L’Ormindo

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Anónimo: Función de ópera en teatro barroco. Fines de siglo XVIII. Colección privada.

Siempre el recuerdo más grato es el primero: fue el seis de Febrero de 2015 que llegué a Londres desde París con apenas unas cuantas horas de ventaja para asistir, en medio de silencio y penumbra, a una función de L’Ormindo. Los cambios se me antojan onerosos: cuando supe que del original italiano la ópera se cantaría en inglés me inquieté. Vanamente: la traducción fue espléndida. Observa Kundera que no hay estricta reparación pues no habrá injusticia que no sea olvidada; es verosímil deducir que sucederá lo mismo con la belleza. Quisiera, entonces, rescatar, aun por una humilde e ínfima porción de porvenir, un instante de esa tarde.

Un hombre en los albores de la vejez y en la cima de su poder es traicionado por una mujer que aún goza de juventud. El ofendido condena a su cónyuge y al cómplice de ésta a la muerte: beberán un veneno y entrarán, como entraron Paolo y Francesca, a los infiernos. Un fiel servidor, que no ignora que el adolescente y audaz amante de la joven no es sino el hijo del gran señor, troca los venenos por adormideras. Se desploman lentamente, juntos. Es cuando al hombre, entristecido por la irrevocable pero justa sentencia (los temores de la época así lo exigían), le es entregada la carta que revela el lazo filial. Cae de rodillas, el cadáver de su hijo yace a unos pasos. La cabeza hacia abajo, los brazos cruzados sobre el avergonzado pecho, el hombre grita, según el perfecto libreto de Giovanni Faustini: My son! My son! You were so worthy! Durante la eternidad de un minuto el Globe duerme el perenne sueño de los amantes condenados: nada se mueve, ni siquiera la luz; nada se oye, ni siquiera la sombra. Momentos después el servidor celebra el engaño, los enamorados despiertan y el argumento avanza hacia el final venturoso.

Quienes compartimos ese minuto en el Globe, regocijados por Cavalli, Faustini, y quizás por Shakespeare (A horse! A horse!) estamos secretamente hermanados por una alegría profunda que aunque ya haya sido olvidada no acabará nunca.

HB

Hombre en el jardín

Édouard Manet:  Maison à Rueil, 1882. National Gallery of Victoria, Melbourne.

Édouard Manet: Maison à Rueil, 1882. National Gallery of Victoria, Melbourne.

Hacia el fin de la primera década que me fue dado vivir yo era un niño de suprema timidez; no es exagerado deducir que la esmerada introversión era acompañada de cierta desdicha. El azar me había hecho conocer Buenos Aires, que hasta entonces había sido un nombre ajeno en un mapa. En una casona antigua, cuyas ruinas quizás hoy no se yergan, se me proveyó de una (para ese entonces) voraz biblioteca, unos cuantos cuartos misteriosos y un jardín. Educado entre cemento y metal, yo eludía la tierra y el pasto y emprendía la lectura de unos cuantos volúmenes noir (la inevitable y efímera admiración por Chandler y el mundo de las sórdidas amistades masculinas que el impúber añora). Ese tedio agradable justificaba cierto verano tórrido en el adormecido suburbio de Adrogué.

Marcelo fue mi primer amigo. Era demasiado mayor, demasiado corpulento y demasiado afirmado en la vida como para ser, para mí, un par, pero (esta revelación fue posterior) el lazo que me ofreció fue una forma de la cortesía para un niño que estaba solo. Yo creí como creen los creyentes en esa condescendiente amistad y me ensoberbecí de ella, mas en mis adentros no podía dejar de agradecer y admirar esa esplendidez maravillosa. Marcelo me llevó a conocer el jardín y otras vías de la aventura: las calles aledañas, las casas vecinas, los venerados baldíos y la oculta belleza nocturna de los arrabales que se juzga ahora perdida. Mezclaba el afecto lacónico con cierta rusticidad, como los duros hombres de Borges, pero tiempo más tarde razoné que ese only child que había crecido en medio de cariños estrictos hacía así sus primeras armas en el arte de la paternidad: fingirse mi amigo era disfrazarse de padre y permitirme conservar al niño que se desdibujaba entre libros y sinsabores. Cuando debí partir, me obsequió mi primer libro de ciencias. Güiraldes había sabido describir, sin conocernos, la despedida: son las últimas palabras de esa novela famosa.

