Hilda

Albert_Anker_-_Junge_Mutter,_bei_Kerzenlicht_ihr_schlafendes_Kind_betrachtend

Albert Anker: A la luz de la vela, 1875. Colección privada.

Suele ser una fortuna el gozar de los encantos de la ambigüedad. En su niñez, menos dramática de lo que su crónica tiende a exagerar, Truman Capote fue malcriado por su tía y su prima maternas, Edna y Nanny Faulk. La infelicidad personal de esas mujeres se tradujo en férreo amor por Truman, cuya madre era, en su afán por lograr ansiado ascenso social, olvidadiza. Edna y Nanny intercambiaban silenciosamente grados de parentesco en sus cotidianos puestos en la cocina y los jardines de una finca del profundo Sur de los todavía borrosos Estados Unidos de la primera posguerra.

Tantos varones crecemos rodeados por el afecto constante de tantas mujeres que remedan (algunas hasta la perfección del rol) la maternidad, y alguna que otra distante y rígida presencia de hombre. Invariablemente acudimos a ese término múltiple, tía, que designa sin precisión a primas mayores, primas lejanas, aun vecinas. En esos matriarcados mansos anidaron gentes notables: Reinaldo Arenas, Vargas Llosa, Capote, Lovecraft.  A pesar del carácter pacífico de esos hogares, los destinos que luego se abren para quienes maduran son harto distintos, aun trágicos.

La décadas decretan que los años deban consumar sus puntuales asesinatos. Ocupados en esa tarea rústica que es el vivir, destruimos el espejo que refleja al niño solitario que fuimos, al que la paciencia y la piedad de las entonces jóvenes tías rescataban de la siesta; con esa dureza intentamos devolver los golpes que rutinariamente inflige el mundo. Un mensajero nos informa que la delgada y esbelta tía Hilda muere; durante unos instantes perplejos somos nuevamente un dulce, una taza de té y un juguete; tan poco era necesario para provocar nuestra gratitud y nuestro fervor. El universo se despoja de tías, de lejanas primas y de madres encarnadas y frágilmente poderosas, y comprendemos, con amargura y cierta resignación, que hemos quedado algo más solos, como quienes oyen la lluvia.

HB

 

 

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