Palimpsestos III: Ensayo sobre la normalidad de la idiotez

Daisy Rockwell: Retrato de Lady Macbeth, sin datación. Colección de la autora.

En el mes de Enero de 1936 Josef Stalin asistió a una representación de la ópera Quiet Flows the Don (El Don fluye apacible) del compositor ruso Ivan Dzerzhinsky, quien basó su drama musical en un libro del mismo nombre, de disputado autor, puesto que las historias de la literatura dan por cierto que fue escrito por Mikhail Sholokhov, en tanto el muy notable y en ocasiones muy equivocado Alexandr Solzhenitsyn (no es el único) lo atribuye al más talentoso y desconocido escritor cosaco Fyodor Kryukov. Pocas dudas subsisten en lo que toca a la autoría de la historia: Sholokhov fue un oportunista advenedizo escogido por Stalin para cantar loas al golpe de Estado que tuviera lugar en Rusia en Octubre de 1917 y que encumbrara a monstruos como su propia y venerada persona al poder. Kryukov, muerto de fiebre tifoidea en 1920, poco podía hacer para protestar su disconformidad. Sholokhov escaló puestos en la soviética jerarquía de los redactores asalariados por el Partido Comunista hasta obtener la vicepresidencia de la nimia Asociación de Escritores Soviéticos, cargo que no le fuera ofrecido en reconocimiento a sus méritos retóricos, sino como recompensa a sus funciones no fielmente literarias: sicofante, delator, arribista, negador de las atrocidades cometidas durante el estalinismo, apologista de esa forma sistemática de masacre que la reticencia comunista disfrazó en la Unión Soviética como colectivización. En 1965, en otra de sus inexplicables elecciones, la Academia Sueca le regalaba un irreflexivo Premio Nobel.

Josef Serebriany: Dmitri Shostakovich (detalle), 1964. Colección privada.

Stalin se encargó de propalar abundantemente su aprobación para con la pésima creación sonora de Dzerzhinsky. Pocos días más tarde, en el mismo teatro, se encontraba farfullando su anatema contra la muy diferente Lady Macbeth of the Mtsensk District de Dmitri Shostakovich; los rústicos oídos del déspota no atinaban a comprender el trabajo de un genio. Los ágiles corredores palaciegos se apresuraron a comunicar los rumores que concernían al juicio del dictador a las afanosas manos de los servidores del régimen: a Dzerzhinsky le fue concedido el dudoso honor de ser acreedor al Premio Stalin y a un influyente cargo en la Unión de Compositores Soviéticos. Shostakovich debió soportar una censura doble: artística, en tanto su música fue descrita como aburguesada (y por consiguiente indigna de ser interpretada en tiempos revolucionarios); y moral, ya que el libreto de la ópera muestra simpatía para con una mujer que recurre al asesinato para librarse de un matrimonio infeliz y consumar una unión más amorosa, irreverencias sangrientas que fueron recibidas con escándalo por la afrentada pureza de la burocracia comunista. El pasquín neoyorquino The New York Sun se refirió a la ópera burlonamente como pornofonía. La revista Time designaría a Stalin como el Hombre del Año en 1939, con doce meses de anterioridad había hecho lo propio con Hitler; corrían los cetrinos tiempos de coqueteo de las atemorizadas democracias para con los lóbregos fascismos. Shostakovich debería esperar hasta la muerte de Stalin para acceder a una morosa reivindicación; aun así las autoridades soviéticas le reprochaban el tener demasiados amigos de origen judío. Se llegó a un acuerdo con él: se uniría al Partido Comunista y las restricciones cesarían como por arte de magia. Su hijo revelaría mucho después que Shostakovich completó la solicitud de afiliación entre lágrimas. No fue sino en 1961 que la Lady Macbeth de Shostakovich recibiera demorada reivindicación; un año después, el realizador Andrzej Wajda (cuya posteridad está sencillamente asegurada por la existencia de su inmaculada El hombre de mármol) homenajeó al compositor con un film que se conoció en inglés como Siberian Lady Macbeth. En 1965 comenzaría la rebelión de Shostakovich: se opuso junto a otros veinticinco intelectuales a la rehabilitación política e histórica de Stalin y unió fuerzas con el filósofo Jean-Paul Sartre y la eximia poetisa Anna Akhmatova en la defensa del escritor Joseph Brodsky, condenado a cinco años de trabajos forzados por el grave delito de ser poeta sin la bendición de la Asociación de Escritores Soviéticos, y de ser judío. Este apoyo le valió a Brodsky la conmutación de su pena por la de la expulsión de la Unión Soviética, situación que pocos analistas definían por aquellos años como un castigo.

