Los dolores del agua

Gustave Caillebotte: L'Yrres, lluvia, 1875. Indiana Art Museum, Bloomington.

La escueta vaguedad de los párrafos que siguen debería constituir, y de hecho alguna vez lo fue, una carta. No obstante, a quien fuera dirigida decidió, inconsulta, repentina y obstinadamente, dejarse alcanzar por el único de entre nuestros perseguidores que se yergue desde el primer santiamén de nuestras vidas como el más tenaz: la muerte. Desde el húmedo descuido de un erosionado cajón en una azotea la recobré; a medias rota y casi borrada por el estertor del paso de los días la releí para confirmar que ya era, para siempre, ajena. He cometido la descortesía de soñar a esta persona, en lapsos nocturnos, como quien lo hace con una premonición; intuyo que tras haber logrado una serena disolución, su aspiración actual es la de no ser molestada. No he ensayado la reescritura del mensaje, sino que lo he convertido en una confesión que nada revela y en un recuerdo que no rememora nada, excepto los dolores del agua.

Hace tiempo

Es en la adolescencia cuando la exploración de las incertidumbres del erotismo nos induce simultáneamente al descaro de la osadía y al del ocultamiento. Para el varón, uno de tantos recuerdos que desea, a la vez, recobrar y perder, y que quizás calle o niegue, ya que los hombres juran haber alcanzado desde el nacimiento la madurez sexual, es el pudibundo instante en el que adquirió su primer ejemplar de una publicación para adultos. En esta era el tráfico de iconografía embarazosa se produce a través de medios digitales o, sencillamente, en la pantalla del televisor. Se antojará extraño y hasta increíble a los jóvenes de hoy creer que existieron años en donde la visión de la voluptuosidad de la generosa carne era posible sólo a través de la imagen impresa o en una arriesgada incursión a salas de cine de reputación vergonzante. La quimera de la despreocupada frecuentación del sexo es privilegio de generaciones novísimas; aquella a la que yo pertenezco se esforzaba por disfrazarse, en toda ocasión, de la más estricta y aprobada normalidad. Las transgresiones, anheladas y temidas, ocurrían en el silencio de la sombra.

Cumplido el ritual de la transacción, y reiterado el asombro de hallar que las efigies eran harto menos extraordinarias que lo que la imaginación había prometido, di entre las páginas con una rara ilustración que prologaba el comienzo de un cuento corto: una piel desnuda y, quizás detrás, un ancho espejo de agua. En la narración se hablaba de un lago, en cuyas orillas un grupo de mujeres acorrala a un hombre y, en contra de su voluntad, lo somete. No figura ya entre las posesiones que mi memoria va perdiendo si luego del sacrificio la víctima sufría asesinato o si por el contrario seguía viviendo con el secreto de su demérito a cuestas; esa pequeña obra instaló entre las advertencias a mi propio proceder que es también justa potestad de las mujeres el ejercicio de la destrucción y de la crueldad. Releí en tiempos venideros varias veces el cuento, quizás como si de recitar una fórmula de exorcismo se tratase; de él se mantienen, agradables, dos aspectos entre las anécdotas de la remota fragilidad que era yo: el título, por cierto bello, y la autora, cuyo nombre he escogido no mencionar; no pocos son los escritores que prefieren desconocer que algunas líneas (no es que sospeche que éste sea el caso) les pertenecen. De tanto en tanto yo elogiaba esa pieza breve; aquel día me inflamaron tu apariencia y cierta temeridad amorosa y cedí a tu petición: buscar y encontrar ese íntimo tesoro de juventud y disponerlo para tu examen, como minutos atrás habías procedido conmigo. A orillas de los comienzos de un mes caluroso, con sobrado consentimiento y en la gemela soledad que fuimos, me tomaste.

Paolo Cagliari, il Veronese: Lucrezia, ca. 1580. Kunsthistorisches Museum, Viena.

Entre la lectura de la concisión de ese cuento y tu presencia a los pies de la acompasada frialdad de un lago transcurrió la pausada ceremonia con la que nos asesina el tiempo; una década bastará para describir ese curso. Serían, quizás, las nada memorables tres de la tarde de un día de sol furioso. De rodillas ante la majestad del agua, buscaste la dádiva que consiste en la precaria medicina que logra refrescar el olvido de ser inundados por una tristeza inmortal. Años atrás tu mirada se había detenido ante la perenne caída de una llovizna, un jueves, una fecha en la que lamentaste que nos encontráramos en la infinita distancia que separa de un abrazo. Con la ciega voluntad que las cosas ejercen, esa mansa lluvia y esa marea inmóvil teñida de añil que cubría tu cintura te prodigaron una revelación: no sucedía en los solitarios alrededores del lago la vejación de un hombre, sino que tal era la metáfora de su suicidio. No meditaste la tentación de imitarlo; con una reflexión instantánea hundiste tu cabeza en las aguas para que tu cuerpo se cubriera de la costumbre de una pátina álgida. Bajo la superficie te volviste; tus ojos se abrieron hacia el confuso resplandor que progresaba desde las alturas del cielo; aun desde la quietud de esa mínima profundidad adivinabas las nubes. Fue a orillas del falso lago, frase que no pergeñé pero cuya maestría agradezco, que te arranqué de la muerte. Me maldijiste y me vituperaste, como hacen los fieles con la eterna somnolencia de las divinidades, porque interrumpí tu empresa y porque te privé de la simplicidad de una conclusión llana. Por la noche cenamos y dormimos entre palabras  que escapaban tanto de la gratitud cuanto del reproche.

Hube de sospechar que vencerías, y fue así. De entre las idénticas jornadas cuyo ritmo trazan los calendarios escudriñaste y hallaste una cuyo manso regalo era la lluvia, y a orillas de la falsa vejez, a la que tanto y tan en vano temiste, y de tu cama, que en sola sequedad te sintió morir, moriste, belleza.

Hadrian Bagration

Soles bajo la sombra

Théodore Géricault: Le radeau de la Méduse, ca. 1818-1819. Musée du Louvre, París.

