Historias breves y violentas

Historias_breves_y_v_Cover_for_Kindle (1)No otra que la holgazanería o la comodidad es la razón de reunir en un solo volumen estas nouvelles. No reconozco ya placer o encanto en estas líneas: la anterior es una manera pudorosa de expresar que he renegado de esta forma de escritura. No, por cierto, de la grata extensión del relato que goza de su brevedad, sino de ese modo de observar el mundo que llamamos estilo y que en mi caso me ha llevado a cierto hartazgo barroco. De apurar una confesión, revelaré que el destino de estas páginas (además del olvido, del justo olvido) es la disgregación en argumentos más exactos, quizás algo mejor logrados, apenas hábiles, seguramente continuadores de la despiadada torpeza literaria en la que abundo.

Mi ignorancia reconoce dos guías en tanto deseable escasez en longitud y la meditada violencia en los relatos: El fin, de Borges (aquél de Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo…) y Patriotismo (de acuerdo a la minuciosa traducción de Geoffrey Sargent), en la que Mishima se deleita en la descripción de dos suicidios rituales (Was this seppuku?– en esa pregunta, realizada en medio de la lenta precisión de la herida, reside el estallido brutal de la conciencia de la propia muerte). No alcanzaré esas metas, no me lo he propuesto. Esperaré, como quien aguarda la vejez, la resignada y serena imitación.

Hadrian Bagration: Historias breves y violentas. CSpace, Octubre, 2014. 128 páginas.

Edición electrónica: Historias breves y violentas. ADS, 99 páginas.

H.B.

L’Heure Bleue

81S6Qkxg93L._SL1500_“Los viejos textos que ha olvidado el escritor son fuente, las más de las veces, de solitario arrepentimiento. El origen de esta nouvelle (ese género tan gratamente circunspecto en lo que toca a la extensión) es antiguo y ya confuso: una serie de lecturas de Thomas Mann y Winfried Sebald me había empujado a la torpísima emulación y a la innecesaria prisa. L’heure bleue fue escrita, sus vaivenes retóricos lo confiesan, en algo más de una semana, en un verano bajo un sol que no era el de York, en el año 2007. La redacción, que no es dichosa, se presentó accesible; el más grávido de mis errores fue ensayar un final que revelara un asombro. Fracasé. Parcialmente debo a esa derrota previsible esta versión, de renovada impotencia estética pero menor ambición narrativa. Prodigué indiferencia a ese primer intento hasta la mitad de 2011; fue entonces que cedí a la tentación de publicar. El carácter inofensivo de esa mínima vanidad me absuelve de justificar, en las páginas que siguen, las correcciones y omisiones, las interpolaciones y modificaciones que opté por operar. La literatura es una forma pública de intimidad: carente de propósito valedero, el escritor se empeña en mejorar una creación que será siempre pródiga en imperfecciones. De haber sido el universo obra de una inteligencia inmóvil (no lo es), quizás el oficio de escribir fuese secreta imitación de esa larga, divina contrición.”

“No hay, la comprobación es evidente, paraísos que nos sean fieles, pero contamos con la colaboración de obcecados infiernos. Puede la vida de un hombre ignorar por completo aquello que lo hará feliz (un consuelo será, quizás, imaginarlo), pero el mundo es pletórico en desgracias, algunas de ellas excéntricas. He intentado prefigurar una realidad en la que la dicha poseyera creciente declinación y su antónimo, además de reiteración incremental, omnipresencia. He pensado en una hora hospitalaria pero vacía, la azul; la he poblado, aun sin destreza, de escenas incómodas y de inmensas soledades que se rehúyen. Finalmente, he deseado olvidarlo todo y renunciar para siempre a la redacción de esta obra, si es que esa palabra puede ser usada para estas páginas.”

“En nuestra casa múltiple y común, el pasado, mi hora, la que es más cara a ciertas borrosas nostalgias, es la mitad de la tarde, la quietud de la siesta adornada por la ensoñación, un acto lúbrico o la esperanza de una noche de modesta magnificencia. L’heure bleue pasó por mi vida, jornada tras jornada, casi sin huellas.”

H.B.

Hadrian Bagration: L’heure bleue. CSpace Editions, Scotts Valley, California, 2014. 56 páginas.

Edición electrónica: L’heure bleue. ADS, Seattle, 2014. 48 páginas.

La hermana menor

Jan Veemer: Mujer sentada al virginal, 1972. National Gallery, Londres.

Jan Veermer: Mujer sentada al virginal, 1672. National Gallery, Londres.