Rondaban en la imaginación de Peter Seeger los acordes de la más famosa canción de protesta e ícono insuperable de los derechos civiles, We shall overcome, en días tan tempranos como los del año 1947. Seeger agregó unos versos a lo que había sido hasta ese entonces un gospel compuesto por Charles Tindley en 1901 como himno de camaradería en las huelgas conjuntas de mineros blancos y afroamericanos para ser cantadas en las iglesias de Philadelphia. Seeger había conocido cierta popularidad como compositor de baladas en apoyo al bando republicano en la Guerra Civil Española, de las que sobreviven There´s a Valley in Spain called Jarama y Quinta Brigada, entre otras pocas. Sus lazos con organizaciones socialistas y comunistas en el período de entreguerras y posteriormente durante la Segunda Guerra Mundial le ganaron la enemistad de los cazadores de brujas más insaciables de entre los seguidores del macabro senador Joseph McCarthy. En Agosto de 1955 Peter Seeger fue citado a declarar ante el ampulosamente caricaturesco Un-American Activities Committee (Comité de Actividades Anti-Estadounidenses), un rejunte de informantes, políticos grises y ambiciosos, fanáticos anticomunistas y densas mediocridades más afines al mundo de la picaresca malévola que al de la política. Enaltece a Seeger haberse negado a testificar, a revelar nombres de amigos o conocidos o a otorgar sumisamente detalles sobre su vida privada y sus posiciones políticas. Su valentía, por cierto, le costó la molestia, sobre todo pecuniaria, de ser incluido en las profusas y temibles listas negras.

Con una condena a prisión pendiendo sobre su libertad y rechazado por gran parte del mundo del espectáculo, Seeger, recluido en su domicilio y refugiado en la lectura, reparó en las estrofas de una canción popular de Ucrania, país no lejano al ruso río Don, la cual pregunta: “Where are the flowers? The girls have plucked them. Where are the girls? They’ve all taken husbands. Where are the men? They’re all in the army.” (¿Dónde están las flores? Las jóvenes las han arrancado. ¿Dónde están las jóvenes? Todas se han casado. ¿Dónde están los maridos? Todos están en el ejército). Estos versos figuran en el libro erróneamente atribuido a Sholokhov. Sin hacerse demasiadas ilusiones, Seeger grabó un popurrí en donde incluía esas líneas y se olvidó del asunto. Joe Hickerson, músico amigo de Seeger, agregó un par de rimas y de ese modo la canción, destinada a un abandono raudo, quedó completa.

La popularidad cayó sobre Peter Seeger como una muerte. La actriz y cantante Marlene Dietrich, sabedora de las tribulaciones políticas y económicas de Seeger, escogió su canción para una grabación a beneficio de UNICEF en 1962. La primera versión fue cantada en francés por la irresistible voz de la Dietrich (Qui peut dire où vont les fleurs?); esa tonadilla bastó para devolver a Seeger a los primeros puestos como artista folk y a proporcionarle notoriedad mundial. Marlene Dietrich concluyó dos versiones más, la original en inglés y una tercera en alemán (Sag’ mir, wo die Blumen sind?). Para entonces no había cantante de monta que no quisiera participar en las celebraciones que correspondían al regreso de Peter Seeger a la dimensión de los vivos y tolerados: Dalida, Joan Baez, Johnny Rivers, Massive Attack y la rolliza Dolly Parton se unieron a la agradecida fratría de exportadores del hit.

