El exilio estético

La naturaleza más sobresaliente de la cíclica noche peronista es la fealdad. Silvia Arias recuerda que en ocasión del último cumpleaños de Bioy, el ágape fue, como el homenajeado, espléndido: un benefactor acercó una medalla de oro; otro, un reloj de venerable antigüedad. Una actriz declamó una pieza de Akutagawa; desde el pueblo de Pardo el vecindario obsequió un disco de metal cargado de inscripciones. Bioy gustaba de celebrar su aniversario en fecha adelantada o postergada; el hábito semeja una superstición, pero tiene que ver con la elegancia de una discreta e inofensiva impuntualidad.

En pocos meses más moría Bioy. En un par de años más su país se desmoronaba bajo la tediosa vergüenza de una nueva conspiración del peronismo, de la que ha costado más de una década librarse, y de la que jamás se estará completamente a salvo. Bioy, quien merced a una anécdota familiar deducía que morir durante una tiranía presupone una eternidad de prisión, gozó de la fortuna de desconocer un período oscuro que le hubiera resultado harto y dolorosamente reiterado: persecución, anatemas, muchedumbres, estupidez, oprobio, canina servidumbre, sangre.

Murió Bioy Casares en el anteúltimo año del siglo XX. Apenas tres lustros después imaginar o concebir celebraciones augustas y serenas es un acto de heroísmo: ni aun la casa de comidas que cobijara a esa fiesta existe hoy. La carestía ha derrumbado no sólo los boatos mínimos: el régimen desconfiaba de toda acción que no era perpetrada en su nombre y la desalentaba; a fuerza de ser censuradas y sometidas las gentes acabaron por ejercer su propia censura y su propio sometimiento. Orwell hubiera ensayado una sonrisa solidaria.

La primera víctima de las tiranías peronistas ha sido siempre la estética; lo bello luce insulto a ojos de la plomiza revolución. Es, también, la última de las dolientes en regresar del exilio. Todavía no ha sucedido.

                                                                       HB

Terror

Anónimo: Fusilamientos en Nantes, 1793. Biblioteca Nacional de Francia.

Anónimo: Fusilamientos en Nantes, 1793. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Es de general aceptación entre quienes se avienen a inquirir sobre la ruda historia de Europa que el día 5 de Septiembre que corresponde al año 1793 es el inicio de La Terreur. A esas alturas, el moderado acierto de la Revolución Francesa se había tornado un enorme error, sólo reparado por la simétrica equivocación del Congreso de Viena. La retrospectiva sentencia de Orwell, ese sórdido pero tristemente acertado juego de palabras entre dictadura y revolución no podía sino provenir del fracaso de la insurrección francesa en constituirse gobierno democrático (limitaciones de época mis à part) y burgués. El Terror fue la tenebrosa confesión de esa derrota política: perdidos, en parte a sabiendas, los objetivos revolucionarios, la Revolución debía continuar, como un vaudeville sangriento que revivía a las públicas ejecuciones del Antiguo Régimen. La inquisición revolucionaria, el Comité de Salut Public, halló en el Terror una política de Estado y un arma política: la composición sectaria del comité lo hacía tan arbitrario como los gabinetes de la monarquía; la concepción saludable implicaba la visión antropomórfica y anatómica de la sociedad francesa, de la cual debían extirparse los miembros enfermos, cuyo presencia aseguraba contagio; público remitía a la franca posición de la Revolución acerca de la aniquilación del hemisferio individual: públicos eran los juicios, en los que los acusados carecían de derecho a la defensa y de la potestad de llamar a testigos que declarasen en su favor (según infame ley de uno de los menos conocidos artífices del Terror, el burócrata Georges Couthon), públicas las caídas en desgracia, las delaciones, las ejecuciones, en múltiples ocasiones sin proceso previo. Fue crimen la emigración (retroactiva al 1 de Julio de 1789: se exigía a los viajeros el don de la clarividencia revolucionaria); los bienes de los arrestados y arrojados a las gemonias eran confiscados para calmar el hambre popular. El pueblo llano cumplía con entusiasta desgano su papel de comparsa: cuestionar al Terror significaba cortejar a la guillotina. El ardor de la sangre y las cabezas cortadas hartó a una población carcomida por la carestía; al Terror sucedió La Grande Terreur: la moderación era traición, pero lo eran también la cautela o el silencio. La Revolución gestaba, innominadamente, al fascismo.

Quiso la paradoja que fuera una victoria militar francesa, en la batalla de Fleurus, en Junio de 1794 sobre la coalición liderada por Austria, la que decretara la obsolescencia del Terror: el límite racional de la irracionalidad del fascismo clama por una ralentización de la violencia cuando los enemigos externos han sido derrotados y cuando ya no es posible discernir a los enemigos en el interior: que cualquiera sienta la amenaza del pelotón es finalidad de la revolución fascista, pero también su derrumbe: si casi nadie está a salvo, será el sitio de quienes lo están el único lugar seguro; el coup d’État está garantizado. Hacia fines de Julio de 1794 había en Francia cincuenta mil cadáveres nacidos de la inevitabilidad revolucionaria. No es inútil recordar que esas muertes quitaron de su trono a un rey para que más tarde lo ocupase un emperador, y que las campañas que siguieron a esa prestidigitación costaron no menos de cinco millones de muertos. Tras Waterloo, las fronteras nacionales del Occidente europeo habían variado apenas en unos cuantos cientos de millas en aguda comparación con las de la Francia prerrevolucionaria. El ala progresista del pensamiento populista contemporáneo suele detenerse en las miserias bélicas del fascismo conservador; las atrocidades de las revoluciones (léase fascismo jacobino) duermen calladamente bajo la tierra de los camposantos.

No hay mejor film que analice la degradación de la Revolución Francesa que Danton. El guión es de creación múltiple (sobresalen Jean-Claude Carrière y el director, Andrzej Wajda), pero la historia se inspira en Sprawa Dantona (El caso Danton), de Stanisława Przybyszewska. La obra data de 1929: asombra la ironía que revela que las líneas se escribieron en defensa de la figura máxima de la Terreur, Maximilien Robespierre; Przybyszewska no alzó su pluma para condenar a Robespierre, sino para justificarlo y hallarlo probo. La movía, en esas décadas, su credo comunista (la expresión es casi un pleonasmo: el comunismo, al igual que cualquier religión -política o supersticiosa- , es insostenible sin un acto de fe; no hay vez que esta caída no corresponda a un acto de ceguera). Wajda, que rodaba en 1983, maniobró para equiparar el terror de la Revolución con el terror, menos evidente, del régimen de Jaruzelski: la emigración, aun la forzada, (entre otras contravenciones y en medio del sempiterno racionamiento de las economías dirigistas) también fue un crimen en la Polonia soviética.

Robespierre gustaba asimilar el terror a la virtud; aún suena su tétrica fraseLa terreur n’est autre chose que la justice prompte, sévère, inflexible; elle est donc une émanation de la vertu. Se trata de otra confesión: no hay revolución que no se crea virtuosa, reparadora, y el ejercicio de esa virtud es la dosificación de la violencia a través del terror; administrado con celeridad, el sereno y permanente terror deviene el gran terror; no es sólo la etapa en la que la revolución devora a sus propios hijos sino la fase en la que se afana en remontarse en meticulosa imitación y ampliación al régimen al que suplantó: Robespierre en su breve cacicazgo y Bonaparte en su medroso imperio que se soñaba a si mismo prolongación juliana gozaron de poderes superiores a aquéllos de los Luises. Stalin ofició de omnipotente zar; Mao gobernó como Hijo del Cielo; soñó inútilmente Fulgencio Batista con la opulencia dictatorial de Castro. La virtud revolucionaria quizás consista en una desordenada y crudelísma restauración; Giuseppe Tomasi di Lampedusa bien podría aleccionarnos al respecto.

Sólo queda formular una idea más acerca de las revoluciones: la verdadera revolución siempre es la que ha de venir. Traidores, incapaces, agentes del imperialismo, malas cosechas, la naturaleza humana, la mala suerte, la mala fe, han prevenido el triunfo de la buena causa esta vez; ayer nos fue esquiva, pero no importa, mañana nos organizaremos con más firmeza, nuestro fervor llegará más lejos. Y al fin, un hermoso día, como escribió Fitzgerald

Y así continuamos, creyentes contra toda evidencia, arrastrados sin pausa hacia la sangre.

Hadrian Bagration

 

Viaje al fin del sentido

Michelangelo Merisi da Caravaggio: La conversión de San Pablo, 1601. Iglesia de Santa María del Popolo, Roma.

Michelangelo Merisi da Caravaggio: La conversión de San Pablo, 1601. Iglesia de Santa María del Popolo, Roma.

Hasta hace no demasiados años era posible observar en las esquinas más cercanas al centro de la ciudad de Buenos Aires a un hombre de aspecto estrafalario, ciertamente no temible, pero sí dotado de una excentricidad rayana en la ridiculez: alto, de cabellos amarillentos, sobre su cabeza un sombrero en donde se distinguían, aun desde mediana distancia, versículos de la Escrituras, vestido de carteles con leyendas desprolijamente redactadas acerca de las bondades de Jesús-ben-Judá y de la desoladora abominación que constituyen personas (escribo estas palabras sin jactancia) como yo. Ignoro si ese hombre ha muerto o si simplemente se ha dado por vencido ante la indiferencia de un mundo que no comprende, aunque es de sospechar que él piensa, o pensaba, que es el mundo quien no entiende la sabiduría que esos mensajes encierran. El hombre de las señales divinas garabateadas en rectángulos recortados con pareja irregularidad se ha desvanecido entre la multitud de paseantes que deambulan por las calles enclenques de la capital argentina sin más recuerdo que el llevar en sus oídos impasibles algún comentario cómico.

