Fútbol es basura

Muere un hombre al ser arrojado desde una altura módica por delincuentes a los que la piedad eufemística considera simpatizantes. El lector habrá deducido que el escenario es un campo de fútbol. Ya cadáver, es ultrajado por quienes lo vieron caer y morir, y aun por quienes le dieron muerte como a un animal infame. Episodios de este tenor suceden en todo el mundo; no debe creerse, por una vez, que la Argentina posee el monopolio de la aniquilación a través de la ficción deportiva .

Hace largo tiempo que el fútbol ha dejado de ser un pasatiempo o una destreza bien pagada; es una industria insensata cuyo rendimiento económico sería mucho menor si las pasiones bajas que la acompañan (nacionalismo, tráficos ilegales, influencias políticas, xenofobia, vandalismo prohijado y planificado desde el poder, vulgaridad, explotación) fueran anecdóticas: el inmenso e inculto negociado que es el fútbol, basura televisada, no lograría sostener a su parasitaria burocracia de no agitar la miseria emocional de la humanidad. Para quienes el terreno de la ciencia política no resulte desconocido, esas dolencias enumeradas más arriba se corresponderán con precisión pasmosa con el fascismo. El fútbol, no debe olvidarse, fue y es utilizado como herramienta política por los peores regímenes, con suerte distinta, desde la Italia de Mussolini, la España franquista, la Argentina de las juntas militares, a los satélites de la Unión Soviética, y aun la raquítica Corea del Norte. La derrota podía significar, para los jugadores vencidos, el escarnio público, la prisión o la ejecución.

Los argumentos de quienes defienden al fútbol son de conmovedora puerilidad, cuando no esconden algún interés pecuniario: se habla de identidades, de belleza, de salud, de goce. En el pobre universo futbolístico, la estética y el bienestar son excepciones; la regla es la ley de la tribu y la representación, a escala en ocasiones risible, de la experiencia política del fascismo: líderes, masas, obediencia irreflexiva, violencia como joie de vivre. No asombra que en el caso argentino el fútbol estuviese y esté ligado a la borrosa ideología peronista, un fascismo cíclico, al punto de que bandas de hooligans bien organizados participasen del derrocamiento de un jefe de Estado en 2001. La experiencia peronista del Brasil, el largo y corrupto reinado del Partido dos Trabalhadores, llevó adelante una edición más del paroxismo de la estupidez futbolística, el campeonato mundial, para enaltecer una gestión ruinosa y a la vez disimular el latrocinio. Afortunadamente fracasó. La obsesión brasileña por el fútbol y el desencanto provocado por la derrota fueron estímulo más potente para lograr la caída de la fraudulenta Dilma Rousseff que las miles de profundamente documentadas denuncias de saqueo gubernamental. En la era del fútbol, la suerte política de las naciones depende del score.

Nada cambiará, porque el fútbol ha logrado, como alguna vez el fascismo triunfante, que los valores de la Ilustración caigan en descrédito y sean reemplazados por el regreso a la naturaleza salvaje; es honroso hoy vengar la afrenta a los colores del vecindario a través de un asesinato; de algún modo, el tedio televisivo, que repite esas imágenes con parsimonia, alienta su reiteración. El fútbol ya es mucho más el desmán en las tribunas, las intrigas en los vestuarios, las maniobras en los escritorios que ese juego sencillo y monótono. El fútbol es basura, y vivimos en ella. Hasta la próxima muerte.

HB

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