Los salarios del miedo

Peter Paul Rubens: Saturno devorando a un hijo, 1636. Museo del Prado, Madrid.

Peter Paul Rubens: Saturno devorando a un hijo, 1636. Museo del Prado, Madrid.

“El 4 de Abril de 2007, poco antes del mediodía, el cabo primero de la policía de la Provincia del Neuquén José Darío Poblete, quien atesoraba dos causas penales en su contra al momento del estrago, pero continuaba en actividad, asesina al maestro Carlos Alberto Fuentealba de un disparo de granada de gas lacrimógeno en la nuca, no para ganar un imperio, sino porque se le ha revelado desde la altitud del poder que quien pelea por mejores condiciones de subsistencia y reclama una migaja de salario a cambio de la constante erosión de toda su vida merece, si se conduce con mansedumbre, la indiferencia y la burla; si insta a la desobediencia o a la rebelión, el tormento y la muerte.” Grave ha de ser la causa por la cual un escritor deba recurrir al nada elegante recurso de citarse a sí mismo. Escribí ese párrafo desalentador con la demasiado escueta anterioridad de cuatro tristemente proféticos días al asesinato del militante del Partido Obrero e integrante de la Federación Universitaria de Buenos Aires, el tan joven Mariano Ferreyra; aún está fresca la sangre de su crimen, al igual que las modestas ideas que encausaron la redacción de la entrada inmediatamente anterior en este sitio (La muerte de un rey, 17 de Octubre de 2010). En un notable y recapacitadamente sensato análisis de la monstruosidad, el sociólogo Horacio González  halla dolo en las suciedades del fútbol en relación con la bala que mató a Mariano Ferreyra: “Las ortodoxias duelísticas de las hinchadas de fútbol, tema recurrente del drama nacional, tampoco son ajenas a este oscuro despunte asesino.” De Mariano Ferreyra, las apretadas biografías esbozarán que fue estudiante de Historia en la Universidad de Buenos Aires y que ejerció el oficio de tornero, actividad en la que se desempeñó bajo el turbio régimen de las contrataciones. Conseguir empleo en buena parte del mundo, y la Argentina no constituye una excepción, es ya considerado un acto a medias milagroso, cuyo beneficiario debe a sus patrones sincera gratitud por haber sido escogido, o quizás rescatado, de entre las masas de desesperados de menor fortuna, y abocarse a silenciosa labor, en reconocimiento de la carga que su persona representa para los paternales esfuerzos de la mano del amo. En un remedo ramplón de retorno a la nada magnánima e hispánica institución de la encomienda, el empresario de la actualidad, estatal o privado, se cree acreedor al sudor de sus conchabados a cambio de un delgado hato de papel moneda que rara vez merece el nombre de salario. El descontrol de las relaciones entre capital y trabajo, en perenne desventaja para este último, santificado por tres decenas de miles de muertes bajo el gobierno más atroz de la historia argentina (las juntas militares), amparado por la vivisección de la anatomía laboral de la población en la década de los noventa, sostenido por la sempiterna amenaza de la crisis económica, sobrevuela como espectro las largas y atemorizadas filas de suplicantes a cualquier diminuto puesto de trabajo, tanto aquí, en las pampas,  cuanto en el ahogo de las avenidas de Nueva York o en el portentoso renacimiento mercantil de la legendaria China. Eufemismos de sobradas razones técnicas, cuales tercerización, período de prueba, contrataciones, voluntariados, pasantes, aspirantes, becarios esconden la medieval regresión que azoradamente atestigua que el tributo ha de ser, por gracia de la coyuntural e inacabable crisis, pagado por el explotado.