El cuadragésimo tercer Presidente de los Estados Unidos, George Walker Bush, comenzó el espanto de su mandato tras una elección amañada con el descaro infantil con el que los estadounidenses se refieren a los actos que niegan en un principio y que una o dos generaciones más tarde reconocerán como veraces; no obstante, su vida, tal como cuentan memorias ajenamente desarrolladas y artículos de opinión de suntuosos emolumentos, su existencia plena y verdadera, no se había iniciado sino hasta 1986, año en el que se convirtió en un cristiano confesional, un born again, de acuerdo a la jerga de la organizada militancia protestante que el desvencijado catolicismo envidia, un varón que no sólo ha despertado del sueño al que induce la razón, sino que asume como propia y fausta la misión de hacer que otras personas hasta ahora menos afortunadas que él sacudan de sus mentes también el yugo del laicismo. George Bush, quien de acuerdo a la deliciosamente alimentada pluma de sus biógrafos rezaba indistintamente en iglesias de denominación presbiteriana o episcopalista  (es probable que su continua beodez aturdiera su sentido de fidelidad eclesial), sintió en 1977 el llamado de la corriente metodista a la que lo indujo su esposa, Laura Welch. La conversión fue tibia; ni siquiera su enfatizada reunión con el reverendo Billy Graham había traído paz a su vida, o a las de aquéllos que lo rodeaban: en Abril de 1986 Bush encontró al editor jefe del Wall Street Journal, Albert Hunt, cenando con su mujer e hijo en un restaurante mexicano en Dallas. Hunt había cometido la blasfemia (más tarde trocada en equivocación) consistente en predecir que el padre de Bush, George Herbert, no sería elegido para disputar la elección presidencial de 1988, ya fenecidos los períodos de Reagan. Los acontecimientos darían la razón al ofendido hijo, pero éste prefirió no aguardar el juicio de la Historia y, completamente ebrio, se aproximó hasta la mesa en donde Hunt comía, le recordó a su madre, y le advirtió ominosamente que no olvidarían (se refería a su clan) ese desaire. Dos semanas después (las resacas son largas), Bush llamaría a Hunt para disculparse. Albert Hunt vive aún, ha recibido el premio William Allen White por su labor informativa y enseña periodismo político en la Universidad de Pensilvania.

Era preciso, más que alejar al pequeño Bush del alcohol, acercar su pasado a la ternura religiosa del estadounidense medio. La conversación que había mantenido con Billy Graham, su amigo espiritual, en el verano de 1985 en Kennebunkport, Maine, no había logrado los objetivos esperados. Además, aun cuando a Graham le eran acreditadas las loables acciones de reunir dinero para pagar la fianza de Martin Luther King en ocasión de hallarse éste encarcelado merced a su combate en pro de los derechos de los afroamericanos en los adyacentes  tiempos de la segregación racial y de no consentir en viajar a Sudáfrica hasta la desaparición del apartheid, su bonhomía resultó herida de seriedad (o de falta de ella) al ser revelados a oídos públicos en 2002 detalles de sus conversaciones con Richard Nixon acaecidas con tres décadas de anterioridad . Los hagiógrafos de Bush se apresuraron a revisar las más de quinientas horas secretamente grabadas en la Casa Blanca de 1972: hallaron, para su desmayo, que Graham consideraba (y posiblemente todavía considera) a los judíos como una tropa siniestra dedicada a estrangular (ése fue el término de su elección) a la prensa estadounidense. Y agregó: “O rompemos ese cerco o este país se va al pozo”. Nixon inquirió: “¿En verdad crees eso?”, a lo que Graham, firme en su convicción, respondió: “Sí, señor”. Nixon, trigésimo sexto Presidente de los Estados Unidos, se dejó caer en su sillón y, resignadamente, comentó: “Muchacho, yo también lo creo. No podré decirlo nunca, pero lo creo.” Graham insistió: “Si usted es elegido por segunda vez, podríamos hacer algo al respecto.” El 7 de Noviembre de ese año Nixon fue reelecto con el sesenta por ciento de los sufragios en su favor. Meses más tarde el escándaloWatergate comenzaba a expulsarlo de su puesto; no faltará quien culpe de su caída a los maliciosos y omnipresentes hebreos.

 

Pietro Berettini da Cortona: Ananías restaura la vista de San Pablo, 1631. Iglesia de Santa María de la Consezione, Roma.

Pietro Berettini da Cortona: Ananías restaura la vista de San Pablo, 1631. Iglesia de Santa María de la Consezione, Roma.

Poco más tarde de su propia reelección a fines de 2004, George Bush halló índices de popularidad pasmosamente declinantes en lo que concernía a su gestión; se trataba quizás, de que la población empezaba a percatarse, lenta y furiosamente, de que la ola de patriotismo iniciada con la destrucción de la Torres Gemelas en 2001 se extinguía con gloria ausente en las arenas de Iraq: la insurgencia de ese país desintegraba por las noches mucho de lo poco que la ocupación estadounidense erigía bajo la luz del día; el Primer Ministro escogido por Bush, Nouri al-Maliki, es aún más insignificante que su mentor; unas pocas cuadras más allá de su residencia ya puede pisarse, efectivamente, territorio talibán. El rey Abdulá de Arabia Saudita desprecia públicamente tanto a Bush cuanto a la asustadiza marioneta de Bagdad; la monarquía saudí, socia y amiga de la dinastía Bush, rumia su descontento con los resultados de la guerra y acusa a su perpetrador de imprevisión y de traición, aunque no de alcoholismo, por esta vez. En la más absoluta de las soledades, abandonado por Washington, derrocado el general paquistaní Musharraf (quien en Septiembre de 2005, en entrevista concedida al Washington Post, declaró que las mujeres que son consuetudinariamente violadas en Pakistán sólo buscan que se las compense económicamente y que les sea otorgada una visa canadiense), debilitada la mímesis de administración de Hamid Karzai en Afganistán al punto de ofrecer a los talibanes una amnistía (que ninguno aceptó), al-Maliki, incluso temiendo por su propia vida, eligió arrimarse sigilosa y tímidamente a Irán, su otrora enemigo, lo cual motivó que el exasperado monarca saudí lo catalogara como hombre de Irán en el Medio Oriente. Los firmes titubeos y las vacilantes seguridades de Bush en su ambición de lograr una salida para el petróleo iraquí que obvie los territorios de la ex Unión Soviética, bajo control del magnate y premier Vladimir Putin, han generado un retroceso mayúsculo allí por donde lograran extenderse: el poderío talibán y sus atrocidades medievales se han fortalecido, Teherán se beneficia del sentimiento contrario a los Estados Unidos que la corruptela de Bush incendió, Iraq ve al torvo antisemita y homofóbico Ahmadinejad como única salida para su miseria, Israel está a la defensiva y su sector más conservador es quien recoge los frutos de estos descalabros, Arabia Saudita, alarmada, barniza el poder de sus clérigos y de su represión con la necesidad de evitar la penetración del chiismo iraní, Moscú se lanza a conquistar territorios en el Cáucaso a los que Washington había prometido defender; el derrumbe del vago avance de una sociedad más abierta, duramente y a medias conseguida en los noventa en el escenario político doméstico estadounidense, equivalió a una catástrofe similar en casi todos los rincones del planeta en donde los Estados Unidos intervinieron ávida pero torpemente bajo las órdenes de Bush. Sumado todo esto a la crisis económica y habitacional que fuera sospechada en 2007, estallara en 2008 y prosiguiera su amargo curso hasta el día de hoy, es de deducir que Barack Obama ha de ver en su predecesor a un demiurgo intolerablemente imbécil o excesivamente perverso.

Descartada la alianza retroactiva con Billy Graham, los ghost writers de Bush, sus amanuenses y los estilistas de su memoria se ocuparon, no sin aguda consternación, en hallar el exacto momento de la vida personal del mandatario en la que, por fin, definitiva y totalmente, se hubiese producido su redención por obra de la gracia de Cristo; en otras palabras, que su pasado de consumo de estupefacientes, de evasión del servicio militar en tiempos de Vietnam (como tantos otros niños ricos) y de profusa borrachera fuesen obliterados por virtud de la saliva bautismal de algún predicador. La metodología favorecida fue la del aturdimiento: tantos son los volúmenes apologéticos raudamente compuestos acerca del olor a santidad de George Bush que el desprevenido lector bien puede tentarse a creer en la valía de alguna sentencia, quizás hasta en la de algún párrafo entero. La libresca operación ruge entre los años de 2004 y 2005, época de su reelección, que había sido cuestionada, precisamente, a causa de su elevación inicial a la primera magistratura en comicios que ni siquiera el ingenioso analista político Jean-François Revel pudo defender convincentemente en su pamphlet (un género literario muy respetable) L’obsession anti-américaine. Su prólogo más antiguo, sin embargo, puede ser buscado y hallado en un artículo de costoso encargo aparecido en el Washington Post el 25 de Julio de 1999, con George Bush abocado de lleno a su campaña de precandidatura.  Dos redactores del staff permanente de ese diario, Lois Romano y George Lardner Jr., firmaron una dilatada secuencia de confesiones cuyo propósito era el ocultamiento de verdades más ríspidas y el de justificar la liviandad de esas admisiones vagarosas. En pocas palabras, 1986 había sido para George Bush el año seminal, aquel que separó los vinos de su pasado con las cristalinas aguas de su recuperación y ascenso a las nubes de la abstención etílica. En menor cantidad de términos aún, Bush’s Life-Changing Yeares una suma teológica de razones por la cuales el candidato es  preferible a cualquier otro, y lo es, incluyendo a sus competidores asimismo republicanos, porque ha conocido la perdición pero ha regresado triunfante de ella, cual las películas, y tal hazaña lo hace, a los ojos del derrotado estadounidense medio, rendido a los pies de su  ostentosa plutocracia, más humano y cercano y alcanzable. Esa pieza de dudosa calidad periodística se permitía insinuar, aun cuando timoratamente, la pervivencia del sueño americano encarnado en George Bush, y emocionar al elector con la posibilidad de que uno de los suyos, un Juan Pueblo, un John Doe, sin más inteligencia que la de un buey, sin más cultura que la de un asno, sin mayor preparación política que la de un intendente del conurbano peronista, sin mayor mérito que el de un mal tahúr, deviniese un atildado doppelgänger, una suerte de doble a la manera del William Wilson de Poe (al que ni George Bush ni la mayoría de sus votantes han frecuentado o siquiera conocen, pues la incultura es una cualidad vital en el protestantismo político de la derecha estadounidense) que permitiese la ilusión de creer que es el votante sin intermediarios quien reina desde el despacho oval de la Casa Blanca, comanda ejércitos y flotas, es cortejado como una pequeña deidad por sinnúmero de líderes de naciones temerosas y comedidas y, por fin, despliega su munificencia frente a los azorados y atónitos compatriotas desde la sosa capital del mundo. Barack Obama, o sus asesores, aprehendieron un eco confuso de esa lección y lo aplicaron con la cuantiosa mitad del país que no puede identificarse con un hombre blanco y rico, de esposa solícita y sonriente, camino que la sofisticación y cierta altanería elegante de Hillary Clinton no podía recorrer. Afligida y quejumbrosa victoria, la del desgraciado Obama.

Decision Points, su libro de memorias, contiene, como es de esperar, la letanía de la autojustificación apoyada en la moraleja de la anécdota: así como el extraordinario y mortal 1984 de George Orwell refiere las sergas del camarada Ogilvy, un miembro del Partido encumbrado al rango de ejemplo en el estricto cumplimiento del deber, así el tomo de Bush pontifica con la existencia, quizás comprobable, del profesor Lyons, obligado a las muletas a causa de la poliomielitis, y sin embargo educador entusiasta y héroe anónimo que sirviera de inspiración al joven George. El arte del buen sufrir y el de la feliz resignación son esenciales al capitalismo republicano sin rostro. Cabe preguntarse si el profesor Lyons bebía o tenía inconfesables vicios en la penumbra, ya que George no se dejó llevar por la ardiente emulación hacia su maestro de Historia sino hasta su cumpleaños número cuarenta.

