10.000

Lavery Red Book z

Sir John Lavery: Miss Auras, The Red Book (1892). The Pym’s Gallery, London.

Sin proponérmelo, sin agitada busca, sin razón aparente, he comprado el último de los libros que habitan una nómina más o menos exacta e irreal: diez mil, como anotó Jenofonte en su Κύρου Ανάβασις. La cifra se antoja pomposa pero es, en verdad, modesta: como de los hoplitas que se adentraron en tierras de Ciro, algo más de la mitad de esa lista imperfecta subsiste, en unos cuantos lugares del mundo, en estanterías, anaqueles, baúles, algún arcón de tiempos de mis mayores. El hecho es insignificante y aconteció en una librería de Callao y Corrientes, en Buenos Aires, en un sitio algo acorralado que conoció mejores épocas. Quise obsequiar a una persona querida un ejemplar de Misteriosa Buenos Aires, un testimonio de que en ciertas eras se privilegiaba, en cenáculos intelectuales que merecían ese nombre, la narración cuidada. Sospecho que le agradará.

Soy, como recomendaba Borges, un lector inclaudicablemente hedónico: sólo leo por placer, y aun por extremo placer, y abandono y rechazo, en ocasiones en contra de vastas y fundamentadas opiniones, de entusiasmos, y hasta de la honrosa tradición, volúmenes cuya comprensión me es escurridiza. He regalado libros (rara vez los he prestado), los he extraviado, los he devuelto a sus dueños, me he deshecho de ellos merced a la donación o a la dádiva. No los he leído a todos, empresa humanamente posible pero a la que la fatiga, la inmadurez intelectual y el tiempo me han obligado a renunciar. He perdido memoria de algunas adquisiciones y no ha sido imaginación el comprar más de una vez el mismo título; nada malo sucede, ya que cuando se encuentran, presumo, ríen buenamente los dos. Algunos yacen a medio recorrer, seguramente en estado de santa indignación; otros son descubiertos de tanto en tanto, ocultos, ligeramente olvidados, aguardando, entre ellos y yo, la reconciliación que propone la lectura, y aun ese milagro del placer, la relectura, ese goce nada ajeno a la caricia que se propaga por una espalda que no nos es desconocida.

Rodearse de libros supone disfrutar de amistades silenciosas pero nada sumisas. Como templos que esperan a su fiel, allí están, a tiro de mano: es suficiente estirar el brazo y toparse con ilustres presencias que los años y la suerte nos han hecho acumular con avara constancia. Un vistazo a cualquier lugar de mi biblioteca en Buenos Aires depara la gratitud del redescubrimiento y esa vaga costumbre que es dada en llamarse recuerdo.

Recuerdo a Finzioni, traducción italiana de Franco Lucentini de Ficciones de Borges, ese libro atónito y secular, al que hallé en la European Bookshop en Gloucester Road.

Recuerdo a Les tablettes de buis d’Apronenia Avitia de Pascal Quignard, un fantasioso y fragmentario diario de una romana patricia del siglo IV, ya iniciada e irreversible la decadencia del imperio. Recibí ese libro como regalo del que poco o nada puede darse a cambio.

Recuerdo a A confissão de Lúcio, de ese colosal y malogrado poeta portugués, Mário de Sá-Carneiro, al que no pocos llamarán, algún día, el Baudelaire lusitano, y que quizás prefigurara o iniciara el realismo fantástico moderno en cualquier parte del orbe, qué más da, comprado por céntimos en la inmensidad de Barra da Tijuca.

Recuerdo a Descanso de caminantes, los diarios de Bioy Casares, tan lejos del rumor y tan cerca de la literatura, que hallé en una librería tímida en los arrabales del Parque Centenario.

Recuerdo al Classical Dictionary containing a copious Account of all the Proper Names mentioned in Ancient Authors with the Value of Coins, Weights and Measures used among the Greeks and Romans and a Chronological Table, de John Lemprière, ese precursor elegante de Pierre Grimal, cuya edición de 1865 fue mía por un precio razonable en casa de un afable coleccionista.

Recuerdo a The House of Words, esa extensa y deliciosa guía de la breve morada de Samuel Johnson en Gough Street, a la que un negro gato de mármol nocturno vigila inmóvil hasta la penumbra de la paloma.

