El sueño de Sarmiento

Benjamin Franklin Rawson: Retrato de Sarmiento a los 32 años (1845).

La civilización es el mar. Egipto encontró en el Nilo a su océano y olvidó al Mediterráneo; tal omisión lo encerró en la secreta profundidad de sus pirámides y le privó de un destino más generoso. Griegos y romanos no cometieron ese error: desde las humildes costas del Egeo, del Jónico, del Tirreno y del Adriático el genio grecorromano unió los estrechos del Bósforo y de Gibraltar y rebautizó al antiquísimo mesogeios thalassa (el mar en medio de las tierras, como había sido llamado en tiempos de apogeo  de la Hélade) como Mare Nostrum, nuestro mar, ya que no existía tierra circundante que no fuera propiedad del Imperio. La Historia ha extraviado a Cartago y a Fenicia; raro es que los vituperios que durante siglos ha sufrido el pueblo hebreo en razón de las acusaciones emanadas de su supuesta deslealtad comercial no tiñan la memoria de esas naciones perdidas, que fueron poco más que avanzadas de generales, remeros y mercaderes. En tiempos de Adriano Roma circunvaló el Pontus Euxinus, el mar hospitalario, como era en ese entonces nombrado el Mar Negro, y fundó un colonia en la Cólquide, el sector meridional de la península de Crimea, donde, la leyenda lo quiere, el ingrato Jasón se habría alzado con el vellocino. El Occidente, la porción del mundo a la que todo ser humano con mínimas ambiciones desea pertenecer, es un conglomerado de griegos, romanos y judíos en el exilio, empujados más allá del Mediterráneo.

La noticia es comentada tanto por Juan José Sebreli (Crítica de las ideas políticas argentinas) cuanto por Guillermo Gagliardi (Sarmiento y Croce: nuevas lecturas): en 1932, el lingüista Karl Vossler informa por carta a su maestro, el desorientado pero riguroso pensador Benedetto Croce, su intención de traducir al alemán la obra capital del mejor escritor argentino después de Borges (Sarmiento): el Facundo, o civilización y barbarie en las pampas argentinas. La razón es sencilla: Hitler se asoma al poder en la patria de Vossler y éste siente que lo que otrora fue una nación culta, propensa a la filosofía, a la música y a la literatura (coqueteos con el militarismo bismarckiano mis à part)  devenga un colosal Mr. Hyde por obra y desgracia del Partido Nacionalsocialista Alemán y su apelación a las peores tradiciones germánicas: el nacionalismo, el culto de la pureza de la sangre y del suelo, el antisemitismo. No caía Vossler en el error; tan sólo un año después, en 1933, Hitler confesaba: “Se refieren a mí como un bárbaro ignorante. Sí, somos bárbaros. Queremos ser bárbaros, es un título honorable para nosotros. Nosotros rejuveneceremos al mundo. Este mundo se acerca a su fin.”

Karl Vossler, después de la lectura del Facundo en su original español,  había barruntado en Rosas a un precursor, si bien mucho menor, de Hitler. Sarmiento había escrito su obra desde el exilio chileno en contra del rosismo; son las amargas consecuencias del gobierno de Rosas los argumentos que convencen al lector de la inconveniencia de su ejercicio del poder: Rosas como princeps de la Confederación Argentina sólo puede producir, por uno y por miles y por cientos de miles, a un Juan Facundo Quiroga. Hitler rex de Alemania engendrará desde el módico delator de Annelies Frank  hasta Rudolf Franz Ferdinand Höss, principal responsable del campo de exterminio de Auschwitz. Cada líder intenta concebir a su pueblo a su imagen y semejanza.

Ignacio Baz: Retrato de Sarmiento en la época de su exilio en Chile (ca. 1852). Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

Ignacio Baz: Retrato de Sarmiento en la época de su exilio en Chile (ca. 1850). Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

La canónica obra de Ferdinand Tönnies de 1887, ya Rosas muerto hace una década, ignorante de su póstuma y nacional-peronista vindicación, Gemainschaft und Gesselschaft (Comunidad y sociedad), conceptos rescatados por el historiador Arthur Herman en su The Idea of Decline in Western History, expone la dicotomía entre una nación subordinada a las categorías de grupo social, gremio, escuela, familia, iglesia, ejército (Gemainschaft) o una suma de individuos (Gesselschaft) en el que la suerte  de sus miembros no se vea subsumida por el superior interés de la comunidad organizada. De acuerdo a Kimberly Ball, estudiosa de la versión inglesa de Facundo, a la Gemainschaft rosista (la desorganizada América Latina, los restos del decadente y medieval imperio español, la inútil opulencia del Asia, la vagarosa vastedad del campo, el carácter feral de los federales, Quiroga y Rosas) se opone la cultivada Gesselschaft sarmientina (Gran Bretaña, Francia, los Estados Unidos, las ciudades, los unitarios, Paz y Rivadavia).  En tiempos de Hitler, el conflicto se zanjó entre los seguidores de la prolijamente francesa Zivilisation, honrosa partenaire de la Gesselschaft, y la alemana Kultur, heredera de la Gemainschaft a partir de la derrota de los Imperios Centrales en la Primera Guerra Mundial. Tönnies no  hacía sino seguir los pasos de Kant, de acuerdo a la razonada exposición de Norbert Elias: el título de una de sus obras del período crítico kantiano es Idea de la historia universal en sentido cosmopolita (1784). Los términos cosmopolitismo, civilización, universal, individual, no poseen cabida en los lexica rosista y nazi.