 

Valentin de Boulogne: Pablo escribiendo sus epístolas, 1618. Museo de Bellas Artes de Houston, Texas.

Valentin de Boulogne: Pablo escribiendo sus epístolas, 1618. Museo de Bellas Artes de Houston, Texas.

La primera de las apologías de Bush, casi por mano propia, se publicó el 25 de Febrero de 2004. Afirmar que su intención no era la de persuadir a los ya bovinamente persuadidos estadounidenses de que su mandato era de inspiración divina equivale a afirmar que no se ha leído el libro, omisión que merece, al menos, la calidez de un aplauso. George W. Bush: On God and Country es una breve explicación acerca de cómo el inquisidor literario Thomas Freiling examina la fe del Presidente y la halla proba. El 12 de Abril siguiente, Stephen Mansfield se explaya con mayor soltura en el tedio de doscientas veinticuatro páginas que reproducen el relato canónico del espiritual e iniciático viaje de Bush desde la malandanza a la integridad. The Faith of George W. Bush atesora, no obstante, dos momentos épicos: uno de ellos es la entrevista con Graham, de la cual Bush emergiera a medio curar, y luego de la cual su esposa exclamara, un tanto apresuradamente:¡George ha vuelto a nacer! Más allá de los dolores del supuesto parto, el segundo de los hechos, jamás narrado anteriormente, coloca en el centro del pálido escenario a un personaje cuya excentricidad rivaliza con el misterioso y mudo apóstol de las transitadas calles de Buenos Aires.

David Aikman repite sin más imaginación que la copia las mostrencas páginas del libro de Mansfield; aun así, es aconsejable detenerse en dos útiles aspectos de este nuevo y a un tiempo reiterado volumen: Aikman, un año después de responsabilizarse por la autoría de A Man of Faith: The Spiritual Journey of George Bush (4 de Octubre de 2005) pone fin a su siguiente paso en la vía de la propaganda conservadora: se convierte en biógrafo oficial de Billy Graham, el reverendo que acertara a sacudir algo del polvo religioso del entresueño post festum de Bush. El triángulo amoroso se concreta en matrimonio de conveniencia cuando tanto Bush cuanto sus dos escribas coinciden en señalar a 1986 como el año en el que la charlatanería de Graham se impuso a su impulso por la bebida, pero es Mansfield quien primero arrojó graciosa luz sobre el asunto, y Aikman quien lo argumenta de modo más dramático.

Según Aikman, fue George Bush quien activamente clamó por la realización del encuentro. Arthur Blessitt (su apellido en inglés es un homenaje a la homofonía piadosa: suena exactamente igual que la expresión bendícelo) ha legado a la posteridad una labor pedestre: ha caminado 38.102 millas (más de sesenta mil kilómetros) cargando con una cruz de madera de doce pies (algo más de tres metros y medio) y cuarenta y cinco libras de peso (unos veinte kilogramos) por más de trescientos territorios desde la mañana de navidad de 1969 hasta el 7 de Junio de 2008. Su cometido, sólo accesible a sí mismo o quienes dificultosamente razonan como el propio Blessitt, fue el de llevar la palabra de su dios desde California hasta Mongolia y desde Corea del Norte hasta la Antártida. Su plusmarca está certificada por el curioso Guinness World Records y las fotografías y testimonios que tomara en ocasión de su peregrinar, en algunos casos con personas de variado prestigio. Blessitt revela la fecha exacta de su cumbre con Bush, en ese entonces un sencillo ocioso estragado por excesos sin documentar: el 3 de Abril de 1984 en el pueblo de Midland, en Texas. Blessitt, de acuerdo a su versión de los hechos, nunca contradicha por Bush, predicaba su fe a través de eficaces instrumentos ausentes en eras bíblicas, tales como la radio. La divina casualidad quiso que Bush escuchara la voz del andarín y rogase intercesión a un cofrade en el negocio del petróleo, un tal Jim Sale (en otro llamativo caso de predestinación, sale es, como se sabe, venta u oferta).  Orgulloso por haber sido llamado a dar prueba de su verdad ante el hijo del Vicepresidente, Blessitt oró silenciosamente por él durante los primeros minutos de la reunión. Con la Biblia en la mano, y respondiendo a la pregunta de Bush acerca de cómo conocer mejor a Jesús-ben-Judá para más eficazmente seguirlo, Blessitt interrogó a Bush acerca de su relación con el segundo miembro de la trinidad cristiana. Bush dijo no estar seguro.

“Déjame hacerte esta pregunta” arremetió Blessitt, “Si murieras en este instante, ¿tendrías la seguridad de ir al paraíso?”. Bush contestó, humildemente, que no. Blessitt aseveró conocer el camino rápido y la fórmula infalible para que tal cosa sucediera: citó pasajes de la Epístola a los Romanos y de los evangelios de Mateo, Marcos y Juan. Lucas, por inexplicable arbitrio, no fue convocado a la augusta presencia de George Bush. Luego Blessitt inquirió a su reciente discípulo: “La elección es ésta: ¿prefieres vivir tu vida con Jesús o sin él?”. Bush admitió que quería hacerlo sin prescindir del pescador de hombres. “¿Prefieres pasar la eternidad con Jesús o sin él?” insistió Blessitt, para tantear la resolución de su alumno. “Con Jesús” dijo Bush. Habiendo sorteado el breve multiple choice que su autoridad eclesiástica le asignara, Bush fue tomado de la mano por Blessitt y comenzaron a rezar, la oveja repitiendo las palabras tras el pastor:“Querido Dios, creo en ti y te necesito en mi vida. Ten piedad de mí, un pecador. Señor Jesús, quiero seguirte con todas mis fuerzas. Borra mis pecados y entra en mi vida como señor y salvador…” Cuando Blessitt hubo terminado de mascullar su plegaria, y Bush de repetirla (a ellos se les había unido el amigo Jim Sale, ansioso por ser testigo del fundamental momento), Blessitt gritó: “¡Hay regocijo en el cielo ahora! ¡Eres salvo!” Y el malamente discriminado evangelista Lucas obtuvo justa reivindicación: “Hay alegría en la presencia de los ángeles de Dios cuando un pecador se arrepiente. Hay mayor regocijo en el cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos que no necesitan del arrepentimiento.” En medio de la algarabía celestial, los hombres se abrazaron y se congratularon mutuamente de haber evitado, para George Bush, el futuro descenso a los infiernos.

George Bush obtuvo en su primer compulsa presidencial, el 7 de Noviembre de 2000, la cifra de 50.456.002 votos, menor cantidad que su oponente, Al Gore, pero suficiente en razón del voluntariamente tramposo sistema electoral estadounidense y de los desesperados intereses de tantos afanosos empresarios que amasarían fortunas sin cuento gracias a la puesta en marcha de la maquinaria militar y el negocio creciente de la tercerización de la seguridad castrense; en otros términos, del gótico regreso de los ejércitos privados. En el segundo comicio, el 2 de Noviembre de 2004, George Bush totalizaría 62.040.610 sufragios; cada uno de ellos fue confesional testimonio de que una vasta mayoría de estadounidenses había elegido como Presidente a un hombre al que conocía y amaba sin rodeos, y al que veneraba sinceramente y no tras la bruma de la hipocresía o del error. No nos es dado saber si George Bush cree o no en algún dios o si posee rudimentos de ética en su obrar personal; sí está claro que, al menos,  la mitad de los estadounidenses creen o han creído fielmente en George Bush.

Del exótico hombre que paseaba su fe por las avenidas ajetreadas de Buenos Aires nada más se ha sabido. Sólo podemos llorar con él, desde su fatiga y desde su fracaso, la mala fortuna de no haber nacido en la tierra en donde cada persona puede traer consigo el luminoso verbo de la salvación, cada hombre y cada mujer pueden convertirse en ministros de alguna todopoderosa entidad, donde cualquier pícaro lava sus manos con el desnudo contacto con las plegarias de un santón, y donde el negocio más rentable es hacer creer y creer. Tan provechoso es, amigos, que hasta puede convertir a uno en Presidente.

Hadrian Bagration

 

El águila sutil: fascismo y populismo en el siglo XXI

Hitler with children propaganda poster WW2Quizás la peor de las formas de entender el fascismo sea a través del trabajo del historiador Ernst Nolte: Der Faschismus in seiner Epoche (El fascismo en su época) es una obra de traspiés seminales, no exenta de convincente ininteligibilidad, juzgada por sus estudiosos como producto de una juvenil fascinación por Hegel. A pesar de disentir con la vulgata del Partido Comunista, con el que nunca simpatizó, Nolte, sin bordear el marxismo, rescataba la calificación de fascista como adjetivo aplicable sólo al espectro de lo que la teoría política crasa denomina la derecha: Charles Maurras, Benito Mussolini, Adolf Hitler. Sin advertir que agrupaba fenómenos políticos distintos de los que, sin embargo, puede afirmarse con tranquilidad que existen puntos en común, Nolte proponía un análisis de Hegel desprovisto de la peligrosa (para sus oponentes) cópula con Marx, pero que coqueteaba con la prédica de sus seguidores: el fascismo, según Nolte, es el movimiento de la negatividad: antiliberal, anticomunista, anticapitalista y antiburgués. No olvidó agregar el nacionalismo y la autarquía económica como ingredientes necesarios y hasta casi suficientes para definir un fascismo. Más tarde revisaría su posición y adoptaría un asiento en las antípodas: el nazismo (epítome del fascismo, de acuerdo a Nolte) era un espejo del comunismo y quizás (no lo aseveró Nolte abiertamente, aunque fue acusado de allegarse al desliz) algo menos pésimo que éste. Es probable que entre ambas márgenes del error hallemos una aproximación al encanto de la exactitud.