Quizás el destino no fuera jamás tan avaro con alguien tan generoso: Marcelo ejerció con fanatismo su dedicación a la medicina. No obstante, conoció con rabiosa perfección los efectos de las miserias humanas, en especial la traición y la injusta indiferencia (para quien es varón sensible bajo el ropaje de la parquedad, esta última es especialmente atroz). Sorteó los designios de una enfermedad ruin. La última década que le fue dado vivir lo halló escéptico y feliz, rodeado de grata mujer y de hijos, y el reencuentro trocó nuestros lugares: yo era hombre ya, crecido o envejecido, y Marcelo un niño huraño e inmerso en el universo cuidado y misterioso que fue su jardín: su oficio y su amor y su prole, y al que me asomé demasiado brevemente.

Unas líneas amargas desploman la noticia: Marcelo ha muerto. Sobreviene, entonces, el inicio: un niño solitario y desdichado añora la seca amistad viril, la casona y las calles en los suburbios de Buenos Aires, y el jardín, pero sólo recibe la silenciosa despedida, un libro al que no sabrá dar buen uso, y, como quiere Güiraldes, esta vez eternamente, se desangra.

H.B.

Xmas

Harry Roseland: Christmas Morning, 1915. Colección privada.

Harry Roseland: Christmas Morning, 1915. Colección privada.

Compartíamos una Navidad helada. La mujer, que ciertamente había bebido de más, se me acercó y preguntó por mis recuerdos. Recurrí a una frase de Martínez Estrada: Temo tocarlos, porque están casi rotos. La mujer interpretó la broma como una afirmación de ausencia de fe: me aleccionó acerca de la voluntad divina, del origen del cosmos, de la Trinidad y del carácter sacro de esa jornada. Pensé en proseguir la broma y declararme arriano, pero había algo de sequedad en esa voz que me rogaba suscribir los mitos; hacerlo se parecía más a la lástima que a la pereza. Finalmente, la hora de los obsequios llegó.

El hombre nos suplicó complicidad: abrió la puerta de la casa y dejó el inmenso regalo fuera. Cerró la puerta y gritó a su hijo que la sombra de Santa Claus huía de los alrededores del hogar. El niño tendría unos ocho años. Abrió la puerta, halló el regalo, y con dudosa felicidad destrozó la envoltura. Miró a su padre con sospecha. Era evidente que la comedia podría mantenerse por poco tiempo.

La mujer acercó su boca a mi oído. Con voz muy tenue, susurró: ¿Lo ve? No desea dejar de creer. Me sonrió e insistió, con idéntica voz: Aún quiere creer.

H.B.

Bagration: Years of Displendour: Public cultural journals

Anónimo: L'Escalade à Genève, 1602- (1622-1626. Del libro: Journal de temps de L'Escalade.

Anónimo: Ginebra: L’Escalade à Genève, 1602, (1622-1626). Del libro: “Journal de temps de L’Escalade”, página 183.

Si bien el descubrimiento fue obra de un terco, minucioso biógrafo que exploró con desesperanzado tesón la casa de la Rue de Rois, tan próxima al cementerio, ese triángulo obsequioso a la ascética arquitectura de las calles que es limitado por el Boulevard de Saint Georges, los irregulares diarios en los que Bagration consignó sus desganadas apologías intelectuales durante tres inútiles décadas son perpetuo campo de batalla para dos duraderas cuestiones. En honor al trivial carácter del asunto, unas cuantas líneas bastarán para permitirnos esbozar cierta intrincada deducción.

Muerto en Ginebra en Diciembre de 2044, Bagration legó pobre herencia, artística y pecuniaria; su contribución más apta fueron los impuntuales diarios en los que redactó con usual temblor los vaivenes de sus opiniones, repetidas hasta el hartazgo en páginas menos valiosas aún. El uso de la palabra cultura le mereció una aclaración: furiosamente antiestructuralista y seguidor ferviente de las férreas doctrinas de Popper y Sokal, desdeñó Bagration la concepción cultural apresuradamente pergeñada por los discípulos de Lévi-Strauss, más afines a la germánica Kultur que al concepto tradicional (quizás vetusto) de la Ilustración. No le ganó esa testarudez simpatías sonrientes. El valor literario, histórico, aun científico o grato a las efemérides de esos diarios es nulo, pese a los endebles esfuerzos de esos dispersos partidarios a los que ofreció, parsimoniosa y persistentemente, desilusión. Poco más queda decir al respecto.