El deseo de Sarmiento, y el de los integrantes de la generación de 1837, era la lenta transmutación de las australes tierras argentinas en un país de la Europa Occidental. El de Rosas era confesamente más modesto: la obtención y conservación de la suma del poder por mano propia y por la de interpósitos caudillos; quizás Juan Facundo Quiroga fuese el epítome del cacique federal, de allí la elección de Sarmiento como personaje central de su volumen.

Cuarta edición del Facundo, Librería Hachette, París, 1874. Colección Roberto Fiadone.

Los paralelismos entre Hitler y Rosas van más allá de la mera coincidencia: ambos eran cultores de la nocturnidad (inaugurada por Rosas en los funerales de Dorrego en la Recoleta), ambos hicieron confirmar su llegada al poder a través de un plebiscito (Rosas, entre el 26 y 28 de Agosto de 1835; Hitler, el 19 de Agosto de 1934), ambos se sirvieron del terror, simbólico y físico, para amedrentar la menor oposición, ambos dispusieron de derecho de vida y muerte sobre la población y la vigilaron con multitud de soplones profesionales, falsos denunciantes y acusadores a sueldo, de modo de lograr una atmósfera en donde todos desconfiaran hasta de sus parientes más próximos. Ambos prohijaron atroces policías políticas (la Geheime Staatspolizei en la Alemania nazi, la Sociedad Popular Restauradora y su brazo armado, la Mazorca,  en el caso argentino). Ambos se propusieron controlar la vida pública y privada de los infortunados bajo su mando. Dos diferencias se perciben, sin embargo: se argüirá que esos vicios se adecuan al comportamiento de más de un tirano; es verdad, pero monstruosidades como Mussolini, Perón, Franco, Stalin, Mao, Pinochet, Videla, Castro, se proponían un desarrollo deformado, parcial, autoritario, asesino y brutal de sus dominios; el propio Hitler intentaba hacer de Alemania una potencia hegemónica. La única ambición de Rosas era la perpetuación asentada en el adormilado carácter austral de la Confederación Argentina; sus métodos eran el atraso planificado y la desapasionada maldad, que compartía con su esposa, Encarnación Ezcurra. Para Rosas, la absoluta inmovilidad del tiempo argentino era funcional a su interés de eterno protector de la salvaje inocencia de sus súbditos; en cada provincia, se aseguró, habría un hombre rústico a sus órdenes que cumpliría un destino análogo.

La otra anomalía entre ambos déspotas consiste en la elección de su final: con el Ejército Rojo a metros de su último refugio, Hitler puso un arma en su sien, mordió una cápsula de veneno y apretó el gatillo. Rosas huyó y se refugió entre los británicos. Hasta el día de hoy la anglofobia argentina, que es también profundamente rosista,  no ha sabido explicar las razones de este raro prodigio.

Durante casi un siglo, con suerte diversa y no sin injusticias, Argentina, luego de la caída de Rosas,  mutó en un país-puerto cuyo contacto con el mar la acercó tímidamente a los ideales europeos de la Ilustración. No poco contribuyó a ello el ardor que Sarmiento desplegara al redactar el Facundo. Hoy, que todo se ha perdido y que la glacial sombra de Rosas ha hallado avatares en los que hipostasiarse, la simple lectura de ese texto esencial es una reconciliación con ese posible y deseable sueño argentino que fue también el sueño de Sarmiento.

Hadrian Bagration

Los estragos lentos

Ignacio Manzoni: El asado, 1871. Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

“La cuñada de Su Excelencia el Restaurador de las Leyes estaba de audiencia, en su alcoba; y la sala contigua, con su hermosa estera de esparto blanco con pintas negras, estaba sirviendo de galería de recepción, cuajada por los memorialistas de aquel día.

Una mulata vieja, y de cuya limpieza no podría decirse lo mismo que de la ama, por cuanto es necesario siempre decir que las amas visten con mas aseo que las criadas, aun cuando la regla puede ser accesible a una que otra excepción acá o allá, hacía las veces de edecán de servicio, de maestro de ceremonias y de paje de introducción.