A poco de comenzar este siglo, yo me unía en una definitiva enemistad con una persona de enorme talento tanto para el amor cuanto para el estrago. Ambos nos habíamos acostumbrado a cierto pavoroso vaivén; nada se interpondría, quisimos pensar, entre esa renovada separación y el efímero regocijo del reencuentro, excepto el arrollador escollo de la muerte. La apasionada deidad que había sido en horas tiernas ese alguien a quien dirigí las líneas que siguen murió por su propia mano a causa de un fin noble: huir de la degradación de la carne en la enfermedad. Una demasiado breve conversación en el teléfono me reveló, desde una distancia inclemente, esa decisión a la que juzgo sabia. Una de sus últimas frases, puedo confesarlo ahora, parodió a la de un malvado y secundario escritor, Pierre Drieu la Rochelle, muerto por suicidio para evitar el castigo que sus compatriotas le habrían impuesto a menos de un año de la recaptura de París por los Aliados merced a su aquiescencia para con los alemanes: “Tu ne sais pas comme est bien ma mort, par une soirée superbe, ma fenêtre grande ouverte sur Paris.” (estas palabras resignadas, cuyo destino era Victoria Ocampo, corresponden a un primer intento fallido de la Rochelle en Agosto de 1944, la Deuxième Division Blindée bajo el  general Leclerc ya barriendo los Campos Elíseos). Antes de perpetrar menos torpemente ese acierto la Rochelle declarará, con empática solemnidad, al igual que un vasto número de obispos y cardenales, que en más de una ocasión había salvado la vida de anónimos judíos, sin que de tales hazañas quede registro ni testigo ni sospecha.

La figura de quien escribo aquí no gozaba de la endeble literatura de la Rochelle; aun así, esos largos minutos acontecieron junto a una ventana que daba al sol de otra enorme capital, a semejanza del caso de quien fuera, curiosamente, compañero de aventuras de Borges en su paso por América del Sur y malhadado protegido de André Malraux. En ocasiones lejanas, en medio de alegrías regadas con espumantes, aquella mujer y yo habíamos admirado, comentado y disputado acerca de una obra de Géricault, Le radeau de la Méduse. Con minucioso desorden hallábamos por doquier el rostro de Delacroix, quien había servido como modelo para varios de los moribundos. Para acentuar la opresión del desamparo en los océanos, Géricault había elegido representar el asomar de una tormenta; en verdad, la mañana del rescate había sido soleada y serena, como aquélla en la que esta inmensa y monstruosa mujer murió.

Hadrian Bagration


Un viernes

M:

En unas horas amanecerá. Como los judíos piadosos, con la cabeza cubierta por el tallit, debería inclinarme para alabar la pericia del dios que creó la luz sin destruir la tiniebla, y al mismo tiempo agradecer haber sido fabricado varón; las mujeres agradecen haber sido creadas según su voluntad. Seguramente es una ocasión fausta para ti el día de hoy, tu cumpleaños. Antes de emprender el descenso a los infiernos, yo decidí ignorarte; es por eso que el número de los tuyos, de los que se disputan migajas de tu afecto, de los que te han sido gratos, de los que han compartido lo que tu esplendidez no puede dejar de ofrecer, me es desconocido. Sólo recuerdo a aquél de tus amigos, prendado de un maître de belleza opulenta en un restaurante de  exotismo sutil.

Je me rappelle… una noche luminosa y dispuesta, como una novia. Tres individuos cenábamos con avidez de charla en el rincón más lejano de la finca; hiciste gala, como siempre, de saber: nadie derrotó tu despiadada connaissance sobre vinos. Los demás disputábamos, no sin cortesía, acerca de ese problema menor y agigantado del siglo XVIII que es Gibraltar. En el umbral de tu hogar, ante mi mansa perplejidad, besaste mi mejilla con frialdad hirviente; días después me enteraba yo que sufrías la bendición de la sangre menstrual. Yo devoraba, en esos instantes y en todos los otros que las mesas bien servidas nos depararon, tu silueta ferozmente dócil, con la que me enzarzaba en un eterno agon. Fue tu casa en una de las riberas del Támesis la que nos vio debatirnos entre luces tenues. Un espejo enorme y fiel me devolvía una imagen obstinada. Algo así como un vasto sillón insolente imitaba la  majestad de un trono. Un balcón repleto de hojas ocres, un secreto cuarto que jamás hollé. Un pasillo alargado como el cuello de un furibundo cisne. Un dormitorio a medias escondido, como una baja pasión de la que nos es lícito enorgullecernos.

Je me rappelle el laberinto de oscuras y nubladas calles del Soho por el que nos extraviamos voluntariamente para encontrar, con algo de desazón, un sitio intranquilo al que no dimos aprobación y del que huimos, raudos, hasta otro meandro del laberinto, el que nos ofreció una esquina solitaria y lluviosa y una cerveza sazonada con el gusto agridulce de la confesión. Ya habíamos pasado por el arduo hábito del sueño de a dos, pero sólo fue después de aquella vez que, al quitarme la ropa, me desnudé ante ti como la novia luminosa y dispuesta en la que se convertirá este día.

Sí, la carta. No lo olvido; esa redacción temblorosa que se resignó a farfullar amores heréticos revelados como bajo el encanto de la borrachera. En los ornados claustros de una universidad  la concebí hace un siglo. Nació sin prisa, de un empujón suave; tu rostro era aquello que acicateaba mi furor. Hay algo de benigna brujería y de rara nobleza en tu cara. Tus rasgos son como de mármol, más proclives al inagotable tiempo de las estatuas de Grecia que al de la carne humana. Tus brazos vigorosos, que podrían haberme aplastado o estrangulado. Tu poder, que no ejerces, porque ese ejército terrible que eres se contenta con mostrarse erizado de lanzas que no se clavan, escudos que no protegen, dagas que no apuñalan, porque sabe que sólo puede ser derrotado por sí mismo.

Géricault nos brinda de los optimistas sólo las espaldas; la oscura desesperación es el motivo del cuadro. Al igual que cuando me cercaste con la hambrienta envergadura del águila sobre la presa, ni piedad te suplico.  Nada te pido; no me pidas tú que no te recuerde así, todopoderosa y vencedora, aun desde tu revés y tu llanto, mientras los días se apagan con luminosa tristeza y pueda yo ver cómo, con el somnoliento sabor de la memoria en la lenta tarde de tu morada generosa, abrazas a alguien en un calmo y soleado viernes, como hoy.

