Interregnos II: Sagrada biografía de la saga

En el capítulo de su libro Las Locas de la Plaza de Mayo dedicado al servil estruendo para con el régimen de las Juntas que significó el Campeonato Mundial de 1978, Jean Pierre Bousquet observa con amargo asombro que en la Argentina el fútbol es una religión. Objetar que esa frase es una desmesurada exageración equivale a desconocer las hoscas similitudes entre esos dos esmerados instrumentos de la manipulación: tanto en el fútbol cuanto en las religiones tienen lugar complicados rituales que son a su vez nada complejos, ortodoxias y herejías, severas divisiones entre privilegiados y sencillos feligreses y la pálida distinción que hacen los apologistas de ambas ausencias de la razón respecto de la necesidad de diferenciar a la vez a las corruptas cúpulas y al dogma de la verdadera doctrina que se encuentra en las raíces. De la religión, sus detractores destacan la fe como contrapeso y la pureza de alguna figura de leyenda (Francisco de Asís, Namuncurá, un sacerdote milagrero), repudiada por las jerarquías, la que representaría, como el cebo para la boca del pez, a la esencia exacta de las aspiraciones de los desesperados a quienes las iglesias desprecian. Del fútbol, sus apologistas subrayan alguna esquiva entidad misteriosa, caprichosa, lúdica, a la que no les es posible desterrar a las dirigencias que a ese deporte dan mal nombre. Ese argumento, repetido hasta la saciedad del hartazgo, tranquiliza a la mente del creyente y a la del simpatizante y los absuelven, a sus propios ojos,  de complicidad, bien para con la prevaricación de las enseñanzas de, por citar a un ejemplar al azar, Jesús; bien para con la violencia, ramplonería y estupidez del juego más amado del planeta.

Es hoy martes 6 de Julio de 2010. La derrota de la selección argentina en el corriente torneo ya es una anécdota cuya frescura empieza a secarse. No obstante, un fenómeno risueño ha teñido de batalla el color tedioso de este campeonato: era costumbre que en medio de cualesquiera de estos certámenes la sociedad argentina se apretara como hoplitas en una falange tras el objetivo común de vencer o morir, en palabras de Mussolini. El enfrentamiento que desgarra a poderosos grupos económicos, éstos enemistados con el gobierno actual, aquéllos sentados a su mesa, y cuyo botín es el control de abultados recursos que ninguno de ellos compartirá, si no es a través de la dádiva, con el pueblo llano, terció para que desde la venalidad del periodismo (y en especial, desde el periodismo deportivo) los resultados deseados fueran opuestos: no todos los televidentes suspiraron por una victoria argentina. Finalmente, el equipo que dice representar a este país fue eliminado; a no pocos alegró esta noticia. Sus enemigos, por el contrario, se apresuraron a reivindicar la imagen, aliada por nada raro prodigio de la ventosa conveniencia política a la administración Kirchner, del máximo profeta de ese culto de ritos sudorosos.

Ricardo Forster

Ricardo Forster es indiscutido y destacado investigador e intérprete de la obra del inmenso pensador judeoalemán Walter Benjamin. Es autor de varios ensayos esclarecedores sobre la obra de un hombre al que Theodor Adorno aguardó con paciencia y frustración en Nueva York mientras él moría, quizás por suicidio, en un oculto pueblo de los Pirineos en donde lo había acorralado la Gestapo. Muy confusa es la sensación que invade a un lector de volúmenes de Forster al constatar que es su firma la que rubrica la frase que sigue: “Pasó, para los argentinos el mundial, se acabó, por ahora, la ilusión de la redención maradoniana.” Es una agrisada confirmación del carácter religioso del fútbol el comprobar, una y otra vez, que junto a este término y al nombre de Diego Maradona se escriben sustantivos de grotesca rimbombancia, como lo son redención, crucifixión, resurrección. La Iglesia Católica, tan sensible a intromisiones que amenacen licuar lo nada desdeñable que queda de su poder, no ignora que no debe alarmarse por la exaltación de una pasión popular que a ninguna rebeldía conduce y que sólo puede refrendar lo que ellos afirman sucedió con otro cadáver hace algo menos de dos mil años.

