Vindicación de Normandía

Pierre Auguste Renoir: Mer et Bateaux, Normandie, 1883. Metropolitan Museum, New York.

Pierre Auguste Renoir: Mer et Bateaux, Normandie, 1883. Metropolitan Museum, New York.

Setenta años nos separan del afortunado comienzo del ocaso del Reich. Se argüirá que la declinación tuvo lugar con anterioridad, en el Frente Oriental, en la batalla de Stalingrado o quizás en Kursk, pero esas conflagraciones, aunque implacables y dilatadas, sucedieron en un territorio en el cual la guerra enfrentaba a dos monstruosidades de sutileza distinta pero barbarie similar: nazismo y comunismo se disputaban el honor de abalanzarse, con fines nada secretos, sobre las democracias occidentales una vez que uno de ellos hubiese sido derrotado. No sin astucia, Stalin y sus seguidores aseverarían, ya acallados los cañones, que la Unión Soviética había visto peligrar su supervivencia y había salvado a la Europa del Este de la ilotización. Basta releer las páginas de Anne Applebaum acerca de la suerte corrida por la población de las sufridas naciones tras la Cortina de Hierro luego de la ocupación soviética: no hubo horror al que el comunismo, impuesto jamás desde un acto electoral, se negara. Vale recordar también a los nostálgicos de la hoz que la Alemania nazi y la Unión Soviética fueron aliadas durante largos meses, desde Septiembre de 1939 (y aun antes) hasta Junio de 1941. En ese lapso se consumó la invasión de Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Francia, Grecia y Yugoslavia, se intentó la avanzada sobre Gran Bretaña y se llevó a cabo la destrucción de Polonia; todo lo anterior aconteció con la anuencia y colaboración de Moscú, que imprudente y entusiastamente proveía a su siniestro adláter de combustibles y materias primas para que se enseñorease de Europa. La guerra entre nazis y comunistas fue, más tarde, una desintenligencia entre socios que compartían muy similares objetivos, incluyendo el genocidio.

Normandía, para sorpresa del lector ingenuo, ha comenzado a ser cuestionada desde hace tiempo. No me refiero a la bibliografía neonazi o revisionista, cuya endeblez académica es condena suficiente, sino a la historiografía antiliberal, anglófoba y antiamericana y a la comicidad intelectual del Tercer Mundo. Mencionaré brevemente algunas objeciones que personas con ánimos de oscura renovación achacan a esta jornada.

Dícese, sin atisbo de rubor, que el desembarco angloamericano causó gran cantidad de bajas civiles. Uno de los deberes del historiador de temas militares debiera ser el concurrir a cursos de estrategia y logística: una operación de esa envergadura, que incluyó cientos de miles de tropas, vehículos blindados, fuerzas aéreas y navales, no podía sino incurrir en daños colaterales profusos, más aun si se concede que la tecnología de la época no permitía los bombardeos de precisión. No debe pensarse que esta frase justifica el arrasamiento de ciudades alemanas lejos del frente, debate sin final abordado por sinnúmero de historiadores y hasta por Winfried Sebald en su opúsculo Luftkrieg und Literatur. Normandía, como toda la costa noroccidental de Francia, era zona de guerra, y el desembarco de los Aliados, que se llevó a cabo en condiciones de superioridad material pero de adversidad estratégica, supuso un esfuerzo colosal de coordinación que no en todo lugar resultó exitoso. Cada bomba arrojada por aviones que combatían al Eje que cayera sobre una desgraciada población alimentaba la maquinaria de propaganda de Goebbels, quien nunca imaginaría que su poder de convencimiento habría de llegar tan lejos en el tiempo.

Objétase que los Aliados carecían de superioridad moral frente a la Alemania nazi y sus atrocidades: los Estados Unidos ostentaban un sistema de vergonzante segregación racial, la Gran Bretaña era una potencia colonial, la Rusia de Stalin era un infierno nada inferior en horrores a aquél controlado desde Berlín. No sorprende que uno de los propaladores de esta casi simpática falsedad sea el poco avisado lingüista (él cree ser un analista político) Noam Chomsky. Este argumento silencia una cuestión nada trivial: desoyendo repetidas propuestas de paz, la Gran Bretaña realizó un monumental esfuerzo bélico que acabó por costarle el Imperio; los Estados Unidos debieron resignarse a ceder el Este de Europa a Stalin; en ambos casos la guerra pudo haber tenido un desenlace muy diferente si cuestiones geopolíticas hubieran prevalecido sobre la necesidad de erradicar al nazismo. En cuanto a la Unión Soviética, Chomsky acierta parcialmente, pero fue tributo exigido por la Historia la alianza de las democracias con un régimen que llegó a ser materia de adulación para los aburguesados intelectuales de la izquierda occidental. Excepto por la Unión Soviética, las potencias en guerra con el nazismo actuaron manifiestamente en contra de sus intereses naturales.