Hadrian

La mujer a la que designo con supina prudencia sólo con una inicial poseía el asombroso don de provocar placer a través de la escritura. Pudo alcanzar el genio; algún ronco lamento en su interior se negó a permitírselo. De una producción apenas vasta casi todo lo destruyó, a excepción de un vago y quizás a medias veraz recuerdo de su iniciación sexual. Escribía, al decir de Oscar Wilde, plena de aquella virtud sin la cual las otras virtudes son inútiles: el encanto. A despecho de su voluntad, derramo sobre ojos desconocidos la incorrecta traducción al español desde el original inglés del único texto que sobrevivió al exterminador arrepentimiento de M.


EL PASADO ES LA ETERNIDAD

Los amantes de la lectura reconocerán en el título una poco ingeniosa paráfrasis de un volumen del pensador francés Louis Althusser, al que la posteridad premió con la fama de una crónica policial que revelaba que había asesinado a su esposa, que no con los laureles de haber reescrito un (de acuerdo a su docta opinión) equivocado Das Kapital, arrancando de Marx el mérito de la agonía del capitalismo.

Lawrence Alma-Tadema: The favourite poet, 1888. National Museum, Liverpool.

Dicen que los jóvenes ya no se interesan por la lectura. No he podido comprobarlo sino confiando en las anécdotas de desesperados amigos algo añosos y bastante malhumorados. Lo que sin duda la juventud actual ignora casi por completo es que hace casi cuatro décadas la iniciación sexual era un asunto tan delicado como un viaje interestelar, y quizás tan ultrasecreto como la tecnología que permite llevarlos a cabo. Pertenezco a la generación que sufrió su niñez bajo la moralina chirle de la segunda posguerra. Crecí en medio de los susurros de un secreto terrible: estadounidenses, británicos, franceses, rusos y todos aquellos que habían contribuido a la caída del Eje se empeñaban ahora en imitar su hueca castidad de costumbres. De todos los sepulcros, el intento de regresar a los valores sociales y sexuales de los años del fascismo triunfante, aun en los países que lo soportaron a medias o en una versión aguachenta, fue el que nos deparó la pesadilla más interminable y más profunda: el tedio y sus días mudos. Hay ecos que sólo quienes hayan sufrido una grisácea tarde de domingo prolongada para siempre en la soledad de una calle silenciosa entenderán. Yo asistía a una costosa y pulquérrima escuela de señoritas que militaba bajo el signo de una cruz. Una mentirosa camaradería al estilo de las  Bund Deutscher Mädel enmascaraba a veces amistades algo demasiado cercanas.  Sobre nosotras flotaba una mitología cuyo dios principal era el pudor; su esposa, reina de los cielos, era la sumisión. Por ese entonces yo era una niña tímida y solitaria, algo enfermiza (recurso para evitar concurrir a ese ministerio del terror que era la escuela primaria), literariamente voraz, disimuladamente despreciada y odiada por sus pares pero temida de igual modo merced a su intelectualidad freak.

El comienzo de mis estudios secundarios coincidió en parte con la incierta liberalización de la moral acarreada por la locura de los sesenta.  No quiso esa nouvelle vague arrimarse hasta la fortaleza de la prudencia donde transcurría mi tiempo adolescente. Martha era una joven rubia, de ojos celestes algo cenicientos, delgada. La acosaba el mal hábito de roer sus uñas; yo evitaba mirar sus manos nerviosas. Martha poseía dos virtudes que no podían dejar de ejercer poder sobre mí: una cierta languidez, que la hacía a veces indistinguible de una niña, y la ávida ingenuidad de quien suspira por un resbaladizo contacto sexual y se desliza por una pendiente (o es deslizada por ella) cuyo fondo no atina a reconocer. Yo había visto en un par de ocasiones a su madre, una mujer cabizbaja ante su esposo, y a su padre, un típico Dr. Jekyll que solía golpear a ambas por infracciones inocuas.

Martha tenía uno o dos hermanos menores, no lo recuerdo ya, que habían logrado conquistar todo el celo reproductivo de sus padres. Sola y aburrida, pasaba horas en el ocio vespertino de su casa mientras su familia desaparecía entre los muros. En esas oportunidades me invitaba, y su voz sonaba como un ruego, a acompañarla mientras los minutos de la tarde avanzaban hacia la oscuridad.

Henri de Toulouse-Lautrec: Les deux amies, 1895. Colección privada.

No me es posible establecer cuándo de mi imaginación exaltada pasé al deseo de acercarme íntimamente a ella, al principio jugando a realizar el sexo, luego tomando ese juego más seriamente. De conversar cada una en su silla frente a una mesa en las afueras de su casa habíamos pasado al borde de la cama, desde allí a la cama misma y a toda la inmensa y juvenil extensión de ese momento. El día había prometido luz y calor, y a la hora de apogeo había cumplido. No sin cierta parsimonia nos liberamos de nuestras camisas. Es raro, pero es poco lo que recuerdo de sus senos; ignoro si ya las pecas cubrían los bordes de sus pezones a la luz del sol. Yo comencé a provocarla, desfiándola a medir fuerzas conmigo, presa ya de una turbación que se negaba a actuar con disimulo. Luchamos juguetonamente durante un rato sobre la cama; más corpulenta y fuerte que ella, me demoré en dominarla para prolongar el placer del roce. Un par de minutos después Martha yacía exhausta bajo mi cuerpo. Había reído durante toda la batalla, como modo de exorcizar el pecado que seguramente sabía estar cometiendo. Por supuesto, cuando todo aquello acabó, me pidió que la dejara ir.

Mi vista se había nublado en el curso de ese huracán de cuerpos que había significado nuestra lucha. Apoyé mi sexo sobre su ingle y noté, sin asombro, que el suyo se alzaba para enfrentar al mío. Algo de temor se asomó en sus ojos; yo bien sabía que abundaban los rumores sobre los inmencionables recovecos de mi sexualidad, y ahora Martha comprobaba estar acorralada por la letal asesina de inocencias. Hubo un tanto de resistencia, alguna protesta, cierto reproche en una mirada que me acusaba de ser su verdugo a la vez que su alivio. En unos minutos estuvimos totalmente desnudas, las bocas unidas, el sudor amalgamando su piel y mi piel. Mi escasa experiencia en ardores similares a ésos, infinita para su perspectiva, me puso al timón de nuestro ágil contacto.