“Una pasión que conmueve la vida cotidiana, que altera los ánimos y le da forma, muchas veces, al carácter nacional no puede ser la expresión de lo rutinario ni asumir la forma burocrática de quienes no sienten hasta el fondo de sus almas la significación de un deporte que es más que un juego, mucho más que un entretenimiento o que la retórica del fair play; que pone en evidencia lo visceral y lo emotivo, lo racional y lo imaginativo y que se entrelaza con recuerdos y biografías de cada uno de nosotros.” ¿Qué extraña y macabra operación debe traspasar la mente de un hombre capaz de rumiar pensamientos más elegantes para que se permita ser sorprendido balbuceando expresiones menos que escolares, tales como carácter nacional (tan similar al siniestro modo de ser argentino, latiguillo de la última dictadura militar) o el fondo de sus almas (a menos que Forster se rebaje en horas de intimidad al consumo de culebrones). Sospechamos que Forster coincide, tal vez involuntariamente, con una de las peores páginas de Victoria Ocampo (no me refiero a aquélla en la que elogiaba a Il Duce), en donde reprochaba a Proust ser un parvenu incapaz de juzgar las costumbres y códigos de una clase social, la aristocracia, a la que no pertenecía y cuyas inconfesables iniciaciones no había frecuentado. De igual modo, a quienes no sólo no nos interesa sino que detestamos el fútbol, entidad majestuosa mayor a un juego, un entretenimiento o una retórica, nos están vedadas su crítica y análisis, ya que ese sentimiento arrasador no consigue penetrar, por inescrutable arbitrio, hasta el fondo de nuestras almas.

“Las derrotas también dejan sus marcas y asumen la forma del mito, están allí para recordarnos lo que solemos olvidar de nosotros mismos. Son parte de lo que somos y de lo que podremos ser si no las olvidamos ni dejamos de aprender de sus enseñanzas. Los ojos abiertos por el dolor suelen mirar más intensamente que los que nunca lo conocieron. Y también por eso las victorias, como las alegrías, se disfrutan mucho más. El técnico, único e irreemplazable, de nuestra Selección sabe algo de todo esto. Lo sabe porque lo vivió en carne propia. Y todo eso lleva el nombre de Maradona. El, como ninguno, representa las alturas más gloriosas de nuestro fútbol-poesía, ha sido el nombre de lo más entrañable que habita la saga de nuestro fútbol porque no sólo él fue el creador de un gol eterno, el pibe de los cebollitas que como un mago salido de un circo universal maravillaba con el jueguito interminable que le permitía hacer cualquier cosa con su máximo objeto de devoción que fue y es una pelota de fútbol.” No sorprende tanto la adhesión de Forster al culto a la insignificante personalidad de Maradona como su acción de redactar la palabra selección con una inicial mayúscula, lo que le concede con nada magra generosidad el rango de institución. Sobre la existencia de ese género literario aún no rescatado de los anaqueles de la historia de la literatura, el fútbol-poesía, admito no sólo mi total ignorancia sino también mi total incredulidad. Es pertinente, sin embargo, detenernos unos inútiles instantes con ánimo de justipreciar la casi escandinava y épica saga de nuestro fútbol, tarea para la cual he atiborrado a preguntas a expertos en la materia (puesto que yo, un miserable lego, no podría comprender la mística esencia del juego-magia, del pie-rapsoda, del delantero-vate o del mediocampista-endecasílabo). Maradona no ha sido un destacado jugador de fútbol. Reconozco el tamaño de la blasfemia y la sostengo con insolencia frente al tribunal de la inquisición de la pelota. A excepción de infrecuentes habilidades, que no son de su exclusivo haber, Maradona conoció en muchas más ocasiones la derrota que el triunfo, sin que tal desagrado contribuyera a aleccionarlo en nada. Sólo cuatro cortos años enmarcaron el apogeo de su carrera, desde 1986 a 1990; luego de esa breve eternidad sobrevino una decadencia que lo sepultó en un patetismo deportivo que sus fanáticos quieren disimular alegando lesiones, presiones, infiltraciones y conspiraciones. Docenas y quizás centenas de atletas más aptos han pisado las canchas. Maradona es una invención de la acalorada y chapucera Argentina potencia. En cuanto a su irreemplazable cualidad como técnico, de recordarse sus intervenciones en los clubes Mandiyú de Corrientes (al que su incapacidad disolvió) y Racing de Avellaneda, es para bien de los argentinos que se le consiga de la forma más atenta y rápida posible otro empleo.

