Shaw), que no compartía el perenne antisemitismo alemán, se maravillaba (was puzzled, de acuerdo al preciso original inglés) ante una línea: En algún rincón de la mente de Caín, el asesino fue Abel. No faltaban judíos en las legiones; Aureliano contó con ellos para su victoria en Emesa. Desde el instante en que la humanidad trascendió la crueldad de la naturaleza, no hay ley en el mundo que no pueda, aun por unos cuantos milagrosos segundos, cambiarse. Todo destino es un designio. Quizás el tribuno profesase una variante epicúrea del judaísmo (condenada por la Mishnah, que le rehusó su parcela en el mundo por venir). Querrá la leyenda literaria que un párrafo del Mémoires, en el que Adriano medita el albur de cabalgar hacia esa parte ninguna que eran las planicies de Panonia o de Dacia y desaparecer del mundo, tuviera en esos párrafos su origen. No lo revela Yourcenar.

Antes del fin de la fiesta, satisfecha la sed de brillo de Shaw, alguien preguntó qué se había hecho de esa carta. No lo sé, contestó Shaw. Jamás la he visto. Siempre he pensado que fue invención de Mommsen, para mitigar esas lentas tardes lluviosas. Él creía lo mismo de mí.

H.B.

Póstumo Keats

Benjamin Robert Haydon: Retrato póstumo de John Keats, 1821. National Portrait Gallery, Londres.

Benjamin Robert Haydon: Retrato póstumo de John Keats, 1821. National Portrait Gallery, Londres.

El más grande y mejor de los románticos ingleses, John Keats, (el juicio no empequeñece las estaturas, ya inmensas, de Byron o Shelley; tan sólo destina una porción más de asombro a aquél) muere acorralado por la pobreza y la enfermedad en Roma el 23 de Febrero de 1821. Son famosas sus palabras casi finales: carcomido por la tuberculosis y ansiando, inútilmente, la muerte, sus amigos le negaban la botella de láudano que oficiaba de primitivo anéstesico, para prevenir el suicidio. How long is this posthumous existence of mine to go on?, clamaba. Esa grata costumbre de morir con una broma en los labios, que quizás se iniciara con Sócrates, dio origen a una biografía (Posthumous Keats); Stanley Plumly examina, no sin curiosidad para el lector, los bocetos del rostro de Keats que la preocupación de sus allegados por su posteridad les moviera a intentar. Los retratos son, aun en su torpeza, logrados: nada que Keats inspirara se rebajó a la mediocridad.

Una reiterada superstición hace de los cultores de Keats cuidadosos guardianes de la memoria de su fiancée más notoria, Fanny Brawne; algo nada distinto ocurre con Kafka y Milena Jesenská. Amargos los tiempos en que las mujeres eran sinónimos reducidos de sus cónyuges; algo superficial la costumbre de explicar al artista o escritor por sus impulsos eróticos. Fanny Brawne fue la preferencia de un moribundo Keats; los cielos saben qué hubiese sido de la suerte de esa pasión de haber nacido Keats robusto y rico. Muerto Keats y acabado el luto de seis años que su prometida sostuvo, ella casó con un hombre cualquiera y parió tres hijos. Murió en 1865. Unos cuarenta años separan la muerte de ambos.

¿Quién o qué fue Fanny Brawne al cabo de cuatro décadas después de la muerte del hombre por el que guardó silencio ante la sociedad por más de un lustro? Keats se diluyó a causa de lo que la fragmentaria medicina de la época llamaba consumption, y cuyo padecimiento conllevaba estigma: el enfermo quizás la contrajera en razón de la debilidad de su carácter, de la locura o el placer solitario. Keats, desde Italia y sabedor de su sentencia, escribía a Fanny Brawne: Sobre dos lujos medito oscuramente mientras paseo: tu gracia y la hora de mi muerte. Fanny Brawne usó en sus épocas de luto el anillo que había unido ese frágil compromiso, acaparó cartas y miniaturas de retratos; laboriosamente insistió en retener la memoria de Keats. Su correspondencia se modificó según el paso de los años. Gradualmente habrá ido olvidando esos sentimientos. Las preocupaciones cotidianas nos acercan a la inmortalidad: las urgencias nos transforman en ínfimos dioses que deben abocarse a la tarea pueril de preservar la prole. El accidente, la enfermedad, la paulatina destrucción del cuerpo nos arrojan de ese inmerecido Olimpo, al que nunca agradecemos adecuadamente. En sus años finales Fanny Brawne, agotada la herencia familiar, recurrió a las sobras de Keats para legar a sus hijos la promesa de algún dinero. Entre esas reliquias figuraban las cartas que se habían deparado. Los críticos quisieron desdeñar aquéllas en las que Fanny Brawne reniega de su tiempo con Keats y lo juzga un hombre sin atributos. Alguien justificó esa dureza apelando a su condición de heredera tenaz; los años con Keats habían sido de escasez. Quizás en sus últimos meses haya abrigado la esperanza de que la fama (póstuma) de Keats pusiera sobre la mesa de sus hijos algo de alimento.

Fanny Brawne se nos antoja similar a los antiguos libertos: manumitidos por sus amos en sus  testamentos, dejaban la morada familiar bendiciendo su nombre; con el tiempo llegaban a detestarlo, porque los había hecho conocer, cuando esclavos, la servidumbre, aun cuando tomaran (era parte del romano ritual de los nombres múltiples)  el nomen de quien había sido su dueño. Tras años largos, morían con nostalgia, merodeando la casa en donde habían servido, echando de menos, con labios apagados por la vejez, la sombra de su señor.

H.B.