Hannah Arendt, tal vez la más apta de las creadoras de una teoría que explique el origen de la monstruosidad política, arguyó en  Elemente und Ursprünge totaler Herrschaft (Elementos y orígenes del régimen totalitario, cuya versión en español se conoce por la traducción directa de su título inglés: Los orígenes del totalitarismo) que no podían excluirse el racismo, el imperialismo y el antisemitismo de la cuna de los regímenes autoritarios. La tesis, aunque original, no carecía de imperfecciones: no hubo, en la era moderna, imperialismo más flagrante que el británico, y sin embargo no puede ser acusada Gran Bretaña de haber pergeñado jamás gobierno fascista; ni siquiera dentro de sus fronteras nacionales se gestó, a excepción de la ridículamente escueta British Union of Fascists de Oswald Mosley, un partido de esa tendencia. El fascismo italiano no descolló por su virulencia antisemita y alguna vez Mussolini se jactó de sus buenas relaciones con la colectividad judía; hasta 1938, época de maridaje entre el fascismo italiano y el nazismo alemán, muchos judíos se hallaban afiliados al partido fascista en Italia. La teoría debía ser revisada, pero Arendt brilló en el sostén de una inestimable posición: incluyó en la lista de regímenes totalitarios al estalinismo, para desmayo de las izquierdas. Era hazaña cargada de todo valor: en 1951, año de aparición de su obra, Stalin aún vivía, nada hacía suponer su cercana muerte y la Unión Soviética aparecía como la potencia destinada a ganar el futuro por sobre las decadentes democracias occidentales. Los partidos comunistas negaban el gulag y justificaban las crueles purgas de la vieja e ingenua guardia bolchevique en años de preguerra como indispensables para el avance de la hermandad universal. Quienes de buena fe propagaron este mensaje sin obtener nada a cambio (a veces su único pago fue la persecución bajo regímenes furiosamente anticomunistas) fueron conocidos más tarde como idiotas útiles. Nadie podrá acusar a Hannah Arendt de haberlo sido.

Arendt dio a luz a sus volúmenes en 1951; Nolte la siguió, tomando un rumbo distinto, en 1963. Tal vez la Historia haya olvidado que el término totalitarismo en tanto hipérbole del fascismo es de raíz liberal; nace en una redacción, producto del fino oficio del periodismo político: aquélla del diario romano Il Mondo, órgano de la democrazia liberale, dirigido por Gioavanni Amendola, a quien probablemente se deba el neologismo hacia 1923, poco después del comienzo del ascenso de Mussolini. Es de agradecer la mención a Richard Pipes, quien la anota en Russia under the Bolshevik Regime: 1919-1924. Amendola juzgó con rapidez el carácter cuasi religioso del fascismo, lo que más tarde se interpretaría con la definición de religión política. Importa aquí resaltar que la identificación del fascismo como régimen diferenciado de una dictadura tradicional es de inspiración liberal, y que es antiliberal su exaltación: totalitario, para Giovanni Gentile, teórico fundador del fascismo italiano y ghost writer de Mussolini, es palabra elogiosa y meta del Estado fascista; controlarlo todo es su razón de ser. No por otro motivo hizo escribir al Duce: Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado. Abundan las definiciones de fascismo según quien comande la definición, pero tengo para mí que la más acertada pertenece a Emilio Gentile: el fascismo es la sacralización de la política (1993). Cerrando el círculo, podemos afirmar en forma salmodiante que para un fascista todo existe dentro de la sagrada política del Estado, nada fuera de la sagrada política del Estado, nada contra la sagrada política del Estado.

tumblr_kpwqb3jeCN1qzavsmo1_500Es preciso hacer aquí una necesaria distinción entre fascismo y totalitarismo: el primero es un totalitarismo larvado, que quizás nunca llegue a florecer; el segundo es un fascismo exacerbado que ha logrado consolidarse de forma brutal o gradual; no en todos los casos el totalitarismo debe recurrir a la sangre para invadir hasta el ático más protegido de la vida de los sufridos ciudadanos. Hannah Arendt opina que la Italia de Mussolini es el típico ejemplo del fascismo, en donde la captación de las voluntades y las instituciones es completa pero no total; la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin son los horrores políticos que tradicionalmente se denominan totalitarismos. Puede que el régimen totalitario mute a otra forma de despotismo: la China de Mao fue un crudo totalitarismo; tras las reformas de Deng Xiaoping viró lentamente hacia una dictadura tradicional de partido único con resabios fascistas; no obstante, la transformación no ha sido constante ni llana: una vez que la categoría de totalitarismo se ha alcanzado, es imposible vencer la tentación de regresar a ella para ajustar cuentas con opositores o competidores políticos. Totalitarismos de solemnidad sobreviven con mejor o peor salud en el nuevo siglo: la Cuba de los Castro, la Corea de Kim Jong-un, el Irán de Alí Jamenei son algunos tristes ejemplos.

La identificación entre Estado y fascismo no puede ser casual: le es imposible imponerse al último sin la poderosa sombra del primero. La calificación de fascista, en su forma más primordial y callejera, es utilizada como errado sinónimo de partidario de la derecha; en términos populares, fueron Ernst Nolte y su pulverización de las categorías políticas quienes ganaron el debate. En rigor de verdad, el fascismo es una forma política que puede asentarse sobre bases económicas diversas; nada impidió que el fascismo se desarrollara y prosperara miserablemente en un capitalismo prebendario y autárquico como la Argentina del primer Perón; nada impidió que el fascismo se desarrollara y prosperara miserablemente en un capitalismo burocrático de Estado, erróneamente considerado un socialismo, como lo fue Unión Soviética. Naturalmente, la izquierda clásica, o aun la posmoderna, que creen, en ocasiones de buena fe, que alguna vez existió el socialismo fuera de los textos, reivindican con ofendida dignidad las envejecidas tesis de Nolte. La economía, para la teoría fascista, es una fuerza de choque que puede utilizarse, siempre bajo tutela estatal, con prescindencia de un plan técnico; bastará que las necesidades de las masas se vean satisfechas, a veces en niveles mínimos, para que la gestión se considere un éxito. La economía, en el fascismo, es una rama secundaria de la política.

Arrepentido de sus opiniones anteriores hacía ya tiempo, Nolte escandalizó una vez más a los ámbitos académicos al publicar, en el año 2000, Der europäische Bürgerkrieg, 1917-1945: Nationalsozialismus und Bolschewismus, llamado en español La guerra civil europea: 1917-1945. Omitiendo su peligrosa pretensión de negar la singularidad del Holocausto y asimilarlo a la época de violencia de masas iniciada por el genocidio armenio (1915-1923), no es osado prestar oídos a su nueva prédica: el nazismo y el comunismo, similares (idénticos, de acuerdo a Nolte), se disputaron no sólo la primacía en Europa sino el lugar desde el que combatir a la democracia liberal, despreciada ferozmente por ambos. El frente oriental en la Segunda Guerra Mundial habría sido, así, una lucha intestina; quien resultara vencedor se adjudicaría la tarea posterior de derrotar al liberalismo. Los Aliados, bien se sabe, contribuyeron en gran medida a la victoria soviética no sólo por razones de realpolitik sino por el grave sentido moral que implicaba la contienda con el nazismo, aseveración negada por el lingüista Noam Chomsky, para quien la Segunda Guerra Mundial fue sencillamente una gigantesca lid entre imperialismos de diversa índole. La interpretación del marxismo vulgar de posguerra identificó a los Aliados occidentales, los Estados Unidos y Gran Bretaña, como potencias imperialistas en poco disímiles a la Alemania nazi, a la que atribuían, no sin malicia, una economía de corte capitalista liberal, decretando que la existencia de conglomerados corporativos en una nación garantiza el carácter liberal del capitalismo.

images (2)La literatura y en mayor medida la cinematografía han contribuido a generar una definición clásica y a la vez un estereotipo del fascismo: masas enfervorecidas, camisas pardas, saludo nazi, Stechmarsch,  hordas uniformadas, campos de concentración, cámaras de tortura, cámaras de gas. Esas imágenes han favorecido una falacia visual: ante la ausencia de las masas y su fervor, el color pardo de las camisas, los brazos levantados en obediente salutación, el paso del ganso, la marea de los ejércitos, los prisioneros políticos, los ayes de dolor y el gaseado, se decreta que no hay razón para temer al fascismo. El fascismo deviene así una cualidad visible y cinematográfica que sólo puede ser detectada por el ojo. Es un craso error: la primera represión que el fascismo desata sobre sus súbditos tiene como objetivo el intelecto y no el sentido de la visión. Épocas pasadas enseñan que la vida bajo los diferentes regímenes fascistas (excepto en períodos de conflagración, y aun así, sólo cuando se avecinaba la derrota) poseía la apariencia de una total normalidad, hasta de una cierta quietud y tranquilidad de ánimo y acción preferibles a tiempos turbulentos en donde se ignora quién se hará con el poder. El fascismo, como las serpientes, sólo muestra su verdadera cara cuando se siente amenazado, sea la causa de la amenaza interior o exterior. Si es interna, el opositor será declarado enemigo de la patria. Si es foránea, un agresor imperialista. Mussolini no hacía sino seguir la teoría de Enrico Corradi acerca de la coacción impuesta por las naciones plutocráticas, como Gran Bretaña, contra naciones proletarias como Italia. El fascismo juega el sutil juego del amigo o enemigo del Estado fascista; los amigos de hoy pueden ser los enemigos de mañana, se trate de países o de personas; nadie debe tener el poder (nadie, excepto el líder y el Estado, deben tener ningún poder) de respirar en paz. Nadie tiene el derecho (nadie tiene ningún derecho) de ser neutral.

Entonces, ¿qué es el fascismo hoy? Hay tantas definiciones como fascistas caminan sobre la tierra, y es dable asegurar que muchos fascistas ignoran que lo son, aun cuando haya quienes nieguen la existencia misma del fascismo, quienes recurran a la vieja definición de Nolte y hasta quienes lo identifiquen con la política exterior de los Estados Unidos o Israel. Quizás la mejor manera de intentar una explicación, una definición (para muchos, una justificación) es examinar las características comunes, la similitud dentro de la diversidad fascista. Nada mejor, para ello, que recurrir a las catorce proposiciones de Umberto Eco sobre el fascismo. Omitiré referencias al artículo 14 points of Fascism, llamado también Fascism, anyone? de Laurence Britts, ya que sólo consiste en una imitación de las proposiciones de Eco, aparecida en la revista Free Inquiry en 2003, con el sólo objeto de criticar el proceder político de la muy criticable administración Bush Jr. Antes de solazarnos con la agudeza de Eco, arriesgaré una interpretación: el fascismo del siglo XXI es el populismo.