“Maradona es Villa Fiorito, los picados del pobrerío, la palabra rea, esa que nos ha dejado sentencias únicas, aquel que la rompió en la vieja cancha de La Paternal, que se convirtió, para todo el pueblo napolitano, en un semidiós, aquel que redimió a los pobres del sur italiano contra los siempre triunfadores habitantes del norte; fue el de las lágrimas de bronca en la final del ’90, el de los tobillos reventados dando su último esfuerzo, el amado por los humildes y el odiado por los dueños del negocio. También fue el de la caída, el de una vida privada saqueada por la brutalidad amarillista de los medios de comunicación, el de una adicción que le robaba su palabra y le ofrecía el rostro espantoso de la desolación. Fue eso y mucho más. El triunfo deparado a los olímpicos, a los elegidos de los dioses y el que pagó el precio terrible de ser quien fue y quien es. Maradona lleva a cuestas el peso de ser Maradona y, eso creo, lo hace con una dignidad que muy pocos tienen; lo hace con la integridad de los que han conocido el cielo y el infierno, las máximas alturas del éxito y de los elogios rutilantes y su contracara, la caída en abismo, la soledad, la venganza de los mediocres que nunca han dejado de maltratar a Maradona en sus momentos de inquietante debilidad o en circunstancias signadas por la derrota, la futbolera y, peor todavía, la de la vida.” Zeus, si es que ha despertado bondadoso, no se ofenderá al hallarse comparado con un humano de dudosa calidad. Mis palabras, en tanto, me condenan a asegurar que Forster miente: es un hombre inteligente que no puede sufrir de innumerables distracciones. Maradona es un personaje deleznable que nada tiene que ver, ni quiere hacerlo, con la dolorosa cotidianeidad de los habitantes de un barrio de inapelable pobreza; es, más bien, vacaciones en la Polinesia (jamás la prensa ha informado haberlo hallado de incógnito en el Kunsthistorisches Museum de Viena), autos lujosos, gastos suntuarios, evasiones multimillonarias de impuestos, agresiones a periodistas, su constante negativa a reconocer a sus hijos extramatrimoniales, a uno  de los cuales repudió públicamente en un estudio de televisión (en este país) ante el cerrado aplauso de los concurrentes. Maradona es orgullosa exhibición de incultura y procacidad; él, que posee dinero más que suficiente para pagar toda la educación que desee. Forster insulta ladinamente a los pobres al elevar a este individuo abominable a la categoría de deidad: Maradona ha olvidado ya largamente las roncas vicisitudes de la pobreza; su vida privada no es producto de la angustia de las carencias, sino de la soberbia de los excesos. A este tahúr se le obsequiaron desde las élites todas las indulgencias que a los que nada poseen, ni siquiera su cuerpo, y que cruzan la línea de lo que el grave rostro de la sociedad considera delito, les son negadas con aire santulón: su adicción a las drogas fue paliada en costosas clínicas, al igual que su obesidad; sus dilatados roces con la ley fueron archivados en honor a su condición de patriótica celebridad. Forster apoya, me atrevo a imaginarlo, toda legislación que cierre la brecha entre las desigualdades que separan al hombre de la mujer y al rico del menesteroso. La conducta de esta pacotilla de héroe, a quien hubo que amenazar judicialmente por milenios para que se aviniese a abonar las cuotas alimentarias que corresponden a la manutención de sus hijos, da por tierra con la dignidad que Forster cacarea para alabarlo. La elección divina a la que hace referencia Forster, quien no es, por supuesto, un orate, no indujo a Maradona a suplicar a Fidel Castro por la suerte de los presos políticos en Cuba; amén de inepto entrevistador, Maradona cumplió esa tarea en la forma más complaciente posible, sin atender a la obediente utilización a la que se prestara bajo las infamias de Videla o Galtieri (nada enemistados con Castro en años en los que Cuba y la Argentina emitían declaraciones conjuntas en las Naciones Unidas trabando cualquier resolución en favor de instar a esos monstruos, nada mitológicos, a hacer valer, aun cuando tibiamente, los derechos humanos), o a sus impúdicos coqueteos con el menemismo, sin que el diario en el que Forster escribe lo colocara en su Index.