La segunda de las cuestiones es sólo un rumor: el exégeta que quitara de las páginas de esos envejecidos cuadernos el polvo sospechó de la existencia de otros diarios, más personales, más lúbricos (es sabida la pobreza de la vida íntima de Bagration), tal vez rayanos en la fantasía o en el delirio. Hubo quien se alarmara: la inclusión de un nombre o una referencia en esas amarillentas páginas podía equivaler a desmedro. La leyenda quiere que el paciente compilador de los diarios (su nombre es de escaso interés) gozara de vida muelle no en razón de su trabajo como editor, fabricante de notas al pie y prologuista, sino gracias al diestro oficio de censor; aquello que no ha llegado hasta nosotros, aquello que ha sido omitido, aquello perdido y no olvidado sino jamás conocido será quizás lo menos desdichado que Bagration escribiera en horas solitarias en Ginebra. Nada cuesta imaginar grávidas montañas de dinero trocando manos a cambio de mínimas piras en las que se extinguieron párrafos incómodos junto a un cadáver aún tibio. Nunca lo sabremos.

Hadrian Bagration: Years of Displendour: Public Cultural Journals 2014-2044. 

H.B.

Hilda

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Albert Anker: A la luz de la vela, 1875. Colección privada.

Suele ser una fortuna el gozar de los encantos de la ambigüedad. En su niñez, menos dramática de lo que su crónica tiende a exagerar, Truman Capote fue malcriado por su tía y su prima maternas, Edna y Nanny Faulk. La infelicidad personal de esas mujeres se tradujo en férreo amor por Truman, cuya madre era, en su afán por lograr ansiado ascenso social, olvidadiza. Edna y Nanny intercambiaban silenciosamente grados de parentesco en sus cotidianos puestos en la cocina y los jardines de una finca del profundo Sur de los todavía borrosos Estados Unidos de la primera posguerra.

Tantos varones crecemos rodeados por el afecto constante de tantas mujeres que remedan (algunas hasta la perfección del rol) la maternidad, y alguna que otra distante y rígida presencia de hombre. Invariablemente acudimos a ese término múltiple, tía, que designa sin precisión a primas mayores, primas lejanas, aun vecinas. En esos matriarcados mansos anidaron gentes notables: Reinaldo Arenas, Vargas Llosa, Capote, Lovecraft.  A pesar del carácter pacífico de esos hogares, los destinos que luego se abren para quienes maduran son harto distintos, aun trágicos.

La décadas decretan que los años deban consumar sus puntuales asesinatos. Ocupados en esa tarea rústica que es el vivir, destruimos el espejo que refleja al niño solitario que fuimos, al que la paciencia y la piedad de las entonces jóvenes tías rescataban de la siesta; con esa dureza intentamos devolver los golpes que rutinariamente inflige el mundo. Un mensajero nos informa que la delgada y esbelta tía Hilda muere; durante unos instantes perplejos somos nuevamente un dulce, una taza de té y un juguete; tan poco era necesario para provocar nuestra gratitud y nuestro fervor. El universo se despoja de tías, de lejanas primas y de madres encarnadas y frágilmente poderosas, y comprendemos, con amargura y cierta resignación, que hemos quedado algo más solos, como quienes oyen la lluvia.

HB

 

 

El sueño de Nadia en Praga

Oskar Kokoschka: El Karlsbrücke en Praga, 1934. Národní galerie, Praga.

La literatura de Reinaldo Arenas contiene, en ese volumen que a toda persona sensible a los caprichos de la belleza le está vedado desconocer, Antes que anochezca, noticia de su improbable y feliz (adjetivos con los que es posible calificar a tantas cotidianas felicidades) arribo a Nueva York. La desilusión, en cualquier historia vital, es sólo cuestión de tiempo, y le llegaría a Arenas con prontitud; las semanas que esa crepuscular sensación demoró en presentarse ante él fueron, como lo es la euforia antes de la lágrima, el preámbulo al principiar de su derrota. No sería Nueva York la ciudad más luminosa para Arenas, mas le era provechoso escogerla por sobre la epidemia de tiendas que constituye Miami, la ajena sal del Pacífico o el lento veneno del racismo del profundo Sur de su admirado Faulkner. Barcelona y París habitaban tras el muro que separaba a su pobreza de Europa; de igual modo, gobiernos que no eran convencidos adversarios del castrismo atemorizaban un poco el nocturno escenario que recreaba su celda y su tortura.

