La suegra de Paulo

Marguerite Gérard : Le déjeuner du chat, ca. 1790. Musée Fragonard, Grasse.

                                                                                                     A saint abroad, and a devil at home.

John Bunyan: The Pilgrim’s Progress

La conversación sucedió en Copacabana, en una noche posterior sólo en días al final del año, en un departamento no lejano a la Avenida Atlántica. El calor adormecía cualquier ánimo pero nos armábamos de valor y vigilia gracias al café. Alguien recordó el nombre de un impostor, un tiranuelo de la escritura sencilla; la razón pudo ser casual o graciosa. El rostro de una mujer, sin embargo, se ensombreció.

“Paulo vivía dos pisos más abajo. Casi nunca lo veíamos: era afanoso en ofrecer su mercancía y viajaba constantemente. Su suegra vigilaba la morada, que poseía un balcón o un patio. Una tarde, una gata dio laboriosamente a luz. Por la mañana el portero tocó a mi puerta. Cabizbajo, me confesó que no podía llevar a cabo la orden: en una bolsa inquieta se arremolinaban las crías de la gata. Comprendí que debía hablar con la suegra de Paulo.”

“La mujer me recibió con frialdad. No pedí compasión sino tiempo; me encargaría de hallar un hogar para cada criatura una vez que el cuerpo de la madre fuese innecesario. La mujer, fastidiada, aceptó. Agradecí profusamente. Antes de partir, me permití observar que Paulo, seguramente, estaría de acuerdo. La mujer se encogió de hombros.”

No crea– gruñó-. Son sólo animales. Gatos. Él también los odia.”

HB

Muro

He nacido sin fe. He leído la Escritura como una obra de ficción, como quiere Harold Bloom: como línea tras línea que habita la literatura fantástica, cual Borges (lector de superioridad incomparable a mi balbuceo) se internaba en el universo teológico. Una frase me despierta a la medianoche de Londres; es el Éxodo: No oprimirás ni ofenderás al extranjero, porque fuiste extranjero en la tierra de Egipto. Jehová habla a Israel. La respuesta es a veces obediente, a veces desganada.

La frontera es un anacronismo cruel cuyo fin no es otro que la prolongación de una obsolescencia perversa: impedir que dos personas que se buscan puedan encontrarse, y que tras ese hallazgo mutuo y maravillado puedan permanecer juntas. La ansiada abolición de esa línea sangrienta fue imaginada por Borges: en Juan López y John Ward lamentó la división del orbe en parcelas provistas de memorias recíprocamente hostiles (llamamos nacionalismo a esas religiones de conmemoraciones tediosas); en Los conjurados profetizó una nación planetaria en donde las caprichosas diferencias fueran olvidadas. Su sueño aún no se ha cumplido.

Una ley injusta, un prejuicio impiadoso, un ánimo feroz alzaron un muro entre Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas y fue por entre los intersticios de ese metal y de esa piedra que sus manos se unieron por última vez durante largo tiempo. El muro era una cárcel; todo muro lo es. Todo muro desafía a la ley del Eterno, el que te sacó de Egipto, y derrama sobre el extranjero la celda y el látigo. Regresa la sentencia de Sartre: si los judíos no existieran, los antisemitas los crearían. Si el extranjero no caminase por estas calles, nos afanaríamos en hallar en muchos, en otros, en el otro, cierto algo, algún rasgo del que huir, algún hábito al que obliterar, algún acento del que mofarse. Un par de manos que separar y que, sin embargo, por entre los huecos del metal y la piedra del muro, volverán a buscarse.

HB

Oscuro

Francisco de Goya y Lucientes: Casa de locos, 1819. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

Francisco de Goya y Lucientes: Casa de locos, 1819. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid.

A días del asesinato en Buenos Aires de un fiscal federal cuyas acusaciones probaban los vínculos entre la tenebrosa República Islámica de Irán y el estrago del 18 de Julio de 1994 en la Asociación Mutual Israelita Argentina y destacaban los esfuerzos del sempiterno régimen peronista en encubrir a los perpetradores, nada sorprende: la pereza de los funcionarios judiciales, los equívocos de las pericias, la ineptitud de los encargados de velar por vidas y bienes, el morboso afán de la prensa. La postura, entre desdeñosa y falaz, del Estado y gobierno argentinos es la acostumbrada; se trata, además, de coautores o al menos cómplices. No declararán contra sí mismos, aun desconociendo básicos principios del derecho.

