Cita a media tarde

Tom Saunders: Matinée. Sin datación. Colección privada.

Tom Saunders: Matinée. Sin datación. Colección privada.

El intelectual es el hombre o mujer del matiz; no es imposible que lo sea también de la duda, la que, según Aristóteles, sólo acontece en personas educadas. La profunda enemistad que se prodigan el intelecto y el dogma suele zanjarse en favor de éste: las piras del nazismo y la Inquisición, los lentos barcos, el Oberbürgermeister Haken y el Preußen, transportando intelectuales rusos al exilio en Alemania por orden de Lenin, los jémeres rojos astillando los huesos de quienes sabían descifrar alfabetos en Camboya, Perón consignando a Borges y a Vicente Fatone a puestos de ignominia. La segunda posguerra europea redescubrió en suelo francés las corrientes antiintelectuales de la intelectualidad del romanticismo alemán y dio a luz a cómicas imposturas como el estructuralismo, la multiculturalidad, el neonacionalismo y el culto a la pobreza del Tercer Mundo. Los intelectuales que renegaron de estos credos reiterados y fanáticos sufrieron estigma. La historia es contada con mayor elegancia y precisión por Juan José Sebreli, Julien Benda y Alain Finkielkraut en varias de sus obras.

El vehículo más efectivo para la transmisión del pensamiento antiintelectual es el medio de comunicación. Ludwig von Mises, razonado defensor del capitalismo, lo definió sin embargo con una alarma: un modo de producción en masa para las masas. Masas ignaras, parafraseando a Matthew Arnold, que alimentadas en la fiereza por textos, sonidos e imágenes incultas acaban por atentar contra el mismo sistema que tiempo atrás las rebeló contra el letargo de la ignorancia. Debiera ser preocupación para cualquier ideólogo de la expansión del capital y la generación de la riqueza la incesante educación de los pueblos; querer otra cosa es abandonarlos al designio de tiranos y de oscuros iluminados.

Cita a media tarde ha cumplido un cuarto de siglo. No es dable pensar en otro producto difusor de la cultura de vida tan larga y fecunda. A excepción de un breve pero sufrido interregno de prohibición provocado por un bárbaro antisemita al comando de una estación de radio, enardecido a causa de un homenaje a un sobreviviente de la lista de Schindler, Cita a media tarde, programa radial que enaltece historias, personas y personajes de la cultura universal, argentina y regional, se ha emitido durante estos veinticinco años sin retrocesos de nivel, sin apelar más que al ánimo de sus realizadores y a la orgullosa contribución de sus anunciantes. En un ámbito craso y banal, Cita a media tarde es una serena excepción que prestigia a las casas que la han cobijado. Con exagerada generosidad fui consultado en varias ocasiones; sólo merece recordarse que las preguntas fueron inteligentes y que quien me entrevistara procuró mi satisfaccción y la del oyente.

El destino de todas las cosas es perecer; ni aun Roma fue eterna. Algún día Cita a media tarde dejará de existir, y con esa desaparición lamentaremos la caída de una herramienta más de la frágil cultura que nos sostiene. Pero para que suceda esa amargura falta todavía tanto, quizás mucho.

Hadrian Bagration

  Cita a media tarde por Radio Mitre FM 100.3

El señor García

Hyeronimus Bosch: Alegoría de la intemperancia, ca. 1488-1510. Yale University Art Gallery, New Haven.

Hieronymus Bosch: Alegoría de la intemperancia, ca. 1488-1500. Yale University Art Gallery, New Haven.

La mejor de las anécdotas que retratan el círculo privado de Gabriel García es revelada por Reinaldo Arenas en una breve carta, La insoportable fealdad de García Márquez, en la que una rápida línea describe la desesperación de una de sus amigas íntimas, quien, aun copiosamente obsequiada con ventajas materiales, clamaba: ¡No puedo tener relaciones con una caguama! El escritor contaría ya con una buena porción de años, pero ha sido comidilla de los cenáculos literarios el nada velado horror que le producían, en comparación a su propia persona, las aposturas de autores harto más agraciados, como Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes, por citar sólo a los latinoamericanos.