Parada contra la puerta que daba a la alcoba, con una mano agarrado tenía el picaporte, en señal de que allí no se entraba sin su correspondiente beneplácito, y con la otra mano recibía los cobres o los billetes que, según su clase, le daban los que a ella se acercaban en solicitud de obtener la preferencia de entrar de los primeros a hablar con la señora Doña María Josefa Ezcurra. Y jamás audiencia alguna fue compuesta y matizada de tantas jerarquías, de tan varios colores, de tan distintas razas.

Estaban allí reunidos y mezclados el negro y el mulato, el indio y el blanco, la clase abyecta y la clase media, el pícaro y el bueno; revueltos también entre pasiones, hábitos, preocupaciones y esperanzas distintas.

El uno era arrastrado allí por el temor, el otro por el odio; uno por la relajación, otro por una esperanza, otros en fin por la desesperación de no encontrar a quien ni en dónde recurrir en busca de una noticia, o de una esperanza sobre la suerte de alguien caído en la desgracia de Su Excelencia. Pero el edecán de aquella emperatriz de un nuevo género, si no es en nosotros una profanación escandalosa el aplicar ese cesáreo nombre a la señora Doña María Josefa, tenía fija en la memoria su consigna, y cuando salía de la alcoba la persona a quien hacía entrar, elegía otra de las que allí estaban, siguiendo las instrucciones de su ama, sin cuidarse mucho de las súplicas de unos, y de las reclamaciones de otros, que habían puesto en su mano alguna cosa para conquistar la prioridad en la audiencia: y era de notarse que precisamente la audiencia no se daba a aquellos que la solicitaban, sino a los que nada decían ni pedían, por cuanto estos últimos habían sido mandados llamar por la señora, en tanto que los otros venían en solicitud de alguna cosa.”

José Mármol: Amalia (1844). Editorial Espasa-Calpe, Colección Austral, Madrid, 1969.

 

“La obra tan elogiada de la Fundación Eva Perón, por sus buenas intenciones de resolver problemas mínimos entre sectores desamparados de la sociedad, merece serios reparos en cuanto a los métodos y los móviles.  El salón rococó del Palacio del Concejo Deliberante se había transformado en una corte de milagros de pobres y desclasados, más que de trabajadores. Evita repartía máquinas de coser, colchones, bicicletas, muñecas, vestidos de novia y siempre daba algunos pesos sacados de un montón de billetes que sus ayudantes renovaban permanentemente.

Cuando recorría las provincias en tren, desde la ventanilla arrojaba al voleo paquetes a la multitud, que se atropellaba para recogerlos y, en alguna ocasión, las avalanchas provocaban heridos. Copi, en su pieza teatral, parodiaba esos rituales de don: la mostraba regresando de una villa miseria, desnuda y en taxi, porque había repartido hasta su ropa y su auto. Néstor Perlongher  la hacía descender del cielo y la ponía a repartir marihuana entre los pobres.

Desde la Fundación, Evita imponía la idea de que todos los problemas se solucionaban por arte de magia o por la generosidad de un gobernante, pero más grave fue hacer pensar que los beneficios no eran derechos que debían reclamarse al Estado, sino favores personales otorgados por ella. Visitantes de prestigio o huéspedes del extranjero asistían al ritual frente a las siempre presentes cámaras de los fotógrafos de prensa y de los noticieros cinematográficos. Los pobres seguirían siendo tan pobres como antes, pero nunca más olvidarían a esa hada bella y buena que había satisfecho en el acto sus deseos o necesidades inmediatas.”

Juan José Sebreli: Comediantes y mártires. Ensayo contra los mitos. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2008.

 

Eugenia Belin Sarmiento: Domingo Faustino Sarmiento, 1887. Museo Histórico Sarmiento, Buenos Aires.

“Pero todos están de acuerdo, y esto sin intención y sin estudio, en que los caminos públicos vayan desapareciendo; los salteadores se propaguen por los campos; las escuelas estén desiertas; los correos del comercio suprimidos; la justicia abandonada al capricho de jueces estúpidos o imbéciles; la prensa enmudecida, si no es para vomitar contra los salvajes injurias soeces, o elogios serviles al Restaurador; las costumbres descendiendo a la barbarie; el cultivo de las letras despreciado; la ignorancia hecha un título de honor; el talento perseguido… ¡Hacen bien! Cualquiera de estos gobernadores, que mostrase capacidad, interés por el bien público, espíritu organizador, deseo de moverse y obrar, no la había de penar muy lejos, porque no son estas cualidades las que los mantienen en la gracia del soberano. La barbarie de las masas elevó al Dictador, y la pobreza y la ignorancia de las provincias lo sostienen contra todos los ataques. Los pueblos mejor gobernados apenas notan su decadencia y retroceso. El despotismo, aun ejercido por hombres buenos, es para los pueblos lo que la tisis para el cuerpo: el enfermo no siente dolor alguno, come, ríe, baila sin cuidado, nada le duele, sólo el físico ve los estragos lentos que la muerte va haciendo, y los pasos con que se encamina sin zozobra hacia la tumba.”

