Historias breves y violentas

Historias_breves_y_v_Cover_for_Kindle (1)No otra que la holgazanería o la comodidad es la razón de reunir en un solo volumen estas nouvelles. No reconozco ya placer o encanto en estas líneas: la anterior es una manera pudorosa de expresar que he renegado de esta forma de escritura. No, por cierto, de la grata extensión del relato que goza de su brevedad, sino de ese modo de observar el mundo que llamamos estilo y que en mi caso me ha llevado a cierto hartazgo barroco. De apurar una confesión, revelaré que el destino de estas páginas (además del olvido, del justo olvido) es la disgregación en argumentos más exactos, quizás algo mejor logrados, apenas hábiles, seguramente continuadores de la despiadada torpeza literaria en la que abundo.

Mi ignorancia reconoce dos guías en tanto deseable escasez en longitud y la meditada violencia en los relatos: El fin, de Borges (aquél de Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo…) y Patriotismo (de acuerdo a la minuciosa traducción de Geoffrey Sargent), en la que Mishima se deleita en la descripción de dos suicidios rituales (Was this seppuku?– en esa pregunta, realizada en medio de la lenta precisión de la herida, reside el estallido brutal de la conciencia de la propia muerte). No alcanzaré esas metas, no me lo he propuesto. Esperaré, como quien aguarda la vejez, la resignada y serena imitación.

Hadrian Bagration: Historias breves y violentas. CSpace, Octubre, 2014. 128 páginas.

Edición electrónica: Historias breves y violentas. ADS, 99 páginas.

H.B.

With Wand’ring Steps

Edward Alcock: Portia y Shylock, 1778. Yale Center for British Art, New Haven.

Edward Alcock: Portia y Shylock, 1778. Yale Center for British Art, New Haven.

Hacia el fin de esa tímida (en cuanto a su pública difusión) masterpiece, The Merchant of Venice de Michael Radford, las escenas se desenvuelven según la providencia prescrita por Shakespeare: Shylock se precipita en la derrota y en la forzosa conversión a la fe de la cruz; su fortuna se disgrega entre su falsa hija y el hombre que la ama; Bassanio y Gratiano se reúnen en intimidad con Portia y Nerissa; Antonio, su causa triunfante, sus barcos salvados de las aguas, sus dineros intactos, deambula en cierta lenta soledad por los cuartos del palacio; sólo Shakespeare sabe acerca de qué afectos su rostro agoniza.

Surge el amanecer. Las barcas silenciosas se hacen a la pesca sobre el lago. El sol de la voz de Andreas Scholl despierta y derrama sobre el humilde espectador, el agradecido y asombrado espectador, las líneas que Milton sólo previó para su paraíso perdido, y que, bien desde la ambigua profecía, bien desde la precaución en la que Shakespeare se afanara para que todo verso derramado por su pluma pluguiera a cualquier instante de la realidad humana, parecen pertenecer a la Obra, a aquella obra cuyo final no avizoramos y que quizás escriba, como creen los creyentes, el Espíritu, si es verdad (tal vez sólo es deseo) que la historia, toda historia, desde la inflexible muerte de Enkidu o el derrumbe de Ilión hasta la helada e ignorada destrucción de hombres anónimos bajo la nieve del gulag, es una crónica extensa y casi infinita que el porvenir labrará hasta que el mundo carezca de lenguas y los amados y los amantes abandonen, una vez más, su Edén, que al comienzo de toda jornada ganan, y a su final extravían, como lo quiere el despecho de los dioses, quienes, misteriosa y resignadamente, envidian la rústica fragilidad del mortal:

The world was all before them,
Where to choose their place of rest,
And Providence their guide: They hand in hand
With wand’ring steps
And slow, through Eden
Took their solitary way.

La libra de carne que Shylock exige de Antonio el mercader es la concreta consumación del amor que, en los límites de la recta razón isabelina, podían prodigarse Antonio y Bassanio; los anillos que Bassanio y Gratiano ceden a Portia y Nerissa, aun ignorantes de esa comedia de disfraces previsibles bajo los que ambas se han disimulado, son la solemne promesa de que el orden del dios iracundo que aconteció after the Fall obtendrá su tributo. Cada quien, entonces, with wand’ring steps, proseguirá su camino.

HB

Hilda

Albert_Anker_-_Junge_Mutter,_bei_Kerzenlicht_ihr_schlafendes_Kind_betrachtend

Albert Anker: A la luz de la vela, 1875. Colección privada.

