Celebración

Fue enorme placer compartir una noche de Teatro Colón en la decadente Buenos Aires con Darío Lopérfido. Nuestro primer encuentro fue, como el de tantos, casual: un vuelo casi sin ocupantes que nos regresaba desde Nueva York en Noviembre de 2001 a lo que (ambos lo ignorábamos) sería un nuevo golpe de Estado perpetrado por la secta peronista. Lopérfido retornó a la administración pública cuando la Argentina logró deshacerse de esa tiranía que no osó decir su nombre, tres lustros más tarde. La memoria de la omertà peronista es larga: una extensa nómina de miserables exigió y obtuvo sucesivas renuncias de Lopérfido merced a su desapego al dogma del progresismo reaccionario. El presidente Macri, un equivocado apaciguador, contemporizador, componedor, cedió. Algún día entenderá que la lengua única que el peronismo respeta es la dureza. Cuando esa pedagogía necesaria acontezca tal vez sea demasiado tarde para quienes habitan este sufrido país.

Celebración de placeres fue reencontrar a Darío Lopérfido inmerso en las complejidades del argumento de Adriana Lecouvreur en el mejor teatro lírico de Buenos Aires, cuyo repertorio ayudó a construir. El mérito es todo suyo.

HB

IWD 2017

No es extraño que un nuevo aniversario de la fecha soviética escogida para homenajear a las mujeres las encuentre tan vulnerables y desprotegidas cuanto siempre. La estólida URSS fue maestra en los ardides de la hipocresía: en tanto la mujer era alabada, las mujeres de carne y hueso eran oprimidas y marginalizadas como cualquier simple mortal al que no se le permitía ejercer de comparsa del PCUS. Los casos son tan innumerables que su catalogación es innecesaria, pero baste recordar dos nombres a modo de ejemplo: Valentina Tereshkova era lanzada al espacio con pompa ordinaria, Nadezhda Mandelstam sufría tres décadas de exilio forzoso por haber contraído matrimonio con un poeta aburguesado del que le fue reintegrada una caja con pertenencias; el resto del hombre permanece para siempre bajo la nieve de un campo de exterminio mediante  el trabajo. Los vericuetos de las caídas en desgracia, rehabilitaciones, recaídas y reivindicaciones de la burocracia soviética la autorizaron a ganar su sustento a través del arte del samizdat, el trabajo manual y la caridad. Ya lo había declarado un burócrata ruso a Tennessee Williams en reunión informal de palacio: en la órbita de Moscú no hay homosexuales, prostitutas ni presos políticos. Quizás debió haber agregado que tampoco existía la opresión de género.

Ninguna potestad reclamada por las mujeres propicia tanto rechazo revulsivo como el derecho a interrumpir un embarazo en el momento que lo desee, por el motivo que le venga en gana. Los pretextos son variados, ninguno es original: desde la católica tutela del cuerpo femenino o los protestantes derechos del feto hasta los ridículos razonamientos de varones que se dicen preocupados por su hijo por nacer. El aborto encuentra sorda oposición por dos causas reales: es, en muchos países, un negocio tenebroso que involucra a corruptas autoridades políticas, policiales y aun eclesiásticas, un tráfico de desesperaciones que empuja a las mujeres, según su capacidad dineraria, a someterse a la ventura de la clandestinidad médica. El otro motivo es visceral: la negación del aborto es la ultima ratio del control masculino sobre la voluntad femenina, la oportunidad de decretar libertad o anclaje, salud o enfermedad, poder o sumisión, asepsia o suciedad; tener un hijo está, en esta etapa de la historia humana, muy lejos de ser la aspiración fundamental en la vida de millones de mujeres. Obligarlas a convertirse en madres (término aún no despojado de su aura sacrosanta) es, en tantos ánimos primitivos, un capricho perverso y efímero.

A woman has to live her life, or live to repent not having lived it. El sano juicio aparece en la obra de David Lawrence, Lady Chatterley’s Lover, en la lejana fecha de 1928. Treinta años tardó la púdica censura británica en ceder a su publicación, los mismos que Nadezhda Mandelstam languideció en los arrabales de la vigilancia soviética. Con tantos ubicuos enemigos, pero, por fortuna, con tan gratos y grandes aliados como Lawrence, el triunfo de las mujeres está asegurado.

HB