Atilio Zanotta

Es bendición, para quien es tímido en las pompas del humor, gozar de la amistad de aquél que lo ejerce con destreza. La memoria es débil: no recuerdo cuándo conocí a Atilio Zanotta, pero seguramente la ocasión fue grata. Como todos los autores que han escogido cortejar a la comedia, era en la intimidad reservado, cortés, generoso; podía distribuir cuando se lo proponía una sinceridad acre que en su país es vehículo de denuncia contra la canalla política. La literatura lo hizo feliz: fue dramaturgo, cuentista, guionista; esa multiplicidad de suaves saberes lo arrojó a un destino sereno que contrasta con los estrépitos y cócteles de la actualidad. Hacia el final de su vida lo arrobó el reconocimiento público más allá de sus fronteras locales: me honra haber sido llamado a compartir una ínfima parte de ese éxito que jamás lo cegara.

Atilio Zanotta en su hogar, rodeado de amigos, de vinos y de conversaciones claras, como quiso Petronio, es desde hoy un sueño ácido y jocoso que se prolonga.

HB