Dos Césares

Eustache Le Sueur: Calígula deposita las cenizas de su madre y su hermano en la tumba de sus ancestros (1647). Royal Collection, Windsor.

Era, ciertamente, un libro extraño: Caligula and the Fight for Artistic Freedom, páginas al cuidado de William Hawes, relata una historia oculta (quizás apócrifa, en su acepción moderna) cuya recapitulación es debida a un capricho de vejez de Gore Vidal. En sus escenas finales, el actor que representaba a Calígula en el film de Guccione (1979) se recostaba en el piso, su cuerpo era cubierto de falsa sangre. Un puñado de pretorianos lo rodeaba y fingían hincar sus lanzas en el cuerpo quebrado. El actor soltaba, entre gemido y estertor, las palabras (para el parco latín basta sólo una) que Tácito registrara como las finales del último Julio: I still live! Gore Vidal aseguró que el rodaje transcurrió sin mayor novedad. En rueda de bebedores, años más tarde, haría una confesión: un exégeta de Tácito le había acercado un manuscrito, conservado aceptablemente, en donde la historia difería; Justus Lipsius había develado un pasaje de Tácito que no aparecería en ediciones siguientes. Calígula moría bajo el filo de los conspiradores cuando ese grito (Vivo!) los paralizó; estaban matando, destruyendo, aniquilando, al amo, al emperador. Huyeron. Un médico (griego, seguramente), sanó las heridas con paciencia y tiempo. Antes de la recuperación, Calígula, que no había querido escuchar a los delatores y a los testigos, abdicó. Nombró sucesor a Claudio, un hombre culto, débil, glotón, bueno. Predijo que a su vez sería asesinado, o que quizás gozaría de su misma suerte y a los futuros puñales los movería la piedad. Se alejó de Roma y murió entre el alivio y el tedio hacia el año 48. Claudio le dedicó unas exequias modestas. La revelación de Vidal sólo conmovió a algunas cabezas afiebradas, la sensación decayó en anécdota.

Vidal juró, hasta que la muerte lo borró del universo, que la historia era falsa, que ninguna versión de Tácito recogía esas líneas inverosímiles, y que todo había sido un ardid, a medias escandaloso y apenas literario, para encubrir una verdad incómoda. Era casi la última escena del film, el actor se preparaba para la sangre y las brillantes e inofensivas lanzas, cuando los pretorianos, ebrios del estrago de una noche de rameras y vino, hundieron las romas pero pesadas puntas de lanza en el cuerpo del actor, resbalaron en el remedo de sangre y, tras una convulsión, el hombre en el suelo dejó de respirar. El director, los productores, Vidal, se preguntaban, desesperados ante el cadáver de un hombre muerto vestido de emperador asesinado: What prevention? Vidal halló la solución: un varón rubio, delgado, italiano de buen inglés, reemplazó al actor muerto en la última escena de Calígula. Mucho dinero recibió para representar, durante el resto de su vida, el rol del actor caído, como quería Molière, durante el oficio. Su cuerpo desapareció entre cenizas. El sosías gozó de cierta fama declinante; papeles de cuantía menor (descenso que los críticos concedieron a ese malhadado rol de César perverso), desgano, aislamiento; el alivio de la fortuna, la ignorancia de qué hacer con ella, el tedio de la sucesión de los días. A su muerte, los deudos lo hallaron irreconocible. La prensa atribuyó la mutación a ciertos excesos.

Vidal, semanas antes del fin, regresó a su teoría de las dos sustituciones: la del Calígula sobreviviente por Claudio, la del actor reemplazado por un lego de talento tolerable; ambas, según Vidal, verosímiles y veraces. Llamó en su auxilio a Flavio Josefo (Death of an Emperor) y a Christopher Marlowe, pero nada encontraron allí los archivistas. Los textos, advirtió Vidal, habían sido expurgados; que ello no ocurriera con la historia del César actor, que Vidal no podría escribir porque lo interrumpiría la muerte. El nuevo Tácito, para desilusión de la memoria de Vidal, aún no ha llegado.

HB

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