Celebración

Fue enorme placer compartir una noche de Teatro Colón en la decadente Buenos Aires con Darío Lopérfido. Nuestro primer encuentro fue, como el de tantos, casual: un vuelo casi sin ocupantes que nos regresaba desde Nueva York en Noviembre de 2001 a lo que (ambos lo ignorábamos) sería un nuevo golpe de Estado perpetrado por la secta peronista. Lopérfido retornó a la administración pública cuando la Argentina logró deshacerse de esa tiranía que no osó decir su nombre, tres lustros más tarde. La memoria de la omertà peronista es larga: una extensa nómina de miserables exigió y obtuvo sucesivas renuncias de Lopérfido merced a su desapego al dogma del progresismo reaccionario. El presidente Macri, un equivocado apaciguador, contemporizador, componedor, cedió. Algún día entenderá que la lengua única que el peronismo respeta es la dureza. Cuando esa pedagogía necesaria acontezca tal vez sea demasiado tarde para quienes habitan este sufrido país.

Celebración de placeres fue reencontrar a Darío Lopérfido inmerso en las complejidades del argumento de Adriana Lecouvreur en el mejor teatro lírico de Buenos Aires, cuyo repertorio ayudó a construir. El mérito es todo suyo.

HB

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