Recuerdo a las Mémoires de Tennessee Williams, a las que el destino me permitió acceder sólo en traducción francesa de Pons y Witta, y que fuera generosidad de una persona dilettissima.

Recuerdo a la monumental biografía de César de Gérard Walter, parte de la fenecida Colección Gandesa, nunca emulada, hoy injustamente relegada a citas al pie, con la que el azar me topó en una cabizbaja ciudad del interior de Argentina.

Recuerdo a una edición novelada, dispersa, de introducción erudita, del Satyricon de Petronio Arbiter, vista y obtenida en un paseo de compras agonizante en la frontera entre Recoleta y Palermo. El librero poseía dos ejemplares; me hice con uno y recomendé que subiera el precio del restante, ya que la prosa (en traducción española anónima) bien lo valía. No desoyó el consejo.

Recuerdo a la primera biografía de George Gordon, Lord Byron, compuesta apresuradamente en el mismo año de su muerte por Robert Charles Dallas (David Radcliffe la sentenció como la más auténtica y a la vez más decepcionante de todas las vidas que de Byron se escribieron), y de la que quizás sobrevivan una media docena de ejemplares, y que contiene esos invaluables e inexactos pareceres de los sentenciosos contemporáneos. El anticuario se encogió de hombros y la dejó ir. Quién más la querría.

Esos libros, y tantos otros, son parte de una edad adulta que se resiste a conceder independencia a su pasado y que juzga que su porvenir, aun inmerecida y cautelosamente, será literario.

HB

El exilio estético

La naturaleza más sobresaliente de la cíclica noche peronista es la fealdad. Silvia Arias recuerda que en ocasión del último cumpleaños de Bioy, el ágape fue, como el homenajeado, espléndido: un benefactor acercó una medalla de oro; otro, un reloj de venerable antigüedad. Una actriz declamó una pieza de Akutagawa; desde el pueblo de Pardo el vecindario obsequió un disco de metal cargado de inscripciones. Bioy gustaba de celebrar su aniversario en fecha adelantada o postergada; el hábito semeja una superstición, pero tiene que ver con la elegancia de una discreta e inofensiva impuntualidad.

En pocos meses más moría Bioy. En un par de años más su país se desmoronaba bajo la tediosa vergüenza de una nueva conspiración del peronismo, de la que ha costado más de una década librarse, y de la que jamás se estará completamente a salvo. Bioy, quien merced a una anécdota familiar deducía que morir durante una tiranía presupone una eternidad de prisión, gozó de la fortuna de desconocer un período oscuro que le hubiera resultado harto y dolorosamente reiterado: persecución, anatemas, muchedumbres, estupidez, oprobio, canina servidumbre, sangre.

Murió Bioy Casares en el anteúltimo año del siglo XX. Apenas tres lustros después imaginar o concebir celebraciones augustas y serenas es un acto de heroísmo: ni aun la casa de comidas que cobijara a esa fiesta existe hoy. La carestía ha derrumbado no sólo los boatos mínimos: el régimen desconfiaba de toda acción que no era perpetrada en su nombre y la desalentaba; a fuerza de ser censuradas y sometidas las gentes acabaron por ejercer su propia censura y su propio sometimiento. Orwell hubiera ensayado una sonrisa solidaria.

La primera víctima de las tiranías peronistas ha sido siempre la estética; lo bello luce insulto a ojos de la plomiza revolución. Es, también, la última de las dolientes en regresar del exilio. Todavía no ha sucedido.

                                                                       HB

Procesión I

La gratitud por estos recuerdos que, al decir de Martínez Estrada, están casi rotos, pertenece a Daniel Martino, albacea, editor y devoto de Adolfo Bioy Casares.

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Sábado 14 de Junio de 1986, horas de la mañana: Bioy abraza a su hijo Fabián en la confitería El Molino, en Callao y Rivadavia, Buenos Aires. El enorme edificio es un correcto símbolo de la Argentina: su pasado es orgullosamente fastuoso, su presente es precario, su futuro posee la incertidumbre de la pobreza. Un libro cambia de manos: An Experiment with Time, que Bioy cree amuleto contra la puntualidad de la muerte y la obliteración de la memoria. Fabián Bioy Casares, de quien ignoramos si preservó el volumen, moriría veinte años más tarde en París, el centro del mundo, según equivocada opinión de Bioy père (nadie elude el hecho de que ese eje se yergue, inamoviblemente, en Londres).