Nikki Katsikas: Marlene Dietrich, 2009. Colección de la autora.

Marlene Dietrich agregó un servicio más a su larga enumeración de contribuciones para con su amigo Seeger y para con la humanidad. A mediados de los sesenta, durante un viaje a Israel en el que fuera merecidamente  laudada por su incuestionable apoyo al bando Aliado en la Segunda Guerra Mundial y al pueblo judío (alineación que no gozara del favor de personalidades de carácter -a primera vista- menos frívolo, tales como Martin Heidegger, Ezra Pound, Gottfried Benn o Eugenio Pacelli) , la diva se atrevió a cantar, en alemán, la pieza de Seeger. Hasta entonces el uso de ese idioma, por razones harto conocidas, estaba interdicto, aunque no oficialmente, en Israel. La audiencia vitoreó su interpretación impecable, poniendo fin a una prohibición no escrita pero ya superflua a dos décadas de la derrota de la maldad nazi, que no de las sucesivas reivindicaciones, a veces aguachentas pero siempre reconocibles, de su ideología.

Joseph Brodsky, poeta mencionado en razón de sus conflictos con las élites de esa insuficientemente compasiva superestructura llamada Estado borroneó en una de sus anotaciones que si nuestros líderes políticos fuesen elegidos sobre la base de la calidad de sus lecturas y no en razón de sus poco veraces promesas electorales, la desolación hallaría menor campo fértil en el planeta. El recatado pero valedero coraje de Shostakovich, la bravura ante los atropellos del basto poder y la lealtad de Seeger para con sus amigos y, por sobre todo, la solidaridad y ese encanto imperecedero que rebalsó del curvilíneo cuerpo de Marlene dan cuenta de la en muchas oportunidades desconocida y amarga tarea del artista y del intelectual que consiste en despertar conciencias en la sociedad humana, la cual, en tantas ingratas ocasiones, no sabe reconocer nada, ni siquiera el talento.

Hadrian Bagration

Palimpsestos II: Divagaciones sobre Adriano

Busto en mármol de Antinoo, ca. 131 EC. Museo del Prado, Madrid.

A sus ya ilustrados veinte años, Marguerite Yourcenar había visitado la Villa de Adriano en Tívoli y había comenzado su amorosa relación con un emperador del que la separaban dieciocho siglos. Yourcenar declinó en esa extrema juventud, por buenos motivos, abocarse a la escritura de la novela que le depararía fama mundial y el ingreso, a su tiempo, en la prestigiosa Academie Française. Para la Academia Sueca su éxito se tradujo en un nuevo baldón por causa de negar otro bien merecido Nobel de Literatura, sospechamos, en razón de la abierta homosexualidad de la escritora. Se corre la voz de que Yukio Mishima vio derrotadas esas mismas apetencias, más ávidas que en el caso de la belga, por idénticas presiones más que por sus posiciones políticas nada identificadas con la izquierda. En una entrevista concedida al periodista de L’ Express Matthieu Galey en 1980, Yourcenar adujo razonablemente que a tan temprana edad hubiera visto en Adriano al artista, al mecenas, al amante, pero no al hombre de Estado. Esa aguda percepción de sus limitaciones etarias redundó en beneficio de la evolución de su genio.

Yourcenar refiere que a fines de los años cuarenta, de lleno trabajando en su Mémoires, visitó el Museo de Ostia, por esas épocas regido por la arqueóloga Raïsa Calza, primera esposa del pintor Giorgio de Chirico. Yourcenar coleccionaba imágenes de las estatuas de Antinoo a fin de dotar a su relato del retrato perfecto. Calza, quien había formado parte del elenco de varios cuerpos de ballet rusos, le sugirió que el joven tenía un parecido más que notable con Vaslav Nijinsky, tal vez el más grande bailarín de la historia de la danza. Yourcenar decidió fundamentar, partiendo de la acertada impresión de Calza, la relación entre Adriano y Antinoo como las malogradas entre un gran director y su destacado dirigido.

