Xmas

Harry Roseland: Christmas Morning, 1915. Colección privada.

Harry Roseland: Christmas Morning, 1915. Colección privada.

Compartíamos una Navidad helada. La mujer, que ciertamente había bebido de más, se me acercó y preguntó por mis recuerdos. Recurrí a una frase de Martínez Estrada: Temo tocarlos, porque están casi rotos. La mujer interpretó la broma como una afirmación de ausencia de fe: me aleccionó acerca de la voluntad divina, del origen del cosmos, de la Trinidad y del carácter sacro de esa jornada. Pensé en proseguir la broma y declararme arriano, pero había algo de sequedad en esa voz que me rogaba suscribir los mitos; hacerlo se parecía más a la lástima que a la pereza. Finalmente, la hora de los obsequios llegó.

El hombre nos suplicó complicidad: abrió la puerta de la casa y dejó el inmenso regalo fuera. Cerró la puerta y gritó a su hijo que la sombra de Santa Claus huía de los alrededores del hogar. El niño tendría unos ocho años. Abrió la puerta, halló el regalo, y con dudosa felicidad destrozó la envoltura. Miró a su padre con sospecha. Era evidente que la comedia podría mantenerse por poco tiempo.

La mujer acercó su boca a mi oído. Con voz muy tenue, susurró: ¿Lo ve? No desea dejar de creer. Me sonrió e insistió, con idéntica voz: Aún quiere creer.

H.B.

Los salvajes unitarios

Haydée Lagomarsino de Miranda: Doña Leonor Acevedo de Borges, 1972. Colección privada.

Haydée Lagomarsino de Miranda: Doña Leonor Acevedo de Borges, 1972. Colección privada.

Es casi universal la justa difusión de la anécdota: en época borrosa de su vejez, Leonor Acevedo Suárez de Borges, madre del escritor, era sometida al azar del quirófano. Bien sabe quien ha recorrido en esa sujeción horizontal el sendero hacia la voluntad de otros, a quienes  supone sabios, que los atributos de los que está hecho ese viaje son la soledad y el temor. Borges aguardaba, según la costumbre, el inicio de la práctica junto a doña Leonor. Con un hilo de voz, repetía Borges, Madre alzó la cabeza y gritó: ¡Salvaje unitaria! Supe entonces que todo estaba bien. Borges, que veneraba el valor, solía conmoverse por esta pizca gigantesca que le había obsequiado su madre. Las líneas figuran en un diálogo con Mujica Láinez. En el prólogo a sus obras completas de 1972, Borges abundará en el coraje materno: tu prisión valerosa, cuando tantos hombres callábamos. Innecesario es referir que ese encierro fue sufrido por órdenes de la cíclica dictadura peronista.

Ciertos tesoros habitarían la pérdida de no ser por la paciente renuencia de Bioy Casares a resignarse a la literatura mayor. El breve diálogo ocurrió, según datación irregular, a mediados de Noviembre de 1970. Un hombre había ganado acceso a la casa de Borges; no era arduo lograrlo: Borges solía recurrir a la generosidad para zanjar conflictos y para aliviar el tedio de la gente común. El hombre se atrevió a cruzar alguna palabra con doña Leonor: Yo, señora, debo decirlo, aunque sé que usted no nos aprueba, que soy de tradición federal. Esa rústica aclaración no sería rara: los inicios de los 70 fueron tiempos de revalorización de la barbarie; su máximo ejecutor se aprestaría a concretar, en pocos años, su violenta parusía. Con voz muy suave, escribe Bioy, Madre contestó: No tema nada. Nosotros, los salvajes unitarios, no nos dedicamos al degüello.

H.B.

Calle desconocida

Vincent van Gogh: Noche en el Café Terrace, 1888. Kröller-Müller Museum, Otterlo, Países Bajos.

Vincent van Gogh: Noche en el Café Terrace, 1888. Kröller-Müller Museum, Otterlo, Países Bajos.

No existe consumado flâneur que no se haya topado, feliz e imprevistamente, con una calle desprovista y extraña, poco afín tanto al ajetreo del centro cuanto al misterio del suburbio. La frase es adecuada para las zonas a medias preservadas de las medievales urbes europeas, y aun para las somnolientas, agónicas capitales y lentos pueblos de ese interior del mundo que es América Latina. La calle desconocida merece escasa frecuentación: recorrerla, examinarla, someterla a duro escrutinio arquitectónico y demográfico implica despojarla de esa virginidad reiterada que otorga la lejanía y la hipótesis.