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Horas del mediodía: Bioy almuerza en La Biela con Francis Korn. Lugar afín a la jabonería de Vieytes y a los cenáculos en donde se leía Amalia en la penumbra, La Biela es silencioso, en ocasiones apelando al disfraz del turismo, conciliábulo para quienes profesamos la convicción del antiperonismo. Transitó con escasas concesiones la decadencia argentina.

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La hora trivial, las dos de la tarde (la definición es de Borges): Bioy se acerca hasta un puesto de diarios en Avenida Alvear y Ayacucho. Un poderoso hotel custodia la extinta estirpe argentina. Busca otro ejemplar del libro de John Dunne, aquél que refuta inútilmente el tiempo. Una voz se disculpa con él: Borges murió esta tarde en Ginebra. Bioy camina lentamente hacia Avenida Callao y Quintana; la influencia de la breve Avenida Alvear se desvanece y sólo subsiste la multiplicidad de Callao, que llega, como Borges quería, del Sur, desde donde muere El Molino como un animal noble y viejo. Eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges, recordó Bioy; luego, en el día que siguió, confirmó con Francis Korn: tengo que acostumbrarme a un mundo sin él. La falacia de Dunne se derrumbaba: el tiempo nos sobrevivirá. Borges a nosotros, también.

HB

Fotografías de HB

Los salvajes unitarios

Haydée Lagomarsino de Miranda: Doña Leonor Acevedo de Borges, 1972. Colección privada.

Haydée Lagomarsino de Miranda: Doña Leonor Acevedo de Borges, 1972. Colección privada.

Es casi universal la justa difusión de la anécdota: en época borrosa de su vejez, Leonor Acevedo Suárez de Borges, madre del escritor, era sometida al azar del quirófano. Bien sabe quien ha recorrido en esa sujeción horizontal el sendero hacia la voluntad de otros, a quienes  supone sabios, que los atributos de los que está hecho ese viaje son la soledad y el temor. Borges aguardaba, según la costumbre, el inicio de la práctica junto a doña Leonor. Con un hilo de voz, repetía Borges, Madre alzó la cabeza y gritó: ¡Salvaje unitaria! Supe entonces que todo estaba bien. Borges, que veneraba el valor, solía conmoverse por esta pizca gigantesca que le había obsequiado su madre. Las líneas figuran en un diálogo con Mujica Láinez. En el prólogo a sus obras completas de 1972, Borges abundará en el coraje materno: tu prisión valerosa, cuando tantos hombres callábamos. Innecesario es referir que ese encierro fue sufrido por órdenes de la cíclica dictadura peronista.

Ciertos tesoros habitarían la pérdida de no ser por la paciente renuencia de Bioy Casares a resignarse a la literatura mayor. El breve diálogo ocurrió, según datación irregular, a mediados de Noviembre de 1970. Un hombre había ganado acceso a la casa de Borges; no era arduo lograrlo: Borges solía recurrir a la generosidad para zanjar conflictos y para aliviar el tedio de la gente común. El hombre se atrevió a cruzar alguna palabra con doña Leonor: Yo, señora, debo decirlo, aunque sé que usted no nos aprueba, que soy de tradición federal. Esa rústica aclaración no sería rara: los inicios de los 70 fueron tiempos de revalorización de la barbarie; su máximo ejecutor se aprestaría a concretar, en pocos años, su violenta parusía. Con voz muy suave, escribe Bioy, Madre contestó: No tema nada. Nosotros, los salvajes unitarios, no nos dedicamos al degüello.

H.B.