Adriano redactó unas memorias que la descuidada o malévola posteridad extravió. De sus habilidades literarias sólo permanece un poema compuesto poco antes de morir que remata la obra de Yourcenar, y que es sinónimo del nombre del emperador:

Animula, vagula, blandula,                           Petite âme, tendre et flottante,

Hospes comesque corporis,                           Compagne de mon corps, qui fut ton hôte,

Quae nunc abibis in loca                                 Tu vas descendre dans ces lieux

Pallidula, rigida, nudula,                                Pâles, durs et nus,

Nec, ut soles, dabis iocos.                              Où tu devras renoncer aux jeux d’autrefois.

 

Los versos son mencionados como innegablemente de Adriano en la Historia Augusta. Birley concuerda con el notorio erudito de la Universidad de Columbia, Alan Cameron, el que en la entrega número 84 de la Harvard Studies in Classical Philology confirma la autenticidad de la melancólica estrofa. Indudablemente se inspira en uno de sus poetas favoritos, Quinto Ennio, por supuesto un romano que versificaba a la manera de los griegos. La buena interpretación de Julio Cortázar mejora, no es ingrato suponerlo, a la de Grace Frick, compañera de Yourcenar y su traductora al inglés:

Mínima alma mía, tierna y flotante,          Little soul, gentle and drifting,

Huésped y compañera de mi cuerpo,        Guest and companion of my body,

Descenderás a esos parajes                           Now you will dwell below

Pálidos, rígidos y desnudos,                         In pallid places, stark and bare,

Donde habrás de renunciar                          There you will abandon your

a los juegos de antaño.                                                      play of yore.

Yourcenar, quien visitara a Borges en su estancia en Ginebra días antes del fallecimiento de éste, de hecho no ignoraría la frase del argentino que aseveraba que cada escritor crea a sus propios precursores. La novela moderna, lejos de ser una invención medieval, halla su antecesor en el Satyricon de Tito Petronio y en El Asno de Oro de Lucio Apuleyo, y en tantas obras que la avara medianía de los copistas eclesiásticos nos negó.

Fue a través de una fugaz entrevista al huidizo escritor Daniel Herrendorf (el autor de unas raras Memorias de Antinoo) que tuve noticia de que el jurista argentino Carlos Cossio había escrito un poema dedicado a la relación entre Adriano y su amante, inspirado a la vez en una escultura de Carlos de la Cárcova y en los voluminosos versos de  Fernando Pessoa que se suceden algo artificialmente en su Antinous, incluido en sus English Poems de 1918. La madre de Pessoa había enviudado; de esa soledad nació un nuevo matrimonio con el cónsul portugués en Sudáfrica, por ese entonces conocida como la colonia británica de Natal. Pessoa se educó en inglés en Dunbar y usó ese idioma en buena parte de su obra, no siempre justificada (Harold Bloom, usualmente en lo cierto, lo ubica junto a Pablo Neruda en lo más representativo de la poesía del siglo XX. Ignoramos si ese adjetivo significa para Bloom un honor o un insulto). Pessoa relata el lamento del emperador ante el cuerpo inerte de Antinoo y su promesa de procurarle enclenque inmortalidad merced a un culto que, durante un par de siglos, no diferiría mucho de los sueños del cristianismo. Pessoa pone en labios de Adriano una acusación: ha sido el celoso Zeus el autor de la muerte, ya que Antinoo, más bello que Ganímedes, reemplazó a éste como catámito del dios en el Olimpo:

The clod of female embraces resolve
To dust, o father of the gods, but spare
This boy and his white body and golden hair!
Maybe thy better Ganymede thou feel’st
That he should be, and out of jealous care
From Hadrian’s arms to thine his beauty steal’st.