Era un policía viejo, amante del monólogo. Era su agrado el relatar anécdotas antiguas; quizás creyese que de ese modo sus años útiles, tímidamente, despertaban. No había ocasión en la que no ofreciese a juicio de la audiencia su caso más extraño: el de aquel escritor, cuya fama asomaba segura, y que cuando fuera preguntado acerca de qué mujer escogería, si le fuese concedido el deseo de elegir aquélla que desease sin límite alguno, deslizó el nombre de una bella y madura clavecinista que vivía en París. El reportaje se difundió; una semana más tarde un billete de avión hacia París llegó a su puerta. El escritor aceptó el reto: voló a Francia y los novísimos amantes se presentaron el uno al otro en los jardines que poseía la mujer cerca de los Elíseos.

El enlace se celebraría con una exhibición íntima: la novia tocaría para una mínima y selecta multitud entre la que se contaba algún ministro ávido de imágenes. Cercano el instante de principiar, la mujer alegó una indisposición. Apenados pero comprensivos, los asistentes se retiraron obsequiando deseos de pronta recuperación y de dicha. El asombro, sin embargo, crecía: la intérprete cancelaba conciertos, se negaba a las grabaciones; jamás se la oyó tocar otra vez. Los críticos culparon al esposo: ninguna otra causa se sospechaba obstáculo entre el arte de la concertista y su público. Harto de las habladurías, el escritor se arrojó al paso de un tren. La viuda lo lloró en un entierro silencioso: su último homenaje fue un inmóvil clavicordio cubierto por un velo oscuro, sobre el que juró no volver a posar sus manos o mirar. Moriría un par de años después.

El acto final de la comedia (son palabras del viejo policía) ocurrió mucho más tarde, tal vez una década, cuando la casona de la mujer en los Elíseos se reformaba tras una venta. De debajo de la húmeda tierra de los jardines surgió un cadáver: la paciente investigación decretó que se trataba del cuerpo de la mujer que el mundo había admirado merced a su música; la autopsia reveló muerte por veneno. La ciencia permitó un examen más rígido y una precisión más tenebrosa: quien yacía en un glorioso ataúd en un cementerio de París era otra mujer, hermana menor de la clavecinista. El parecido había sido colosal: el viejo policía  (en este punto, orgulloso de su hallazgo) reconstruyó la historia: la sombra de la inmensa hermana mayor había pisoteado a la menor por más de medio siglo; de su existencia ni siquiera había habido más que noticias vagas; tal vez la razón fuese el humilde y aun bastardo origen de ambas, que la fama de la mayor se había afanado en disimular. Era deducción del viejo policía que el envenenamiento había sido espontáneo: reemplazar a la hermana mayor fue impulso crecido del deseo de suplantarla no sólo ante el clavicordio, sino en el lecho; es casi seguro que antes del hombre que voló hasta París la hermana menor no había conocido varón. El escritor, de cuyas páginas casi ni memoria ha quedado, quizás no sospechó nada, nunca.

H.B.

Navidad

4110vIzS8tL“Hallado en el vacío cuarto que Hiram Prado legó para extraños luego de su muerte, el manuscrito, leído hoy, resulta profético. No hay consenso sobre su autor: hay quienes sindican a Prado como aquél que compuso las dolorosas líneas; otros afirman que las dictó; no faltan quienes aseveran que se trató de un plagio o de un robo. Prado, nos recuerdan sus detractores, había ejercido un oficio despreciable pero cercano a la literatura: esa sombría familiaridad le habría enseñado, aun involuntariamente, ciertas astucias. La fecha (la que corresponde a la redacción), si bien se supone reciente, es incierta. Quizás le llevara una noche, la anterior; quizás fuera una labor paciente y secreta.”

“Hiram Prado menciona escasos datos firmes: unas cuantas dataciones, una ciudad, nombres sin demasiada precisión. El hábito del secreto y el hábito del disimulo lo habitaron hasta el final. Es posible que creyera que ciertas revelaciones incómodas pudieran perjudicar a los nombrados, pero quiere la coincidencia que ninguno de ellos, al menos según el relato de Prado, more ya entre los vivos. Los párrafos de Prado son un diálogo de muertos, un coloquio detallado y hasta cruel con quienes lo esperan (la sentencia es de Borges) del otro lado del mármol. La metáfora sonará risible a oídos de quienes conozcan vida, muerte y destino de Hiram Prado: no acabó, ni en memoria ni en cuerpo, en tumba digna.”