Bioy

1-Bioy-CasaresTantas gratas distinciones cupieron en la vida de Adolfo Bioy Casares que la monótona enumeración se antoja, en su caso, aún más tediosa. Acordemos en consignar una media docena, que puede resumirse en apenas unas cuantas palabras: la dichosa anticipación: en 1940 Bioy publicó La invención de Morel, fantasmagoría elegante que precedió en alrededor de medio siglo a la vulgar versión de la realidad virtual que es hoy herramienta de abuso común. Su clarividencia letrada no acabaría en ese volumen: en 1948 prodigó su primer libro de cuentos; en él se incluye La trama celeste; en la narración figura la hipótesis de una realidad múltiple pero igualmente voraz en cada uno de sus avatares. Casi una década después el físico Hugh Everett III asombraría, no sin provocar cierto risueño estupor, con su interpretación de la mecánica del quantum basada en la existencia de universos estrictamente paralelos. A diferencia de la literatura de Bioy, las osadas aseveraciones de Everett le merecieron cierto descrédito.

Adolfo Bioy Casares ha sido comparado con aquel excelente amanuense y entrometido biógrafo de Samuel Johnson, el abogado y diarista escocés James Boswell. La equivalencia puede ser elogiosa: Boswell sobrevive gracias al genio de su personaje, el doctor Johnson, quien no cesa de  aparecer inmenso como un acantilado de literaria extravagancia y belleza; Boswell se refugia en su sombra y halla bajo ese muro magnífico justificación y solaz. La dilatada amistad con Borges pudo ser para Bioy un acicate similar: también llevó Bioy diarios extensos en los que las conversaciones con Borges, aun las triviales y las escasamente agradables, se consignaron. Es al esfuerzo de Daniel Martino que debemos la preservación de esas joviales curiosidades. El talento fue quizás más generoso con Bioy que con las ofrendas con las que obsequiara a Boswell; aunque autor menor si es colocado junto a la gigantesca luz del ciego, Bioy fue un escritor envidiable y clásico; pocos de sus párrafos carecen de las serenas pasiones de la derrota y de la melancolía. A diferencia de Boswell, Bioy fue colaborador y par de Borges en textos que compusieron en somnolientas sesiones tras largas cenas. Al igual que Boswell, era Bioy un hombre de fácil seducción y de preocupaciones cosméticas. Johnson y Borges, sumergidos en el abismo del genio, no acertaban a hallar tiempo para las inquietudes de lo cotidiano. Ignoramos en cuál de esas posturas habita el error.

Bioy posee un privilegio secreto que, al igual que la robada carta de Poe, yace a la vista del mundo pero es difícilmente descifrado: nadie ha superado (es de sospechar que esa plusmarca no le será arrebatada) sus líneas finales sobre el final de la vida de Borges, en la querida, en la lejana, en la íntima Ginebra sobre la que escribió Conrad y en cuyas calles no coincidieron Jean-Jacques Rousseau y Ferdinand de Saussure. Dice Bioy, impecable y quedadamente fatigado por la dolorosa vía en la que se tradujo la predecible muerte de su amigo:

“Borges murió en una casa alquilada, cerca de la Grande Rue (tal vez la cruza). Estaba muy contento en esa casa y dijo que le hubiera gustado vivir allí cuando era joven y vivía cerca de la iglesia rusa. La casa no tiene número; la calle no tiene nombre, pero tiene llave, que es también la de la casa.”

“Bernès grabó a Borges cantando La morocha y otros tangos. Dice que en esa grabación Borges ríe con la risa de siempre.”

Adolfo Bioy Casares
15 de Septiembre de 1914 – 8 de Marzo de 1999

Hadrian Bagration

 

 

 

Sontag sobre Borges: el devenir del libro y el temor

Borges-altar-genio-Latinoamerica_CLAIMA20110614_0209_8Maria Popova rememora que en Octubre de 1982 Borges, de paso por una ciudad que nunca sintió demasiado suya, New York, ofreció una comida a la que asistió una breve multitud de unas sesenta personas; estaba entre ellas Susan Sontag. Consultada acerca de su cercanía a Borges, Sontag declaró que no era posible hallar, para otro escritor (ella lo era), un autor de la valía de Borges (There is no writer living today who matters more to other writers than Borges). Sontag no olvidaría ese encuentro, que quizás para la ceguera de Borges fuera fugaz, y en el décimo aniversario de su muerte le dirigiría, no sin afecto, una pública carta, que figura en su volumen de 2001, Where the Stress Falls: Essays. Al original inglés sigue la temerosa traducción, siempre imperfecta.