¡Reduce el cúmulo de abrazos de mujeres
al polvo, oh padre de los dioses, pero deja vivir
a este joven y su blanco cuerpo y a su cabello de oro!
Quizás sientieras que mejor que tu Ganímedes
él fuera a ser, y por celosa ternura
de los brazos de Adriano a los tuyos su belleza hurtaste.

Paul Cézanne: L’avocat (l’oncle Dominic), 1866. Musée d’Orsay, París.

Entre  Enero de 1972 y Agosto de 1973 Carlos Cossio dirigió dos cartas al estudioso barcelonés de la filosofía del derecho Juan Ramón Capella Hernández. El motivo de Cossio era un tanto pedante: deseaba con fervor ser incluido en la nómina de biografías de juristas que en esos días Capella Hernández componía pacientemente. Junto con la carta, Cossio envió una copia de su libro de poemas (he sabido que no es el único, hay por lo menos uno más), explicando que pronto lanzaría una nueva edición, pero que no era su deseo ser conocido como poeta; así, había entregado al fuego cientos de páginas por él escritas al enterarse que Platón había hecho lo propio para ser alabado sólo como pensador. Capella Hernández no llegó a concluir su trabajo y los lauros de Cossio fueron conservados bajo forma epistolar únicamente.

Una anécdota más, cuyo origen he olvidado, cabe agregar sobre Cossio. Se lo considera el perpetrador de una curiosidad bautizada teoría egológica del derecho, fabricada alrededor de 1941 para competir con la Reine Rechtslehre (la teoría pura del derecho) de Hans Kelsen, que precedía a la de Cossio por unos siete años. No he alcanzado a comprender bien qué es lo que ha querido decir Cossio en su análisis de la egología; al parecer tal cosa es la fenomenología del ser jurídico. Sólo repetiré aquí que para Cossio todo acto es un hecho legal en el que dos entes se influyen mutuamente. Quizás sea así; no es impropio pensar que Mario Bunge exageraba al definir a Carlos Cossio como un filósofo de tercera categoría. En el Congreso Nacional de filosofía de 1949, para el cual la sede fue la ciudad de Mendoza, y al que asistieron importancias como las de Gadamer, Hyppolite, Croce y Abbagnano (pero asimismo trivialidades como las de Gabriel Marcel y Carlos Astrada, y monstruosidades como las de Hernán Benítez y Nimio de Anquín), Cossio desafió, en el curso de un debate, a Kelsen a que enunciara un ejemplo de conducta humana en interferencia intersubjetiva (Cossio dotaba a sus teorías de un lenguaje similar al psicoanalítico) que no fuese un acto jurídico. Dado que cada quien desconocía el idioma natal del otro, la lengua común fue el francés. Kelsen meditó su respuesta por unos segundos. “C’est facile, monsieur “-dijo. “Faire l’amour “.


Hadrian Bagration

 




Palimpsestos I: La brava de Toledo

Doña Luisa Isabel y Liliana María Dahlmann

Cervantes hace decir a aquél de sus personajes que pervive en la agradecida memoria de hasta el más ineficaz de los lectores que la Historia es “émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”. La aguda sentencia halla su antecedente en la definición obsequiada por Cicerón en De Oratore, II, IX, 36: “Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis”. Una buena parte de la memoria de la humanidad, la biblioteca del palacio de Sanlúcar de Barrameda, descansa luego de la vehemente tarea a la que Doña Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura la sometiera casi hasta la jornada en la que brilló la majestad de su muerte. Yace a medias respondida la insolente misiva que le envié, en años curiosos, inquiriendo acerca de la dudosa existencia de Abdul Yasar ibn al Yamani, llamado también al Mizri (el terror), al Simawi (el médico), al Qemti (el egipcio) y al Mashdub (el demente, pero asimismo el ebrio de Dios), celebrado en la perplejidad de sus comentadores actuales como Abdurrabbí o Abdul Hadrat al Hazred, una cohesiva simplificación de sus apelativos que confirman su origen semita y su locura. Sería Abdul Yasar un egipcio de buena familia nacido a finales del siglo VII, de insegura procedencia judía, verosímilmente iniciado en la pureza de los comienzos de la Kabbalah importada de la lejana Babilonia, estrujado entre las exigencias  de la fe de Yahvé, las coloridas tradiciones de los aún potentes dioses egipcios y las astringencias del novísimo Islam.

