Procesión I

La gratitud por estos recuerdos que, al decir de Martínez Estrada, están casi rotos, pertenece a Daniel Martino, albacea, editor y devoto de Adolfo Bioy Casares.

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Sábado 14 de Junio de 1986, horas de la mañana: Bioy abraza a su hijo Fabián en la confitería El Molino, en Callao y Rivadavia, Buenos Aires. El enorme edificio es un correcto símbolo de la Argentina: su pasado es orgullosamente fastuoso, su presente es precario, su futuro posee la incertidumbre de la pobreza. Un libro cambia de manos: An Experiment with Time, que Bioy cree amuleto contra la puntualidad de la muerte y la obliteración de la memoria. Fabián Bioy Casares, de quien ignoramos si preservó el volumen, moriría veinte años más tarde en París, el centro del mundo, según equivocada opinión de Bioy père (nadie elude el hecho de que ese eje se yergue, inamoviblemente, en Londres).

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Horas del mediodía: Bioy almuerza en La Biela con Francis Korn. Lugar afín a la jabonería de Vieytes y a los cenáculos en donde se leía Amalia en la penumbra, La Biela es silencioso, en ocasiones apelando al disfraz del turismo, conciliábulo para quienes profesamos la convicción del antiperonismo. Transitó con escasas concesiones la decadencia argentina.

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La hora trivial, las dos de la tarde (la definición es de Borges): Bioy se acerca hasta un puesto de diarios en Avenida Alvear y Ayacucho. Un poderoso hotel custodia la extinta estirpe argentina. Busca otro ejemplar del libro de John Dunne, aquél que refuta inútilmente el tiempo. Una voz se disculpa con él: Borges murió esta tarde en Ginebra. Bioy camina lentamente hacia Avenida Callao y Quintana; la influencia de la breve Avenida Alvear se desvanece y sólo subsiste la multiplicidad de Callao, que llega, como Borges quería, del Sur, desde donde muere El Molino como un animal noble y viejo. Eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges, recordó Bioy; luego, en el día que siguió, confirmó con Francis Korn: tengo que acostumbrarme a un mundo sin él. La falacia de Dunne se derrumbaba: el tiempo nos sobrevivirá. Borges a nosotros, también.

HB

Fotografías de HB

Bioy

1-Bioy-CasaresTantas gratas distinciones cupieron en la vida de Adolfo Bioy Casares que la monótona enumeración se antoja, en su caso, aún más tediosa. Acordemos en consignar una media docena, que puede resumirse en apenas unas cuantas palabras: la dichosa anticipación: en 1940 Bioy publicó La invención de Morel, fantasmagoría elegante que precedió en alrededor de medio siglo a la vulgar versión de la realidad virtual que es hoy herramienta de abuso común. Su clarividencia letrada no acabaría en ese volumen: en 1948 prodigó su primer libro de cuentos; en él se incluye La trama celeste; en la narración figura la hipótesis de una realidad múltiple pero igualmente voraz en cada uno de sus avatares. Casi una década después el físico Hugh Everett III asombraría, no sin provocar cierto risueño estupor, con su interpretación de la mecánica del quantum basada en la existencia de universos estrictamente paralelos. A diferencia de la literatura de Bioy, las osadas aseveraciones de Everett le merecieron cierto descrédito.

Adolfo Bioy Casares ha sido comparado con aquel excelente amanuense y entrometido biógrafo de Samuel Johnson, el abogado y diarista escocés James Boswell. La equivalencia puede ser elogiosa: Boswell sobrevive gracias al genio de su personaje, el doctor Johnson, quien no cesa de  aparecer inmenso como un acantilado de literaria extravagancia y belleza; Boswell se refugia en su sombra y halla bajo ese muro magnífico justificación y solaz. La dilatada amistad con Borges pudo ser para Bioy un acicate similar: también llevó Bioy diarios extensos en los que las conversaciones con Borges, aun las triviales y las escasamente agradables, se consignaron. Es al esfuerzo de Daniel Martino que debemos la preservación de esas joviales curiosidades. El talento fue quizás más generoso con Bioy que con las ofrendas con las que obsequiara a Boswell; aunque autor menor si es colocado junto a la gigantesca luz del ciego, Bioy fue un escritor envidiable y clásico; pocos de sus párrafos carecen de las serenas pasiones de la derrota y de la melancolía. A diferencia de Boswell, Bioy fue colaborador y par de Borges en textos que compusieron en somnolientas sesiones tras largas cenas. Al igual que Boswell, era Bioy un hombre de fácil seducción y de preocupaciones cosméticas. Johnson y Borges, sumergidos en el abismo del genio, no acertaban a hallar tiempo para las inquietudes de lo cotidiano. Ignoramos en cuál de esas posturas habita el error.

Bioy posee un privilegio secreto que, al igual que la robada carta de Poe, yace a la vista del mundo pero es difícilmente descifrado: nadie ha superado (es de sospechar que esa plusmarca no le será arrebatada) sus líneas finales sobre el final de la vida de Borges, en la querida, en la lejana, en la íntima Ginebra sobre la que escribió Conrad y en cuyas calles no coincidieron Jean-Jacques Rousseau y Ferdinand de Saussure. Dice Bioy, impecable y quedadamente fatigado por la dolorosa vía en la que se tradujo la predecible muerte de su amigo:

“Borges murió en una casa alquilada, cerca de la Grande Rue (tal vez la cruza). Estaba muy contento en esa casa y dijo que le hubiera gustado vivir allí cuando era joven y vivía cerca de la iglesia rusa. La casa no tiene número; la calle no tiene nombre, pero tiene llave, que es también la de la casa.”

“Bernès grabó a Borges cantando La morocha y otros tangos. Dice que en esa grabación Borges ríe con la risa de siempre.”

Adolfo Bioy Casares
15 de Septiembre de 1914 – 8 de Marzo de 1999

Hadrian Bagration