“You were very much the product of your time, your culture, and yet you knew how to transcend your time, your culture, in ways that seem quite magical. This had something to do with the openness and generosity of your attention. You were the least egocentric, the most transparent of writers, as well as the most artful. It also had something to do with a natural purity of spirit.”

“You had a sense of time that was different from other people’s. The ordinary ideas of past, present, and future seemed banal under your gaze. You liked to say that every moment of time contains the past and the future, quoting (as I remember) the poet Browning, who wrote something like “the present is the instant in which the future crumbles into the past.” That, of course, was part of your modesty: your taste for finding your ideas in the ideas of other writers.”

“The serenity and the transcendence of self that you found are to me exemplary. You showed that it is not necessary to be unhappy, even while one is clear-eyed and undeluded about how terrible everything is. Somewhere you said that a writer — delicately you added: all persons — must think that whatever happens to him or her is a resource. (You were speaking of your blindness.)”

“Books are not only the arbitrary sum of our dreams, and our memory. They also give us the model of self-transcendence. Some people think of reading only as a kind of escape: an escape from the “real” everyday world to an imaginary world, the world of books. Books are much more. They are a way of being fully human.”

“I’m sorry to have to tell you that books are now considered an endangered species. By books, I also mean the conditions of reading that make possible literature and its soul effects. Soon, we are told, we will call up on “bookscreens” any “text” on demand, and will be able to change its appearance, ask questions of it, “interact” with it. When books become “texts” that we “interact” with according to criteria of utility, the written word will have become simply another aspect of our advertising-driven televisual reality. This is the glorious future being created, and promised to us, as something more “democratic.” Of course, it means nothing less than the death of inwardness — and of the book.”

“Dear Borges, please understand that it gives me no satisfaction to complain. But to whom could such complaints about the fate of books— of reading itself— be better addressed than to you? (Borges, it’s been ten years!) All I mean to say is that we miss you. I miss you. You continue to make a difference. The era we are entering now, this twenty-first century, will test the soul in new ways. But, you can be sure, some of us are not going to abandon the Great Library. And you will continue to be our patron and our hero.”

Susan Sontag, 14 de Junio de 1996.

“Usted fue ciertamente un producto de su época y su cultura, y aun así fue capaz de trascenderlas en formas que parecen en verdad mágicas. Ello tiene que ver con la amplitud y generosidad de su cortesía. Usted fue el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores,  y también el más ingenioso. También esto tiene que ver con una natural pureza de espíritu.”

“Usted poseyó un sentido del tiempo que era diferente al de otras personas. Las ideas comunes de lo pasado, presente y futuro parecían banales según su mirada. A Usted le agradaba decir que cada instante del tiempo contiene el pasado y el futuro, citando (según recuerdo) al poeta Browning, quien escribió: “el presente es el instante en el que el futuro se derrumba en el pasado”. Eso era, por supuesto, parte de su modestia: su gusto por hallar sus ideas en las ideas de otros escritores.”

“La serenidad y la trascendencia de sí que Usted representó han sido para mí ejemplares. Usted demostró que no es necesario caer en la infelicidad, aun cuando le sea a uno evidente e ineludible la naturaleza terrible de todo lo que nos rodea.  En alguna parte Usted dijo que un escritor –delicadamente Usted agregó: la gente- debe pensar que todo lo que le sucede es un recurso. (Hablaba Usted de su ceguera).”

“Los libros no sólo son la arbitraria suma de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos prodigan un modelo para nuestra propia trascendencia. Hay personas que piensan en la lectura sólo como una suerte de evasión: un escape de un mundo cotidiano a un mundo imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más que eso. Son un modo de lograr ser completamente humanos.”

“Lamento tener que decirle que ahora debemos considerar a los libros como especies en peligro. Por libros, me refiero también a las oportunidades de dedicarse a la lectura y así hacer posible la literatura y sus efectos sobre el espíritu. Pronto, se nos dice, podremos disponer en “pantallas” de cualquier “texto” a voluntad, y podremos cambiar su apariencia, hacerle preguntas, “interactuar” con él. Cuando los libros devengan textos con los que interactuemos de acuerdo a criterios utilitarios, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de una realidad, la nuestra, dictada por la publicidad televisiva. Es éste el glorioso futuro que está siendo creado y que nos es prometido como más “democrático”.  Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la introspección – y la del libro.”