El medioevo europeo llamó toledanas a las artes mágicas, sobre todo a aquéllas relacionadas con los grimorios y la necronomía. No faltan quienes imputan a Abdul Yasar la autoría del infame Necronomikon, el libro de los nombres de los dioses muertos, exterminados por el ascenso feroz de los monoteísmos; extintos mas no acabados, que no difuntos, sino dormidos, aguardando un despertar a despecho del ridículo y del olvido, prestos a premiar a quienes vuelvan a adorarlos en la forma correcta y secretísima con nimiedades como el imperecedero vigor, la fabulosa seducción y la posibilidad de contemplar los saberes del mundo con la facilidad con la que ellos, las divinidades de grotescos motes, bostezan sobre lo incomprensible. Desde su adoptiva Toledo, Abdul Yasar predijo para algún futuro distante e inalcanzable para sí mismo la resurrección de los auténticos poderes del universo en un dominio que, para aquellas épocas borrosas, era imaginado por la lucidez de pocos: el Occidente, allende el mar, mucho más allá de las columnas de Hércules; un suelo nunca visto que era denominado en susurros la tierra de la noche, el misterioso lugar en el que tenía fin la cabalgata por el cielo de Ra.

Quizás la conclusión al enigma de Abdul Yasar emerja antes de la eternidad de entre alguno de los copiosos códices, manuscritos y relaciones que apabullan la vista en el refugio de libros más grande de España y uno de los mayores del mundo. Es cierto el original más antiguo que consiente en ser hallado en esos estupendos anaqueles no retrocede más allá de 1228, pero es sabido que bien entrado el siglo XVIII pueden leerse obras inspiradas en la usanza  de aquél al que llamaron el árabe loco: la Imitación Festiva del Moro Belaçar, del escritor farsesco Illán Magaz (éste, su nombre, a ciencia cierta un anagrama) finge reír de las supersticiones de una pobre alma a la que se le negó la salvación por la cruz, mas entre tanta jarana a expensas de un expulsado del Edén, Magaz se las arregla para perpetuar la comunicación de las técnicas más básicas de convocación de las irritables deidades sin sufrir el arder al que lo sometería la Santa Inquisición.  Imploro a las omnipotencias supervivientes que al menos una difusa copia de esos pergaminos haya anidado en la potestad de la biblioteca a cargo de la diligente duquesa.

Sin temor a equivocarnos, podremos esquivar la inclusión en tan magno catálogo de los papeluchos que componen el libelo llamado El Caso Medina-Sidonia, una trasnochada oda en homenaje al franquismo encargada por uno de los hijos de Doña Luisa, el cual ni siquiera merece la mención de su nombre. Consuelo, una joven amiga de años españoles, hizo advertir a mi distracción la superflua existencia de ese panfleto. El impagable estoicismo de esa amistad envió a un esforzado vecino a una librería española y minutos más tarde a la tediosa e ilegal tarea de convertir las páginas del volumen en documentos aptos para ser enviados desafiando al Atlántico hasta mi ordenador personal.  El esfuerzo es digno de mejor causa; costará encontrar producto menos sutil de la torpeza intelectual.

