Hombre en el jardín

Édouard Manet:  Maison à Rueil, 1882. National Gallery of Victoria, Melbourne.

Édouard Manet: Maison à Rueil, 1882. National Gallery of Victoria, Melbourne.

Hacia el fin de la primera década que me fue dado vivir yo era un niño de suprema timidez; no es exagerado deducir que la esmerada introversión era acompañada de cierta desdicha. El azar me había hecho conocer Buenos Aires, que hasta entonces había sido un nombre ajeno en un mapa. En una casona antigua, cuyas ruinas quizás hoy no se yergan, se me proveyó de una (para ese entonces) voraz biblioteca, unos cuantos cuartos misteriosos y un jardín. Educado entre cemento y metal, yo eludía la tierra y el pasto y emprendía la lectura de unos cuantos volúmenes noir (la inevitable y efímera admiración por Chandler y el mundo de las sórdidas amistades masculinas que el impúber añora). Ese tedio agradable justificaba cierto verano tórrido en el adormecido suburbio de Adrogué.

Marcelo fue mi primer amigo. Era demasiado mayor, demasiado corpulento y demasiado afirmado en la vida como para ser, para mí, un par, pero (esta revelación fue posterior) el lazo que me ofreció fue una forma de la cortesía para un niño que estaba solo. Yo creí como creen los creyentes en esa condescendiente amistad y me ensoberbecí de ella, mas en mis adentros no podía dejar de agradecer y admirar esa esplendidez maravillosa. Marcelo me llevó a conocer el jardín y otras vías de la aventura: las calles aledañas, las casas vecinas, los venerados baldíos y la oculta belleza nocturna de los arrabales que se juzga ahora perdida. Mezclaba el afecto lacónico con cierta rusticidad, como los duros hombres de Borges, pero tiempo más tarde razoné que ese only child que había crecido en medio de cariños estrictos hacía así sus primeras armas en el arte de la paternidad: fingirse mi amigo era disfrazarse de padre y permitirme conservar al niño que se desdibujaba entre libros y sinsabores. Cuando debí partir, me obsequió mi primer libro de ciencias. Güiraldes había sabido describir, sin conocernos, la despedida: son las últimas palabras de esa novela famosa.

Quizás el destino no fuera jamás tan avaro con alguien tan generoso: Marcelo ejerció con fanatismo su dedicación a la medicina. No obstante, conoció con rabiosa perfección los efectos de las miserias humanas, en especial la traición y la injusta indiferencia (para quien es varón sensible bajo el ropaje de la parquedad, esta última es especialmente atroz). Sorteó los designios de una enfermedad ruin. La última década que le fue dado vivir lo halló escéptico y feliz, rodeado de grata mujer y de hijos, y el reencuentro trocó nuestros lugares: yo era hombre ya, crecido o envejecido, y Marcelo un niño huraño e inmerso en el universo cuidado y misterioso que fue su jardín: su oficio y su amor y su prole, y al que me asomé demasiado brevemente.

Unas líneas amargas desploman la noticia: Marcelo ha muerto. Sobreviene, entonces, el inicio: un niño solitario y desdichado añora la seca amistad viril, la casona y las calles en los suburbios de Buenos Aires, y el jardín, pero sólo recibe la silenciosa despedida, un libro al que no sabrá dar buen uso, y, como quiere Güiraldes, esta vez eternamente, se desangra.

H.B.

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3 comentarios en “Hombre en el jardín

  1. Lindo relato de sensível poesia que enaltece a vida, a amizade,a experiência,a morte,a masculinidade,com a ternura que somente a boa literatura pode traduzir a sensação de que a vida vale a pena ser vivida ainda que efêmera!!!!

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