Quizás reste un ápice de asombro por la bochornosa actitud de la endeble intelectualidad argentina: a excepción de honrosas salvedades (Sebreli, Sarlo, Kovadloff, entre otros), aquéllos sostenidos por la dádiva oficial han preferido guardar silencio. Es regalo de los dioses: al menos nos hemos ahorrado risibles letanías de justificación. En esta ocasión, en la que el carácter flagrante del crimen y la naturaleza entre siniestra y procaz de los imputados por el fiscal Nisman, desde cierta mujer que ejerce la Primera Magistratura hasta ineficientes gamberros, nada puede alegarse sin que se cierna sobre la figura del justificador el óbice del ridículo. Tan sólo el hilarantemente célebre Ricardo Forster ensayó alguna variación arabesca: arguyó que las denuncias constituían una interrupción del agradable ánimo con el que la sociedad atravesaba con alegría el verano. Que Forster sea catalogado de intelectual en la Argentina no habla del hombre sino del país.

En algo más de una década ese grato opúsculo de Julien Benda, La Trahison des Clercs, cumplirá un siglo. Apología de la civilización clásica y azote del nacionalismo y el antisemitismo, Benda reprochaba a los intelectuales de su tiempo el dejarse llevar por la corriente de los peores ideales, de las iniciativas perversas, de la irrazonada consideración de la violencia como belleza. Demasiado cercano al cristianismo en algunos párrafos, se trataba de una dolorosa apelación al universalismo en contra de la belicosa idea de nación, azuzada por el fascismo emergente y pronto triunfante. Amargamente para Benda, la derrota del fascismo fue seguida de su eterno retorno, desde la furia del Islam hasta la vociferante prédica de los profetas políticos que se afirman militantes del progreso, y aun antifascistas. La carroña crece con mayor fuerza en un ámbito de confusión.

Cuando esa centuria se cumpla y el volumen de Benda alcance los cien años el mundo responderá todavía a la precisa descripción con la que el periodista Damián Pachter, exiliado en Tel Aviv, definió a la Argentina: un lugar oscuro.

Hadrian Bagration

Los salvajes unitarios

Haydée Lagomarsino de Miranda: Doña Leonor Acevedo de Borges, 1972. Colección privada.

Haydée Lagomarsino de Miranda: Doña Leonor Acevedo de Borges, 1972. Colección privada.

Es casi universal la justa difusión de la anécdota: en época borrosa de su vejez, Leonor Acevedo Suárez de Borges, madre del escritor, era sometida al azar del quirófano. Bien sabe quien ha recorrido en esa sujeción horizontal el sendero hacia la voluntad de otros, a quienes  supone sabios, que los atributos de los que está hecho ese viaje son la soledad y el temor. Borges aguardaba, según la costumbre, el inicio de la práctica junto a doña Leonor. Con un hilo de voz, repetía Borges, Madre alzó la cabeza y gritó: ¡Salvaje unitaria! Supe entonces que todo estaba bien. Borges, que veneraba el valor, solía conmoverse por esta pizca gigantesca que le había obsequiado su madre. Las líneas figuran en un diálogo con Mujica Láinez. En el prólogo a sus obras completas de 1972, Borges abundará en el coraje materno: tu prisión valerosa, cuando tantos hombres callábamos. Innecesario es referir que ese encierro fue sufrido por órdenes de la cíclica dictadura peronista.

Ciertos tesoros habitarían la pérdida de no ser por la paciente renuencia de Bioy Casares a resignarse a la literatura mayor. El breve diálogo ocurrió, según datación irregular, a mediados de Noviembre de 1970. Un hombre había ganado acceso a la casa de Borges; no era arduo lograrlo: Borges solía recurrir a la generosidad para zanjar conflictos y para aliviar el tedio de la gente común. El hombre se atrevió a cruzar alguna palabra con doña Leonor: Yo, señora, debo decirlo, aunque sé que usted no nos aprueba, que soy de tradición federal. Esa rústica aclaración no sería rara: los inicios de los 70 fueron tiempos de revalorización de la barbarie; su máximo ejecutor se aprestaría a concretar, en pocos años, su violenta parusía. Con voz muy suave, escribe Bioy, Madre contestó: No tema nada. Nosotros, los salvajes unitarios, no nos dedicamos al degüello.

H.B.

Los que vamos a morir

Michelangelo Merisi da Caravaggio: Muerte de la Virgen, 1606. Musée du Louvre.

Michelangelo Merisi da Caravaggio: Muerte de la Virgen, 1606. Musée du Louvre.