Murmúrase en labios de personas que suelen vivir de la cultura de la queja que Normandía no tuvo ningún peso estratégico, que los alemanes ya se hallaban derrotados definitivamente cuando ocurrió y que los Aliados occidentales pretendían únicamente alcanzar Berlín antes que el Ejército Rojo. Es cierto que Alemania no podía competir con las fuerzas navales y aéreas de los angloamericanos, pero era todavía muy considerable su fortaleza en términos de poderío terrestre. El desembarco aliado supuso pérdidas muy graves, y la marcha hacia las fronteras alemanas de británicos y americanos se extendió por once largos meses, en los que el nazismo ofreció una resistencia fanática y logró montar varias ofensivas de importancia; la más ambiciosa de ellas, Wacht am Rhein, se lanzó en fecha tan tardía como Diciembre de 1944. De haber fracasado Normandía, Hitler hubiera dispuesto de al menos cuarenta divisiones para enviar al oriente y reforzar sus posiciones contra el avance ruso. No hubiera logrado la aniquilación de los soviéticos, pero muy probablemente el frente se hubiese estabilizado en el Vístula o sus alrededores. Una guerra inconclusa con Berlín como dueño de gran parte de Europa hubiera significado el derrumbe absoluto de la civilización occidental, el exterminio total de los judíos europeos, entre otras comunidades, y la desintegración de la Cultura; mayor es la catástrofe si al nazismo sumamos la barbarie de su gemelo enemigo, el comunismo. Los jóvenes británicos y americanos que se desangraron en las playas de Normandía murieron por una de las pocas causas nobles y justificadas de las que la humanidad puede jactarse.

Adolfo Bioy Casares suele contar (imaginemos, contra su voluntad, que sigue viviendo) que alrededor de 1940, en el restaurante La Pagoda, en Diagonal y Florida, en Buenos Aires, circulaba entre intelectuales y escritores un manifiesto en favor de la Gran Bretaña, cuando combatía en soledad contra el nazismo y eran trituradas sus ciudades día tras día en tiempos del Blitz. Borges, Bioy Casares y Ulises Petit de Murat lo habían firmado; intentaban convencer a Ezequiel Martínez Estrada (quien más tarde mostraría simpatías por Moscú y La Habana; nada es casual) de que hiciera lo propio. Martínez Estrada vaciló. Explicó que quizás debieran analizar el caso, que tal vez la guerra enfrentaba, de un lado, a la fuerza, la juventud, lo nuevo en la plenitud de su pureza (los alemanes), y del otro, la decadencia y corrupción de un mundo viejo (los ingleses). Bioy Casares admite haber sentido desprecio por su interlocutor y deseado retirarse. Petit de Murat se puso de pie, arrojó el papel frente al azorado Martínez Estrada y dijo, con voz estentórea: “El asunto es simple: de un lado está la gente decente, y del otro, los hijos de perra.” Bioy Casares escribe: “Si es así -contestó Martínez Estrada, tomando un color que pasó de grisáceo a amarillento- firmo con ustedes encantado. ” La comida acabó en paz.

Cuatro años más tarde, en Normandía, la sangrienta paz del fin de la guerra se iniciaba.

Hadrian Bagration

 

The New Criterion

Pieter Bruegel el Viejo: El país de Cucaña, 1567. Alte Pinakothek, München.

Pieter Bruegel el Viejo: El país de Cucaña, 1567. Alte Pinakothek, München.

“En las universidades y demás instituciones a las que se les ha confiado la preservación y transmisión del capital cultural de nuestra civilización se han puesto en marcha deformaciones afines. La pseudoerudición propagada por una prosa bárbara y a prueba de lectores, escrita con una inquina política adolescente, es la boga de hoy. The New Criterion decidió batirse en este caótico campo de batalla con el objetivo no sólo de anunciar que el rey está desnudo, sino hacerlo con ingenio, claridad y elegancia literaria. Reconocemos que éstos han sido tiempos difíciles para las artes de la sátira y la parodia. Con velocidad creciente, la realidad de hoy supera a la exageración satírica de ayer. Aun así, The New Criterion se ha distinguido por su eficiente empleo de la sátira, la denuncia y la ridiculización, ácidos recursos en el arsenal de la polémica. Pero The New Criterion no sólo se nutre de polémica. Una parte igualmente importante de la crítica se centra en la tarea de combatir la amnesia cultural. Desde nuestra primera entrega, hemos trabajado en el vasto depósito de los logros culturales para hacer que nuestros lectores accedan o recuperen a las figuras señeras cuyas obras han contribuido a tejer la permanente expansión del tapiz de nuestra civilización. Escritores y artistas, filósofos y músicos, científicos, historiadores, polemistas, exploradores y políticos: The New Criterion se ha especializado en resucitar figuras importantes cuyas voces han sido ahogadas por la crasa fatuidad de la cultura popular o anquilosadas por la letra muerta del academicismo.” 