Arenas consigna en otra obra, la más lograda y a la vez más aquejada de fama, su autobiografía, Antes que anochezca, una escena menos divertida en la que Gabriel García tuviera participación no menor: en ocasión de la irrupción de un bus en la embajada del Perú en La Habana, en Enero de 1980, su conductor y ocupantes ávidos de asilo político, un reguero de personas comenzó una limitada emigración hacia terrenos que eran frágil refugio. El régimen intentó restar importancia al asunto. En Abril, casi diez mil almas ocupaban cada centímetro del edificio, los patios y los jardines, ansiosos por abandonar el paraíso de los creyentes en el capitalismo burocrático de Estado. Varios países ofrecieron visas de salida. Protegidos por ese escudo diplomático, los cubanos prestos a partir pudieron volver a sus casas. Era entonces cuando el mecanismo del terror echaba a andar: gentes bien adiestradas y probablemente bien remuneradas se lanzaban en su persecución y hostigamiento: algunos sólo eran amedrentados, otros fueron golpeados y sus hogares atacados y dañados; hubo algún que otro muerto. Desde el púlpito que la estrecha asociación con Fidel Castro le concedía, Gabriel García exhortaba a los perseguidores y hostigadores a no cejar en su combate contra los agentes del imperialismo. Su lenguaje, en esos momentos de nerviosismo, era escasamente cuidado.

Leer la obra de Gabriel García es adentrarse en una traducción heterodoxa de los vastos volúmenes de William Faulkner, sazonados con el seco sabor de la prosa de Juan Rulfo. Sabida es la sentencia de Borges en la que se concluye que cada escritor crea a sus precursores; en el caso de Gabriel García, la creación implicó asimismo el inhábil pastiche y la secreta equivalencia, no exenta de emulaciones línea por línea: As I Lay Dying es la superior prefiguración de Crónica de una muerte anunciada; Absalom! Absalom!  (la mejor novela sobre la tragedia del Sur en los Estados Unidos) no constituye sino la previa encarnación de trozos de El otoño del patriarca y El coronel no tiene quien le escriba. Yoknapatawpha es el nombre que Macondo recibió con décadas de antelación. El coronel Aureliano Buendía fue llamado alguna vez el coronel Thomas Sutpen. Tal vez exhausto por tanta imitativa admiración, Gabriel García ni siquiera atinó a cambiar el rango militar.

Son muchas las razones por las que un mero plagiario como Gabriel García recibiera premios, distinciones y la devoción de quienes profesan la perversa religión del progresismo: la errónea creencia de que quien se pronuncie contra gobiernos que finjan obrar en dirección al socialismo coquetee necesariamente con el fascismo; la profunda incultura, disfrazada de superficial pasión ideológica, del militante de izquierdas; el pérfido sentido de la oportunidad política de García y su adhesión a la moda literaria en épocas de esplendor; el sencillo hecho de ignorar que había existido un grato escritor, de notoriedad tardía y conocido como William Faulkner, de quien ni siquiera sus compatriotas guardan demasiada memoria. Esta letanía es aplicable en buen grado a escritores de producción orate pero glamorosa actuación política y riesgo nulo: autores como Nicolás Guillén, Julio Cortázar, Ernesto Cardenal o Juan Gelman son celosos poseedores de una fenomenal mediocridad, cuando no una crasa incapacidad literaria, pero la ceguera del devoto progresista puede más que cualquier fundamentada razón. No faltan quienes arguyen que el sentimiento, en las artes, todo lo domina y todo lo justifica. Ya Alain Finkielkraut explicó que el siglo XX fue la centuria en la que el pensamiento de la Ilustración fuera derrotado.

Una anécdota final retrata con claridad la habilidad literaria (o su carencia) y el talante moral del señor García. En noviembre de 1999 se hunde la embarcación que arrastra a la madre de Elián González y al niño desde Cuba hasta la Florida; muere la mujer y Elián llega a los Estados Unidos sin que su edad le permita solicitar asilo. La típica pusilanimidad demócrata en materia de política exterior provoca que se reconozca el derecho de su padre, que ha permanecido en Cuba, a que su hijo le sea devuelto, pese al ofrecimiento de familiares a acogerlo en Miami. Gabriel García escribe (este verbo es una hipérbole) una veloz crónica digna del mejor aprendiz justificando la repatriación, que no fue sino un regreso a la miseria. El texto desgrana un vagaroso complot para extraer incautos ciudadanos de la próspera isla. Hoy Elián González es un miembro más de la soldadesca de las Juventudes Comunistas. El señor García está muerto.