El populismo posee sus teóricos, sus exégetas, sus detractores, sus amantes, sus desilusionados, sus suplicantes y sus beneficiarios. Ha sido bautizado cesarismo democrático, dictadura plebiscitada, democracia popular; cada cientista político desea dejar su huella en la historia de las ideas y sugiere un nombre renovado. No sólo el populismo elude definiciones sino que ellas, como sucede con el fascismo, cuando se ofrecen, son contradictorias; ni aun significa igual cosa la palabra española populismo que la inglesa populism. La primera alude a una revolución encarada por un líder carismático en nombre de la voluntad de un pueblo, si nos atenemos a la concepción ofrecida por sus clientes; la segunda, a reformas, progresistas o conservadoras, destinadas a alzarse con votos según el humor popular del momento. En español, idioma de la pobreza, en su mayor parte, el término destila ecos épicos; en inglés, lengua, por estos instantes, de la abundancia, despide un tufillo a oportunismo. Las formas políticas también se rinden ante laberinto semántico. No es en vano que Juan José Sebreli apunte en Los deseos imaginarios del peronismo (1983) que otros dos idiomas en los que restalla la palabra populismo sean el alemán (völkisch) y el ruso (Народничество [naródnichestvo]), naciones en las que el fascismo alcanzó cotas totalitarias. Si el fascismo es la antesala del totalitarismo, el populismo es el estadio de aprendizaje del fascismo, el momento político en el que todavía es demasiado débil o incipiente como para intentar una deglución de la sociedad. En la complejidad del mundo político, estas etapas son borrosas, difusas, imprecisas y siempre dolorosas. Deberíamos, entonces, hablar de una forma impura de dominación ideológica, una estafa política que podría denominarse, sin desmedro de otras interpretaciones y sugerencias, fascismo-populismo.

Según el prólogo a su libro Cinco escritos morales, Umberto Eco pronunció el 25 de Abril de 1995 en la Columbia University of New York una conferencia con motivo de los cincuenta años de la insurrección general de la Italia del Norte y la caída de la Europa fascista. Denominó a esa conferencia El fascismo eterno; fue publicada en traducción inglesa en la New York Review of Books en Junio de ese año como Eternal Fascism; en el número de Julio-Agosto de 1995 de la  Rivista dei Libri apareció como Totalitarismo fuzzy e Ur-fascismo. Eco utiliza el prefijo ur- en su correcta acepción germánica: primitivo, original, ancestral; por extensión, eterno, imperecedero:

chinese-propaganda-posters-01“Il Fascismo è diventato un termine che si adatta a tutto perché è possibile eliminare da un regime fascista uno o più aspetti, e lo si potrà sempre riconoscere per fascista. Togliete al Fascismo l’ imperialismo e avrete Franco o Salazar; togliete il colonialismo e avrete il Fascismo balcanico. Aggiungete al Fascismo italiano un anti-capitalismo radicale (che non affascinò mai Mussolini) e avrete Ezra Pound. Aggiungete il culto della mitologia celtica e il misticismo del Graal (completamente estraneo al Fascismo ufficiale) e avrete uno dei più rispettati guru fascisti, Julius Evola. A dispetto di questa confusione, ritengo sia possibile indicare una lista di caratteristiche tipiche di quello che vorrei chiamare l’ Ur-Fascismo, o il Fascismo Eterno. Tali caratteristiche non possono venire irreggimentate in un sistema; molte si contraddicono reciprocamente, e sono tipiche di altre forme di dispotismo o di fanatismo. Ma è sufficiente che una di loro sia presente per far coagulare una nebulosa fascista.”

“El fascismo se ha convertido en un término que se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos, y siempre se lo podrá reconocer como fascista. Quiten del fascismo el imperialismo y tendrán a Franco o a Salazar; quiten el colonialismo y tendrán el fascismo balcánico. Añadan al fascismo italiano un anticapitalismo radical (que de ninguna manera fascinó a Mussolini) y tendrán a Ezra Pound. Añadan el culto a la mitología céltica y el misticismo del Grial (completamente ajeno al fascismo oficial) y tendrán a uno de los más respetados gurúes fascistas, Julius Evola. A despecho de esta confusión, confío en que sea posible especificar una lista de características típicas de aquello que yo llamaría el Ur-fascismo o el fascismo eterno. Tales características no pueden ser reglamentadas en un sistema; muchas se contradicen y son típicas de otras formas de despotismo o de fanatismo. Pero es suficiente con que una de ellas esté presente para conformar una nebulosa fascista.”

1) La prima caratteristica di un Ur-Fascismo è il culto della tradizione.

La primera característica de un Ur-fascismo es el culto a la tradición.

El fascismo-populismo no posee tradición, por ello debe crearla. Esa invención es muchas veces torpe, pero eso no obsta a su efectividad: en Argentina los populistas afirman recoger la tradición de Perón y su segunda mujer, o, peor aún, de Rosas. En Venezuela, antes de la muerte de Hugo Chávez, la tradición era Bolívar y una exótica concepción del socialismo; hoy la tradición es Chávez. Sucede lo mismo en la Argentina desde el deceso de Néstor Kirchner. Así como el líder hace historia en vida, al morir es convertido en Historia de inmediato y desde ese panteón emana discurso. La reivindicación constante a un pasado glorioso que llevará a un futuro glorioso ayuda a soportar el presente árido; desde el purgatorio se promete el cielo y se consigue el infierno. Eco hace referencia a la cultura sincrética del fascismo (piénsese en el carácter versátil del peronismo): se abreva en todas las tradiciones asequibles, desde el Cristo obrero, Espartaco y Arminio hasta la Rerum Novarum, Herder y Lenin; desde esa partida se mezclan y reinterpretan ad nauseam los ingredientes, pero se rechazan las novedades. El fascismo-populismo es la gesta pretérita.

2)   Il tradizionalismo implica il rifiuto del Modernismo.

El tradicionalismo implica el rechazo de la Modernidad.

La Modernidad barrió con las formas medievales de distribución del poder y la riqueza; fue burguesa y liberal, aun cuando desconociera en un principio el significado elusivo de ambos términos. Marx, crítico de la Modernidad, era sin embargo entusiasta defensor de ella y aun su hijo; el Manifiesto Comunista no es otra cosa que un intento de corrección de las promesas incumplidas de la caída del Antiguo Régimen y la superación, tal vez ilusoria, del statu quo de la Modernidad en el siglo XIX por una versión mejorada. El tradicionalismo (léase el fascismo, léase el populismo) significa, por el contrario, una regresión: el líder es el renacimiento de la figura del monarca, aun del monarca absolutista, y su régimen es un despotismo, nunca ilustrado. La raíz del populismo se encuentra, al igual que la del fascismo, en la reacción contra la Ilustración que impulsaran el romanticismo alemán y el eslavismo ruso, y también, de seguir a Darrin McMahon (Enemies of the Enlightenment: The French Counter-Enlightenment and the Making of Modernity, 2002), el movimiento francés de los anti-philosophes, los enemigos y perseguidores de Voltaire. Si la Ilustración surgió en Francia, es lógico, aunque lamentable, que la resistencia a ella brotara asimismo de allí.

3) L’ irrazionalismo dipende anche dal culto dell’ azione per l’ azione.

El irracionalismo depende también del culto de la acción por la acción.

2461623176_40e02cece8_zEl populismo desconfía de los intelectuales, más aun si ha llegado al poder. Los escasos pensadores favorables al fascismo-populismo son de producción deplorable y no merecen siquiera mención. La razón de esta carencia es el desprecio del fascismo-populismo por la contemplación y la reflexión: el culto de la acción pura, heredado del fascismo del siglo XX, llama a las masas al rugido y a las vanguardias al vandalismo cuando su hegemonía se siente bajo amenaza. El populismo deviene así una forma desembozada de gangsterismo político. Sin embargo, una vez pasado el peligro, el fascismo-populismo buscará la mansedumbre popular y castigará la acción sin permiso ni fundamento emanado del poder. El pueblo, para el fascismo-populismo, debe ser una bestia amaestrada en estado de perpetua obediencia. Eco anota: “La desconfianza respecto del mundo intelectual siempre ha sido un síntoma del Ur-fascismo, desde la simpatía de Hermann Goering por la frase tomada de una obra de Hans Johst (“Cuando oigo la palabra “cultura” saco el revólver.”), hasta el uso frecuente de la expresión “intelectuales degenerados”.” El único tipo de intelectual que el populismo acepta tolerar es el intelectual orgánico, el permanente justificador de las decisiones gubernamentales, al que denomina, no sin cursilería, intelectual revolucionario, en oposición al malvado intelectual burgués. Invariablemente, el intelectual revolucionario es un mercenario de la pluma que escribe y publica bajo la supervisión flagrante o disimulada del poder, no sin recibir abultados emolumentos a cambio.

4) Nessuna forma di sincretismo può accettare la critica.

Ninguna forma de sincretismo puede aceptar la crítica.

Para el fascismo-populismo, como lo fue para el fascismo, el disenso es traición. La única opinión válida es la formulada por el líder; su palabra es la ley, y si cambia por razones de táctica o necesidad, la opinión de los seguidores deberá renovarse con idéntico fervor. Una sencilla anécdota ilustrará esta tragicómica práctica: en Buenos Aires, el fascismo-populismo intenta avanzar sobre el Poder Judicial a través de una serie de leyes de insolente calaña autoritaria. Encuentra un escollo en un  dirigente político, presunto columnista de un periódico de la prensa adicta, quien aduce que ciertas características del proyecto no responden a la voluntad de la Presidente. En otras palabras: la ley no es mala porque es deficiente o no responde a los postulados de la república o es técnicamente réproba o desoye a la Constitución, sino porque contraría, supuestamente, el verdadero deseo de la líder. Los teólogos del populismo se disputan la preeminencia en la fidelidad a la corona, para la cual, en ocasiones, roban.

5) Il disaccordo è inoltre un segno di diversità.

El desacuerdo es además signo de diversidad.

Eco postula la explotación del miedo a la diferencia por el Ur-fascismo; en su interpretación, es uno de los sostenes del racismo en regímenes como el fascismo alemán; la necesidad de un consenso forzoso se explicita en la reafirmación del sentido de pertenencia como signo de honor, en algunos casos, a una raza, en otros, a un movimiento. El último dilema es peor: no puede un individuo dejar de pertenecer a su grupo étnico, pero puede (y debe, según el fascismo-populismo) mudar su modo de pensar e integrarse a la revolución, fuera de la cual no hay política, ni pensamiento ni acción, sólo represalias. El fascismo-populismo no se reconoce partido; es decir, parte de la sociedad, sino movimiento, es decir, el todo de la sociedad que avanza. Tras los límites quedan los plutócratas u oligarcas, los traidores, los excéntricos, los antisociales (término favorito del castrismo), los reaccionarios y los estúpidos. Si el disenso constituye traición, el simple desacuerdo es herejía.

6) L’ Ur-Fascismo scaturisce dalla frustrazione individuale o sociale.