“Hiram Prado, hacia el fin de sus horas, padeció una insana pasión por la confección de desordenadas listas de libros. Los títulos figuran, no así los autores, que probablemente Prado ignoraba o aun quería ocultar; hemos resaltado su propensión a la sombra. Por accidente o designio del destino, esas listas ya no existen: un descuido de investigadores o forenses, o quizás la inclemencia del azar, ha borrado su acalorado trabajo. El lector curioso hallará satisfacción: en varios párrafos Prado confiesa, aun acudiendo al arte de la máscara y al de la justificación, el origen de la locura. No dejó de advertirlo un comentador: pesaba en la conciencia de Prado la irreparable ofensa a esos volúmenes; a excepción de una o dos víctimas (su padre no es una de ellas), su remordimiento por el sino de las gentes es tan frío como en lo que respecta a su propia suerte. Tienen razón quienes afirman que a la hora de escribir su testamento (según la grata expresión de García Jurado) Hiram Prado ya no creía pertenecer a este mundo.”

“La versión presentada aquí no contiene omisiones; nada hay ya entre las líneas de Hiram Prado que solicite discreción. Hemos preferido omitir las notas al pie de las ediciones anteriores, ya que las conjeturas sobre nombres y personalidades se han mostrado contradictorias y aun falaces (los razonamientos etimológicos han sido particularmente baladís). Como posfacio (bella palabra que la Academia se rehúsa, quizás fundamentadamente, a habilitar) se incluye una brevísima relación del texto que indujera a Hiram Prado a decretar tantas caídas en desgracia, aun la suya propia.”

Hadrian Bagration: Navidad. CSpace Editions, Scotts Valley, California. 42 páginas.

Edición electrónica: Navidad. ADS, Seattle.

El imperio de Alejandro

Charles Le Brun: Alejandro en el Hidaspes, 1673. Musée du Louvre.

Charles Le Brun: Alejandro en el Hidaspes, 1673. Musée du Louvre.

Sometido Poro a orillas del Hidaspes, Alejandro ordena avanzar sobre otro río, el Hyphasis, y acometer al próximo reino bárbaro. Los soldados ceden al temor: la tierra es húmeda y oscura, las lluvias constantes los envuelven en un hálito putrefacto; desean el regreso a casa. El ejército coquetea con el motín; Alejandro responde con astucia: se encierra en su tienda y no consiente en ser visto por tres días (la cifra, aplicada a otra leyenda, será profética). Sus generales se inquietan; visitan tímidos la tienda y preguntan al gran rey si algo necesita. Ser obedecido, contesta Alejandro. Las tropas se resignan; miles de mensajes son enviados a Grecia, entre lágrimas: la Hélade será un recuerdo aun para los que en esos suelos cenagosos moren como fantasmas. Alejandro traspasa el Hyphasis y a su encuentro acude el total de la fuerza del imperio nanda: doscientos mil infantes, veinte mil jinetes, dos mil carros, mil elefantes. Los macedonios morirán con honor en medio del cieno y del fragor, pero antes de la embestida de las hordas Alejandro, la cabeza descubierta y sus cabellos rubios flotando sobre el huracán, se lanza a la guerra junto a un puñado de hetairos, casi solo. Tantos siglos después Shakespeare hará que Enrique V emule esa carga en Agincourt. Las falanges murmuran que en la punta de la lanza de Alejandro el brillo que enceguece a las primeras filas de los indios no es sino un destello del rayo, y el rayo es Zeus. Veinte mil hoplitas rugen el nombre del padre de los dioses y avanzan, casi a la carrera. Las flechas de los arqueros enloquecen a los elefantes; los caballos de los indios se derrumban, los carros son aplastados, mueren los infantes, los jinetes ruegan una montura para la huida. Sin perder un solo hombre, Alejandro es señor de la India, desde el océano hasta los Himalayas. Entra en la capital, Pataliputra, en donde la nobleza lo recibe con la prosternación. Tardará cinco años en dominar el sur, desde la meseta del Decán hasta Ceilán. Luego, su historia se pierde.

Dos versiones surgen: una habla de un voluntario regreso a Babilonia, en donde morirá, tras apacible vejez, hacia el año 286 antes de la Era Común. Otra afirma que su sed no se apagó en las aguas de la India y que su tropas, compuestas por hombres de todos los colores, prosiguieron hacia el Este. Murió parcamente. Fue enterrado bajo una sencilla tumba, quizás en las laderas del Hindu Kush, el Caucasus Indicus. Quizás haya querido que su lugar de reposo fuera secreto.