Hadrian Bagration

Recapitulaciones de tediosos espantos

Nicolas Poussin: El rapto de las Sabinas, 1637. Musée du Louvre.

Nicolas Poussin: El rapto de las Sabinas, 1637. Musée du Louvre.

A mis años, he debido soportar con estoicismo digno de mejor causa una docena de parodias de aquello que los regímenes burocráticos del Este, en especial la China de Mao, llamaron la obra de arte de masas, o la fiesta total: la fase final de una competencia planetaria de fútbol.  Los politólogos sostienen que una de las diferencias que separan a los totalitarismos de raíz conservadora de los que optan por la concentración estatal del capital es que los primeros estetizan la política, en tanto los últimos politizan el arte. La banal hipérbole del fútbol ha hecho que esta aparente contradicción se desdibuje: aun en las democracias (sobre todo en aquéllas más débiles que lo tolerable), el fútbol es un vacío ritual en el que el colorido comportamiento del público es imprescindible para la buena salud del juego- espectáculo, violencias incluidas (aunque hipócritamente deploradas) por quienes viven con holgura del sudor de hombres sencillos.

No soy una voz imparcial: aborrezco el fútbol con un apasionamiento que no podría hallar mejor razón. Alain Finkielkraut se lamenta en su La défaite de la pensée de que haya sido comparado con el ballet; no se me ocurre método más científico para confirmar la estupidez del responsable de esa atrocidad verbal. Es una ingenua ilusión pensar que existe una platónica esencia de ese deporte depositada en un mundo de ideas alejado del vandalismo de las hinchadas, de los negocios turbulentos de las dirigencias y de las operaciones políticas que se cometen en su nombre. El fútbol ha reemplazado a cualquier actividad humana en seriedad e importancia; esta enunciación, que debiera causar escalofríos, provoca solaz en acomodados apologistas de esa tontería infinita, como lo son o eran Galeano, Alabarces, Fontanarrosa, Soriano et alia, sólo por citar a los latinoamericanos. Rara vez son mencionados autores como Vinnai, Buford o Sebreli en sus concienzudos análisis del tenebroso mundo de la pelota. Al fútbol le son perdonadas y hasta justificadas por adelantado, como en una descarada venta de indulgencias, todos sus crímenes, manipulaciones de multitudes y complicidades políticas con los peores regímenes del planeta. Todo el bienvendible populismo de autores que pregonan progresismo inaudito se vuelca en la defensa de un sistema que posee poco de deportivo y un gran exceso de ideología reaccionaria, además de una nada sutil explotación de la marginalidad social traducida en el reclutamiento de jóvenes de clase baja para la conformación del núcleo duro del hooliganismo, aquél que mata y muere en enfrentamientos que se olvidan luego de voltear unas cuantas páginas de la sección policial de cualquier periódico.

La versión más reciente de este teatro de la crueldad transcurre en la más inmediata actualidad en la República de Sudáfrica, una nación que padece, luego de décadas de esa vergüenza sin límites que la indiferencia y el burdo anticomunismo de las potencias occidentales toleraron, el apartheid, crónicas carencias en ámbitos tan poco atendibles como la salud y la educación, además de hallarse inmersa en pavorosos abismos de caos social y sanitario: ese país alberga a un 15% de la población mundial que sufre el Virus de Inmunodeficiencia Humana, el mayor de cualquier territorio del orbe. Las cinco naciones que le siguen en esa triste lista lindan en su totalidad con la República de Sudáfrica, lo cual implica un infierno para la cotideaneidad humanitaria de la región cuyas  proporciones dejarían azorado al Dante.  De acuerdo a un serio estudio realizado por el Medical Research Council of South Africa en Junio de 2009, uno de cada cuatro hombres (no es éste un error de cálculo ni de tipeo) admite haber violado al menos una vez a una mujer; algo más del 70% de ellos agrega que ha llevado a cabo la hazaña antes de cumplir veinte años, que su víctima fue una adolescente, que en un buen porcentaje de casos la agresión fue celebrada en forma múltiple y que se trata, orgullosamente quizás, de una suerte de oscura ceremonia de iniciación. Un trabajo similar advertía en fecha tan temprana como 1999 que una de cada tres mujeres de un grupo de cuatro mil había sido objeto de vejámenes al menos en una ocasión. Las denuncias, como ya es costumbre, se detienen en un porcentaje ínfimo de las ofensas; aun así, desde las autoridades la respuesta es el silencio o la burla. Diez penosos años han pasado sólo para confirmar la esclavitud sexual de las mujeres sudafricanas respecto de la otra mitad de la población.