El Ur-fascismo deriva de la frustración individual o social.

propaganda-peronistaDesde una visión marxista vulgar, el fascismo es la desesperada reacción de la pequeño-burguesía (en términos legos, la clase media) contra el ascenso de la clase obrera. Se trata, por supuesto, de una perspectiva anterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando las masas obreras constituían, de acuerdo al marxismo, un sujeto histórico de peso. A pesar de esta sagaz afirmación, los teóricos del marxismo de entreguerras quedaron atónitos ante el creciente apoyo de la clase trabajadora a los regímenes de Mussolini y de Hitler; por extensión, y a raíz también de la cooptación del sindicalismo independiente, sucedió igual cosa con el peronismo. La razón es simple, aun cuando no quepa en los cálculos de los deficientes seguidores de Marx: el fascismo y su sucesor, el fascismo-populismo, gozan durante una primera etapa de un período de esplendor económico que corre a reparar injusticias sociales e inequidades de clase que son producto de la torpeza de administraciones anteriores; por ello, y contra la opinión del liberalismo dogmático, cada centavo que se invierta en acción social previene el posible surgimiento de un nuevo Mussolini, un nuevo Hitler o un nuevo Perón; también el de un nuevo Castro o un nuevo Chávez. La democracia es, ante todo y debido a la pobreza de la condición humana, hija de la prosperidad. Sin previo descontento, los líderes autoritarios son sencillamente inviables; sin el hundimiento de la República de Weimar a causa del crack de 1929 Adolf Hitler sería recordado hoy sólo como un bufón tenaz. La captación de las clases populares, e incluso de la pauperizada clase media, por el populismo, es el resultado de la dilapidación en medidas clientelistas de la capacidad ociosa del capital público; no hay vez que esas distribuciones temporarias no produzcan éxitos electorales, que legitimarán al proyecto fascista-populista. Obvio es consignarlo, la alegría popular no es de larga duración: apenas se agotan los recursos del Tesoro, comienza la crisis económica, acontece la retirada del apoyo electoral y el fascismo-populismo debe recurrir a la intimidación, la represión y el fraude para retener el poder; el romance del dictador con su plebe ha terminado.

7) A coloro che sono privi di una qualunque identità sociale, l’ Ur-Fascismo dice che il loro unico privilegio è il più comune di tutti, quello di essere nati nello stesso paese.

A aquéllos que son privados de cualquier identidad social, el Ur-fascismo dice que su único privilegio es el más común de todos, aquél de haber nacido en un mismo país.

Fácil es relacionar al fascismo con el nacionalismo, sencillo es ligar el nacionalismo al fascismo-populismo, pero el estilo del nacionalismo populista es de un tenor ligeramente diferente: se trata de un nacionalismo ahistórico: si bien es irredentista en cuanto a la exigencia de la devolución de territorios que estima suyos como manera de movilizar la emoción de la población, la división de amistades y enemistades no depende de conflictos añejos o cuestiones estratégicas, sino de la conformación de una internacional populista: cualquier nación que deba soportar un gobierno afín al fascismo-populismo es una nación automáticamente considerada aliada; cualquier nación que disfrute de un gobierno actuante en oposición al fascismo-populismo es un enemigo potencial; en el espacio latinoamericano, el lebensraum populista es denominado la Patria Grande. El fascismo-populismo rescata la idea fascista de Corradi de dividir a los países en plutocráticos y proletarios, sólo que ahora utiliza adjetivos distintos para el mismo fenómeno: naciones revolucionarias o liberadas y naciones imperialistas u opresoras. Los súbditos del Estado fascista-populista deben sentirse agradecidos de habitar suelo propicio para la libertad de los pueblos, aunque ese galardón, las más de las veces, es útil únicamente para incentivar la emigración.

8) I seguaci debbono sentirsi umiliati dalla ricchezza ostentata e dalla forza dei nemici.

Los seguidores deben sentirse humillados ante la riqueza ostentosa y la fuerza del enemigo.

El fascismo-populismo se presenta a sí mismo como valeroso; de acuerdo a ello, escogerá enemigos de fuste: Washington, Londres, la Unión Europea, el sionismo, sus sicarios internacionales, sus aliados en el seno de la nación que responden a intereses extranjeros. El objetivo del fascismo-populismo es la cooptación de todos los poderes e instituciones; observa con afrenta el hecho de que haya quienes no se le sometan. Espoleará a sus partidarios para que exijan los dineros malhabidos de empresas, medios, sindicatos, asociaciones, individuos. Los lujos de los que el pueblo se priva no son producto, según el fascismo-populismo, de la pésima administración económica o del aislamiento internacional, sino de la rapacidad de los adversarios. Fomentará el uso de un arma que, bien empleada, resulta letal: el resentimiento, esa disposición del ánimo que prefiere la ruina ajena a la prosperidad propia.

9) Per l’ Ur-Fascismo non c’ è lotta per la vita, ma piuttosto vita per la lotta.

Para el Ur-fascismo no hay lucha por la vida, sino más bien se vive para la lucha.

2b308cfa35260cf103b23f0369f1622fEl fascismo-populismo es la ideología de la construcción permanente del enemigo. No se trata de un enemigo de clase, de una filosofía adversaria o de una institución opositora; amigo, por definición, es quien se aviene a aliarse o someterse; enemigo es quien no lo hace, poco importan el grado de cercanía o similitud en lo meramente programático. El fascismo-populismo es esencialmente cortoplacista, una suerte de Don Juan de la política: sus amores y sus odios sobreviven lo que dura la conveniencia. Recuérdese el acercamiento inicial de Hitler a la Unión Soviética (el pacto Molotov-Ribbentrop de 1939 que permitió la invasión de Polonia por los alemanes, y una quincena después, por los soviéticos), el apoyo mendigado por Castro en primera instancia a los Estados Unidos, la aproximación de Néstor Kirchner a conglomerados de medios de los que luego abominó. La erección constante de un enemigo es imperiosa en el fascismo-populismo, que en este respecto supera con creces las sinuosidades del fascismo original, ya que su ideología básica es precaria y se sostiene esencialmente en el entusiasmo del combate y la promesa de la destrucción de las cadenas que oprimen a las masas a las que el fascismo-populismo dice venerar. Además de combatir al enemigo, el fascismo-populismo exige que se lo haga apasionadamente, sin vacilaciones ni misericordia; cualquier intento de conciliación es censurado como una claudicación y castigado de acuerdo a la magnitud de la ofensa. Como el gobierno fascista-populista se considera a sí mismo sagrado órgano del Estado y aspira a la suma del poder público, el tamaño de la transgresión es enorme. Quienes abandonan el campo fascista-populista voluntaria o involuntariamente lo hacen para no regresar, en ocasiones para no regresar con vida.

10) L’ elitismo è un aspetto tipico di ogni ideologia reazionaria, in quanto fondamentalmente aristocratico.

El elitismo es un aspecto típico de toda ideología reaccionaria, ya que es fundamentalmente aristocrático.

El fascismo-populismo posee una taxonomía de hierro, una ley de jerarquías que comprende desde el humilde simpatizante sin relación alguna con el poder fáctico hasta el líder supremo, con numerosas escalas intermedias: los militantes de base, que distribuyen dádivas y proveen votantes, y que son a su vez supervisados por militantes más antiguos de rango superior, que son, a su turno, comandados por dirigentes ya cercanos al poder político más tradicional; esa forma de organización es un remedo aceitado de un ejército, lo que supone también un rígido sistema de premios y castigos a causa de logros o incumplimientos. Los partidarios más destacados o mejor relacionados son remunerados con cargos públicos e inclusión en los primeros lugares en las listas de los comicios, sin que pueda ser cuestionada su idoneidad. Reaparece la figura del idiota útil, aquél que está sinceramente convencido de las bondades del fascismo-populismo y defiende la acción del gobierno sin recibir estipendio, pero a medida que el régimen comienza su desgaste y se ve obligado a permanecer por la fuerza, deviene una especie en extinción. El fascismo-populismo no sólo divide a la sociedad en amigos y enemigos, sino entre privilegiados y perjudicados, es decir, simples mortales que deben subsistir por sus propios medios. Pasar a formar parte de la casta superior es tarea nada sencilla: pocos son los sitios disponibles y muchos los ambiciosos. Dado que la manera más práctica y expeditiva de remunerar la fidelidad ciega es el empleo estatal, los fascismos-populismos engrosan las filas de los estamentos municipales, provinciales y nacionales a niveles astronómicos. La impagable cuenta que se deriva de esta costumbre debe ser costeada por el grueso de la ciudadanía bajo el carácter de una galopante inflación, que no es otra cosa que el precio de mantener a esta aristocracia parasitaria. Si el fascismo y el totalitarismo primordiales constituían élites no tradicionales que se afanaban en reemplazar a las clases dirigentes típicas de una nación a perpetuidad, puesto que no consentían en abandonar el poder y se abocaban a la transformación del Estado para ese fin, el fascismo-populismo es una contra-élite, un lugar en el que se deposita la hez de la sociedad apresurada por obtener una parte del botín de manera rauda y tosca, ante el riesgo de ser desplazados por un rival político o la inminencia de una posible caída del régimen. Así, es evidente comprobar la existencia en sus huestes de figuras de la farándula, del deporte, del hampa; colosales mediocridades que no hallarían sitio en un sistema regido por la virtud del mérito.

11) In questa prospettiva, ciascuno è educato per diventare un Eroe.

Desde esta perspectiva, cada quien es educado para convertirse en Héroe.

Así como no existen patricios sin plebeyos, no hay revoluciones sin héroes, aun cuando la revolución sea una fábula y el héroe una parodia. El fascismo-populismo, al sacralizar la política, hace de cada miembro del partido un proyecto heroico que puede desembocar en el asesinato o el martirio si la causa lo requiere. El fascismo-populismo detesta las formas políticas burguesas, con sus dilatados debates parlamentarios en donde las partes exponen sus argumentos y contrastan propuestas; si pudiera, arrearía con el Parlamento y con los legisladores, aun los de su propia facción, y gobernaría por decreto. Pero no olvida que ha sido legitimado en una elección y que debe cooptar a la institución legislativa, no arrasar con ella, a pesar de que esto le suponga un esfuerzo a su corta paciencia. Los cuadros políticos que el fascismo-populismo prepara son ideológicamente irritables, inflamados de retórica revolucionaria, de muy estrecha frontera entre el discurso incendiario y la acción directa. La severidad del fervor da apariencia de honestidad; un examen más riguroso de las vidas privadas de los encendidos panfletarios revela, sin embargo, una propensión al lujo que la ascética verba de la vigilia no hace sospechar. El heroísmo del fascismo-populismo es un producto para consumo mediático.

12) Dal momento che sia la guerra permanente sia l’ eroismo sono giochi difficili da giocare, l’ Ur-Fascista trasferisce la sua volontà di potenza su questioni sessuali.