“Querido Borges, le ruego entienda que no siento satisfacción alguna en la queja. ¿Pero, si no a Usted, a quién dirigir las quejas acerca del destino de los libros -y de la lectura misma? (¡Borges, han pasado diez años!) Todo lo que quiero decir es que lo extrañamos. Yo lo extraño.  Usted sigue inspirándonos. La época en la que ahora nos adentramos, el siglo XXI, pondrá a prueba nuestro espíritu de maneras distintas. Pero, puede estar Usted seguro, algunos de nosotros no abandonaremos la Gran Biblioteca. Y Usted seguirá siendo nuestro mentor y nuestro héroe.”

Traducción de H.B.

Susan Sontag murió en Diciembre de 2004. Fue apenas testigo, por lo tanto, de la evolución del libro, de su parcial conversión al formato electrónico y de su difusión y multiplicación bajo apariencias novísimas. Si bien sus palabras resuenan con afecto hacia la figura de Borges (el conocerlo en persona no inspiraba otra cosa), ciertas líneas de la carta rebosan de escandalizado temor hacia la transformación que barruntaba. Fue una reacción común, colectiva, en cierto modo corporativa, de muchos escritores y autores. Esos miedos, hoy, se han desvanecido, aunque no del todo. El espanto hacia el futuro suele revelar una cierta ignorancia del pasado.

Quizás antes que buen autor deba uno tratar de ser un acabado lector, y quizás tal cosa sea empresa más difícil. Malos libros (o textos, como gimen las líneas de Sontag), malos escritores y malos lectores han existido desde Homero hasta ayer y aun hoy, y nada de eso cambiará hasta que el tiempo se fatigue: el talento es escaso, el genio es casi inhallable, la gratitud del público para con el artista suele ser rara y tardía. Las amenazas al libro y a la lectura no se han dado, como sospechaba Sontag, desde el ámbito del libro o la tecnología, sino, como la lógica prescribe, desde las zonas que siempre le han sido hostiles: el culto de la imagen, la oralidad por sobre la redacción, el acto por sobre el pensamiento, la censura, la ideología del control y supervisión de los contenidos. Han diluido más potenciales lectores los intelectuales que han cultivado el irracionalismo y el hábito de la destrucción cultural del Occidente que el best-seller y el folletín. Pensar que los siglos que nos precedieron albergaron sólo a grandes autores y a grandes obras es desconocer que muchos de ellos las escribieron en la pobreza y la soledad, cuando no el rechazo y la ignominia, que autores mediocres y aun pésimos fueron exaltados hasta que el fraude se descubriera (o prosiguiese su perpetración), y que el éxito de un moderado escritor es hoy más alcanzable precisamente gracias a la profusión de los aparatos de reproducción cultural que tantos intelectuales desprecian. Olvidan tal vez escenas en las que Proust, agotado por la redacción de su obra máxima, pagaba con generosidad a unos músicos para escuchar alguna sonata de Schubert en su descanso. Hoy es sencillo escribir en compañía de Schubert por una suma razonable, a cualquier hora del día, en cualquier cuarto de la casa. La Cultura (la mayúscula es deliberada) está allí para casi cualquier persona que desee gozar de ella (al menos en los territorios en donde, al decir de Marx, y contrariamente a lo que opinan los marxistas, afortunadamente ha penetrado el capitalismo). Quien no puede hacerlo, las más de las veces, es porque no lo desea. No es achacable al universo de las invenciones que se prefiera un film de acción a la obertura de Das Rheingold. Lo que fue privilegio de la nobleza y de las clases acomodadas es ahora patrimonio de gran parte de la humanidad. Un simple ordenador casero lo ha hecho posible.

Ignoramos cuál hubiera sido la reacción de Borges ante la irrupción del e-book; no era, de acuerdo a Bioy Casares, un cultor del medio audiovisual o de la novedad; Bioy lo retrata como un detractor de la imprenta. Pero Borges frecuentemente exageraba, bromeaba, instaba a que no se lo tomara demasiado en serio, ni aun un poco. Tal vez desde su ceguera hubiera gustado acariciar, luego de un largo período de amistoso adoctrinamiento (comida tras comida en casa de Bioy), la fría superficie de la Enciclopaedia Britannica de 1911 bajo una pantalla opaca.

