End of Terror

Paul Baudry: L'Assassinat de Marat o Chalotte Corday, 1860. Museo de Bellas Artes de Nantes.

Paul Baudry: L’Assassinat de Marat o Charlotte Corday, 1860. Museo de Bellas Artes de Nantes.

Aun un autor escasamente valorable como la torpeza de Dickens puede ufanarse de haber logrado algún libro clásico y sencillo. A Tale of Two Cities ahorra a sus lectores el tedioso humor de las cloacas y el hedor a hollín que de las páginas de Dickens permanece casi como promesa de perpetuación; cierta parte de la crítica lo ha comparado favorablemente contra Wilde (así obran quienes piensan que The Picture of Dorian Gray es un exceso estético). No obstante, los pormenores que se relatan de Londres y París pueden enorgullecer a su autor: fueron inspirados por un volumen de Carlyle, por uno de los menos erróneos volúmenes de Carlyle: The French Revolution, A History. Carlyle rechazó a sabiendas el sereno y honroso modelo de Gibbon y lo reemplazó por una poética homérica que lo acercaba, en ocasiones, a los excesos del romanticismo. Es harto célebre su descripción, con certidumbre casi imaginaria, del ajusticiamiento de Robespierre:

“All eyes are on Robespierre’s tumbril, where he, his jaw bound in dirty linen, with his half-dead brother and half-dead Henriot, lie shattered, their seventeen hours of agony about to end. The gendarmes point their swords at him, to show the people which is he. A woman springs on the tumbril; clutching the side of it with one hand, waving the other Sibyl-like; and exclaims: “The death of thee gladdens my very heart, m’enivre de joi”; Robespierre opened his eyes; “Scélérat, go down to Hell, with the curses of all wives and mothers!” — At the foot of the scaffold, they stretched him on the ground till his turn came. Lifted aloft, his eyes again opened; caught the bloody axe. Samson wrenched the coat off him; wrenched the dirty linen from his jaw: the jaw fell powerless, there burst from him a cry; — hideous to hear and see.”

(“Los ojos de todos sobre el carro que lleva al cadalso a Robespierre, y en él, con su mandíbula sujeta con parte de su ropa sucia, yace deshecho el propio Robespierre, junto a su hermano y a Henriot, ambos casi sin vida; sus diecisiete horas de agonía llegan a su fin. Los gendarmes lo señalan con sus espadas, para que el pueblo vea de quién se trata. Una mujer trepa al carro; aferrada a él con una mano y agitando la otra como una sibila, exclama: ¡Tu muerte alegra mi corazón, m’enivre de joi!; Robespierre reabrió sus ojos: ¡Scélérat, idos al Infierno, maldigo a vuestras esposas y madres! Al pie del cadalso, lo colocaron en el suelo hasta que su turno llegó. Lo alzaron y sus ojos volvieron a abrirse; el filo cayó sobre él. Sanson [NdT: el verdugo] le arrancó su casaca, le arrancó la ropa sucia que sostenía su mandíbula; la mandíbula se desplomó, y de él surgió un lamento, horroroso de oír y ver.” (Traducción de HB).

Carlyle menciona que una vez cumplido el trabajo del verdugo, se oyeron aplausos y vítores, y un grito. Un grito, prosigue Carlyle, “…que se prolongó por todo París, por toda Francia, por toda Europa, hasta esta generación.” Y hacia el final del capítulo, el séptimo, del libro sexto, del tomo segundo de su historia de la famosa revolución, concluye, casi con timidez: “Éste es el fin del Terror… el día Noveno del mes Termidor, del año Segundo… El Terror ha acabado.”

HB

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