Aquejado por la falta de luz y la terca sordera, Sir Edward Downes, sabedor de que su esposa, que ha cuidado de él desde que cayera sobre sus ojos el crepúsculo, padece un incurable mal, sostiene con ella una breve conversación en un jardín. La decisión es mutua. El 10 de Julio de 2009, en Zürich, serán ayudados, juntos, a cesar. La noticia permanece por unos cuantos días en los espacios que la prensa reserva para curiosidades.

En fecha indeterminada de, quizás, Febrero de 2014, Oriella Cazzanello, bellísima mujer de alrededor de ochenta y cinco años, viaja a Basilea, habiendo decidido que su tiempo se ha cumplido. No comunica a nadie la resolución; de casi perfecta salud, erguida y padeciendo orgullosa soledad, sólo su abogado recibirá una carta cuando su voluntad suceda. Es de exigida elegancia afrontar ciertos momentos arduos en secreto.

A los siempre tempranos veintinueve años, Britanny Maynard, sufriendo de dolor que nubla cerebro e intelecto, se anticipa a la jugada del azar y elige morir en paz el 1 de Noviembre de 2014 en Oregon, antes de que la enfermedad comience a desintegrar sus capacidades. Invariablemente opinando desde el error, los círculos vaticanos se empeñaron en condenarla. Quizás crean que el infierno que la teología reserva a los réprobos es más temible que la voraz destrucción diaria de aquello que alguna vez fue un ser humano.

Lo sostuvieron no sin sabiduría los epicúreos: non fui, fui, non sum, non curo. Es raro, tal vez fabuloso, poder vivir según lo queramos; es nuestro sereno derecho poder morir evitando aquello que Gombrowicz llamaba la cosa concreta, la verdadera realidad: el dolor (la chose concrète, la vrai réalité, c’est la douleur). Es de recordar que no todas las dolencias aquejan al cuerpo: el hastío, la servidumbre hacia hechos ingratos, el perpetuo desánimo, son variaciones dolorosas de las que también es lícito huir.

¡Oh, muerte, ven callada, como sueles venir en la saeta! El verso magnífico es obra de Andrés Fernández Andrada y quiere la buena fortuna que lo encuentre el lector en una referencia en la que Borges, que no olvida citar a quien la recogiera, Pedro Henríquez Ureña, rememora que la sombra de Tiresias promete a Ulises una muerte feliz; es decir, sin agonía, sin inútil combate. No a todos sonreirá, como a Cayo Julio César, el sol de que se cumpla el deseo de una muerte inesperada, la que escogiera como la más favorable al moribundo, aun para quien ignora que lo es, en la víspera de los idus de Marzo. Para los que vamos a morir, existe ese placer, casi ese deber, el de la calmada dignidad.

H.B.

Terror

Anónimo: Fusilamientos en Nantes, 1793. Biblioteca Nacional de Francia.

Anónimo: Fusilamientos en Nantes, 1793. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Es de general aceptación entre quienes se avienen a inquirir sobre la ruda historia de Europa que el día 5 de Septiembre que corresponde al año 1793 es el inicio de La Terreur. A esas alturas, el moderado acierto de la Revolución Francesa se había tornado un enorme error, sólo reparado por la simétrica equivocación del Congreso de Viena. La retrospectiva sentencia de Orwell, ese sórdido pero tristemente acertado juego de palabras entre dictadura y revolución no podía sino provenir del fracaso de la insurrección francesa en constituirse gobierno democrático (limitaciones de época mis à part) y burgués. El Terror fue la tenebrosa confesión de esa derrota política: perdidos, en parte a sabiendas, los objetivos revolucionarios, la Revolución debía continuar, como un vaudeville sangriento que revivía a las públicas ejecuciones del Antiguo Régimen. La inquisición revolucionaria, el Comité de Salut Public, halló en el Terror una política de Estado y un arma política: la composición sectaria del comité lo hacía tan arbitrario como los gabinetes de la monarquía; la concepción saludable implicaba la visión antropomórfica y anatómica de la sociedad francesa, de la cual debían extirparse los miembros enfermos, cuyo presencia aseguraba contagio; público remitía a la franca posición de la Revolución acerca de la aniquilación del hemisferio individual: públicos eran los juicios, en los que los acusados carecían de derecho a la defensa y de la potestad de llamar a testigos que declarasen en su favor (según infame ley de uno de los menos conocidos artífices del Terror, el burócrata Georges Couthon), públicas las caídas en desgracia, las delaciones, las ejecuciones, en múltiples ocasiones sin proceso previo. Fue crimen la emigración (retroactiva al 1 de Julio de 1789: se exigía a los viajeros el don de la clarividencia revolucionaria); los bienes de los arrestados y arrojados a las gemonias eran confiscados para calmar el hambre popular. El pueblo llano cumplía con entusiasta desgano su papel de comparsa: cuestionar al Terror significaba cortejar a la guillotina. El ardor de la sangre y las cabezas cortadas hartó a una población carcomida por la carestía; al Terror sucedió La Grande Terreur: la moderación era traición, pero lo eran también la cautela o el silencio. La Revolución gestaba, innominadamente, al fascismo.