He leído que el mundo existe para llegar a ser un libro. La página que escribimos Martha y yo debe incluir la prisa angustiada de esa tarde lúbrica, el mutuo descubrimiento de las partes íntimas, la fascinación por zonas secretas y vírgenes, el clímax punzante, los instantes de afecto prodigados después de todo aquel oleaje, la obsesión por borrar toda evidencia, la partida veloz y la ausencia de comentarios, y aun de miradas, ante un encuentro en presencia de terceros.

Todos los inicios son incompletos. Mi vacilante amor y mi menos vacilante deseo por Martha no se extinguieron, aunque no haya vuelto a saber de ella y no desee averiguarlo. La desazón es enemiga de los recuerdos gozosos, y es allí, por la tarde, en donde Martha y yo volvemos, es seguro, a buscarnos la una a la otra de cuando en cuando.

M.

La fría pasión

Egon Schiele: Die Umarmung, 1917. Österreischische Gallerie, Viena.

Mademoiselle Bonheur es francesa; la conocí en las últimas juventudes de una década que no mencionaré. Era, como yo en ese envejecido entonces, joven; a diferencia de mis intenciones, en pocos meses era su deseo contraer matrimonio con un hombre afable. Una dama pequeña, vivaz, pálida, de ojos del color del agua tibia, me sedujo en virtud de sus raros conocimientos acerca del cine y del sinnúmero de proyectos que un avaro azar privó de concreción. Nuestra herética unión se consumó sólo una vez, en las discretas recámaras del hogar de un silencioso amigo en común. En la mitad de París, como delatando nuestro pecado, un gallo cantó en el alba que puso fin al único sueño que compartimos. La rotunda Julie Bonheur, temiendo la presencia de divinos y severos ojos que juzgasen el indecente calor de aquellas sábanas, se vistió con la urgencia de la avergonzada Eva del Edén y se marchó. No volví a verla jamás, pero la amarga incompletitud de cualquier recuerdo es compensada por la memoria del aroma de quien nos regaló el secreto de su pecado en la sombra.

Carolus Duran: Le baisier, 1848. Palais de Beaux-Arts, Lille.

Un par de años después, yo residía tras el Canal de la Mancha. Nuestro común amigo, que no había mudado de morada, me visitó en mi guarida del norte y me entregó una carta añeja; si mi capricho era una respuesta, me informó, él mismo constituía la dirección a la que yo debía dirigirme. Hice servir a este buen hombre vinos y quesos; ya que no sólo había acudido a Londres para ensayar el oficio de la mensajería, me apresuré a redactar unas líneas para quien me había obsequiado el amantazgo dichoso y feroz de una sola noche, cuya cifra exigua bien valía por todos aquellos lapsos de oscuridad en los que Scherezade doblegó a la asesina voluntad del sultán.

Es necesario consignar dos detalles más: en el transcurso de esos veinticuatro meses, Julie había acudido puntualmente al altar y había sufrido, de una forma absurda, la viudez. No había, sin embargo, en sus líneas una intención ligada al reencuentro; cuando una noche basta, el canto del gallo es el final más propicio para dos sentimientos que se eluden como fantasmas. Julie se preguntaba si la angustia que la invadiera en el exacto instante de la temprana muerte de su esposo en el transcurso de unas vacaciones lejos de ella no revelaba alguna esotérica ligazón más allá de la severa frialdad de la materia visible. Un objetivo, que no llegó a consumar jamás, era la realización de un film sobre transexualidades muy à la road-movie que hubiera despertado la desganada curiosidad de Kerouac.

Londres, algún día de Noviembre

Julie:

Me alegra leer que tus asuntos marchan tal como quieres, sobre todo en lo que concierne a los aspectos ligados a la herencia, de la que la familia de tu difunto esposo ha querido privarte. ¿De modo que te convertirás en la nueva  (y en esta ocasión, mucho menos proclive a la celebración del grotesco) Divine junto a tres sospechosos amigos? Welcome to trans-tripping, mon amie. No puedo dejar de imaginarte en tal o cual film (o, por qué no, en la televisión); en verdad creo que es lo que mejor te sienta, la autoridad sobre las cámaras. Lo sé, el problema son los fondos y la falta de dividendos (y cierto desencanto con el personal amateur), pero no estará mal contar con tu voz profunda en esa descendencia visual de la literatura que se ha bautizado como cine. Manténme al tanto.

Yendo a tu inquietud: creí que éramos ateos. De todos modos, he oído más de una leyenda urbana cuanto rural acerca de quienes sufren pesar y malestares al mismo tiempo que se produce el lejano deceso de un ser querido. Nunca comprobé por mí mismo esas afirmaciones, ni sé si pasan del mero rumor, la exageración o la broma. En lo que toca al mundo sobrenatural, mi esperanza se cifra en que no lo haya. Detestaría, como Borges, tener que seguir existiendo después de la muerte, aun cuando sea bajo formas más propicias. John Allegro, en ese volumen sobre los malos hábitos de Jesús, enseña cómo las culturas más antiguas confundían los truenos con los orgasmos de una divinidad. Quizás un fenómeno se asiente sobre la naturaleza en tanto una explicación mejor no pueda ser ofrecida. Contando con el auxilio de las ciencias, es difícil pensar que el esoterismo puede hoy día proveer una mejor descripción de lo aún inexplicable que el paciente trabajo en el laboratorio. Nunca he experimentado un episodio que pueda ser tachado de sobrenatural, ni conozco a nadie que lo haya hecho (aparte de quienes lo imaginan o lo falsean), pero podría apostar todas mis futuras conquistas amorosas y todos mis brutales rechazos a que nada de éso sucede. Es posible que la angustia, la ansiedad, el temor y la incertidumbre puedan traducirse en síntomas físicos, y hasta en alucinaciones, como en el caso de las NDE (Near Death Experiences), un fraude particularmente ameno y motivador.

En mi humildísma opinión, estamos hechos de viento. La ventaja de esa fragilidad es que podemos soplar con relativa libertad hacia donde queramos, o hacia donde nos arrastren vicios admirables como el deseo, la ambición o la soledad, que no por inevitable es menos preciosa, de vez en cuando.