Suele ser una fortuna el gozar de los encantos de la ambigüedad. En su niñez, menos dramática de lo que su crónica tiende a exagerar, Truman Capote fue malcriado por su tía y su prima maternas, Edna y Nanny Faulk. La infelicidad personal de esas mujeres se tradujo en férreo amor por Truman, cuya madre era, en su afán por lograr ansiado ascenso social, olvidadiza. Edna y Nanny intercambiaban silenciosamente grados de parentesco en sus cotidianos puestos en la cocina y los jardines de una finca del profundo Sur de los todavía borrosos Estados Unidos de la primera posguerra.

Tantos varones crecemos rodeados por el afecto constante de tantas mujeres que remedan (algunas hasta la perfección del rol) la maternidad, y alguna que otra distante y rígida presencia de hombre. Invariablemente acudimos a ese término múltiple, tía, que designa sin precisión a primas mayores, primas lejanas, aun vecinas. En esos matriarcados mansos anidaron gentes notables: Reinaldo Arenas, Vargas Llosa, Capote, Lovecraft.  A pesar del carácter pacífico de esos hogares, los destinos que luego se abren para quienes maduran son harto distintos, aun trágicos.

La décadas decretan que los años deban consumar sus puntuales asesinatos. Ocupados en esa tarea rústica que es el vivir, destruimos el espejo que refleja al niño solitario que fuimos, al que la paciencia y la piedad de las entonces jóvenes tías rescataban de la siesta; con esa dureza intentamos devolver los golpes que rutinariamente inflige el mundo. Un mensajero nos informa que la delgada y esbelta tía Hilda muere; durante unos instantes perplejos somos nuevamente un dulce, una taza de té y un juguete; tan poco era necesario para provocar nuestra gratitud y nuestro fervor. El universo se despoja de tías, de lejanas primas y de madres encarnadas y frágilmente poderosas, y comprendemos, con amargura y cierta resignación, que hemos quedado algo más solos, como quienes oyen la lluvia.

HB

 

 

Los que vamos a morir

Michelangelo Merisi da Caravaggio: Muerte de la Virgen, 1606. Musée du Louvre.

Michelangelo Merisi da Caravaggio: Muerte de la Virgen, 1606. Musée du Louvre.

Aquejado por la falta de luz y la terca sordera, Sir Edward Downes, sabedor de que su esposa, que ha cuidado de él desde que cayera sobre sus ojos el crepúsculo, padece un incurable mal, sostiene con ella una breve conversación en un jardín. La decisión es mutua. El 10 de Julio de 2009, en Zürich, serán ayudados, juntos, a cesar. La noticia permanece por unos cuantos días en los espacios que la prensa reserva para curiosidades.

En fecha indeterminada de, quizás, Febrero de 2014, Oriella Cazzanello, bellísima mujer de alrededor de ochenta y cinco años, viaja a Basilea, habiendo decidido que su tiempo se ha cumplido. No comunica a nadie la resolución; de casi perfecta salud, erguida y padeciendo orgullosa soledad, sólo su abogado recibirá una carta cuando su voluntad suceda. Es de exigida elegancia afrontar ciertos momentos arduos en secreto.

A los siempre tempranos veintinueve años, Britanny Maynard, sufriendo de dolor que nubla cerebro e intelecto, se anticipa a la jugada del azar y elige morir en paz el 1 de Noviembre de 2014 en Oregon, antes de que la enfermedad comience a desintegrar sus capacidades. Invariablemente opinando desde el error, los círculos vaticanos se empeñaron en condenarla. Quizás crean que el infierno que la teología reserva a los réprobos es más temible que la voraz destrucción diaria de aquello que alguna vez fue un ser humano.

Lo sostuvieron no sin sabiduría los epicúreos: non fui, fui, non sum, non curo. Es raro, tal vez fabuloso, poder vivir según lo queramos; es nuestro sereno derecho poder morir evitando aquello que Gombrowicz llamaba la cosa concreta, la verdadera realidad: el dolor (la chose concrète, la vrai réalité, c’est la douleur). Es de recordar que no todas las dolencias aquejan al cuerpo: el hastío, la servidumbre hacia hechos ingratos, el perpetuo desánimo, son variaciones dolorosas de las que también es lícito huir.

¡Oh, muerte, ven callada, como sueles venir en la saeta! El verso magnífico es obra de Andrés Fernández Andrada y quiere la buena fortuna que lo encuentre el lector en una referencia en la que Borges, que no olvida citar a quien la recogiera, Pedro Henríquez Ureña, rememora que la sombra de Tiresias promete a Ulises una muerte feliz; es decir, sin agonía, sin inútil combate. No a todos sonreirá, como a Cayo Julio César, el sol de que se cumpla el deseo de una muerte inesperada, la que escogiera como la más favorable al moribundo, aun para quien ignora que lo es, en la víspera de los idus de Marzo. Para los que vamos a morir, existe ese placer, casi ese deber, el de la calmada dignidad.

H.B.