Hadrian Bagration

Vindicación de Normandía

Pierre Auguste Renoir: Mer et Bateaux, Normandie, 1883. Metropolitan Museum, New York.

Pierre Auguste Renoir: Mer et Bateaux, Normandie, 1883. Metropolitan Museum, New York.

Setenta años nos separan del afortunado comienzo del ocaso del Reich. Se argüirá que la declinación tuvo lugar con anterioridad, en el Frente Oriental, en la batalla de Stalingrado o quizás en Kursk, pero esas conflagraciones, aunque implacables y dilatadas, sucedieron en un territorio en el cual la guerra enfrentaba a dos monstruosidades de sutileza distinta pero barbarie similar: nazismo y comunismo se disputaban el honor de abalanzarse, con fines nada secretos, sobre las democracias occidentales una vez que uno de ellos hubiese sido derrotado. No sin astucia, Stalin y sus seguidores aseverarían, ya acallados los cañones, que la Unión Soviética había visto peligrar su supervivencia y había salvado a la Europa del Este de la ilotización. Basta releer las páginas de Anne Applebaum acerca de la suerte corrida por la población de las sufridas naciones tras la Cortina de Hierro luego de la ocupación soviética: no hubo horror al que el comunismo, impuesto jamás desde un acto electoral, se negara. Vale recordar también a los nostálgicos de la hoz que la Alemania nazi y la Unión Soviética fueron aliadas durante largos meses, desde Septiembre de 1939 (y aun antes) hasta Junio de 1941. En ese lapso se consumó la invasión de Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Francia, Grecia y Yugoslavia, se intentó la avanzada sobre Gran Bretaña y se llevó a cabo la destrucción de Polonia; todo lo anterior aconteció con la anuencia y colaboración de Moscú, que imprudente y entusiastamente proveía a su siniestro adláter de combustibles y materias primas para que se enseñorease de Europa. La guerra entre nazis y comunistas fue, más tarde, una desintenligencia entre socios que compartían muy similares objetivos, incluyendo el genocidio.

Normandía, para sorpresa del lector ingenuo, ha comenzado a ser cuestionada desde hace tiempo. No me refiero a la bibliografía neonazi o revisionista, cuya endeblez académica es condena suficiente, sino a la historiografía antiliberal, anglófoba y antiamericana y a la comicidad intelectual del Tercer Mundo. Mencionaré brevemente algunas objeciones que personas con ánimos de oscura renovación achacan a esta jornada.

Dícese, sin atisbo de rubor, que el desembarco angloamericano causó gran cantidad de bajas civiles. Uno de los deberes del historiador de temas militares debiera ser el concurrir a cursos de estrategia y logística: una operación de esa envergadura, que incluyó cientos de miles de tropas, vehículos blindados, fuerzas aéreas y navales, no podía sino incurrir en daños colaterales profusos, más aun si se concede que la tecnología de la época no permitía los bombardeos de precisión. No debe pensarse que esta frase justifica el arrasamiento de ciudades alemanas lejos del frente, debate sin final abordado por sinnúmero de historiadores y hasta por Winfried Sebald en su opúsculo Luftkrieg und Literatur. Normandía, como toda la costa noroccidental de Francia, era zona de guerra, y el desembarco de los Aliados, que se llevó a cabo en condiciones de superioridad material pero de adversidad estratégica, supuso un esfuerzo colosal de coordinación que no en todo lugar resultó exitoso. Cada bomba arrojada por aviones que combatían al Eje que cayera sobre una desgraciada población alimentaba la maquinaria de propaganda de Goebbels, quien nunca imaginaría que su poder de convencimiento habría de llegar tan lejos en el tiempo.