Cariñosamente,
Hadrian


Simone Lipschitz: Lovers' winter, sin datación. Colección de la autora.

Curiosamente, Julie tomó mis palabras como una insolencia en contra de la memoria de su marido muerto. No supe de ella hasta mucho después. Mi cordial amigo Philippe, un correo de lo más eficaz, me telefoneó para inquirir acerca de si yo estaría dispuesto a revelar mi dirección en Viena para así no tener que emprender un viaje innecesario con motivo de poner en mis manos una carta que adivinaba breve. Yo asentí; hay personas de las que nada cuesta leer un nuevo y reiterativo capítulo de sus vidas. A su debido tiempo, la carta de Julie era abierta sobre mi escritorio con una daga cuya empuñadura imitaba las cabezas de Cerbero.  Mis razonables expectativas acerca de una tregua amistosa se desvanecieron como el polvo en los huracanes: la carta era un extenso reproche que hubiera podido reducirse a una sola línea. Elegí no responder y guardé el sobre de Julie y su belicoso contenido en algún sitio en donde no pudiese verlo.

Regresé a Londres el verano de ese año. Philippe y Julie se habían convertido en amantes; aun así la vocación de cartero de Philippe permanecía incólume. Nos reunimos tarde una noche en el Black Cap; no sin ironía, el bar ofrece drag shows seis de siete noches a la semana. Philippe me entregó las líneas de Julie exento de cualquier amenza de jalousie; podría decirse que sentía cierta feliz resignación por su labor. Rogué al staff del establecimiento que me proporcionara pluma y papel; en unos minutos un mozo regresó con un bolígrafo y sinceras disculpas por no poder proveerme nada sobre lo que escribir. El casi último mensaje que redacté a Julie fue apresuradamente escrito en el reverso de su misiva.

Londres, meses más tarde

Julie:

Mademoiselle Bonheur, no puedo sino extrañarme por el asomo de virulencia que llovizna sobre tu anterior mensaje. Me veo en la obligación de aclarar que no siento por Philippe asco o descontrolada lástima; sí, es verdad, me ha generado en numerosas ocasiones fastidio y hasta exacerbación, pero así son los tercos colegas que nos toman por férreos amigos. Si tú y yo no llegamos a serlo, es porque hemos muerto en el intento. Asimismo, noto que suscita en ti un innegable desprecio el término intelectual. No sin cierto orgullo confieso que lo soy, y que hemos causado a la humanidad mucho bien y mucho mal, según haya sido el bando en el que hayamos tomado parte. Agustín de Hipona y Herder no han significado lo mismo que Diderot o Sartre. Recuerdo una boba frase producto de la bobería de Eduardo Galeano: los hinchas somos inocentes (sabes cuánto detesto hablar de fútbol, y Philippe y su Olympique de Marseille me tienen más harto que la roca a Sísifo). Los intelectuales, afortunadamente, no.


Sostengo, aun en medio de esta cortés polémica, que tu belleza, tu personalidad y bonhomía harán que rara vez estés sola. Difieren nuestras concepciones de la
philía; entonces, que cada quien disfrute de la suerte de ligazón con el prójimo que más le apetezca. En lo que toca al solícito Philippe, mi juicio  sobre él es superficial, efímero y veleidoso; es más, viniendo de mí, le importará un bledo. Le reprocho no haber actuado con buena fe respecto de un proyecto que pudo haber sido nuestro  y que le diera la oportunidad de hacer sus primeras armas en los oficios del guión. Si no supo o no quiso aprovecharlo, allá él. Dudo que existan patrones tan complacientes como tú. De todos modos, soy algo inexperto en el arte de la permanente justificación.

¿Qué puedo guardar yo en esa parte del cuerpo que no existe, el alma, contra un chiquillo tan encantador como el esposo que te ha legado como presente final la viudez? Algo de lástima, tal vez (asco jamás), y la esperanza de que sus amistades cinematográficas te aparten del peñasco de las sirenas cuyo canto te acerca a un cine de estética endeble (monstruos que, por añadidura, no afinan tan bien ni se ven tan atrayentes como las seductoras de Ulises).

One last thing, my dear beauty: si esperé hasta hallarme en la otra mitad del continente para decirte que sentí por ti algo parecido al amor, fue para que tu grado de incomodidad fuese el mínimo posible, hasta disolverse como una nube en un día de vientos ágiles.

Adiós,
Hadrian


Ése sería el lazo definitivo que me uniría a la vida de una persona que ya no estaba en mi vida. No fue así. Philippe y Julie se separaron en medio de reproches y de litigios judiciales. Cada quien expuso la validez de su caso ante mí. Julie me envió una carta repleta de imprecaciones para con Philippe y salpicada de preguntas acerca de las cuales sólo puedo ensayar contestaciones temerosas. Ignoré la alianza que me ofertaba Philippe a través de una postal en la que le recomendaba paciencia y prudencia. Como respuesta recibí de él una salutación de Navidad que no se repitió. De Julie quiero recordar los párrafos finales que nos unieron antes de que su figura grata se ocultara en algún rincón insospechado de la soberbia Francia.

Londres, durante los menguantes fríos de Marzo

Julie:

La demonización del sexo es en realidad un herramienta invalorable: nos ayuda a distinguir a un idiota antes de tener que tomarnos el trabajo de conocerlo. La histeria de la que acusas, quizás con acierto, a Philippe, es una característica universal más marcada que el patriotismo o el conservadurismo social (carezco de las tres en forma absoluta; es más, alguien, que creía insultarme, usó contra mí la frase de Sebreli que se encuentra en su autobiografía y describe a su amigo Carlos Correas, quien emulaba a Audrey Hepburn en algún rol: miope -lo soy-, alcohólico -no todavía- y desaforadamente lúbrico -tú sabrás juzgar-. Por desgracia, no es el sexo el único tema en el que puedo pensar; la multiplicidad de tópicos con los que he agotado la paciencia de tantos amigos y enemigos es prueba suficiente de ello.

