La mujer adúltera

Rembrandt van Rijn: La mujer adúltera, 1644. National Gallery, Londres.

Rembrandt van Rijn: La mujer adúltera, 1644. National Gallery, Londres.

La conversación con Ehrman se había extendido hasta horas de la noche. Amable, me invitó a hospedarme en su casa, pero el clima en Chapel Hill era feliz y no deseaba yo importunar su trabajo cotidiano; podía caminar hasta el hotel. Quizás mi timidez le desagradara, porque antes de que ganase la puerta escapó de su boca la pregunta: ¿Conoce usted el texto del pasaje de Juan según Lightfoot? Confieso que temblé: mi erudición no era vasta (no lo es tampoco hoy), la impresión que yo pretendía causar en él se derrumbaba. Ensayé una defensa respetuosa: No estoy al tanto de sus conclusiones. Seguramente un estudioso más férreo que yo habrá sabido dar con él. Ehrman sonrió. Señaló de nuevo la silla que yo había abandonado para marcharme y se internó en su biblioteca. Tardó unos minutos en regresar. Ufano, el libro que llevaba en sus manos era acariciado como un tesoro.

“Hubert Jedin menciona a Paulo Manucio (Canones et Decreta Concilii Tridentini), pero es probable que Manucio obedeciera la orden del papa Medici de imprimir separadamente los cánones secretos y que su descubrimiento en las bibliotecas vaticanas fuera obra del soborno. El texto circuló desde al menos el medioevo del siglo XIX; de otro modo el obispo Lightfoot no hubiera podido declarar a la interpolación del pasaje de Juan como una falsificación desenfadada y ofrecer la alternativa. Jedin declinó traducir el párrafo; debemos el esfuerzo de disponerlo en lenguas modernas a Hugh Schonfield. Las verdaderas líneas de Juan, suprimidas celosamente desde la tardía Antigüedad, son las que siguen:” 

“7:53 Y cada uno se fue a su casa.
8:1  Y Jesús se fue al monte de los Olivos.
8:2 Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba.
8:3 Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio,
8:4 le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio.
8:5 Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?
8:6 Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.
8:7 Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: Lo he dicho ya: No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.
8:8 E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.
8:9 Los hombres apedrearon a la mujer hasta que ésta hubo muerto. Luego se retiraron, uno a uno, comenzando por los ancianos, y quedó sólo Jesús.
8:10 Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie a su alrededor, se alejó.
8:11 Los guardias del templo, una vez que los animales de carroña se hubieron saciado con el cadáver de la mujer, tomaron sus ropas y echaron suertes sobre ellas.”

H.B.