Fútbol en el potrero argentino

“Messi no es Maradona, no puede serlo. Su vida, el itinerario que lo llevó, siendo un chico, desde su Rosario natal hacia Barcelona no tiene nada que ver con los pasos seguidos por Diego. En Maradona hay todavía un resto de otro país, la saga mutilada de viejas historias populares, el camino desde la pobreza hacia la cumbre, la fidelidad a los orígenes que siempre se denuncia en sus momentos de arrebato, allí donde suele cincelar frases filosas y memorables como aquella que para siempre nos recordó “que la pelota no se mancha”. Messi, que es un buen chico, humilde pese a ser quien es, tiene más que ver con el futbol espectáculo, con Europa, con las canchas armónicas y prolijas, de esas que parecen mesas de billar y que nada tienen que ver con las nuestras (muchas veces impresentables y salpicadas por la violencia y lo delincuencial, pero también portadoras de la memoria del potrero).” ¿Creerá Forster que en la Argentina será para siempre imposible (e indeseable) lograr que la asistencia a un partido de fútbol se comporte con, al menos, una tolerable corrección y que los estadios no semejen jaulas en las que la fieras (el público) estén siempre hambrientas de escapar para el estrago? Forster, al adular la memoria del potrero, una idílica âge d’or que en toda ocasión reluce en el pensamiento conservador, hace en su extensa versión de la historia sagrada de Maradona sólo una mención a la habitual violencia que es parte inseparable del espectáculo del fútbol; no es ésta nunca un hecho lamentable más que por unos minutos, en tanto no se desangre sobre los pastos el cadáver apaleado de Diego Maradona, sino el de un simple mortal cuyas piernas no hayan sido bendecidas con las capacidades de un barrilete o las de una mariposa.

Hoy, martes 6 de Julio de 2010, un hombre, argentino, muere en Sudáfrica merced a una golpiza que recibiera de manos de otros hinchas argentinos en el curso de una disputa por una bandera.  No han llegado al sur del continente negro la prolijidad y la armonía europeas que Forster deplora y que quizás causen en los habitantes de ese país la gratitud por las memorias de la crudeza de una edad de oro que no han, al parecer, perdido.

Hadrian Bagration

Enlace al artículo Maradona y nosotros, por Ricardo Forster, en el diario Página 12:

http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-148911-2010-07-06.html

Interregnos I: El lirismo de lo salvaje

Horacio González

Un preciso síntoma de opción por la popularidad en desmedro del análisis, la crítica o la denuncia por parte de muchos desprolijos intelectuales es la banal teorización de acontecimientos banales, a los que se otorga salvoconducto académico merced a un uso ampuloso de la lengua. El viernes 2 de Julio de este año de multiplicados tedios, quien dirige actualmente la Biblioteca Nacional Argentina, el sociólogo Horacio González (improbable sucesor de probidades como las de Mármol, Groussac o Borges), publicó en el diario Página 12 un artículo de lograda extensión y excelso carácter nacionalista y sonrisa complaciente y cómplice para con la cruel exigüidad llamada, en español, fútbol. Quien se haya interesado, aun superficialmente, en las atrocidades organizativas de este todavía corriente campeonato mundial sabrá de las urgencias a las que han sido sometidas poblaciones enteras a las que se desplazó para hacer lugar a estadios y hoteles de acabado impersonal, amén del criminal desvío de fondos por los que la República de Sudáfrica solloza inútilmente bajo cada uno de sus indiferentes gobiernos. González da inicio a su oda con una drástica y osada negación de la evidencia que sorprende, no en virtud de su valor estilístico, sino de su mendacidad: “El fútbol resiste bien su conversión en mercancía. Su planetarización compulsiva no asfixia su enigmática sustancia lúdica.” La vastedad de la sociología de González no atina a deslumbrarse con el descubrimiento de que es el fútbol uno de los negocios más rapaces y fraudulentos del mundo: los sponsors de la FIFA no son otros que las multinacionales a las que la ideología del autarquismo  y la organizada comunidad en la que un omnipresente dios tutelar administra los destinos de la población desde el conservadurismo más maloliente engalanado con ropajes de justicia social (me refiero a la miseria del peronismo) afirma combatir desde la heroica resistencia a la maléfica globalización y al invasor capital transnacional: Coca-Cola, Hyundai-KIA, Sony, VISA, Adidas. González no ha de haber prestado excesiva atención a las investigaciones del periodista británico Andrew Jennings, quien en 2006 publicara Foul! The Secret World of FIFA: Bribes, Vote Rigging and Secret Scandals. El volumen revelaba la solución a acertijos cuyo enigma no es misterio para nadie: elecciones amañadas por la compra de votos para elegir a las autoridades de la nada transparente Association, cohechos de toda índole, secretas cuentas de sus directivos en paraísos fiscales, connivencias con monstruosidades políticas de cualquier zona del planeta. El ejemplo más sangriento de esas crónicas venalidades tuvo lugar en el país natal de Horacio González en 1978; asombra que la sangre que se derramó mientras giraba la pelota en ese invierno torturador no haya ayudado a González a corregir su visión del juego.