Dos siglos transcurrirán hasta que el imperio de Alejandro bordee las posesiones de los Chu. Cien años tomará la conquista de China. Es una época de rebeliones, revueltas y revoluciones en el imperio más vasto; finalmente todas son aplastadas. Hay paz, y la leyenda asevera que Alejandro reina, imperturbable, en la lejana Babilonia, a la que los habitantes del Este del inmenso reino imaginan como ciudad de magos y de prodigios. En el Occidente, los cortesanos negocian el reparto del mundo con Roma: las tierras al oeste de Grecia corresponden a los latinos; el inconcebible mundo oriental es macedonio, es de Alejandro. El Senado se pregunta si firma tratados con un espectro; Alejandro sólo parlamenta a través de embajadores que jamás lo han visto. Hacia lo que para nuestra cuenta del tiempo es el siglo XVI, los macedonios (sus descendientes, ya asimilados con persas, indios, tibetanos, gentes de la China, gentes de la Corea, mongoles, sármatas, escitas) bañan sus pies en el mar del Jumon, que los pacientes geógrafos denominan Yamato.

La orden llega con tardanza de Babilonia: al igual que Roma, el dominio de Alejandro será un imperium sine fine.  El 22 de mayo de 1703 ochenta mil hoplitas, diez mil hetairos, quinientos elefantes y cientos de máquinas de guerra desembarcan en lo que hoy hemos bautizado el Japón. La visión de los paquidermos aterroriza a los caballos de los samurái. Orgullosos del coraje individual, ignoran el combate en formación: una arremetida brusca de los hoplitas los desbanda. Se fuerza el suicidio del emperador para evitar su captura y su vergüenza; Kyoto es ocupada. Un contingente al mando de un general de razonable ascendencia macedonia pone sitio a Osaka; la atemorizada ciudad sucumbe. El general, cansado y polvoriento, bebe agua de un manantial. Una pareja se acurruca tras unos arbustos; para darse valor, cada uno empuña una daga con la que matará al otro. El general interrumpe la escena y los conmina a aceptar su presencia. Pregunta sus nombres a través de un intéprete: Tokubei es el varón, ella es Ohatsu. Él sirve a un mercader, ella a un burdel. El día de la invasión griega era el de su ejecución : Tokubei había sido falsamente acusado de robar la dote de la prometida que le había sido destinada, y a quien no ama; es reo de muerte, ella será marcada con el fuego y destinada a la servidumbre. Han resuelto, bajo la oportuna ocupación de los bárbaros más allá del mar, morir juntos.

Es viejo el general. Ha nacido en tierras de China, poco o nada conoce de esa leyenda dentro de la leyenda que es Grecia, y la leyenda de las leyendas, Babilonia y Alejandro. Se dirige con autoridad a los amantes: Vuestra felicidad tiene un precio. Llevaréis este mensaje a Babilonia, la guardia os guiará. Diréis al emperador que el Yamato es suyo, que yo existo y que le deseo, más allá de mi vida, aún más gloria. Comed, bebed, descansad. Mañana partiréis. Antes de despedir a la pareja, manda traer a los falsos acusadores: los hace crucificar. La justicia del Japón bajo gobierno macedonio será áspera. Tokubei y Ohatsu, en la madrugada, inseguros de su destino, hacen por primera y quizás última vez el amor.

Acompañados de un centenar de soldados, la pareja cruza el mar del Jumon hacia tierras coreanas. Desde allí emprenden el viaje que les tomará, casi exactamente, cincuenta años. Al final de la quinta década, solos (todos los soldados han muerto), ya ancianos, Babilonia abre sus puertas y permite que se postren ante el emperador, que no es sino un hombre al que llaman Alejandro; todos han sido llamados Alejandro, todos lo serán. Comunican el mensaje, conocen ahora docenas de lenguas: Yamato es provincia de Macedonia, el viejo general ha servido con eficacia y fidelidad. Alejandro, el que es ahora Alejandro, ofrece agasajarlos. Ellos cortésmente rehúsan: están enfermos y débiles, sólo piden la gracia de morir juntos, como en esa antigua madrugada en la que se unieron con el fervor de sospechar que era el goce último. A la mañana siguiente los hallan abrazados, sonrientes, muertos. Alejandro ordena que sean enterrados en su jardín, que es magnífico, y que un árbol sea plantado sobre su tumba. Cien años después, Alejandro, un otro Alejandro, consagra a los dioses el árbol, del que asoman dos flores que, como el imperio, no tienen fin ni principio, ni jamás se extinguen.

H.B.

 

Los cabellos de Hera

Annibale Carracci: Júpiter y Juno, 1597. Palazzo Farnese, Roma.