El deshonor de escribir este decorativo espécimen de la ineptitud biográfica recayó sobre el escasamente dotado Iñigo Ramírez de Haro, pluma a sueldo, presunto autor teatral que pergeñara joyas de la literatura universal tales como ¡Me cago en Dios! o Tu arma contra la celulitis rebelde. Ramírez de Haro no se contentó con ensuciar una vez más su propia autoría con la confección de una obra pésima y falaz; de igual modo erigió un estólido y enclenque manifiesto antihomosexual plagado de frases más adecuadas para un tratado de mercadotecnia (a guisa de ejemplo, Doña Luisa es definida como una lesbiana vergonzante, en tanto su familia es laureada a punto tal de ser considerada –a excepción hecha de la rebelde duquesa- gente de excelencia). No le basta a Ramírez de Haro con mentir acerca de la cacareada probidad de sus líneas; para dotar de módica publicidad a su libro, se pasea por los corredores de cuanto medio de comunicación se avenga a entrevistarlo en toda España de la mano de quienes han sido los mentores económicos de su creación, es decir, de los hijos de Doña Luisa, abiertamente hostiles a su madre, críticos de su accionar en contra del régimen de Franco e iracundos herederos frustrados, defraudados en el lecho muerte de esta indomable mujer. Será difícil hallar versión menos pretenciosa de la imparcialidad.

En su desprolijo afán por desacreditar a Doña Luisa, Ramírez de Haro le achaca una vida plena de contradicciones. Un detallado examen de sus días no podrá hallar ninguna; sí, en cambio, una lectura aun superficial del armatoste retórico de Ramírez de Haro se aburrirá con el hallazgo de docenas de inexactitudes, omisiones voluntarias, deslices, tergiversaciones y  negligencias a granel, como la de acusar a Doña Luisa de contraer matrimonio con su secretaria tan sólo horas antes de su deceso con el único objetivo de evitar que sus hijos accedan a los derechos de la herencia. No acierta este ensayista a pensar que, de ser así, Doña Luisa podría haberse casado con Liliana Dahlmann con tres años de anticipación, puesto que la ley que autoriza el matrimonio entre personas del mismo género (medida cuyo desagrado Ramírez de Haro se esfuerza por hacer aparecer como evidente en su persona) fue promulgada en España el 3 de Julio de 2005, y de ese modo regodearse en vida con el espectáculo de la angustia de los aristócratas despojados. Tampoco razona Ramírez de Haro que la conversión de las propiedades de la duquesa en la Fundación Medina-Sidonia efectivamente excluyó a los hijos de Doña Luisa de la posibilidad de echar mano al tesoro cultural que consiste en los seis millones de documentos que contiene la biblioteca en fecha tan temprana como 1990. Desconoce Ramírez de Haro que el señorío de Medina-Sidonia no era territorial, sino jurisdiccional (lo que equivale a apuntar que no poseían fincas, sino el usufructo de ellas, y que esto les fue anulado en 1823), por lo que las tan mentadas hectáreas que Doña Isabel habría despilfarrado en la compra de cariños en sus lujuriosos desplazamientos a centros de veraneo sólo existen en la afiebrada ilusión de sus familiares. Omite mencionar Ramírez de Haro que a partir de 1991 los tres hijos de Doña Luisa recibieron, a entera satisfacción, la parte del legado que les correspondía, y que la decepción nace de la magra naturaleza de la herencia. Mucho menos admite Ramírez de Haro que los tres vástagos de la duquesa no son, precisamente, huérfanos abandonados por una Medea cruel, según el apelativo baladí que el propio Ramírez de Haro elige para quien es objeto de sus diatribas. Tras su veloz separación luego de un matrimonio obligado en el alba de su juventud, Doña Luisa perdió la custodia de sus hijos gracias al corrompido estado del Poder Judicial bajo la cerrazón  del franquismo. Es tentador otorgar a esas tres personas el beneficio de la duda y suponer que, de haber sido educados por su distinguida madre, su calidad humana dejaría menos que desear.