Fútbol

“Restando del fútbol todo lo que no tiene que ver con su esquema libidinal-capitalista, queda indemne su último recurso a lo irreductible del juego.” De producirse esa operación matemática, hemos de advertir a González, poco o nada es lo que sobra del fútbol. Los aficionados no observan con el mismo entusiasmo la batalla final de un torneo universal que un ignoto encuentro entre combinados de barrios bajos; aquello que liga a ambos acontecimientos es, sin embargo, la posibilidad de la violencia: en el primero de los casos, conjurada gracias a incólumes dispositivos de seguridad; en el segundo, librada a la suerte de los puñetazos o las puñaladas que estropean vidas cuya cotizaciones son sensiblemente inferiores a las de los ases del balón. En cuanto a esa mística esencia que duerme en perenne eternidad en una platónica realidad ideal y que sólo sería aprehensible por quienes, como González, han sido favorecidos con el don de la fe en la deidad de la esfera, sólo queda reservar la risa. Es de sospechar, si es que a González asiste la razón, que las instituciones no equivalen a los actos de los hombres y mujeres que las integran, ni que los hechos de un individuo definen su carácter; así, el ejército alemán debe ser admirado por su pericia táctica en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, que no denostado por entregar a los campos de exterminio a quienes habitaban en las regiones conquistadas; así, las fuerzas armadas o de seguridad de una nación (quizás la Argentina, con seguridad muchas más) que someten al estrago a la ciudadanía a la que han asegurado proteger deben ser diferenciadas, de acuerdo a esa categorización divisoria que emplea González para defender el sacro honor del balompié, de la nada menor porción que las deshonra. De igual manera que un violador puede resultar ser mejor que su vejamen o un verdugo más afectuoso que su crimen (de acuerdo a los silogismos de González), el fútbol merece redención en atención a su inmarcesible pureza más allá de este mundo. Corporaciones que carecen de toda posibilidad de justificación, como las iglesias y sus desvaríos y manipulaciones, variopintas ideologías y sus dislates y barbaridades, los ejércitos y de la humillación y la muerte sus exaltaciones, son, según González, tan inocentes como la lúdica sustancia del fútbol.

Fútbol

González prosigue enseñando al lector que quienes perjudican el buen nombre del fútbol no son los jugadores, quienes viven en un estado de gracia emanado de éste (sic), sino las corruptas dirigencias: Blatter, Havelange, Grondona. En oposición a estos capitostes, relumbra un pobre héroe de épocas pobres, al que González, con fino tacto diplomático, se enorgullece en ensalzar: “Antípoda y complemento de esos jerarcas, Maradona es lo que las viejas antropologías amerindias denominaron un trickster, es decir, un mediador jocoso, simpáticamente burlador y tunante, entre las camadas tecnocráticas y las gentes golpeadas, entre los instrumentos del poder y su desarreglo jovial o licencioso”. Tal vez un ángel, de seguir la parrafada más que ligeramente religiosa de González: mediador, intercesor, mensajero, protector, servidor, maravilla, eternidad, comunicador de misterios y partícipe de ellos. “Maradona, caído y resurrecto, forjó una imagen virginal de la pelota. Mala explicación de un fervor que sin embargo puede justificarse de otra manera. La pelota es lo más equívoco que podría haber; tiene consistencia de talismán y atiende al capricho de enojados demiurgos.” A pesar de su insistencia en la creación, en perversa imitación de Pablo de Tarso, de una religión a su necesidad y conveniencia, González confiesa lo que se  propone negar: el fútbol es el único de entre los deportes que asfixian al planeta en cuyas reglas se encuentra, tácitamente, la autorización a negarse a jugar. En miles de ocasiones se ha visto a equipos ofrecer espectáculos soporíferos en los que, contentos con una victoria parcial, ruegan que los minutos se esfumen velozmente para alzarse con un triunfo concedido por la casualidad de la patada. No son obligatorios ataques ni intenciones de marcar puntos; sencillamente, los jugadores pueden echar la pelota fuera un millón de veces sin que esto signifique sanción alguna. Luego se oye decir a los entusiastas de ese somnoliento fervor que la pesca, la filatelia o el oficio del stripping son tonterías aburridas. González se apresura a barnizar de instrumentos culturales  (expresión que Beatriz Guido utilizaba para elogiar, sin ironías, la histriónica retórica del siniestro José María Muñoz) sus líneas: nos recuerda que Albert Camus había ocupado con hidalguía su puesto de arquero en épocas argelinas. Pudo haber agregado que Faulkner fue fogonero y portero de un burdel; Rimbaud, comerciante de esclavos; Hegel, preceptor de niños acaudalados; Marx, protégé de Engels;  Shakespeare, prestamista. El cantante Julio Iglesias no quiso ser menos y también se detuvo a evitar que los pelotazos perforaran su arco en años mozos; es de lamentar que su carrera deportiva no hubiera sido más exitosa.