Una de las novelas más famosas y menos asociadas al escritor francés Georges Arnaud es la que transportó al cine el director Henri Clouzot, Le salaire de la peur (El salario del miedo). Aún existen espectadores cuya memoria los remonta al tenso rostro de Yves Montand conduciendo un camión cargado de explosivos por entre los meandros de una selva sudamericana para con ellos apagar un incendio que una empresa petrolera estadounidense desató; por esa tarea cuatro hombres sin nada que perder recibirán un pago exiguo que es para ellos la fortuna de poder seguir bebiendo. Es de tenor diferente el terror que acecha al trabajador en cada ocasión en la que al llamar a la puerta de su fábrica o de su oficina ignora si será esa su final jornada de trabajo, pero el encadenamiento de las escenas es harto similar: no es responsable del desastre que voluntades torpes o maliciosas cometen, no es generosa la retribución que le es asignada, es suyo, completa y absolutamente de su propiedad el riesgo que sus obligaciones encarnan; héroes de todos los días que no se vitorea, su fracaso, además de al desdén, no conmoverá a nadie.

Desconocer en estos tiempos que la abrumadora mayoría de las conducciones sindicales desprecia los reclamos de sus dirigidos no es un delito de omisión sino de deshonestidad, o de incapacidad, intelectual. El caudillaje gremial que soportan los sufrientes trabajadores argentinos es el sencillo pretexto a través del cual se justifica un opulento peculado, el tráfico de influencias, el nepotismo y las afables relaciones con el poder, el que no es sordo a esta obcecada amabilidad y sabe corresponderla con prisa. Como ocurre en tantos diminutos municipios o condados y hasta en tantas provincias o estados de tantas regiones del mundo, el señor feudal ha trocado su derecho de pernada por el del diezmo sindical, la intangibilidad del cohecho, los mercenarios al servicio de la corona (entre ellos, y no los menos numerosos, los hooligans), a quienes se nutre con dineros provenientes de las desprotegidas bases trabajadoras, y un nivel de vida suntuario, además de valerse de esas huestes, a su antojo domesticadas o enfurecidas, como fuerza de choque en sus disputas internas con el nada disimulado objetivo de procurarse la perpetuación en el trono para sí mismos y para sus socios de toda índole. De ser preciso un ejemplo que ilustre la desconsolada realidad del trabajador argentino, piénsese en la prorrogada permanencia en sus cargos de los dirigentes de las ramas más poderosas del sindicalismo y en la longevidad de los mandamases de esa invasiva forma del tedio que llamamos fútbol.

Mark Balma: Pietà, 2005. Basílica de San Pablo Extramuros, Ciudad del Vaticano.

Entre las pródigas equivocaciones del Presidente John Kennedy se cuenta una de sus frases, la cual debe de haber pronunciado no sin cierta dosis de orgullo oratorio: en su discurso inaugural, el 20 de Enero de 1961, se lo oyó leer: “Entonces, compatriotas, no pregunten qué puede hacer su país por ustedes; pregunten qué pueden hacer ustedes por su país.” El error de Kennedy, inadvertido por él mismo y por su audiencia, embriagada en la euforia que irradia de todos los comienzos, no se traduce en un exceso de mendicidad, sino en una confesión: el poder jamás se considera parte del pueblo, la superestructura rechaza la pertenencia a la masa, y quiere de la plebe que admita que esta escisión es justa, necesaria e inmutable. Apenas un lustro después, el país de Kennedy exigía de su población, de la menos patricia porción de ésta, matar y morir en el sudeste de Asia, insistir en el sendero de la segregación racial y, algo más tarde, enviar al nocturno Secretario de Estado Henry Kissinger a estrechar las rojas manos de los generales de Latinoamérica. Sus propias élites, cuando consideraron que Kennedy no estaba llevando a cabo su tarea con el denuedo esperable, mandaron asesinarlo. Tan sólo en la violenta y temprana muerte se parecen las vidas de John Kennedy y de Mariano Ferreyra. Al uno lo aguarda la permanencia en los desganados volúmenes que narran el paso oficial de la Historia. Al otro, el paulatino olvido y la amarga certeza de que tantos otros más, desde las humildes y múltiples soledades de la pobreza, lo sucederán.

Hadrian Bagration