Como el choque de dos cuerpos en la antónima tibieza de la carne en la frialdad de un cuarto al alba es que una ciudad sin certezas nos recibe en el claroscuro de sus avenidas a la madrugada. De ella se espera una recatada apertura a nuestro deseo que quiere detenerse en el detalle de cada ventanal en donde dos soledades se hacen el amor a la sombra; de nosotros, la condescendencia de actos breves, corteses y furiosos, como los besos.  Fue en el Karlsbrücke de Praga, sobre el Moldava, que una mujer de belleza vistosa me sonrió; no la atraían mis encantos, sino la oportunidad de trocar los suyos en metálico. Es la extensión del puente la de unas cinco cuadras; por la noche su piedra regresa al Medioevo y a la salmodiante soledad del río en la tiniebla. Mademoiselle no se había sometido a rudimentos de inglés o francés; su alemán era torpe y mi checo, horrísono. Miénteme tu nombre, alcancé a susurrar mientras lograba la leve desnudez que la luna sobre el puente consentía. Ella dijo llamarse Nadia; yo bromée una tonta jactancia que sonaba a español, y que pareció, sabiamente, no entender. Acabados los esfuerzos, le ofrecí tomar de un cúmulo de billetes los que su necesidad dictase; simplemente apartó el precio convenido e instaló de nuevo en su rostro una pública sonrisa, que los hombres deseamos única.

El día final de mi estancia en Praga caminé con respetuoso ritual hacia el Karlsbrücke a la luz de la penumbra que destila la vejez de la ciudad. Nadia dormía sola, con su cabeza sostenida por la inflexible piedra del puente; el benigno verano del aquel año se dignaba a obsequiarle esa cama señorial y extensa que no había sido pensada para ella. En el hueco de una de sus manos coloqué la sagrada cifra del intercambio; sus finos dedos disimularían esa módica posesión hasta que asomase la incomodidad del fin del sueño. Ese egoísmo último quiso condenar a Nadia a perder, sin tristeza, desde mi cara hasta mi voz, desde mis sutilezas tediosas hasta los atosigados idiomas que con ella intentara; no olvidaría, quizás, que de mí su memoria extraviaría, como Arenas de tantos amantes y tantos amantes de él, mi nombre.

Hadrian Bagration

Miércoles de cansancio

Agnes Jorgensen: Sleeping giant, ca. 2005. Colección privada.

Dies Mercurii en su origen más rancio, la jornada de Odín (Woden’s day) en la germanía, el miércoles son las horas en las que comienza a asentarse ese estado de sinceramiento vital que llamamos fatiga. Recorrer una ciudad para hallar o conceder alivio, cuanto más enorme e impersonal ésta, tanto mejor, es una forma accesible (pienso en la palabra inexpensive) de vagar por el mundo; en cada urbe conviven todos los tipos humanos, es probable que en cada hogar así suceda, y hasta en cada individuo, dadas las suficientes garantías de anonimato.

Una dolencia mansa me enfrentó hoy a un profesional de la salud. Sartre acertaba al explicar cómo los oficios se encarnan cual divinidades pícaras en quienes los ejercen, y les insuflan una voluntad que borra el poder del capricho del humano. La medicina es un retórico género menor cuyos asertos no admiten réplica y que posee el monopolio del combate contra el dolor corporal; para aquéllos que lo han padecido en sus variantes más impiadosas, el único que existe más allá de las fantasías en las que se disuelve la angustia. El médico suele ser una composición de voz amable, porte docto, amigable o sereno según el caso, recatado hasta los límites de la probable rectitud; se le exige ostentar ese credo flexible con el que fustigamos a quienes nos ofenden y que denominamos ética. Una zafia característica hermana, sin embargo, a casi todos los vastamente ramificados discípulos de Hipócrates: en su opinión, hartos de ser importunados por recurrentes ayes, todos los sufrimientos son prolongables por oscuro designio de la todopoderosa enfermedad; la muerte del dolor es, por desgracia ajena a sus voluntades, un hecho siempre aplazable.

La a veces solitaria fiesta que nos ofrece la juventud declina cuando en nosotros asoman los primeros síntomas de ese inmisericorde crepúsculo que conocemos como cansancio. Llega el instante en el que la caída del sol marca el fin del día y no su comienzo eufórico y nocturno. El sueño deviene una telaraña de la que no nos debatimos para escabullirnos; más bien, dormimos ansiando que las tinieblas se extiendan, que nadie llame a la puerta ni nos sacuda el hombro, que esas tareas que no podemos ahuyentar, como la mordedura del dolor, nos dejen en paz.

Days become uneventful as we grow old; es sabido que no somos nosotros quienes estamos hechos de tiempo, sino él quien se compone de la vulnerabilidad y de la refulgente impureza de nuestra materia; sin humanidad, el tiempo no sería. Es para honrarlo que vivimos, y para arriesgarnos al albur de que mañana haya alguien, el tiempo lo quiera, que se apasione con nuestra fragilidad ante el dolor y con nuestro cansancio.

Hadrian Bagration