Fútbol y banderas

“En algún momento se escuchó a los partidarios de exorcizar los correlatos nacionalistas en los encuentros internacionales, pedir que no se canten los himnos nacionales de los equipos. ¿Se aliviaría así el vínculo entre la selección nacional, la moneda nacional, la bandera nacional y el drama nacional? No, el fútbol ya está destinado a ser una representación colectiva con el hincha en su centro. El hincha es el coreuta exánime capaz de una emboscada o de las últimas manifestaciones de tribalismo lírico que pueden ofrecer las violentas metrópolis contemporáneas. No hay hinchas sin himnos ni himnos sin hinchas”. La resoluta fe en el destino del fútbol, contra el cual el ser humano nada puede hacer sino encender la televisión para presenciar el partido, es de un estoicismo de inmensidad azorada. González olvida la grotesca guerra del fútbol, que enfrentó, a raíz de un match por una plaza en el Mundial de México de 1970, a Honduras y El Salvador en 1969 (y cuyo tratado de paz se firmó sólo en 1980, aun cuando las mutuas matanzas duraran cuatro días); olvida los incidentes diplomáticos entre Egipto y Argelia por las incidencias de un encuentro en 2009 (Egipto retiró a su embajador de Argel), olvida los disturbios en Beijing cuando el seleccionado de China fue derrotado por el de Japón en Julio de 2004. Pueden continuar indefinidamente los olvidos de Horacio González acerca de las emboscadas que se tienden unas a otras las hinchadas de países cuyos cotejos exacerban odios nacionalistas o raciales; tal tribalismo lírico (expresión que, debo admitirlo, me sumió en exánime incredulidad y de la que González no se avergonzó) es el causante de masacres de las que González, seguro en su despacho, puede jactarse de desconocer.

Fútbol

“Cuando decimos Maradona, no somos él, no lo queremos ser ni nadie podría serlo, sino que sin proponérnoslo comenzamos a explorar en nuestra propia incertidumbre el carácter de una época y de un país, fatalidad que nos hace tan parecidos a lo que somos tan diferentes”. ¿Qué lleva a un ser humano, sea éste bailarín, oficinista, docente, escritor o sociólogo, a admirar a personajes tan alejados de su inmediatez y de los que no logra obtener un provecho ni siquiera erótico, lo cual justificaría en completitud su sujeción? La arrebatada psiquis del fanático deportivo sueña que ese esfuerzo distante lo representa en plenitud y lo compensa por la maldición de una existencia polvorienta y hasta imbécil, de un modo nada disímil al hechizo de las estrellas de rock o al de los preferidos del espectáculo. Esa majestad de ídolo sostiene en los tronos de la sociedad a seres precarios, ora hábiles para el traslado de un objeto fetiche, ora bellos hasta la más absurda insipidez que se traduce en su carácter irreproducible: el varón (o la mujer) que se solazan replicando la hazaña sexual de una cinta mas allá de lo confesable  recogen alguna migaja de un producto que ha sido fabricado, como el fútbol, con el exclusivo propósito de ganar dinero. En la líquida tristeza del deporte, tal como sucede con las amigables reflexiones de Horacio González, una vez acabado el ritual, retornamos a nuestra miseria, agigantada por todo aquello que la contemplación de esta pudorosa idiotez provoca en nuestros ánimos de niño.

Hadrian Bagration

Enlace al artículo Maradona y el carácter nacional, por Horacio González, en Página 12:

http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-148670-2010-07-02.html

Para una descripción más tenebrosa de la justificación de realizar un campeonato mundial en la República de Sudáfrica, véase Recapitulaciones de tediosos espantos, en este blog.