Objétase que los Aliados carecían de superioridad moral frente a la Alemania nazi y sus atrocidades: los Estados Unidos ostentaban un sistema de vergonzante segregación racial, la Gran Bretaña era una potencia colonial, la Rusia de Stalin era un infierno nada inferior en horrores a aquél controlado desde Berlín. No sorprende que uno de los propaladores de esta casi simpática falsedad sea el poco avisado lingüista (él cree ser un analista político) Noam Chomsky. Este argumento silencia una cuestión nada trivial: desoyendo repetidas propuestas de paz, la Gran Bretaña realizó un monumental esfuerzo bélico que acabó por costarle el Imperio; los Estados Unidos debieron resignarse a ceder el Este de Europa a Stalin; en ambos casos la guerra pudo haber tenido un desenlace muy diferente si cuestiones geopolíticas hubieran prevalecido sobre la necesidad de erradicar al nazismo. En cuanto a la Unión Soviética, Chomsky acierta parcialmente, pero fue tributo exigido por la Historia la alianza de las democracias con un régimen que llegó a ser materia de adulación para los aburguesados intelectuales de la izquierda occidental. Excepto por la Unión Soviética, las potencias en guerra con el nazismo actuaron manifiestamente en contra de sus intereses naturales.

Murmúrase en labios de personas que suelen vivir de la cultura de la queja que Normandía no tuvo ningún peso estratégico, que los alemanes ya se hallaban derrotados definitivamente cuando ocurrió y que los Aliados occidentales pretendían únicamente alcanzar Berlín antes que el Ejército Rojo. Es cierto que Alemania no podía competir con las fuerzas navales y aéreas de los angloamericanos, pero era todavía muy considerable su fortaleza en términos de poderío terrestre. El desembarco aliado supuso pérdidas muy graves, y la marcha hacia las fronteras alemanas de británicos y americanos se extendió por once largos meses, en los que el nazismo ofreció una resistencia fanática y logró montar varias ofensivas de importancia; la más ambiciosa de ellas, Wacht am Rhein, se lanzó en fecha tan tardía como Diciembre de 1944. De haber fracasado Normandía, Hitler hubiera dispuesto de al menos cuarenta divisiones para enviar al oriente y reforzar sus posiciones contra el avance ruso. No hubiera logrado la aniquilación de los soviéticos, pero muy probablemente el frente se hubiese estabilizado en el Vístula o sus alrededores. Una guerra inconclusa con Berlín como dueño de gran parte de Europa hubiera significado el derrumbe absoluto de la civilización occidental, el exterminio total de los judíos europeos, entre otras comunidades, y la desintegración de la Cultura; mayor es la catástrofe si al nazismo sumamos la barbarie de su gemelo enemigo, el comunismo. Los jóvenes británicos y americanos que se desangraron en las playas de Normandía murieron por una de las pocas causas nobles y justificadas de las que la humanidad puede jactarse.

Adolfo Bioy Casares suele contar (imaginemos, contra su voluntad, que sigue viviendo) que alrededor de 1940, en el restaurante La Pagoda, en Diagonal y Florida, en Buenos Aires, circulaba entre intelectuales y escritores un manifiesto en favor de la Gran Bretaña, cuando combatía en soledad contra el nazismo y eran trituradas sus ciudades día tras día en tiempos del Blitz. Borges, Bioy Casares y Ulises Petit de Murat lo habían firmado; intentaban convencer a Ezequiel Martínez Estrada (quien más tarde mostraría simpatías por Moscú y La Habana; nada es casual) de que hiciera lo propio. Martínez Estrada vaciló. Explicó que quizás debieran analizar el caso, que tal vez la guerra enfrentaba, de un lado, a la fuerza, la juventud, lo nuevo en la plenitud de su pureza (los alemanes), y del otro, la decadencia y corrupción de un mundo viejo (los ingleses). Bioy Casares admite haber sentido desprecio por su interlocutor y deseado retirarse. Petit de Murat se puso de pie, arrojó el papel frente al azorado Martínez Estrada y dijo, con voz estentórea: “El asunto es simple: de un lado está la gente decente, y del otro, los hijos de perra.” Bioy Casares escribe: “Si es así -contestó Martínez Estrada, tomando un color que pasó de grisáceo a amarillento- firmo con ustedes encantado. ” La comida acabó en paz.

Cuatro años más tarde, en Normandía, la sangrienta paz del fin de la guerra se iniciaba.

Hadrian Bagration