Quiso la paradoja que fuera una victoria militar francesa, en la batalla de Fleurus, en Junio de 1794 sobre la coalición liderada por Austria, la que decretara la obsolescencia del Terror: el límite racional de la irracionalidad del fascismo clama por una ralentización de la violencia cuando los enemigos externos han sido derrotados y cuando ya no es posible discernir a los enemigos en el interior: que cualquiera sienta la amenaza del pelotón es finalidad de la revolución fascista, pero también su derrumbe: si casi nadie está a salvo, será el sitio de quienes lo están el único lugar seguro; el coup d’État está garantizado. Hacia fines de Julio de 1794 había en Francia cincuenta mil cadáveres nacidos de la inevitabilidad revolucionaria. No es inútil recordar que esas muertes quitaron de su trono a un rey para que más tarde lo ocupase un emperador, y que las campañas que siguieron a esa prestidigitación costaron no menos de cinco millones de muertos. Tras Waterloo, las fronteras nacionales del Occidente europeo habían variado apenas en unos cuantos cientos de millas en aguda comparación con las de la Francia prerrevolucionaria. El ala progresista del pensamiento populista contemporáneo suele detenerse en las miserias bélicas del fascismo conservador; las atrocidades de las revoluciones (léase fascismo jacobino) duermen calladamente bajo la tierra de los camposantos.

No hay mejor film que analice la degradación de la Revolución Francesa que Danton. El guión es de creación múltiple (sobresalen Jean-Claude Carrière y el director, Andrzej Wajda), pero la historia se inspira en Sprawa Dantona (El caso Danton), de Stanisława Przybyszewska. La obra data de 1929: asombra la ironía que revela que las líneas se escribieron en defensa de la figura máxima de la Terreur, Maximilien Robespierre; Przybyszewska no alzó su pluma para condenar a Robespierre, sino para justificarlo y hallarlo probo. La movía, en esas décadas, su credo comunista (la expresión es casi un pleonasmo: el comunismo, al igual que cualquier religión -política o supersticiosa- , es insostenible sin un acto de fe; no hay vez que esta caída no corresponda a un acto de ceguera). Wajda, que rodaba en 1983, maniobró para equiparar el terror de la Revolución con el terror, menos evidente, del régimen de Jaruzelski: la emigración, aun la forzada, (entre otras contravenciones y en medio del sempiterno racionamiento de las economías dirigistas) también fue un crimen en la Polonia soviética.

Robespierre gustaba asimilar el terror a la virtud; aún suena su tétrica fraseLa terreur n’est autre chose que la justice prompte, sévère, inflexible; elle est donc une émanation de la vertu. Se trata de otra confesión: no hay revolución que no se crea virtuosa, reparadora, y el ejercicio de esa virtud es la dosificación de la violencia a través del terror; administrado con celeridad, el sereno y permanente terror deviene el gran terror; no es sólo la etapa en la que la revolución devora a sus propios hijos sino la fase en la que se afana en remontarse en meticulosa imitación y ampliación al régimen al que suplantó: Robespierre en su breve cacicazgo y Bonaparte en su medroso imperio que se soñaba a si mismo prolongación juliana gozaron de poderes superiores a aquéllos de los Luises. Stalin ofició de omnipotente zar; Mao gobernó como Hijo del Cielo; soñó inútilmente Fulgencio Batista con la opulencia dictatorial de Castro. La virtud revolucionaria quizás consista en una desordenada y crudelísma restauración; Giuseppe Tomasi di Lampedusa bien podría aleccionarnos al respecto.

Sólo queda formular una idea más acerca de las revoluciones: la verdadera revolución siempre es la que ha de venir. Traidores, incapaces, agentes del imperialismo, malas cosechas, la naturaleza humana, la mala suerte, la mala fe, han prevenido el triunfo de la buena causa esta vez; ayer nos fue esquiva, pero no importa, mañana nos organizaremos con más firmeza, nuestro fervor llegará más lejos. Y al fin, un hermoso día, como escribió Fitzgerald

Y así continuamos, creyentes contra toda evidencia, arrastrados sin pausa hacia la sangre.

Hadrian Bagration