Ficción

4 de Mayo de 2010: La amistad de Belerofonte

“Such poisonous triangular relationships…”

Jeffrey White: Bellerophon in the land of Nod

Giovanni Tiepolo: Belerofonte montando a Pegaso (detalle), ca.1746-1747. Palazzo Labia, Venecia.

“Luego de nueve días y nueve noches de amores y vino, Yóbates, rey de Licia, recuerda abrir la carta que su huésped, el bellísimo Belerofonte, le entregara venida de manos de su yerno, el rey Preto de Tirinto, y lee: ¨Mata a este hombre, tu mensajero, porque ha querido tomar por la fuerza a mi esposa, tu hija.”Yóbates no se atrevió a desafiar el mandamiento de los dioses que prescribía el inexcusable deber de la hospitalidad; en su lugar, tentó a Belerofonte con la gloria eterna para su nombre si lograba dar muerte al vástago de Tifón y de Equidna, una blasfemia con cabeza de león, cuerpo de cabra, cola de serpiente y aliento de llamas al que llamaban Quimera. Belerofonte cedió a la música de su vanidad y se encaminó hacia su muerte. Para acrecentar su valor, se recostó durante su viaje en un templo dedicado a Atenea. En el sueño, la diosa le habló: ¿Duermes, príncipe de la casa de Eolia? (así lo llamó porque Belerofonte hacía remontar su linaje hasta Eolo, hijo de Poseidón). Cuando despertó, el joven halló junto a sí a Pegaso, manso como la miel por hechizo de las riendas de oro con las que lo había uncido Atenea. Sobre las alas del animal hundió su lanza en la garganta de la Quimera y regresó donde Yóbates, vivo. Éste indagó a su yerno; no fuera que la ira de los Olímpicos se desplomara sobre ellos por manchar sus manos con la sangre de un héroe. Preto oyó la confesión de su mujer, Estenobea: su crimen era aquél que había cometido la voraz esposa de Putifar. Cuando Roma se deshizo y los dioses murieron, Belerofonte fue convertido en santo y trocó su nombre por el de Jorge; en lugar de a un monstruo hijo de dos pavores, su lanza desde entonces penetró la más sencilla carne de un dragón…”

 

 

1 de Junio de 2010: Parusía

Otto Dix: Verwundeter, 1916. National Museum of Australia, Canberra

“En la oscuridad de una noche de Agosto de 1918 el soldado alemán Erwin Fleischer acaricia dolorosamente su pierna izquierda y solloza; dos balas le horadan la carne y un fulgor escarlata entibia su mano como el brillo de una hoguera distante. Sabe que los británicos se lanzarán sobre él al alba; herido, hambriento, débil, el fusil roto, el rostro recorrido por lágrimas de temor, será uno de los primeros en morir en su refugio sucio. Separada por instantes de quejidos, murmura una oración cuyas palabras suponen un exceso para su memoria fatigada: Denn Dein ist das Reich und die Kraft und die Herrlichkeit Fleischer aún no descree de algún prodigio que pudiera salvarlo, al igual que todavía no ha dejado muy atrás la confianza en el Kaiser y en Alemania. No se resigna a morir solo y ser olvidado bajo las montañas de cadáveres que llegarán con el nuevo día. Piensa que de su madre sólo conoció la tumba a la que su padre lo llevó de pequeño, y que ese hombre amargo le había explicado con ojos enrojecidos que su madre dormía bajo la piedra como esperando la salida de un sol que los simples mortales no atinaban a distinguir. Una joven mujer reemplazó al cabo de unos años a su madre en la alcoba de su progenitor severo pero justo; era una niña cariñosa algo mayor que él que le enseñó versículos de los Evangelios mientras su padre sudaba con el fervor del trabajo inútil en su taller de carpintero. En medio de un invierno clemente oyó que el silencio se escapaba de las toscas herramientas que las manos de su padre blandían. Al asomarse, vio a su segunda madre llorar junto al quieto cuerpo del hombre gastado; durante toda esa tarde y la noche que le siguió ella colocó vino y migajas de pan en la boca de su esposo para ensayar una resurrección…”

 

18 de Diciembre de 2010: Dos hermanas

“En la hasta ahora única edición de su libro Escritos sobre escritos, ciudades bajo ciudades, el escritor Juan José Sebreli incluye una prolongada nota que enlaza con el final de un extenso y magnífico ensayo dedicado a las historias ocultas de su ciudad natal, Buenos Aires, si bien, como en los episodios de Valparaíso y Shangai, todo sucede en la lejanía de otra parte. El primer párrafo le pertenece; después, algunos juicios veleidosos sentencian que las palabras de su interlocutor han sido innecesariamente embellecidas para que el brillo de las líneas de Sebreli se luzca, si es esto posible, aún más.”

Esto me lo refirió en Buenos Aires el propio Bagration antes de irse a morir a California. Como era su deseo, su cuerpo se incineró y las cenizas fueron arrojadas al Pacífico; no es que ese océano lo hubiera enamorado, era más bien que quería huir de las aguas de otros, aunque no me lo dijese nunca. Hacia el fin de su vida, le agradaba escribir en primera persona, por lo que así es como doy a conocer, con lo que creo es su venia póstuma, su relato.”

Edvard Munch: Navidad en el burdel, 1904-1905. Museo Munch, Oslo.

“Mi padre nació en el año 1900, en medio del charco de pánico que era en ese entonces la cerrada nobleza rusa. Era el menor de dos hermanos; a mi tío le habían preparado una plaza entre la oficialidad del ejército, él había preferido forjarse una en los burdeles, donde tenía buena reputación porque a pesar de su origen rancio jamás dejó impaga una cuenta y cargó con las de muchos de sus amigos. Mi padre, que era más tímido, obsequiaba buenas propinas y prefería observar la acción desde el borde de la cama. El derrumbe de las líneas rusas en Febrero del 17 los sorprendió compartiendo una siesta con la encargada del establecimiento. Mi padre se había enamorado de una prostituta no muy joven, una de ésas a las que apodan onteleuses, y por la que se había dejado robar sólo una vez; ella había sido enviada a prisión y condenada a la horca por haberle cortado la garganta a un cliente escandaloso. El zar huyó, y el gobierno de Kerensky abolió la pena de muerte. Mi padre fue a sacar a la que ansiaba hacer su querida de la cárcel; un poco de dinero y el desorden de aquellos meses bastaron para liberar a alguien sobre quien pesaban solamente unas cuantas décadas de encierro. Por la noche probó, para alegría de mi tío, el agradecido sabor de la cópula…”

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s