Dado que tanto la guerra permanente cuanto el heroísmo son juegos difíciles de jugar, el Ur-fascista transfiere su voluntad de poder a las cuestiones sexuales.

meposters-0002-059_thumbEl fascismo-populismo es, casi invariablemente, conservador en materia erótica. Los totalitarismos desbocados son furibundamente misóginos y homofóbicos, baste recordar el ejemplo cubano, en donde existieron campos de concentración para la reeducación de homosexuales. El nazismo decretó su condena a muerte y los recluyó en campos de exterminio y relegó a la mujer a las tres K: Kinder, Küche, Kirche (niños, cocina, iglesia). Richard Bosworth (Mussolini’s Italy: Life Under the Dictatorship, 2005) relata que Mussolini, tal como obra hoy el vergonzante presidente iraní Majmud Ajmadineyad, negaba que en Italia pudiera existir, bajo el régimen fascista, un solo homosexual. En los totalitarismos del Este la homosexualidad era considerada una enfermedad burguesa. Una excepción a esta regla es el peronismo kirchnerista, el que impulsó una ley de matrimonio igualitario y de identidad para personas transgénero. La explicación es harto sencilla: luego de la derrota en las elecciones legislativas de 2009, el peronismo temió sufrir arranques de debilidad y buscó posicionarse como movimiento progresista en un país, la Argentina, en el que las clases dirigentes tradicionales, aunque liberales, son sexualmente conservadoras y las instituciones, incluida la Iglesia católica, mantienen con el homosexual una relación tensa. La promulgación de esa ley sirvió al peronismo para posar como propulsor de las libertades sexuales, cuando en su plataforma política ese proyecto no existió jamás y había perdurado en el poder por siete años sin que la idea cruzase su horizonte político. La concesión oportunista es parte integral de la táctica populista. Pocos recordarán que por ley celebrada por el gobernador peronista de la provincia de Buenos Aires, Domingo Mercante, en 1946, por causa de indignidad se prohibía votar a los homosexuales, aun cuando fuera dificultoso reconocerlos. Tal ley no fue derogada sino en 1987, en el radicalismo tardío (la fuente es Juan José Sebreli: Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires, 1997). Richard Washburn Child, biógrafo y admirador de Mussolini, escribió en el prefacio de su obra en dos volúmenes una oda al oportunismo politico: “Opportunist is a term of reproach used to brand men who fit themselves to conditions for the reasons of self-interest. Mussolini, as I have learned to know him, is an opportunist in the sense that he believed that mankind itself must be fitted to changing conditions rather than to fixed theories, no matter how many hopes and prayers have been expended on theories and programmes.” (“Oportunismo es un término peyorativo utilizado para etiquetar a aquéllos que se adaptan a las circunstancias por razones egoístas. Mussolini, según yo lo he conocido, es un oportunista en el sentido de que es la humanidad misma la que debe adaptarse a las condiciones cambiantes en lugar de a teorías prefijadas, no importa cuánto se ha esperado y rogado para que esas teorías y programas funcionen”). Y agrega que el propio Mussolini le confió: The sanctity of an ism is not in the ism; it has no sanctity beyond its power to do, to work, to succeed in practice. It may have succeeded yesterday and fail to-morrow. Failed yesterday and succeed to-morrow. The machine first of all must run! (“La santidad de un ismo no reside en el ismo; no es sacrosanto más allá de su capacidad de hacer, de funcionar, de tener éxito en la práctica. Puede haber sido exitoso ayer y fracasar mañana. Haber fracasado ayer y tener éxito mañana. ¡La máquina antes que nada debe poder andar!”). En Venezuela, por el contrario, el chavismo es firmemente homofóbico al punto de hacer correr el rumor de que el jefe de la oposición y Presidente electo aunque no reconocido, Henrique Capriles, es homosexual, para restarle votos entre la población prejuiciosa.

13) L’ Ur-Fascismo si basa su di un populismo qualitativo.

El Ur-fascismo se basa en un populismo cualitativo.

Quizás sea éste el aspecto más curioso del fascismo-populismo: en sus comienzos, cuando ha recién arribado como salvador de la patria y goza del consenso de las mayorías, el fascismo-populismo se muestra legalista: su poder se basa en el caudal de votos y todas las medidas que tomará se fundamentarán en mantener el grosor de ese caudal por el mayor tiempo posible. El desgaste del ejercicio del poder, más aun si se lo opera en forma horrorosa, va restando lenta y resolutamente adherentes a la causa. Aumenta el número de los desilusionados, los arrepentidos, los cabizbajos, los  que rumian su furia en silencio. Cuando el populismo advierte que ha perdido el favor de las mayorías, su postura cambia de legalista a legitimista: es fiel depositario del poder popular ganado en limpias elecciones y no habrá fuerza sobre la Tierra que lo mueva a cambiar el rumbo de su política. No considerará válidas las manifestaciones populares en su contra, no importa cuán masivas, ni denuncias, revelaciones, impugnaciones, amparos, gritos, ruegos. Utilizará cualquier subterfugio legal, que posiblemente haya negado a sus adversarios, para lograr el propósito de permanecer en el centro de la escena. Detrás de este accionar se halla la endeble convicción que inculca a sus partidarios: la voluntad populista, aun cuando ya minoritaria, es superior a la voluntad popular que alguna vez  la apoyó; de algún modo el fascismo-populismo siente que el respaldo del pueblo, una vez obtenido, no puede ser retirado; la población ha emitido un voto contractual vitalicio del que sólo un ingrato traidor podría renegar. Es el instante exacto en donde el fascismo-populismo comienza a desprenderse de su hábito populista y se calza el oscuro sayo del fascismo. Dylan Riley, escribiendo sobre Giovanni Gentile, lo acusa con justicia de querer denominar al fascismo democracia autoritaria, en donde es el poder quien le indica al pueblo quién debe ganar la elección, ya que el poder decide quiénes merecen ser protegidos por él, en tanto una sociedad fascista-populista rechaza la igualdad de los ciudadanos al discriminarlos según su ideología y condena al ostracismo social, laboral, económico y hasta físico a los no fascistas. Es el tiempo del fraude, la violencia, la intimidación y la amenaza. Los últimos años del primer peronismo, la actualidad del chavismo y del peronismo kirchnerista, entre otros tristes ejemplos,  han transitado y transitan esa vía amarga.

14) L’ Ur-Fascismo parla la Neolingua.

El Ur-fascismo utiliza la Neohabla.

images (3)George Orwell dedica un apéndice de 1984 a referirse al Newspeak, el lenguaje oficial del Ingsoc, el imaginario socialismo inglés que se había tornado gobierno totalitario en Oceania:  la Neohabla separa a un término de su significado, vacía el concepto y, de acuerdo a la necesidad, o bien lo elimina o bien lo reduce a una sinonimia por reflejo. Así, en los fascismos-populismos, opositor equivale a burgués, traidor, idiota o reaccionario. Una empresa es una corporación, vocablo al que se le asigna un aura siniestra; forzando la norma, una corporación es una asociación ilícita. Exprópiese, en el chavismo, es una palabra de connotación cuasi religiosa con la que se exorciza el carácter explotador de una entidad capitalista. El vocabulario del fascista-populista se compone de retazos de jerga, a veces apocopados, para sonar a tono con los tiempos tecnológicos y resultar más agradable a la juventud: la opo es la oposición, la corpo es el conjunto de empresas con intenciones antipopulares, destituyente es cualquier comentario crítico que se alce tímidamente para cuestionar la gestión. Ciertos términos son acompañados por un adjetivo o un sustantivo adjetivado del que no deben ser separados: la oligarquía es la prostituta oligarquía, la democracia es la democracia burguesa, y así. La ironía de Borges hubiera podido componer alguna corta pieza literaria acerca de estas kenningar del subdesarrollo. Orwell pudo haber encontrado inspiración para su Newspeak en la obra de Victor Klemperer: LTI – Lingua Tertii Imperii: Notizbuch eines Philologen de 1947 (El idioma del Tercer Reich: Apuntes de un filólogo). En Septiembre de 2002, Václav Havel pronunció un discurso en la Universidad de Florida en Miami en el que se refirió a la Neohabla de la esfera comunista: “Pienso que uno de los instrumentos más diabólicos del avasallamiento de los unos y del embelesamiento de los otros es el especial lenguaje comunista. Es un lenguaje lleno de señuelos, esquemas ideológicos, flores retóricas y estereotipos idiomáticos; un lenguaje capaz, por una parte, de maravillar enormemente a las personas que no hayan descubierto su falsedad o a las que no hayan tenido que vivir en ese mundo manipulado por ese lenguaje, y, al mismo tiempo, un lenguaje capaz de despertar en otras personas el miedo y el terror, obligándolas a disimular permanentemente. También en mi país hubo generaciones enteras de personas que se dejaron desorientar por ese lenguaje lleno de bonitas palabras sobre la justicia, la paz, la necesidad de luchar contra los que, supuestamente en interés de las fuerzas del mal, se oponen al poder que utiliza ese lenguaje. La gran ventaja de ese lenguaje es que todo está enlazado en firmes acoplamientos mutuos de un sistema cerrado de dogmas que excluyen todo lo que no encaja en él. Cualquier idea un tanto original o independiente, igual que la propia palabra que no se utiliza en el lenguaje oficial, se encasilla en la correspondiente categoría de subversión ideológica, incluso antes de ser pronunciada. La red de dogmas que justifican cualquier arbitrariedad del poder suele tener la forma de una utopía, es decir, la de una construcción artificial del mundo que contiene en sí, automáticamente, toda una gama de razones de por qué es preciso oprimir, prohibir o aniquilar cualquier cosa que rompa con los moldes o que sobresalga, y, todo ello, en aras de un futuro más feliz. Es cómodo aceptar este lenguaje, creer en él o por lo menos amoldarse a él. Es muy difícil mantenerse firme, por mucho que esté cien veces presente el sentido común, pues eso significa rebelarse contra el lenguaje del poder o simplemente no emplearlo. El sistema de persecuciones, prohibiciones, denunciantes, elecciones de participación obligatoria, delación, censura, sistema al que siguen los campos de concentración, va envuelto en un hermoso lenguaje que no vacila en denominar a la esclavitud una forma superior de libertad, al pensamiento independiente una servidumbre al imperialismo, al espíritu de iniciativa humana una pauperización de los otros y a los derechos humanos un invento de la burguesía.”