Sudáfrica atraviesa una crisis energética severa que redunda en una desaceleración constante de la economía y es imputable, en su mayor parte, a la ineficiencia y el desinterés de los gobiernos (quienes no la padecen), la corrupción y la imprevisión. En Sudáfrica, sólo el 14% por ciento de la población negra (el lector no se confunde) accede a un nivel de educación más allá del primario, una cifra sólo levemente superior a la que acontecía durante el siniestro sistema que impusieran los blancos. La responsabilidad social de la Fédération Internationale de Football Association o del Comité Olímpico Internacional es, como esas sufrientes estadísticas lo demuestran, nula. También lo es la de las empresas que se avienen calurosamente a estrechar las manos de gobernantes que sólo sienten sorna por los cotidianos dolores de su pueblo.

Edvard Munch: El grito, 1893. Nasjonalmuseet, Oslo.

Edvard Munch: El grito, 1893. Nasjonalmuseet, Oslo.

No debe pensarse que es únicamente el fútbol quien ha de ser culpado por la reducción de los seres humanos a la impotencia de la idiotez: los Juegos Olímpicos modernos, esa invención del filonazi barón Pierre de Coubertin, compiten denodadamente con los certámenes mundiales de balompié en popularidad e insensibilidad para con la discriminación, el desamparo y la pobreza. En unos y en otros, la urgencia de presentar al turismo y a la prensa una nación idílica que goza de envidiables estados de abundancia es motivo de gastos suntuarios y el desvío de fondos que se reclaman con desesperación en áreas en las que se juegan, en lugar de trofeos o medallas, la vida y el bienestar de seres humanos; otra desgarradora consecuencia de estos fastos de vulgar etiqueta es un fenómeno que los sociólogos han denominado economic cleansing, el desplazamiento forzoso de una abultada cantidad de personas cuya mísera situación económica las hace indeseables para la delicada vista de las cámaras y de los invitados al palco oficial. Salvo honrosas excepciones como la BBC o el New York Times, los medios se han cuidado muy bien de resultar antipáticos al rufianismo de la alianza entre el deporte y las insolentes formas de la impiedad política.

No es sensato achacar al fútbol todos los males que se desploman sobre las cansadas espaldas de hombres y mujeres; sí es lícito afirmar que quienes detentan la potestad de ese negocio rapaz hayan creado una rústica conciencia que confunde todo acto con las incidencias de un match (incluidas las guerras) y de que la contemplación de cualquier otra competencia se haya asimilado a los defectos de ese deporte. Juegos como el tenis, el rugby, las carreras de automóviles y hasta la desgracia del box son observados como si de partidos de fútbol se tratase, con parcialidades (muchas veces más que inquietas) alentando a sus favoritos en razón de su origen geográfico, que no de su habilidad o de su estilo. El fútbol, entre sus múltiples legados empobrecedores, ha elevado a la categoría de valor al nacionalismo; ya no sólo es un equipo compuesto por veintitrés jugadores el representante de una nación, aun cuando tal aserto rebase las fronteras del grotesco, sino que también lo son un ajedrecista, un nadador o un saltador de garrocha. La mirada que el fanático del fútbol imprime a la realidad lo ha invadido todo, como una peste cuya cura parece todavía lejana.

No tengo esperanzas de disfrutar de la disolución del complejo industrial-futbolístico y olímpico antes de mi muerte. Confío en que generaciones más sensatas llevarán a cabo esa tarea necesaria y ardua.

Hadrian Bagration