Annibale Carracci: Júpiter y Juno, 1597. Palazzo Farnese, Roma.

Walter Burkert (Griechische Religion der archaischen und klassischen Epoche, 1977) refiere que la fábula es antigua: en Agrigento, una mujer posee un hato de cuerdas que, al ser aplicado sobre un rostro, restaura la belleza y la juventud. Utilizado con prudencia, el prodigio podía atenuar las dificultades de la vejez. Su origen, sugiere Burkert, se remonta a tiempos en que Heracles caminaba entre los mortales: ya unido a Hebe, llega a sus oídos que una enorme serpiente encierra entre sus anillos a pueblos enteros en la lejana India, allí donde Alejandro había querido penetrar. Hebe intenta retenerlo pero la sed de Heracles por sumar victorias es más grande; se embarca hacia el Decán.

Zeus dormita. Hera se ha engalanado, le ha dado de beber y se le ha entregado; segura de que el sueño de su señor es largo, Hera soborna a Poseidón. Los mares se embravecen; al unísono se abaten en huracanes sobre la nave de Heracles. Sabedor de que su muerte está próxima, Heracles recuerda a Hebe y recita las últimas líneas de un poema, algo tosco, que para ella ha compuesto; morir intestado amarga su valor. Hebe escucha su canto y corre hacia su padre. Zeus despierta. Una mirada hacia el mundo lo hace comprender todo: con un rugido envía a Poseidón a ocultarse entre rocas. Las aguas se calman; durante meses no habrá barco capaz de navegar en ningún océano de la tierra.

Hera tiembla, pero Zeus se ha cegado: desploma sobre ella castigo (Burkert obvia descripciones rotundas). Sobre la Magna Grecia pende la diosa, cabeza abajo, como los criminales: para los mortales serán momentos; Hera sentirá que han transcurrido siglos. Una mujer, tímidamente, se acerca a la sollozante cabeza de la desgraciada esposa de Zeus Olímpico y corta un puñado de cabellos. Será bella para siempre. Cuando fallece, el amuleto, cuyo secreto se desconoce, es enterrado con ella. El árbol que ha crecido sobre la tumba nunca muere.

H.B.

Crucifixión

Fyodor Bronnikov: Esclavos crucificados, 1878. Galería Tretyakov. Moscú.

Fyodor Bronnikov: Esclavos crucificados, 1878. Galería Tretyakov. Moscú.

Acabada la masacre del río Silario, Craso inquiere sobre el destino de Espartaco. Le informan que nada se sabe: los cadáveres han sido examinados con paciencia, los moribundos rematados, los prisioneros esperan de rodillas un final cruel y próximo, pero no hay indicio del rebelde. Craso decide que un castigo ejemplificador elevará su fama y le abrirá las puertas del consulado en Roma: seis mil esclavos son crucificados en la longitud de la Vía Appia entre Capua y la capital. Antes de regresar a su villa, Craso, que se ha asegurado de que no haya sobrevivientes, deduce que o bien Espartaco ha muerto en la batalla o pende ahora de una cruz. Qué más da.

Silenciosamente, Espartaco ha cruzado el río junto a un grupo de fieles y ha huido antes del comienzo de la sangre. Les dice que seguirá solo, que ha recibido mensaje de un alzamiento servil en Crotona, hacia el Este, y que acude a negociar una alianza con sus líderes; unirán sus fuerzas, derrotarán a Craso y marcharán sobre Roma; en un año harán que sus antiguos amos los reverencien como a dioses. Espartaco desaparece en la madrugada.

Transcurridos casi veinte años, Craso ambiciona el poder que Roma vende y se embarca en la conquista de Partia; allí morirá, pero aún no lo sabe. Se dirige a Siria. El ejército bordea un pequeño pueblo; Craso exige agua y comida en un mercado. Un hombre ceniciento se apresura a servirlo. El alimento desagrada a Craso; a gritos ordena ser atendido como el imperator que es. Otro hombre, fornido, de viejas canas, lo tranquiliza; trae sus mejores manjares y promete castigar al servidor que ha hecho mal su tarea. Craso, apaciguado, pregunta por el nombre del mercader. Espartaco, que se siente seguro tras su oficio de comerciante de esclavos, habla falsamente. Ignora que Craso lo ha reconocido al llegar, que ha instruido a sus soldados a rodear la finca. Espartaco es aprehendido. Algunos de los hombres que ha comprado o vendido lo aprecian; otros lo injurian, ha sabido ser veloz con el látigo y terco con el hierro y el fuego.

Craso manda construir una cruz.

H.B.