“Es de hacer notar que nuestro interés en estos temas no ha sido nunca meramente estético. Al comienzo de La república, Sócrates recuerda a su joven interlocutor, Glaucón, que la conversación no versará sobre asuntos triviales sino sobre “la correcta dirección de la vida”. Compartimos ese concepto. The New Criterion no es, lo espero, una publicación solemne, pero sí seria. Miramos al pasado en busca de guía y al arte como forma de humanizar una educación y regir la emociones que distinguen al hombre culto del bárbaro.” 

The New Criterion suele ser descrita como una publiación de corte “conservador”, y alabada o desaprobada de acuerdo a la inclinación política de quien la juzgue. En verdad, somos una publicación liberal, si entendemos el término “liberal” del modo en que lo hacía Russell Kirk cuando afirmaba que era conservador precisamente porque era liberal. Conservador, en el sentido de querer conservar aquello que merece serlo de los estragos del tiempo y la ideología, el mal y la estupidez. En épocas de abundancia, como Evelyn Waugh observó en uno de sus ensayos, la labor es sencilla y es por ello que en ocasiones olvidamos cuán necesaria es. En otras épocas, los enemigos de la civilización transforman la tarea de la preservación en un combate por la supervivencia. Es en ese tiempo en el que creemos estar. Y tal es una de las razones por las cuales el esfuerzo de The New Criterion por decir la verdad sobre la cultura es tan importante hoy como lo fuera en 1982.” 

Roger Kimball sobre los 25 años de la revista cultural The New Criterion. Traducción de H.B.

The New Criterion nació en New York en 1982, fundada por Samuel Lipman y quien fuera  uno de los críticos de arte más influyentes y más sensatos de la segunda mitad del siglo XX, Hilton Kramer. Tres hechos que bien pueden ser considerados actos de valor reseñan su apego a la cultura: en 1952 Kramer se apresuró a denunciar como fraudes a los movimientos artísticos posmodernos: la obscenidad pictórica del action painting y los subsiguientes timos conocidos como pop art, op art, conceptual art y demás imbecilidades. Huelga decir que fue tildado por sus maliciosos colegas de reaccionario. Kramer se opuso asimismo a que los estímulos a las artes pagados con dineros públicos fuesen otorgados en virtud de la variedad étnica, de género o la cercanía ideológica y sólo se tuviera en cuenta el mérito artístico. Naturalmente se lo acusó de estar en contra de la multiculturalidad, acusación que no le desagradara. Por último, Kramer lucía orgulloso su mote de anticomunista, y elogió con indisimulado placer la obra maestra de Anne Applebaum, Gulag: A History, reseña de la que vale la pena extraer unas cuantas líneas:

“What has to be understood, of course, is that the horrors of the Soviet system had never penetrated the public imagination in this country on anything like the scale that made the Nazis a familiar symbol of evil and criminality. Even as kids Americans of my generation recognized the swastika as an emblem of the “bad guys,” if only from the movies we saw and the comic books we read. No Soviet symbol ever acquired a comparable status in the public mind. Nor did Hollywood make any movies about heroic anti-Soviet resistance movements.”

Hilton Kramer: Remembering the Gulag. The New Criterion, Mayo de 2003

“Lo que ha de entenderse, por supuesto, es que los horrores del sistema soviético nunca han penetrado en la imaginación pública de este país [los Estados Unidos] en una escala similar a la del nazismo como sinónimo del mal y la criminalidad. Aun de niños, en mi generación, reconocíamos en la esvástica el emblema de “los malos”, aunque sólo fuera por las películas que veíamos y las historietas que leíamos. Ningún símbolo soviético  adquirió jamás una categoría comparable en la mente general. Tampoco Hollywood realizó producción alguna acerca del heroísmo de los movimientos de resistencia antisoviéticos.”

Sobre el estado de la crítica de arte actual, Kramer era amargamente lapidario: “…gobernada por una marcada hostilidad, o un rechazo visceral a cualquier cosa que pueda regalar a la vista una experiencia placentera.”

Hilton Kramer falleció en Maine en 2012. La conducción de The New Criterion quedó desde entonces en las hábiles manos de Roger Kimball.

H.B.