Domingo Faustino Sarmiento: Vida de Aldao, gobernador de Mendoza (1845). Editorial Argos, Buenos Aires, 1947.

Viñas

Salvador Dalí: El farmacéutico de Ampurdán buscando absolutamente nada, 1936. Museo Folkwang, Essen.

En el relativo olvido y en la desmesurada derrota muere David Viñas en Buenos Aires en Marzo de 2010. Un retrato sereno de su persona, la que solía brindar escasa serenidad en no pocas calculadas ocasiones, puede hallarse en El tiempo de una vida, la autobiografía de Juan José Sebreli. Esas páginas otorgarán de él una impresión fugaz y honesta, como quizás el propio Viñas fuese en la sumatoria de sus acontecimientos diarios. Pésimo dramaturgo, mediocre novelista y notable hombre de ensayo, David Viñas se esforzaba, fuera desde Buenos Aires, California o Berlín, en redactar con frecuencia regular el mismo texto, cuyos objetivos no eran innobles: hacer de su reputación intelectual una efigie que lo acercase a la de Sartre, y devolver la vida al desvanecido espectro de la oligarquía argentina, aun cuando desde su tumba no se oyesen siquiera estertores. Poco importaba a Viñas la irrupción política de formas más siniestras de sojuzgamiento de las plebes, a las que paternalmente pretendió guiar, a pesar de su pobre didactismo: la medicina literaria de Viñas había diagnosticado un mal que no admitía análisis ni réplica ni carácter marcesible y sobre él arrojó, párrafo tras párrafo, el veredicto. La oligarquía, desplazada del patíbulo por modos más feroces y más sutiles de manipulación política, no se inmutó y prosiguió su inexorable extinción en paz. En cuanto a su semejanza con Sartre, se sabe que éste rechazó en 1964 el Premio Nobel de Literatura; Viñas hizo lo propio en 1991 con la beca Guggenheim. El paralelismo, inapelablemente, acaba allí.

En su crítica a uno de los postreros ensayos de Viñas, De Sarmiento a Dios: viajeros argentinos a USA, de 1998, María Cristoff utiliza una frase óptima para resumir, en escasos términos, la ideología y la producción de Viñas: la aceptación feliz del prejuicio. Hacia fines de esa década, Viñas había descubierto en Sarmiento a una bête noire del devenir histórico argentino: según se presiente, a Sarmiento es achacable la interrupción de la pureza salvaje del continente americano y su sustitución por una suerte de extranjerismo estraperlista. Extraño resulta, entonces, que Viñas utilizara, para denostarlo, un lenguaje del todo ajeno a los cultores de la divisa punzó: “Un viaje egocéntrico es el que realiza Sarmiento por los Estados Unidos a lo largo de 1847. Porque si bien a la mayoría de los escenarios y de los personajes yanquis intenta tratarlos con una distancia prudente como si quisiera “enfriarlos” para exhibir cierta objetividad que apela a “las consabidas ciencias”, la puntualidad del día a día con que va inscribiendo sus notas condiciona un doble conjuro que subraya un “yo personalmente”: en primer lugar, el cuestionamiento de la figura del proscripto byroniano a lo Mármol que entona una elegía nostálgica y quejumbrosa por “la ciudad violada”, y que “erra por errar sin otro fin que soñar”… Aún cuando él se empeñe en actuar como un homme sérieux, sus tomas de posición serán descalificadas como “anacronismos”. Sus desmesuras les resultarán la negación de su definitivo sentido de la medida. Como preferirán héroes sin heroísmo, las imprudencias y los desbordes en el yoísmo en que suele incurrir Sarmiento les parecerán síntomas evidentes de su locura (“…avec ses gestes fous, /Comme les exilés, ridicules et sublimes“)”. Aburre (el pecado original del escritor) Viñas, como en casi todas sus otras digresiones, a través de una pedagogía diseñada para justificar al rosismo y al peronismo con apelaciones en francés para que se opongan éstos, aun desganadamente, a la maldad de los imperios.  Sorprende (pero es sabido que la contradicción es la forma hábil de la ceguera) Viñas al trazar esas líneas en fecha tan tardía luego de ser, obligada y dolorosamente, él mismo un exiliado, entre otras geografías, en los Estados Unidos.

David Viñas es una mención en la historia de la literatura argentina; una ligera mención sin llanto.

Hadrian Bagration