No puedo aceptar tus disculpas, son innecesarias; jamás me ofendiste y sé que nunca lo harías motu proprio. Fui yo el que creyó haberte resultado agotadoramente pesado, un pelmazo quizás. No cambiaría un ápice de lo que eres, ni lo testaruda, ni lo lúdica, ni lo apasionadamente perpleja que estás respecto de las cosas que el mundo empieza a enseñarte de a poco. Estuve a un paso de enamorarme de ti. No lo hice porque sabía que no podías, con toda honestidad, corresponderme, ni debía yo cargarte con una irrespetuosa insistencia. Lo habrás olvidado, pero guardo muy celosamente el recuerdo de una de las reuniones de ese grupo de cinéfilos en la que, algo achispada, recitaste a medias tu ensayo acerca de la nouvelle vague; pocas veces deseé tanto hurtarte hacia cualquier alcoba como en aquel entonces, aun inapelablemente mayor que tú (especialmente si era así), aun desinteresado por esas charlas inocuas. Esa noche discutí acremente con la mujer que me acompañaba; quienes no son inteligentes suelen ser astutos, y ella se había percatado de cómo yo me sentía, y de que era gracias a, o por culpa de, ti. Quiso obligarme a hacer el amor;  lo que siguió fue una confirmación de que la relación que yo había creado para ella hacía varios años había muerto.

Eres una joven muy bella, Julie, los hombres te lo habrán hecho saber en más de una ocasión. Tu rostro en la reunión final me espía desde la fotografía que conservo, de cuando en cuando, ahora que todos los acentos se van acomodando a mi oído natural. Además, y sobre todo cuando logres desprenderte de lo poco demasiado juguetón que hay en tus aventuras intelectuales, lograrás hacer que brille un talento del que tal vez estés un tanto azorada. Me duele no haber podido darte más; si no me atreví fue porque no ha sido mi intención asediarte o que algún gesto o palabra de más arruinasen lo que intrínsecamente entre nosotros bastó: esa fría pasión llamada amistad, que sólo por espacio de una noche interrumpimos, y que espero nos unirá por el resto de lo que quede.

Yours,
Hadrian


El mar sin orillas

Corrían años aún jóvenes; yo habitaba las soledades de un apartamento en el número 43 de Radnor Walk, en Londres, a palmos de la casa del modesto y por entonces ya extinto escritor John Betjeman. Un medallón azul azotado por letras blancas recordaba a los transeúntes el evento, del que yo era cómplice cada vez que iba en busca de mi ración de café en la tienda junto a la iglesia metodista de Chelsea, cuyo portero me saludaba invariablemente con la cortesía que se suele desplegar sólo para los fieles. Betjeman no se había propuesto acabar por ser un poeta cómico, pero había conseguido ese galardón con holgura; en ocasiones, para aliviar los fríos soplos del otoño, yo repetía para mis adentros la fascinación con la que Betjeman había relatado su encuentro con una mujer a la que había admirado por su inusual corpulencia:

The sort of girl I like to see

Smiles down from her great height at me.

She stands in strong athletic pose

And wrinkles her retroussé nose….

(The Olympic Girl)


Francis Bacon: Estudio del retrato de Inocencio X de Velázquez, 1953. Des Moines Art Center, Nathan Emory Coffin collection.

Aunque cueste creerlo, les es posible también a los ingleses escribir mal. Una mañana de sol apenas tibio recibí el saludo epistolar de una amistad antigua a la que yo creía irrevocablemente extraviada. La persona en cuestión y yo nos habíamos conocido por obra de menguante azar en un teatro cercano a la calle Corrientes unos seis años atrás, en lo que fue mi único y enteramente reprochable experimento sobre las tablas hasta la actualidad. Ella dirigía una pieza de Federico Mertens, Las d’enfrente, y buscaba la osamenta que encajase en el personaje de Gennaro,el dependiente italiano que se enamora de la hija del dueño del almacén, a la sazón también un inmigrante de esa península. No tomé mi aceptación inmediata para el rol como un acto de disimulado elogio: Gennaro no era, precisamente, un galán. Las d’enfrente duraría un corto mes en cartel; la puesta no generó por parte de la prensa más que un medio comentario arrinconado en los sobrantes de las páginas de espectáculos. La directora agregó párrafos de su propia producción al ingenio de Mertens; así, quiso dotar a Gennaro de un apellido, y su creación se afanaba en encontrar aquél que sonara apropiadamente. Yo releía por esos tiempos el volumen de David Yallop, In God’s Name, acerca de la muerte, nada misteriosa, del papa Luciani. Sugerí este nombre, pero a ella se le antojó demasiado provocador tentar al espíritu de un papa caído bajo el veneno, y algo insolente comparar a un pontífice con un empleado semianalfabeto y su galimatías. Era una madrugada de jueves cuando en un café de puertas siempre abiertas hablé, con las inflexiones que corresponden a la novela policial, luego de que ella corrigiera una vez más las graciosas intervenciones de Gennaro, de la solitaria muerte del papa en sus aposentos y del vasto número de beneficiarios del crimen. La directora, enfundada su mano en el humo de un cigarrillo en el que sus labios habían dejado los rastros de una yerra gentil (en aquel Buenos Aires menos políticamente correcto era aún posible fumar en las íntimas mesas de un café), escogió el nombre, que no la figura, del cardenal Siri, un genovés ultraconservador que había estado a punto de aventajar a Luciani en las votaciones. Yo lo sabría más tarde: de Siri corría el rumor de que en verdad había sido el preferido de los cónclaves de 1958 y 1963, pero que cruentas amenazas le habían hecho declinar el áureo puesto en favor de Roncalli en un principio, de Montini más tarde, para que (de acuerdo a los grupos católicos menos soportables) la abominación del Concilio Vaticano II pudiera consumarse. Siri fue venerado como el verdadero papa hasta su muerte por los más cerriles de entre los tradicionalistas; según éstos, desde Juan XXIII hasta el actual papa Ratzinger, la Santa Sede ha estado ocupada por odiosos antipapas, a la manera del Medioevo. De Siri se sabe que era seguidor incondicional de Eugenio Pacelli; es verosímil deducir que de haber llegado al pontificado el concilio no se hubiese congregado nunca. Su fallida elección pertenece al reino de la mera conjetura; no así sus simpatías con el Nationalsozialistische Deutsche Arbeitpartei (el Partido Nazi Alemán), a uno de cuyos miembros más prominentes, Adolf Eichmann, ayudara a huir a las oscuridades de América del Sur. También yo ignoraba (como tantas otras cosas), que Siri era el apelativo paterno de un intendente de la ciudad de Buenos Aires nombrado en 1946 por Juan Perón. De Emilio Siri se recuerdan dos infamias: la de haber acatado en 1947 la orden de Perón de cerrar el periódico del Partido Socialista, La Vanguardia, dirigido por Américo Ghioldi, y la de haber capitaneado la degradación de Borges de su modesta posición en la biblioteca Miguel Cané en el barrio de Boedo a inspector de gallinas, pollos y conejos en ferias municipales. El cardenal murió en 1989; su silencio acerca de las afirmaciones que lo hacían víctima de una conspiración probablemente inflamaba, para gloria de su vanidad, a sus fanáticos. El más humilde Emilio Siri fallece en Octubre de 1976; ignoramos su opinión acerca del infierno en el que Argentina se sumergiría por ocho largos y flacos años desde ese entonces.