Calle desconocida es un poema escrito por Borges hacia principios de la década de 1920; se incluye con acertada puntualidad en su primer libro de poesía, Fervor de Buenos Aires, cuando esa ciudad era promesa imperial, Roma sub specie aeternitatis (en su vejez, dedicaría unas líneas a su amigo Manuel Mujica Láinez, líneas de poderosa lamentación, nada distintas, en su esencia a la Elegía por la destrucción de SumerManuel Mujica Láinez, alguna vez tuvimos/ una patria – ¿Recuerdas? – y los dos la perdimos. La patria, innecesario es escribirlo, era la rectora, severa y afrancesada Buenos Aires, pero la victoria ha sido de las montoneras y los salvajes gauchos, y como de Roma bajo los hérulos, el recuerdo es la ruina más prolífica).

Penumbra de la paloma
llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde,
cuando la sombra no entorpece los pasos
y la venida de la noche se advierte
como una música esperada y antigua,
como un grato declive.

Casi todo lo venidero está allí: el terco amor por Israel, las largas y solitarias caminatas por el barrio Sur, el ingrato declive de la ceguera, los ausentes pasos ajenos que no entorpecen el paseo en la sombra, a la que Borges llegará a elogiar, como Demócrito.

Sólo después reflexioné
que aquella calle de la tarde era ajena,
que toda casa es un candelabro
donde las vidas de los hombres arden
como velas aisladas;
que todo inmediato paso nuestro
camina sobre Gólgotas.

A los veintitrés años Borges había asistido a la revelación: no hay vida que no se encamine a involuntario y manso suplicio: sobre toda espalda se desplomarán los látigos, sobre todo montículo se erigirá una cruz. Moriremos, no como dioses, sino como cosas apenas más memorables que tormentos y clavos y coronas de espinas. Finalmente, será nuestra la apoteosis familiar que nos convertirá en ritualmente amados lares cuyo culto desaparecerá con la memoria de quienes prodigan, en ocasiones de buena fe, nuestra propia mitología.

H.B.

Bagration: Years of Displendour: Public cultural journals

Anónimo: L'Escalade à Genève, 1602- (1622-1626. Del libro: Journal de temps de L'Escalade.

Anónimo: Ginebra: L’Escalade à Genève, 1602, (1622-1626). Del libro: “Journal de temps de L’Escalade”, página 183.

Si bien el descubrimiento fue obra de un terco, minucioso biógrafo que exploró con desesperanzado tesón la casa de la Rue de Rois, tan próxima al cementerio, ese triángulo obsequioso a la ascética arquitectura de las calles que es limitado por el Boulevard de Saint Georges, los irregulares diarios en los que Bagration consignó sus desganadas apologías intelectuales durante tres inútiles décadas son perpetuo campo de batalla para dos duraderas cuestiones. En honor al trivial carácter del asunto, unas cuantas líneas bastarán para permitirnos esbozar cierta intrincada deducción.

Muerto en Ginebra en Diciembre de 2044, Bagration legó pobre herencia, artística y pecuniaria; su contribución más apta fueron los impuntuales diarios en los que redactó con usual temblor los vaivenes de sus opiniones, repetidas hasta el hartazgo en páginas menos valiosas aún. El uso de la palabra cultura le mereció una aclaración: furiosamente antiestructuralista y seguidor ferviente de las férreas doctrinas de Popper y Sokal, desdeñó Bagration la concepción cultural apresuradamente pergeñada por los discípulos de Lévi-Strauss, más afines a la germánica Kultur que al concepto tradicional (quizás vetusto) de la Ilustración. No le ganó esa testarudez simpatías sonrientes. El valor literario, histórico, aun científico o grato a las efemérides de esos diarios es nulo, pese a los endebles esfuerzos de esos dispersos partidarios a los que ofreció, parsimoniosa y persistentemente, desilusión. Poco más queda decir al respecto.

La segunda de las cuestiones es sólo un rumor: el exégeta que quitara de las páginas de esos envejecidos cuadernos el polvo sospechó de la existencia de otros diarios, más personales, más lúbricos (es sabida la pobreza de la vida íntima de Bagration), tal vez rayanos en la fantasía o en el delirio. Hubo quien se alarmara: la inclusión de un nombre o una referencia en esas amarillentas páginas podía equivaler a desmedro. La leyenda quiere que el paciente compilador de los diarios (su nombre es de escaso interés) gozara de vida muelle no en razón de su trabajo como editor, fabricante de notas al pie y prologuista, sino gracias al diestro oficio de censor; aquello que no ha llegado hasta nosotros, aquello que ha sido omitido, aquello perdido y no olvidado sino jamás conocido será quizás lo menos desdichado que Bagration escribiera en horas solitarias en Ginebra. Nada cuesta imaginar grávidas montañas de dinero trocando manos a cambio de mínimas piras en las que se extinguieron párrafos incómodos junto a un cadáver aún tibio. Nunca lo sabremos.

Hadrian Bagration: Years of Displendour: Public Cultural Journals 2014-2044. 

H.B.