Hasta aquí las catorce proposiciones de Umberto Eco sobre el fascismo inmarcesible. Creo necesario, cediendo a un lapsus de soberbia, añadir dos más: En primer lugar, el fascismo, y su legítimo heredero, el fascismo-populismo, son mesiánicos: aunque, de acuerdo a la primer proposición de Eco, el Ur-fascismo es tradicionalista, sin negar este aserto, bien puede decirse que es mesiánico a la vez, lo que confirma su carácter sincrético y contradictorio: ha llegado para reavivar la tradición de la voluntad popular, pero sólo bendecido y aprobado desde la altura del líder. Nada aterroriza más al fascismo-populismo que el pueblo que ha tomado conciencia de su poder. Esa oscilación entre el culto a la tradición y el culto al mesías produce fracturas dentro del ámbito cortesano del fascismo populista, banderías que reivindican la validez de una postura por sobre la otra, del líder y de quienes compiten entre sí para desplazar palaciegamente al líder, aun cuando es la táctica oportunista la que  otorga el triunfo según la necesidad del momento; son roces que quedan acallados por la común recurrencia a la rapiña. En segundo lugar, el Ur-fascismo y el fascismo-populismo son  juvenilistas: las organizaciones juveniles son el perfecto caldo de cultivo de mentes desprovistas todavía de defensas intelectuales; el objetivo máximo del fascismo-populismo es permanecer en el poder hasta que se haya completado un cambio generacional y exista una flamante camada humana que no conozca otro estado de cosas y esté dispuesta a inmolarse para defender un régimen que sus padres temieron y detestaron. No hay fascismo o totalitarismo que no haya creado al menos una organización juvenil de pertenencia obligatoria o altamente recomendable, desde Hitler a Castro, desde la Opera Nazionale Ballila de Mussolini o la Unión de Estudiantes Secundarios de Perón a La Cámpora de los Kirchner. Esta lista de miserias no es exhaustiva y podría continuar indefinidamente: culto a la personalidad (exacerbado por el alcance infinito de los medios de comunicación), corrupción rampante, clientelismo descarado, explotación cruel de la pobreza, y un extenso y sollozante etcétera.

¿Cómo librarse del fascismo-populismo, cómo acabar con la pesadilla? Fácil es ingresar y muy difícil salir del sueño totalitario: basta una mala decisión electoral para instalar en el poder a una banda delictiva cuya meta es permanecer y enriquecerse y no retroceder ante nada para conseguirlo. Cuentan con la complicidad, por acción u omisión, por temor o por ventaja, de empresarios prebendarios, intelectuales de pacotilla, comunicadores asalariados, militares enriquecidos por el narcotráfico. Orwell escribió que quien controla el presente controla el pasado, y que quien controla el pasado controla el futuro. Parafraseándolo, puede afirmarse que quien controla el poder controla el Estado, y quien controla el Estado controla al pueblo. La lección que estos silogismos deben dejar es que la pequeñez del Estado es garantía de su incapacidad de hacerse con el control de la nación; todos cuantos han agrandado desmesuradamente al Estado lo han hecho con el fin, confeso o no, de utilizarlo como instrumento de dominación.

El fascismo, históricamente, ha caído por presión externa o por un serio descalabro interior que ha contado con colaboración internacional o con la imposibilidad de refugiarse en el apoyo de una potencia dominante que consiga desacelerar el derrumbe, según los casos germano-oriental y rumano. La Guerra Fría, que culminó con la derrota del fascismo comunista, fue, al fin y al cabo, una guerra, a pesar de que el campo de batalla no se hallaba geográficamente delimitado; la Unión Soviética fue superada en las áreas logística y económica y el fascismo comunista fue reemplazado por el fascismo-populista de los antiguos jerarcas del Partido Comunista devenidos veloces multimillonarios. Setenta años de totalitarismo comunista no pueden ser borrados en apenas una generación.

pelicula_nestorEl ciudadano común, ajeno a la estrategia política, desesperanzado ante elecciones que falsean los resultados, apartado y justificadamente temeroso de enfrentarse a la violencia estatal, posee sólo dos armas: la denuncia y la desobediencia. Denuncia permanente de los abusos y delitos que comete el poder, desobediencia en todos los actos de la vida civil: no lo haré, no colaboraré, no contribuiré. La idea pertenece a Étienne de la Boétie, aquel buen amigo de Montaigne, y quizás su protegido y amanuense: “Para él (escribe Llewellyn Rockwell) el gran misterio de la política es la obediencia al gobernante. ¿Por qué razón la gente acepta ser saqueada y oprimida por caudillos? No es sólo miedo, anota La Boétie en su Discours de la servitude volontaire, ya que nuestro consentimiento es requerido. Y ese consentimiento puede ser retirado en forma no violenta.” El Estado fascista-populista es una monstruosidad insaciable; no puede sobrevivir por largo tiempo si se le quita su alimento cotidiano.

Y si nos roza la fortuna, si derribamos al tirano, sea nuestra consigna sólo dos palabras: never again, nie wieder, mai più, plus jamais. Nunca más.

Hadrian Bagration

El regreso del fuego

Pedro Berruguete: Santo Domingo y los albigenses, 1495. Museo del Prado, Madrid.

Décadas atrás, la infancia solía imponer una jerarquía de lecturas que bien podía responder a un misterioso orden inflexible: Emilio Salgari, Jules Verne y Mark Twain constituían obsequios con los que se nos agasajaba hasta cumplir aproximadamente el primer decenio de vida. Sobrevenían luego los fairy tales de Oscar Wilde, el tedio cortesano de Anthony Hope, las sentenciosas fábulas de Melville y Swift (travestidas, en contra de la póstuma voluntad de sus autores, en relatos para adolescentes), las vagamente proféticas invenciones de Wells y los desparejos tanteos de Stevenson por entre los meandros de las almas humanas.  Dickens, a quien un inescrutable arbitrio siempre me obligó a detestar, era el penúltimo y quizás más árido escalón que conducía a las puertas de la literatura de la edad adulta, la que se mofaba de esas preferencias dictadas por la crítica familiar: Salgari, años después, no podría ocultar su categoría de autor pésimo, al igual que Hope; Verne se revelaba como sólo ligeramente inferior a la decorosa pobreza de Wells. Twain sobrevivió como la cómica e impúber versión de Walt Whitman. Perduraban hasta después de nuestro literario coming of age tan sólo la inmunidad de Oscar Wilde y alguna que otra página de Melville y de Swift. Sobre el resto se desplomaba, acaso justificadamente, la ingratitud de los que han crecido. El último de los autores, una bisagra entre la ávida adolescencia y la plenitud del desencanto adulto, era (ignoro si lo es) Ray Bradbury.

La apresurada niñez de la actualidad no sospecha la existencia de un tiempo de librerías profusas y bibliotecas pobladas por una fauna voraz que excedía al estudiantado. Era, por sobre todo, una era de escasas novedades, en la cual los libros eran leídos con fruición y con parsimonia; no era dable frecuentar las novelas decimonónicas sin antes haber merodeado, aunque fuese sólo parcialmente, cierta dosis de obra poética del Romanticismo: Flaubert no era posible sin que Keats lo precediera; éste era inútil si no nacía de la fascinación que ejercían versiones infieles y hasta abreviadas de Calderón y de Shakespeare. Bradbury era un autor curioso: demasiado moderno en un universo en donde prevalecían personajes y personas del pasado, al que habíamos acostumbrado el gusto y hasta el lenguaje, oficiaba de articulación entre la afición juvenil y la seria dedicación al libro. El pasar de los años ha trocado la maravilla por el desapego: casi todas sus obras, demasiado feel good, demasiado luminosas para un cultor de la penumbra como yo, se han debilitado hasta lo famélico. Bradbury posee, sin embargo, una magnum opus, una pequeña gran obra maestra, acaso la única por la cual será recordado y (toda previsión es aventurada) aquélla que más largamente lo sobrevivirá,  el ígneo horror atesorado en uno de sus libros iniciales: Fahrenheit 451.

El argumento, por harto conocido, debe reiterarse: en algún futuro la sociedad no sólo decretará que los libros serán prescindibles sino también perjudiciales. Con celo inquisidor los destruirá por el fuego y hará de su posesión un delito.  Es el sangriento final de la esperanza de una clandestina relación lo que anima al protagonista a la paulatina rebelión contra el tedio y el pavor que significa una civilización dominada por la imagen y en la que la palabra escrita es una obsolescencia dañina. Un pasajero detalle del libro demuestra el ingenio de Bradbury para la premonición tecnológica (recuérdese que la novela fue escrita antes de 1953): la televisión, que reina sobre los hogares desde la ubicuidad de todas las paredes, gigantesca y plana hasta la perfección de ocupar cada espacio del muro y del ojo, es interactiva; quizás Bradbury se anticipara a la tosquedad de los videojuegos; quizás Bradbury se inspirara en la invasiva televisión de 1984. Otra desalentadora coincidencia es conformada por las esposas de Montag (Fahrenheit 451) y de Smith (1984): ambas frívolas y crueles y altivas y estúpidas; ambas, finalmente, beyond hope. Aun así, la merienda regada con té y televisión que organiza la mujer de Montag posibilita la mejor de la escenas del libro: el hombre realiza el último intento por sacudir a ese módico grupo de gentes del fervor de la imagen y lee (palabra imprudente para la época) un poema de Matthew Arnold, Dover Beach. Nada cuesta imaginar al varón trenzando temblorosamente los versos ante el caluroso desprecio de las mujeres:

Ah, love, let us be true
To one another! For the world, which seems
To lie before us like a land of dreams,
So various, so beautiful, so new,
Hath really neither joy, nor love, nor light,
Nor certitude, nor peace, nor help for pain;
And we are here as on a darkling plain
Swept with confused alarms of struggle and flight,
Where ignorant armies clash by night.

(¡Ah, amor, que haya sinceridad
Entre tú y yo! El mundo, que ante nosotros
Se extiende como tierra de sueños,
Tan múltiple, tan hermoso, tan nuevo,
No posee en realidad ni alegría, ni amor, ni luz,
Ni certidumbre, ni paz, ni alivio para el dolor;
Y henos aquí, como en una llanura en penumbras
Barrida por el confuso estrépito del combate y la huida,
Donde ignaros ejércitos chocan por la noche.)

Las distopías, contrariamente a lo notado por los críticos, suelen acontecer, pero quizás no donde sus autores lo han imaginado. The Iron Heel de Jack London no principia en los Estados Unidos, sino que tuvo y tiene lugar en los dominios de dictadorzuelos del Tercer Mundo.  Las crecientes crisis económicas planetarias hacen de Brave New World un mundo más deseable que temible. 1984 sobrevino en la Unión Soviética y sus satélites de índole glacial o tropical. Fahrenheit 451 ya sucedió: a pesar de las advertencias de Jerry Mander (Cuatro buenas razones para eliminar la televisión, 1978) y Neil Postman (Amusing ourselves to Death, 1985; y Technopoly: The Surrender of Culture to Technology, 1992), la vida humana, la vida del editor y la del escritor están dominadas por lo irrelevante: raro es que alcance popularidad un volumen que no contenga dragones, ollas o mantras. Y, siguiendo a Postman, tal cosa ha sido posible porque ha triunfado la destrucción del misterioso orden inflexible de endebles y necesarios autores que iniciaba a la niñez en la literatura y en el lenguaje. El niño, convertido en adulto, será sólo saciado con imágenes de gruñidos, láseres y violencias. El adulto, devenido niño, clama por un universo de diversiones infantes. Así, nada está en peligro porque todo se ha perdido.

Sólo resta saber qué harán con nosotros, los que hemos quedado solos y ateridos, esperando el regreso del fuego.

Hadrian Bagration