La popularidad de Doña Luisa Isabel en España es cuantiosa; no es factible que este aturdido intento de falsificación de su historia personal se tope con demasiados oídos aviesos. Por mi parte, insisto en ignorar la suerte que correrá la curiosa averiguación de la improbable existencia del estudioso de la hechicería, Abdul Yasar. Quiero confirmar, eso es seguro, que el texto de Ramírez de Haro, luego de un exiguo e inicial y mórbido éxito de ventas se apague tristemente, cual la reputación del dramaturgo, y que no haya conjuro ni embrujo ni fascinación que rescaten, al autor o a la obra, del inventario de los nombres muertos.

Hadrian Bagration

Palimpsestos: Apuntes sobre el mínimo arte del retorno

Jean Jacques Henner: La liseuse, ca. 1880-1890. Musée d'Orsay, París.

Veinte han sido ya los escuetos artículos, reseñas, semblanzas, reflexiones, mutuos reproches, empobrecidas crónicas o indiscretas e íntimas (aunque anónimas) confesiones que la estoica paciencia del lector me ha permitido, no sin cierta resignada generosidad de su parte, publicar en esta aún modesta pero ambiciosa plaza de la Internet. Treinta días han transcurrido desde que aconteció la primera de las líneas, quizás injustificadamente. Ciertas obsesiones ya irrefutables en mi carácter se han encargado de la caótica selección de los temas. No he escrito para el asombro porque no ignoro que soy capaz de lograrlo sólo fugazmente; mis intromisiones en el mundo de las letras virtuales hallan su raíz más en la satisfacción de una caprichosa vanidad intelectual que en la tenaz defensa de una posición o de una ideología. Sospecho, sí, que al igual que la mayoría de los hombres soy más diestro en el oficio del rechazo que en el de la dádiva. Creo, es verdad, que cada quien es su propio dios y que da a luz al mundo en la similitud de sí mismo que supone poseer. La comedida majestad de mi habilidad para garabatear juicios sobre el blanco de un papel –o sobre la mortecina luz de una pantalla- es prueba suficiente de mis limitaciones como escritor: la sencillez de la condena o de la apología disfrazan la ausencia de un más complejo, y por ello menos profuso, árido hábito del análisis.

En palabras de Hegel, cada conciencia persigue la muerte de las otras. No he conseguido evadir esa tendencia egocéntrica y despótica; puedo jactarme, sin embargo, de haber obsequiado a quienes se han atrevido a la frecuentación de estas páginas, aun a su pesar, con una visión de la Historia y sus agentes a la que considero lejos de la utopía pero cerca de la modernidad, ese perenne regalo iniciado por los osados enciclopedistas del Siglo de las Luces bajo cuya envoltura evolucionaron la democracia, el laicismo, el conocimiento científico, la liberación de la mujer, la libertad sexual, la tolerancia para con las minorías de toda clase y un concepto antropocéntrico de la existencia humana basado en la realización a través del saber y del placer, según la sabia sentencia de Oscar Wilde pronunciada no sin valor no mucho antes de ser arrojado a las mazmorras.

En la soledad de un apartado hotel en alguna de las lejanías del mundo leí con fruición, hace unos veinte años, el originalísimo ensayo del no siempre ocurrente filósofo Jean Baudrillard, Cool Memories, producto de sus experiencias y visiones de la transición de los alocados principios de la década de los ’80 en los Estados Unidos en carrera hacia los más recoletos lustros que los sucedieron. A medio camino entre la novela de educación, el guión de una road movie y la crónica de costumbres, Cool Memories es un cuaderno de notas, en ocasiones introspectivas y erráticas, que bañan la gigantesca geografía del coloso estadounidense con la melancolía jubilosa del autor francés. No he superado a Baudrillard, sensata fue mi decisión de no intentar hacerlo. Empero, las anotaciones que me atrevo a consignar a los párrafos que escribí para Luminosa lentitud de la impureza son sólo un indicio más de que el escritor siempre vuelve a la escena de su obra, añorando la interminable e imposible oportunidad de obtener ese ilusorio brillo que concede la maladie de perfection, y que se esfuma toda vez que creemos, como al origen del viento, haberlo alcanzado.

Hadrian Bagration, 19 de Mayo de 2010

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