Todo destino

Pietro da Cortona: César cede a Cleopatra el trono de Egipto, 1637. Museo de Bellas Artes de Lyon.

Pietro da Cortona: César cede a Cleopatra el trono de Egipto, 1637. Museo de Bellas Artes de Lyon.

Debemos la preservación de la escena a los festejos que siguieran al estreno de César y Cleopatra, obra menor de Bernard Shaw, en el Theatre Royal de Newcastle, el 15 de Marzo de 1899. Oscar Wilde envió un telegrama de felicitación que era a la vez (aun desde la relativa miseria de su refugio en el Hôtel d’Alsace) un acto de desdén: había razones para agradecer el exilio en Francia. Shaw, que era, no menos que Wilde, un table talk master, habló de su amistad con Mommsen: confesó que no había sido inspiración para su drama, pero que las largas tardes transcurridas junto al historiador obcecado en su asombro por Roma lo habían decidido a intentar un tema de la Antigüedad.

Mommsen era cortejado por el nacionalismo alemán; ese coqueteo era correspondido sin timidez. Le fastidiaba admitir que las legiones habían llegado al Albis (el río que hoy llamamos Elba). Un apretado combate con los restos de alguna tribu (Mommsen rescata la frase res ad triarios venit) animó a los romanos; las cohortes insistían en cruzar el Elba, pero los oficiales fueron prudentes; quién sabe qué tediosos misterios se ocultaban en los bosques germanos. De ese estrépito sobrevivió una carta; no hay región de la Historia que no contenga su magra porción de milagros.

Seguramente de rango tribunicio, el redactor se declara en la cuarentena; un veterano, quizás, de las campañas de Augusto en Hispania. Borges escribió sobre el lombardo Droctulft, que desairó a su plebe y sirvió a los romanos en el sitio de Ravena; mencionan a ese hombre (que los germanistas vituperan) Gibbon y Pablo el Diácono (la fuente, sin embargo, es Benedetto Croce); el tribuno reprocha a quien no leerá esas líneas el abandono de Roma, el furtivo cruce del Elba, la huida junto a los queruscos. Calla Mommsen sobre el estilo de amistad (φιλία) que unía a esos dos hombres: lamenta el mayor que el menor, del que nada sabemos, prologue, con una antelación de dos mil años, el final de Historia del guerrero y la cautiva: A esa barbarie se había rebajado una inglesa, desploma Borges. En los densos y oscuros bosques de la Germania, piensa lentamente el tribuno sobre al amigo perdido.

Mommsen (siempre de acuerdo a Shaw), que no compartía el perenne antisemitismo alemán, se maravillaba (was puzzled, de acuerdo al preciso original inglés) ante una línea: En algún rincón de la mente de Caín, el asesino fue Abel. No faltaban judíos en las legiones; Aureliano contó con ellos para su victoria en Emesa. Desde el instante en que la humanidad trascendió la crueldad de la naturaleza, no hay ley en el mundo que no pueda, aun por unos cuantos milagrosos segundos, cambiarse. Todo destino es un designio. Quizás el tribuno profesase una variante epicúrea del judaísmo (condenada por la Mishnah, que le rehusó su parcela en el mundo por venir). Querrá la leyenda literaria que un párrafo del Mémoires, en el que Adriano medita el albur de cabalgar hacia esa parte ninguna que eran las planicies de Panonia o de Dacia y desaparecer del mundo, tuviera en esos párrafos su origen. No lo revela Yourcenar.

Antes del fin de la fiesta, satisfecha la sed de brillo de Shaw, alguien preguntó qué se había hecho de esa carta. No lo sé, contestó Shaw. Jamás la he visto. Siempre he pensado que fue invención de Mommsen, para mitigar esas lentas tardes lluviosas. Él creía lo mismo de mí.

H.B.

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