La altiva mujer que estaba a la cabeza de Las d’enfrente afrontaba por esos días un divorcio complejo. Las atribuladas (y en ocasiones, ásperas, ya que a muchos intérpretes les resulta harto fastidioso digerir la autoridad del director) horas de ensayo eran seguidas, con creciente frecuencia, por instantes de confidencias y de lágrimas enturbiadas por el humo de un cigarrillo. En los pasillos del teatro se insinuaba que yo había sido elevado, por gracia de su decisión erótica, a la categoría de protégé. De haber estado interesado en insistir en el error de aventurarme en un oficio para el que carezco de talento, es posible que esa distinción me hubiese obnubilado. En lugar de ello, yo sentía la amarga mordedura de la compasión y la obligación de fingir una leve euforia.

La obra, es baladí negarlo, fracasó. La troupe, a la que no le faltaban actores y actrices capaces, se disolvió mansamente. Luego de un café y un cigarrillo, ella y yo nos marchamos; yo lejos, ella a su ciudad natal. Desde esa inmensa distancia me llegó su carta en la mañana.

Desde la Argentina profunda, Septiembre

Hadrian:

He aquí de nuevo mis ganas de escribirte. Desde ya agradezco tu carta anterior, me gustó mucho que me respondieras, fue una carta muy linda. Debo decirte que tenías razón: Proust es hartamente descriptivo, me aburre eso. Estoy siguiendo la lista de recomendaciones que alguna vez me diste; como verás, la conservo. Ahora que tengo todo el tiempo libre y las ganas de leer, voy a dedicarme a eso.

No voy a volver este año a las clases. Estoy muy cansada, mi hija mayor se fue a vivir con el novio y, sabrás, eso aquí es como una sentencia de muerte. No es que me importe, me importa ella, su bienestar, que no cometa mis errores, pero seguramente eso es demasiado pedir. No quiero olvidarme de contarte que con un grupo de personas a las que les gusta el teatro armamos unas funciones en las vacaciones de invierno y hasta gente de la municipalidad nos vino a ver (¡me pidieron autógrafos!). Quise pensar en vos y preparamos Las d’enfrente. El actor que hizo de Gennaro estaba un poco mayorcito para el papel, pero igual salió todo bien.

Antes de intentar  con Proust me deleité con Oscar Wilde (otra recomendación tuya). Leí El Retrato de Dorian Gray. Hay un personaje que me recuerda mucho a vos, Lord Henry Wotton. No creo que se parezcan (de todos modos él es sólo un personaje), pero sí que inspiras esa misma sensación de encanto ácido que él.

Un lugar raro en este pueblo es la biblioteca. Es pequeña, pero los empleados atienden muy bien, están siempre de buen humor. Hace tiempo que volví a acostumbrarme a la siesta, antes me molestaba mucho cortar en la mitad del día, ahora la necesito, supongo que si la pierdo otra vez la extrañaré.

Hadrian, me voy despidiendo  y no quiero, pero odiaría hacerte perder el tiempo, y además no quiero ni sé escribir cartas largas. Me quedo con las ganas de seguir contándote cosas (Milly murió de viejita, ya estaba ciega y apenas podía caminar, así que preferí sacrificarla), pero quedarán para otra carta. Puede ser que a fin de año viaje a Buenos Aires; si es así, voy a pasear por ese café en donde le dimos un poco más de vida a Gennaro.

Gracias.

Madame La Directora

Me entretuve en demasiadas negligencias antes de contestar la carta; unos meses pasaron, quizás. Lo hice, finalmente, después del día de Año Nuevo. Varias semanas más tarde me fue devuelto el sobre sin abrir: el destinatario había mudado su lugar de residencia y ahora esas palabras tardías no tenían más dueño que su perplejo autor. De la paciente y bella directora de teatro nada más he sabido; el mundo es un mar sin orillas en cuyas aguas es fácil hundirse. He guardado y perdido y vuelto a guardar docenas de veces la carta que transcribí más arriba en el huracán de papeles que me rodea. Una fotografía en la que aparezco entregándole un ramo de rosas la noche del estreno era la única prueba que demostraba que esa estrecha amistad no había sido una alucinación intensa; mucho me temo que jamás me reencontraré con ese ícono.

De la señora retengo uno a uno los rasgos que hacían a su rostro elegante, uno a uno sus dedos ágiles en los que danzaban con desvergonzada asiduidad cigarrillos, uno a uno los pliegues de la ropa que en las desnudas butacas deslizaba, para mórbido solaz de los fantasmas que moran en cada teatro de rancia estirpe. Penosamente, yo, que recuerdo tantas cosas inútiles, he olvidado su nombre.

Hadrian Bagration

Eva Gonzalès: Sur la terrasse, ca. 1875-1878. Colección privada.

Existe en el escritor la imperfectamente oculta avidez de que sus textos lo sobrevivan, y por mucho. Esa módica perennidad incluye, aun cuando lo neguemos,  las cartas que falazmente componemos para ojos privados; en rigor de verdad, quien escribe siente que su pluma entera merece la vida eterna, por lo que todo secreto que llega al papel es, en realidad, un grito. Los exégetas a los que los altibajos de nuestro talento buscan enamorar suelen juzgar que cada párrafo derramado con mal disimulada prolijidad es una joya rara y espontánea; es sólo en infrecuentes ocasiones que un autor se deja sorprender sin que la agobiada máscara de la afectación arrobe su escritura.

En nuestra correspondencia nos otorgamos con tonante soberbia un rol central, el cual es a la vez el mismo sitio marginal al que nos relegan las líneas de quienes en sus misivas hablan sin mucha compostura de nosotros. He olvidado muchos de los detalles que construyeron el episodio que las palabras de más abajo revelan sin escándalo para nadie. Persisten algunos nombres que quizás no vuelva a pronunciar, algunos lugares a los que ciertamente no regresaré (poco importa si por propia voluntad  o por ajena disposición), unos cuantos indicios que confirman la mediocre veracidad de los hechos, los que son ya como piezas de un sueño, como casi todo lo pasado y como buena parte de lo presente. De lo futuro, sólo sabemos que todo es posible, pero que sólo lo desgraciado es inevitable.

Hadrian Bagration


Roma, 23 de Agosto del nuevo milenio

Queridísimo:

Dicen que la venganza es un plato que se come en la cama. Con piadosas intermitencias, he tenido una aventura con una romana cuarentona y tonta, adepta a las aburridas cenas de sociedad y a la numerología. Según sus pacientes mediciones, soy un cuatro, algo así como una persona que posee muchas virtudes, algunos defectos, no poca suerte, una pizca de miedos e inseguridades, un promisorio futuro; en fin, nada muy distinto a las demás infinitas cifras que pueblan el sistema decimal.

Hay amistades, tú y yo lo sabemos, que son dogma de fe. He debido frecuentar la casa de un abogado español que reside en estas afueras; te he explicado el pequeño inconveniente que la salud de esa editorial de Madrid provoca en mis ánimos. Temo que sus conocimientos acerca de las leyes que necesito para mi protección estén tan frescos como las arenas del Sahara. En su estudio el teléfono suena constantemente, los socios se entrometen, los clientes reclaman, las secretarias interrumpen, los ascensores se atascan; el buen hombre me ofreció participar de su ámbito y me explicó el itinerario que me acercaría a su morada en el Gianicolo. Allí me presentó a sus tres hijos (y conocerlos fue tan interesante como observar los hábitos de las aves de corral) y a su mujer. Ésta ya no se consideraba tal, puesto que el trámite de divorcio estaba a punto de llegar a su término, y sólo la vanidosa estupidez del macho hacía que el letrado se negara a dejar de hollar el antiguo domicilio conyugal, que ya había sido dividido en favor de la hembra.

Esa misma tarde, la señora me ofreció té y su conversación. Yo hubiera quedado de todos modos satisfecho sólo con el té. Una hora después nos besábamos en su auto en un lugar apartado pero coqueto murallas afuera. Curiosamente, prefería entenderse conmigo en español (il linguaggio del mio nemico, según ironizaba), así que me resigné a susurrar tímidas groserías que hubiesen sido de la envidia de La lozana andaluza mientras la marea del orgasmo se agitaba en su cintura, elegantemente preservada. Volví al día siguiente (de estos episodios no ha todavía transcurrido un par de meses), a la media tarde. Llevé papeleríos en los que el antiguo pater familias se sumergió. El té era servido por madame con gentileza y complicidad; ella creería que yo compartía de seguro la triunfal sensación que le proporcionaba esa  justa retribución que se tomaba por dieciséis años de frustraciones, renunciamientos, placeres lánguidos y cuernos. Es sabido que el odio que más lejos viaja es aquél que sentimos por quien ha estado más cerca. Yo saboreaba desganadamente el té y deseaba, sinceramente, serle útil.

Finalmente, el desvencijado  y depuesto amo del dormitorio  debió abandonar el hogar. Ciertos fines de semana cargaba con los niños para que lo ayudasen a cumplir con su deber de progenitor nuevamente célibe. La señora hizo uso entonces de su derecho a ser poseída en lo que fuera el viejo tálamo, antes maldito, ahora renovado por el agua bendita que santificaba sus espasmos, en este caso tal vez verdaderos. Ella  pertenece al bando de las gimoteantes o lloronas, aquéllas que, contrariamente a las volcánicas o explosivas, no estallan en un clímax sonoro y feroz, sino que derraman una suerte de placentero llanto  continuo  y monótono, mientras musitan un nombre; quiera la Fortuna que sea el nuestro.

Inútil hubiese sido confesarle mis heterodoxas ansias en el territorio del sexo: la audacia de la señora se había agotado en aquella fornicación falsamente ilícita. Sensatamente, advirtió que mi aburrimiento era imposible de ser barrido bajo la alfombra de su fervor por los cálculos, y lentamente dejamos de vernos, sin extrañarnos, sin zaherirnos, sin acosarnos; más bien, sin nada. Un té nos reúne cada tanto; es entonces cuando escucho con fingida atención sus cuitas de divorcio en la pequeña burguesía sin ilustrar: incidentes alimentarios, acaloradas discusiones en ocasión de los fracasos escolares de la prole, disputas por el tiempo para estar con los niños y sin ellos, los malos oficios del plomero y las inadmisibles ausencias de la fámula.

Me recuerdas bien, y a mí me golpea la nostalgia de esos tiempos en los que no aplastaba con peso de león la fragilidad de las mujeres, ni mi rostro de polvo era recorrido con desesperación por dedos ávidos, y era aún un misterio el sabor de la lengua. A veces creo que echo de menos esa blindada debilidad, a pesar de la risa que vomitamos cuando hacemos sangrar nuestros sudores con esas espadas a medio afilar a las que te ruego no dejes morir de herrumbre. Bebo de vez en cuando con paciencia tediosa el tibio té que me prepara con sus propias manos esta mujer modesta,  y oigo como un eco confuso las vagas predicciones que tocan a mi porción del zodíaco para el próximo domingo.

Te abraza,

Hadrian

P.S.: La perseverancia, que todo lo vence (especialmente a sí misma), empujó a la señora a demandar obstinadamente una pieza de literatura escrita por mí y dedicada a ella. En media hora o algo menos di forma a un poema adormilado que no quiero enviarte. Un mes, el del inicio de la liaison, es mencionado sin mayores explicaciones. Diría Lucio Mansilla que es un poema causerie, sólo para entendidos, un selecto círculo de dos. La obra mereció su aprobación y una copia descansa entre las consultadas hojas de un horóscopo.